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Relatos Ardientes

Los choferes viejos de la terminal me invitaron al autobús

Aquel viernes por la tarde salí tarde de la universidad y tuve que caminar hasta el paradero viejo, el que está tres cuadras más abajo de la facultad, donde paran los buses interurbanos que me dejan cerca de casa. A esa hora, casi las ocho, el lugar estaba casi vacío. Solo se oía el murmullo de unos choferes que bebían cerveza dentro de uno de los buses estacionados, con la puerta abierta y la radio a medio volumen.

Entre ellos estaba don Rufino, el chofer viejo que años atrás había tenido algo con mi hermana mayor, Camila. Ella me lo había contado una noche, borracha, riéndose, diciendo que el viejo tenía manos de oso y la aguantaba mejor que cualquier muchacho de su edad. Yo había crecido escuchando esa historia con una mezcla de asco y curiosidad que nunca supe del todo cómo llamar.

Pasé cerca del autobús intentando no mirar. Pero don Rufino me vio. Lo escuché decirles a sus amigos, sin bajar demasiado la voz:

—Miren muchachos quién viene por ahí. Esa está igual de buena que la hermana, y a la hermana me la cogí ahí mismo, en el asiento de atrás.

—No inventes, viejo —dijo otro, riendo.

—Se los juro por mi madre. Y apostaría que esta me sale más fiera todavía.

Yo apreté el paso. Sentí la cara caliente, no sé si de vergüenza o de otra cosa. Los viejos casados siempre me pusieron nerviosa, pero de una manera que no quería admitir.

—A que no la traes —escuché que decía uno de ellos.

—Quinientos pesos cada uno si la subo al bus —respondió don Rufino.

—Va pues, viejo. Le apostamos.

Estaba por llegar a la esquina cuando don Rufino bajó del autobús y se me plantó delante. Lo conocía del barrio, así que saludarlo no era raro. Raro fue la forma en que me miró, de arriba a abajo, como si estuviera calculando un precio.

—Hola preciosa. ¿Tú eres la hermana de Camila, verdad?

—Don Rufino, sí, soy yo. Buenas tardes.

—Así que ya eres toda una señorita. Carajo, te ves bien rica con esa falda, mamita. Te queda divina.

—Ay, don Rufino, no diga esas cosas. Que su esposa tiene muchas amigas por aquí.

Se lo dije sonriendo, con esa sonrisa torcida que una aprende a usar cuando sabe que está coqueteando y quiere hacerse la que no. La verdad es que me gustaban los hombres así, mayores, con barriga y manos grandes. Nunca se lo había contado a nadie, pero me pasaba desde los dieciocho. Ya tenía veintiuno y la cosa no había hecho más que empeorar.

Don Rufino ni se inmutó. Se acercó más y bajó la voz.

—Mira, estamos celebrando el cumpleaños de don Lisandro, un compadre. Vente a tomarte una cervecita con nosotros. Un ratito nomás.

—No puedo, don Rufino. Mañana tengo examen.

—Anda, preciosa. Nosotros también trabajamos mañana y aquí ves, celebrando. Un ratito. Te lo prometo.

Lo dudé. Miré el autobús. Miré la calle, que a esa hora ya estaba muerta. Miré la sonrisa del viejo y pensé que si me iba a casa iba a seguir pensando en esto toda la noche.

—Un rato. Pero me tienen que poner reguetón.

—Lo que tú digas, mamita. Ven.

Me tomó de la mano y me llevó hasta el bus. Los otros choferes, cuando me vieron subir, se quedaron mudos por dos segundos y después estallaron en murmullos. Eran siete, contando a don Rufino. Todos pasaban los sesenta. Don Lisandro, el del cumpleaños, debía andar rozando los setenta, con la barriga asomando por encima del cinturón y una sonrisa a la que le faltaba un diente.

—Súbele a la música —gritó don Rufino—, que la niña es de las que bailan.

