El crucero por el Mekong que me devolvió el deseo
Me llamo Valeria y a los cincuenta y ocho años pensaba que ya había cerrado el capítulo de las sorpresas. Me equivocaba. Después de aquel primer crucero por el Duero —el que me enseñó que el deseo no entiende de calendarios ni de apellidos— me tomé un año entero lejos de la editorial que había dirigido durante tres décadas. El equipo se quedó administrando el sello; yo, por primera vez desde los veintitrés, me quedé administrándome a mí.
Ese folleto del Duero fue el primer hilo. Después vinieron otros: un velero por el Adriático, una semana en una casa rural en la Provenza francesa donde éramos ocho adultos y ninguno necesitaba explicaciones. Descubrí que existía todo un circuito de viajes discretos para gente que quería volver a tocarse sin pedirle permiso a nadie. Parejas abiertas, mujeres curiosas, viudos que no querían seguir siéndolo en todos los sentidos.
El siguiente destino se me impuso como una idea fija: el Mekong. Ese río largo y marrón que atraviesa medio sudeste asiático, con templos que llevan siglos sudando humedad entre las raíces de los árboles. Encontré un crucero para adultos, siete noches entre Siem Reap y Phnom Penh, con escalas en pueblos flotantes y visitas a Angkor al amanecer. El folleto hablaba de «experiencias íntimas», «conexiones auténticas», «ambiente adulto». El código era transparente para quien supiera leerlo.
Embarqué en marzo, cuando el aire pesa como un trapo mojado. El barco era un hotel flotante de tres cubiertas, madera oscura y ventiladores de techo por todas partes. Mi suite tenía balcón privado sobre el agua, bañera frente al cristal y una cama enorme vestida en sábanas de lino.
En la cena de bienvenida, bajo farolillos de papel y música de cítara jemer, nos presentaron. Soren, cuarenta y cuatro años, arqueólogo danés afincado en Camboya, era el «guía especialista» que acompañaba el crucero para dar las charlas sobre Angkor. Piel tostada, pelo oscuro con canas prematuras, una camisa de lino blanca que parecía existir solo para enmarcarle los hombros. Ingrid y Matías, pareja escandinava de cincuenta y dos y cuarenta y siete, poliamorosos hacía más de una década. «Siempre viajamos con los ojos abiertos», me dijo ella en un español impecable. William, británico jubilado de sesenta, arquitecto, viudo desde hacía dos años, todavía con ese aire de no saber del todo qué hacer con las noches. Somaly, camboyana de cincuenta y cinco, empresaria de Phnom Penh, curvas generosas y una manera de mirar que no se molestaba en disimular. Y Paloma y Andrés, madrileños de cuarenta y seis y cincuenta y dos, veteranos de este tipo de viajes.
La primera noche fue de reconocimiento. Vino blanco en la cubierta superior, el barco amarrado frente a las luces de Siem Reap, el río oscuro lamiendo los cascos. Soren se sentó a mi lado.
—Es usted diferente, Valeria —dijo con un español lento y correcto—. Hay mujeres que vienen aquí huyendo de algo. Usted ha venido a buscar.
—¿Y cómo se nota la diferencia?
—En los hombros. Las que huyen los tienen altos. Usted los tiene sueltos.
Me reí y dejé que me rellenara la copa.
***
Al amanecer del día siguiente visitamos Angkor Wat. El grupo entró entre los primeros, cuando las piedras todavía estaban frescas del rocío y los bajorrelieves parecían recién tallados. Las figuras de las apsaras danzaban en los muros, con los pechos firmes y las caderas inclinadas en un gesto que llevaba novecientos años repitiéndose. Nadie ha tallado nunca una apsara de cincuenta y ocho años, pensé, sin saber muy bien por qué. Y pensé también que quizás era parte de lo que había venido a cambiar, al menos en mi cabeza.
Volvimos al barco a la hora del almuerzo. Por la tarde, mientras navegábamos hacia el primer poblado flotante, me metí en la piscina de la cubierta superior. Ingrid y Matías ya estaban dentro, apoyados en el borde, riéndose de algo.
—Ven —dijo ella, palmeando el agua a su lado.
Me acerqué. Los dos se me quedaron mirando con esa calma que tienen las personas que no van a inventar nada que no esté ya decidido entre ellos.
—Tenemos una regla —dijo Matías, con los ojos claros entornados contra el sol—. Nunca presionamos. Pero tampoco dejamos de preguntar.
—Está bien la regla.
Ingrid me pasó un dedo por la clavícula, trazando la línea del bañador. No era un movimiento impaciente. Era una pregunta hecha en un idioma que llevaba mucho rato esperando a que yo aprendiera.
—¿Esta noche? —preguntó.
—Esta noche —respondí.
Matías se rio bajito y me besó en el hombro, justo donde el tirante me había marcado una línea blanca. La piel, ahí, se me erizó entera. Durante toda la tarde, en las caminatas por el poblado y en la merienda a bordo, cada vez que me cruzaba con cualquiera de los dos, algo en el pecho se me apretaba como si ya hubiera empezado.
***
La noche siguiente, el barco organizó una «cena bajo las estrellas» en la terraza de la cubierta superior. El menú era jemer, las copas eran altas, la música era suave. Cuando terminamos de comer, alguien apagó las luces principales y quedaron solo los farolillos y el reflejo de la luna sobre el Mekong.
Soren me ofreció la mano.
—Ven.
Nos retiramos los ocho a la terraza trasera, la que tenían reservada para nuestro grupo. Divanes anchos, almohadones, una cortina ligera que se mecía con el aire del río. Nadie tenía prisa.
