Esa noche terminé en el autobús de los mecánicos
Durante ese verano todo se había desajustado. Mi madre había aceptado un puesto en el nuevo local de mi padre, y por primera vez en años las tardes de entre semana se habían vuelto mías. Nadie preguntaba a dónde iba, nadie me pedía cuentas del reloj. Me había acostumbrado a caminar por las mismas tres cuadras con la única intención de ser vista, y en esas tres cuadras había un taller mecánico al que siempre se asomaban dos hombres.
Raúl y Gonzalo rondaban los cuarenta. El taller daba a una calle que yo atravesaba todas las tardes rumbo a la tienda, a casa de alguna amiga, a cualquier parte. Siempre estaban cubiertos de grasa hasta los codos, con el overol abierto hasta la cintura, y los dos me miraban con esa calma sin pudor que tienen los hombres que ya no esconden nada. Yo había empezado a caminar más despacio al pasar frente a ellos. También había empezado a ponerme ropa que sabía que les iba a sacar el aire.
La tarde del diez de mayo no había pensado en ellos. Estaba agotada por una sesión imprudente con don Arturo, un viejo conocido de mi padre que me había subido al asiento trasero de su camioneta a pleno sol. Lo único que quería era cancelar planes y dormir. Pero mi padre había preparado una velada por el día de la madre y yo era la única pieza que sobraba en la casa. Me pidió que llegara pasada la medianoche, me dio un beso en la frente y un billete para el taxi, y yo le sonreí como si no tuviera nada latiendo todavía bajo la falda.
Me duché con agua muy fría. Me puse un short mínimo, una blusita corta, unas mallas de red y una chamarra de mezclilla por si la noche se volvía fresca. Valentina —mi mejor amiga desde los trece— me avisó por mensaje que Dante, el cumpleañero, tenía la casa sola y había rentado una carpa en el patio. Cerveza, música, nadie controlando nada. A las seis salí.
Tenía que pasar por el taller. No lo planeé, era el camino natural a la parada donde me juntaba con Valentina. Esa tarde Gonzalo estaba asomado al motor de un autobús blanco con la tapa levantada, y Raúl salió del taller justo cuando yo llegué a la altura de la reja. No sé por qué ese día no bajé la vista. Los miré con la misma cara con la que ellos me miraban. Gonzalo me mandó un beso y yo se lo devolví. Raúl me silbó bajito, como se silba a una perra que ya sabe que te obedece, y yo seguí caminando sintiendo sus ojos pegados a la nuca hasta que doblé la esquina. Antes de desaparecer me giré y los saludé con la mano. Ellos seguían ahí, quietos, mirando.
***
En casa de Dante la fiesta estaba rara desde el principio. Las chicas del salón habían llegado en pares, los chicos ya estaban entrados en cerveza, y Valentina prácticamente se derritió en el cuello de su novio apenas cruzamos la reja. A las nueve yo bailaba con un chico que había sido mi novio a los quince, Emiliano, y lo dejé frotarse conmigo durante dos canciones porque la bachata y la cerveza aflojan lo que no debería aflojarse.
Alguien le pasó una silla. Me monté sobre él delante de todo el patio, le di sentones como si lo estuviera cogiendo de verdad, hasta que un idiota gritó una bajeza y Emiliano se levantó rojo y se fue. Mis amigas me miraban con una mezcla de envidia y susto. Ni yo sabía de dónde había salido aquello.
Más tarde Emiliano me llamó por teléfono. Salí a la calle, entre dos coches estacionados, y me besó como cuando teníamos quince. Lo frené antes de que se volviera otra cosa, le di un último beso y lo mandé a su casa. Cuando volví al patio, Valentina había desaparecido con su novio, las demás chicas también se habían emparejado, y quedaban cuatro chicos escandalosos a los que ya no aguantaba nadie.
A las ocho y media me aburrí. Subí al baño a buscar a Paulina y la encontré empinada contra el lavabo con el novio metido hasta el fondo. Cerré la puerta muy despacio, como quien se disculpa sin palabras.