Me pasaron una cerveza helada. Brindé con ellos, choqué la lata contra siete latas más y le di un trago largo que me bajó hasta la mitad de la botella. Tenía sed, había caminado mucho, y el primer sorbo cayó como bendición.

—Salud —dijeron a coro, mirándome de un modo que me hizo sentir las piernas flojas.

Don Lisandro se acercó para que lo saludara. Le di un beso en la mejilla y me agaché un poco más de lo necesario. Noté perfectamente cómo los otros seis me miraban la retaguardia. La falda se me subió y no hice nada por bajarla.

Empezó a sonar una canción que me gustaba y me puse a bailar en el pasillo del bus. Movía las caderas despacio, de un lado al otro, bajando y subiendo apenas, sabiendo que los tenía hipnotizados. No era yo la que me estaba portando así; era otra mujer que vivía dentro de mí y solo salía cuando nadie me conocía.

—Qué rico bailas, mamacita —me dijo uno al oído, colocándose detrás de mí.

Sentí su barriga contra mi espalda y, un poco más abajo, algo duro apretando. No me aparté. Seguí moviéndome al ritmo de la música mientras él me agarraba de la cintura con las dos manos.

Entre una canción y otra, entre brindis y risas, se me fueron tres cervezas más y un trago de tequila que don Rufino me sirvió en un vaso plástico. El bus se había convertido en una discoteca chiquita, calurosa y olorosa a sudor y cerveza tibia, y yo ya no sabía si estaba mareada por el alcohol o por las manos que, una tras otra, me iban rozando sin disimulo.

—Bueno, muchachos, ya me voy —dije cuando me di cuenta de que llevaba casi dos horas ahí—. Mañana tengo examen de verdad.

—Pero si la fiesta apenas empieza, reina —protestó don Lisandro.

Me bajé del autobús haciendo equilibrio. La calle me bailaba un poco. Don Rufino bajó detrás de mí, me alcanzó en tres zancadas y me agarró del brazo.

—¿Y el baile que me prometiste?

—Usted nunca bailó conmigo, don Rufino. Se quedó hablando toda la noche con sus amigos.

Lo dije como una niña caprichosa y el viejo lo notó. Me tomó de la cintura y me atrajo contra su cuerpo. Lo sentí entero. El pecho ancho, la barriga dura, y entre las piernas un bulto que me hizo abrir un poco la boca sin querer.

—Entonces bailemos ahora, mamita.

—Don Rufino, ya es tarde.

—Un último baile.

Y me besó. Así, sin aviso, en plena calle oscura, a dos metros del autobús donde los otros seguían gritando. Su boca sabía a cerveza y a cigarrillo barato, y sin embargo me besó con una paciencia que no esperaba de un hombre de su edad. No me comía. Me iba descubriendo, lento, con una lengua segura que no tenía ninguna prisa.

Yo le respondí. Dios sabe por qué, pero le respondí. Le pasé los brazos por el cuello y le devolví el beso con todo lo que tenía. Sentí cómo sus manos bajaban por mi espalda hasta acomodarse en mis caderas, y de ahí, sin pudor, bajo la falda, agarrándome por debajo de la tela hasta que el roce me hizo soltar un gemido contra su boca.

—Mamita —me dijo cuando nos separamos un segundo para respirar—, tú estás pidiendo esto.

—No siga, don Rufino. Me está poniendo mal.

—Mal te voy a poner si paro.

Me empujó contra la carrocería del autobús, metal tibio contra mi espalda, y me subió la blusa hasta los hombros. Me mordió el cuello, el hombro, el escote, como si tuviera hambre de hace años. Una mano me apretaba un pecho por encima del sostén; la otra se había metido debajo de la falda y me había corrido el calzón a un lado.

Cuando sus dedos entraron en mí yo ya estaba empapada. Me dedeó despacio al principio, después con más confianza, sabiendo exactamente dónde presionar. Yo cerré los ojos y me dejé caer contra el metal del bus, apretando la boca para no gritar. No pude. El orgasmo me partió las rodillas y terminé de pie solo porque él me sostuvo con el brazo libre.