Ingrid fue la primera en acercarse. Me tomó la cara entre las manos y me besó lento, con la boca abierta, dejándome sentir el sabor del vino que acabábamos de compartir. Matías se sentó detrás de mí, apoyó las manos en mis caderas y me bajó el vestido por los hombros. El tejido cayó a la altura de mi cintura. No me sentí expuesta. Me sentí, por primera vez en mucho tiempo, vista de verdad.
—Qué bonita eres —dijo Ingrid, y no lo dijo como una frase hecha.
Somaly se acercó por el otro lado. Se arrodilló frente al diván y puso las manos sobre mis rodillas, separándomelas con una paciencia que era casi reverencial. William, en el diván de enfrente, tenía ya a Paloma sentada a horcajadas sobre él, y Andrés besaba a Soren en el cuello mientras le abría la camisa botón por botón.
No había urgencia. Había reglas distintas.
Ingrid me siguió besando la boca mientras Matías, detrás, me soltaba el sujetador y me cubría los pechos con las palmas, calientes y secas. Me pellizcó los pezones hasta dejarlos duros y después bajó las manos por mi vientre hasta las caderas.
Somaly me separó más las piernas y acercó la cara. Su lengua me encontró con una precisión que me hizo arquear la espalda. No iba rápido. Iba por dentro.
—Cinco minutos así —murmuró sin levantar la cabeza—. Después vemos.
Los cinco minutos se alargaron. Las manos de Matías seguían en mis pechos. Ingrid se había retirado apenas para mirar, y me observaba con una sonrisa pequeña que me desarmó más que cualquier caricia. Cuando llegué la primera vez, fue un temblor largo, sin aviso, que empezó en las caderas y me subió hasta la mandíbula. Somaly no se movió. Me dejó terminar contra su boca, respirando despacio, con la lengua todavía pegada a la piel.
Después cambiamos. Matías se tumbó de espaldas en el diván y tiró de mí hacia él. Me deslicé sobre él con una lentitud que fue, en sí misma, un segundo orgasmo más sordo, más grave. Ingrid se colocó delante, de pie, y me ofreció la boca. La besé mientras me mecía sobre Matías y mientras Somaly, detrás, pasaba las manos abiertas por mi espalda hasta el arranque del cuello.
—Así —decía Matías en voz muy baja, como si me estuviera enseñando algo—. Así, Valeria, no hay prisa.
En el diván de enfrente, Paloma se había tumbado boca abajo y Andrés la tomaba con una mano apoyada en el centro de la espalda. William besaba a Soren, y después a Somaly, y después a todos los que se le cruzaban. Nadie era de nadie. Nadie estaba de más.
Ingrid se arrodilló detrás de mí, sobre el respaldo del diván, y me mordió el hombro con los dientes apenas rozando la piel. Me pasó una mano entre los omóplatos y después más abajo. La otra me la llevó a la boca, dos dedos sobre la lengua, y se la besó a Matías por encima de mi hombro sin retirarlos. Fue el gesto más íntimo de la noche.
Me corrí otra vez, con los ojos cerrados y los dedos de Ingrid en la boca y a Matías dentro, y supe que no sería la última.
En algún momento Soren se acercó por detrás y apoyó la frente en mi nuca, pidiendo permiso. Se lo concedí volviéndome a buscarle la boca. Entró despacio, con cuidado, dejando que el cuerpo se acomodara a las dos presencias a la vez. Matías por delante, Soren por detrás, y la cara de Ingrid justo encima, mirándome con una ternura que no me esperaba de una escena así.
No recuerdo cuánto duró. Sí recuerdo la voz baja de Matías diciéndome que respirara. Sí recuerdo que en algún momento me arrodillé sobre el diván con Somaly debajo y le busqué la boca con la mía, entre los muslos, hasta que se le quebró el silencio. Sí recuerdo a Paloma, más tarde, pasándome un vaso de agua fresca sin decir nada, con la sonrisa ancha de las cómplices.
Al final quedamos amontonados, el diván cubierto de almohadones desordenados, la cortina todavía moviéndose con el aire. Alguien puso una música muy suave. El Mekong seguía pasando abajo, en silencio, indiferente a todo.
***
Los días siguientes fueron variaciones. En Kampong Cham, una siesta compartida en la suite de William: él y Somaly, yo mirando al principio y después dejándome mirar. En un embarcadero cerca de Prek Kdam, una tarde de lluvia densa en la que Ingrid y Paloma pasaron dos horas conmigo en mi bañera, y yo entendí por fin por qué las mujeres de mi edad habían sido, durante tanto tiempo, el gran secreto mal guardado del deseo ajeno.
La última noche, ya con el barco amarrado en Phnom Penh, nos reunimos en mi suite. Ocho cuerpos en la cama king size que la habían pensado para dos, con la puerta del balcón abierta y el aire caliente entrando como una mano pesada. Esa noche me pidieron el centro y me lo quedé sin pudor. Somaly y Paloma se ocuparon de mi boca y de mis pechos mientras Matías y Andrés se turnaban detrás. Soren, a un lado, me sostenía la nuca con una palma ancha para que no se me cayera la cabeza. Ingrid, tumbada al costado, me sujetaba una mano como si estuviéramos cruzando un río de verdad.
El regreso a Siem Reap lo hicimos en silencio. No un silencio incómodo. Un silencio de gente que ha compartido algo que no necesita hablarse.
En el aeropuerto, antes de separarnos, Ingrid me tomó las dos manos.
—¿Qué río sigue? —preguntó.
Me reí. Pensé en el Danubio, en el Yangtsé, en el Amazonas. En todos los ríos que todavía me faltaban.
—El que me llame primero —dije.
Volví a Madrid con la piel todavía acordándose de cosas. La editorial podía seguir esperando. Yo tenía, por fin, un calendario propio.