Salí de esa casa sin despedirme. Me eché la chamarra al brazo, me puse a caminar, y no sé si por las cervezas o por la rabia de haber terminado así, me metí por calles equivocadas hasta que la rotonda donde me detuve no se parecía a ninguna rotonda conocida. Google Maps me explicó que estaba a media hora de mi casa y que una sola avenida me sacaba a la unidad. Eran casi las diez. Eché a andar.
Las calles estaban oscuras. De vez en cuando pasaba un coche, de vez en cuando un perro ladraba detrás de una reja, y yo caminaba con el bolso apretado contra el costado sintiendo a cada paso los restos de lo que don Arturo me había hecho esa tarde. Cuando llegué a la cuadra del taller lo reconocí de inmediato: el autobús blanco seguía estacionado afuera, pero el taller estaba oscuro. Pensé que ya se habían ido. Aceleré el paso.
***
Una voz me chistó desde la ventanilla. Al principio creí que lo había imaginado. La segunda vez no. Me giré y Gonzalo tenía la cabeza asomada por una de las ventanas del autobús, el pelo desordenado y una cerveza en la mano. Me pidió que lo esperara. Bajó con una agilidad sorprendente para su tamaño y caminó hacia mí secándose las manos en el overol.
—¿A dónde va esta a esta hora? —me dijo, mirándome de arriba abajo sin disimulo.
Le expliqué muy rápido que iba a mi casa, que la fiesta había sido un desastre, que ni siquiera quería llegar así. Gonzalo me olió la cerveza en el aliento antes de preguntarme nada. Me dijo que subiera a tomar una conmigo, una sola, que después Raúl y él me llevaban en el coche. Raúl bajó en ese momento del autobús con un pedazo de pizza en la mano y se rio cuando me vio.
—Vaya, vaya. Si es mi putita favorita. ¿Qué hace tan sola a esta hora?
Debería haberme enojado. No me enojé. Me reí. Les dije que una sola cerveza. Me tomaron cada uno de una cintura y me encaminaron hasta la puerta del autobús blanco.
Adentro olía a pizza, a cerveza tibia y a hombre trabajado. Al fondo, sobre los últimos asientos, habían armado una mesita improvisada con una caja de herramientas y una baraja desgastada. Me sentaron contra la ventana, Gonzalo me destapó una cerveza con el encendedor, Raúl me ofreció una rebanada fría que rechacé sonriendo. Me preguntaron mi nombre. Se los dije. Los dos se miraron como si hubieran apostado algo en silencio semanas antes.
Gonzalo me preguntó si sabía jugar a las cartas. Le dije que sí, que mi padre me había enseñado a los ocho. Me metieron al juego. Al principio apostaban dinero y Gonzalo pagaba por mí; cuando perdí por segunda vez, Raúl se acarició la barba y me miró con una sonrisa torcida.
—Si pierdes, haces algo. Lo que nosotros digamos.
Yo sabía perfectamente qué iba a pasar. Acepté. Perdí la primera mano y me pidieron que les enseñara los pechos. Me subí la blusa sin quitarme nada más. Los dos se quedaron callados medio segundo y luego Gonzalo soltó una carcajada corta: había apostado que mis pezones iban a ser rosados y acababa de ganar la apuesta interna que traían desde hacía meses. Me reí con ellos y les dije que si tenían más apuestas sobre mí, que me las contaran.
El juego se convirtió en otro. Carta más alta se quitaba una prenda. Raúl fue el primero en quedar en bóxer. Yo perdí la chamarra, la blusa, el short. Cuando quedé en tanga y mallas, Gonzalo cambió las reglas: ahora la carta menor le quitaba la prenda al otro. Me tocó bajarle el pantalón a Raúl. La tela del bóxer se tensó como una tienda de campaña y me quedé mirando, con la boca un poco abierta, hasta que Gonzalo me jaló de la nuca para que siguiera.