—Esa es mi muchachita.

Caí de rodillas. No sé si por las piernas flojas o porque algo dentro de mí se me ordenó hacerlo. Él se bajó el cierre y se la sacó ahí mismo, contra la carrocería, y me la puso en la boca antes de que yo pudiera decidir si quería o no. Resultó que sí quería. Era grande, más de lo que esperaba para un hombre de casi setenta años, y estaba dura como una piedra. Cerré los ojos y me puse a chupar con una dedicación que me sorprendió.

—Así, mamita. Muéstrame esa boquita —dijo él, agarrándome del pelo sin hacerme daño, solo guiándome—. Chúpamela bien, que ya me estás poniendo loco.

Le rodeé la verga con los labios y la lengua, sintiendo la piel curtida, el prepucio retraído, la punta húmeda golpeándome la boca. Me abrí más para tragarla hasta donde podía, y él soltó un gemido ronco, de esos que salen del pecho y no de la garganta. Me sostuvo la cabeza con firmeza y empezó a marcarme el ritmo, metiéndomela y sacándomela despacio, luego más rápido, hasta que me llenó la lengua de ese sabor salado y viejo que solo tienen los hombres que ya han vivido demasiado.

—Eso, carajo... mírame mientras me la chupas —gruñó, y cuando obedecí le vi la cara desarmada, sudada, los ojos cerrándose de puro placer—. Qué puta más obediente eres.

Yo estaba mojada de nuevo, chorreando por la entrepierna, y me froté sin darme cuenta contra el borde del bus para aliviar la presión que me estaba creciendo entre las piernas. Noté que él me miraba, que todos me miraban, y esa humillación me excitó todavía más.

—Ey muchachos —oí de pronto, a mis espaldas—, vengan a ver.

Abrí los ojos. Había salido uno de los choferes a orinar y me había pillado de rodillas. Se lo estaba contando a los demás en voz alta, y yo escuché perfectamente el sonido de seis pares de zapatos bajando del bus.

—Miren esta mamita, miren las tetas que tiene. Está buenísima, hay que pasar.

Se pusieron alrededor de nosotros. No los miré de inmediato. Primero terminé lo que estaba haciendo con don Rufino un rato más, sintiendo cómo los otros seis se habían sacado la suya y se la acariciaban esperando turno, como si estuvieran haciendo fila en un banco.

Cuando por fin alcé la vista, me encontré con siete hombres mayores, barrigones, arrugados, con las manos curtidas de años de volante, todos con la mirada clavada en mí y todos, sin excepción, listos. Nunca había visto tantos hombres a la vez, y mucho menos tantos hombres así.

—La putita quiere probarlos todos —se rió uno.

No dije nada. No hizo falta.

Entre dos me ayudaron a levantarme y me subieron de nuevo al autobús. Me acomodaron sobre los asientos del fondo, los largos, esos que usan para dormir en los viajes nocturnos. Don Rufino me sacó la blusa y el sostén de un tirón. Don Lisandro se ocupó de la falda y del calzón. En menos de un minuto yo estaba desnuda sobre el cuero caliente, con siete viejos rodeándome y el olor a cerveza y colonia vieja metiéndose por todas partes.

Don Lisandro, por ser el del cumpleaños, fue el primero. Se acostó boca arriba y me hizo subir encima de él. Los demás se acomodaron alrededor. Uno me puso la suya en la boca, otro me agarró una mano y me la cerró alrededor de la suya. Al que tenía debajo lo cabalgué despacio, acostumbrándome al tamaño, mientras sentía que otra boca me mordisqueaba un pecho y otras manos me recorrían la espalda, las caderas, el cuello.

—Eso, así, no pares —me dijo don Lisandro, agarrándome por la cintura con una fuerza sorprendente para su edad—. Muévete más lento, que quiero sentirte bien abierta.