Me destrozaron las mallas con los dedos, tirando de los cuadritos hasta abrirlas por la entrepierna. Gonzalo me empinó sobre el asiento y me dio dos besos largos en las nalgas antes de bajarme la tanga con los dientes. Raúl me sacó una risa ahogada cuando se bajó el bóxer y su verga me rebotó en la frente. La tomé con las dos manos. Era gorda, caliente, rosada como una fruta madura.
No pregunté. No lo pensé. Me arrodillé entre los dos asientos y me la metí entera. Gonzalo se puso detrás de mí, derramó cerveza sobre mi espalda, me lamió hasta el cuello y me mordió el hombro. Raúl me agarró del pelo y me la metió hasta la garganta. La sacaba con hilos de saliva colgándome de la barbilla y se reía bajito cada vez que yo tragaba aire. Me dejé. Cada arcada les gustaba más.
Cuando Gonzalo me metió la suya, tuve que aferrarme al respaldo. Era más gruesa que la de Raúl y me entró despacio, centímetro a centímetro, mientras él me susurraba al oído que aguantara, que ya iba, que me estaba portando bien. Raúl no esperó: me jaló la cabeza hacia su verga y me la metió en la boca al mismo tiempo que Gonzalo empezaba a cogerme en serio. Entre los dos me usaron como si llevaran años ensayando. Me corrí por primera vez con la boca llena y las manos clavadas en los asientos, sintiendo el autobús crujir debajo.
Terminamos empapados. Raúl soltó una carcajada cuando vio sus propios dedos manchados, y Gonzalo, todavía metido en mí, me preguntó al oído si tenía hambre. Me reí sin voz. Pasaban de las diez. Les dije que si me daban de cenar y me llevaban a casa después, yo iba a donde quisieran.
***
Nos vestimos a medias. Pasamos por una taquería de la avenida y pedimos al paso. En la mesa, los dos me metieron las manos por debajo del mantel hasta dejarme otra vez mojada. Gonzalo dijo que su casa estaba a cuatro calles. Pagaron, compraron más cerveza en la tienda de la esquina y en diez minutos estábamos adentro de una casa pequeña que olía a hombre que vive solo.
Puso música. Les bailé descalza sobre un sillón largo. Me subí encima de Raúl, le froté el culo contra la verga por encima del pantalón, me bajé, me arrodillé, les saqué las pollas como quien destapa dos cervezas seguidas. Me pusieron de rodillas entre los dos y me dejaron entretenerlos un buen rato. Raúl me escupía cerveza dentro de la boca y después me besaba con la lengua fría. Gonzalo me daba palmadas que dejaban marca.
En la cama me cogieron hasta que me olvidé de la hora. Gonzalo de cucharita, Raúl encima, y yo en medio chupando y gritando como una desconocida. Raúl se vino en mi boca, mirándome a los ojos, y me dijo que nunca había tenido a una mujer así. Gonzalo me llenó por dentro. Los dos se quedaron tirados y yo me fui a bañar. Cuando volví, envuelta en una toalla que olía a suavizante barato, el reloj ya marcaba las doce y cuarto.
Me llevaron en el coche hasta la esquina de mi calle. En el trayecto les conté mi fantasía. Les dije que siempre me había imaginado que un día me iban a arrastrar al taller sin pedirme permiso, con dos o tres clientes suyos mirando, y que me iban a coger ahí mismo contra el autobús. Gonzalo apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Raúl se rio y me dijo que iban a preparar la ocasión. Que no me iban a compartir con cualquiera. Solo con los amigos de confianza.
Me bajé, les mandé un beso desde la puerta y entré sin hacer ruido. Arriba, la televisión de mis padres todavía estaba encendida. Asomé la cabeza, les dije que la fiesta había sido aburrida, les deseé buenas noches. Me metí en la cama sin quitarme el perfume del taller de encima.
Antes de dormirme me acordé de que a la mañana siguiente iba al centro con las chicas a comprar disfraces para la próxima fiesta de Dante. Puse la alarma. Me dio risa pensar que iba a fingir que nada había pasado. Al final, tres vergas en un solo día eran demasiado para la chica que, según todo el salón, era la tímida de siempre.