Yo me levanté un poco y dejé que la verga me empujara desde abajo, gruesa, caliente, rozándome el fondo y obligándome a respirar hondo. Sentía cómo me abría de verdad, cómo el cuero del asiento crujía bajo los dos cuerpos, cómo mis tetas rebotaban frente a las caras hambrientas de los viejos. Uno me chupaba el pezón hasta dejarlo duro; otro me metía dos dedos en la boca y me decía que los mojara; otro me apretaba el culo con ambas manos, hundiendo los dedos en la carne.

Y después los turnos. Se fueron rotando con una paciencia que solo tienen los hombres de edad. Ninguno tenía prisa. Ninguno se venía rápido. Cada uno se tomaba su tiempo, me preguntaba qué me gustaba, me ponía en la posición que él prefería, y me trataba como si fuera la última mujer con la que iba a estar en su vida. Tal vez lo era.

El primero que me tomó por detrás me apoyó de cuatro sobre el asiento y me abrió las nalgas con los pulgares antes de entrar despacio, midiendo cada centímetro. Me mordí el labio al sentir cómo me llenaba y él me palmoteó el culo, satisfecho.

—Eso, muñeca. Así me gusta: caliente y tragándote todo.

Después otro me sentó encima de su cara mientras el de abajo me seguía empujando, y yo terminé agarrada del respaldo para no caerme, con la lengua de uno lamiéndome el clítoris y la verga de otro golpeándome desde atrás. El choque de ambas cosas me hizo temblar entera. Mis gemidos salían solos, feos, sin control, y me daba igual que me escucharan. Quería que me oyeran.

Perdí la cuenta de los orgasmos. Perdí la cuenta de las bocas. Hubo un momento, creo que con el cuarto o el quinto, en que dejé de pensar y me dediqué solamente a sentir. Mi cuerpo se convirtió en un lugar por donde pasaban manos, lenguas, alientos, barbas incipientes, y yo no ponía resistencia a nada porque nada me hacía daño. Era justo lo contrario.

Don Rufino fue el último. Se había esperado, se había tomado su tiempo mirando mientras los otros pasaban, y cuando le tocó me agarró de la cintura con las dos manos, me puso en cuatro sobre el asiento, y me susurró al oído:

—Ahora sí te voy a dar lo que le di a tu hermana.

Me lo dio. Y vaya si me lo dio. Me agarró las caderas con violencia controlada, entrando y saliendo con empujes profundos que hacían que el asiento golpeara la pared del bus. Me llenó la vulva hasta que sentí que ya no cabía nada más, y luego me obligó a arquear la espalda para meterme todavía más. Sus dedos me apretaban la cintura con tanta fuerza que al día siguiente seguro me quedarían marcas. Yo me corrí gritando su nombre, y cuando él terminó también lo hizo con un gruñido áspero, enterrándose hasta el fondo y soltando la corrida caliente dentro de mí.

Quedé tumbada sobre el asiento, desnuda, con el pelo pegado a la frente y la respiración cortada. Alguien me pasó mi blusa y yo me la puse sin abrocharla. Otro me trajo un vaso de agua. Don Lisandro me dio un beso en la frente, de los que da un abuelo, y me dijo gracias, mamita, gracias por el cumpleaños.

Cuando bajé del autobús, la calle ya estaba completamente vacía. Eran las tantas. Caminé hasta mi casa tambaleándome un poco, con las piernas todavía temblando y una sonrisa que no se me iba de la cara.

Al día siguiente aprobé el examen.

Y cuando pasé por el paradero el viernes siguiente, don Rufino estaba sentado en el estribo del autobús, fumando, esperándome con esa misma sonrisa.

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Comentarios(10)

PatriciaR_Sur

Increible!!! lo lei de un tiron, que bueno

Marcos_BsAs

Necesito la segunda parte ya jaja, excelente relato

Silvia_Paz

La forma en que esta escrito lo hace muy especial, se siente real sin ser burdo. Muy bueno

GatoNocturno

me recordo a una situacion parecida que me paso hace tiempo jaja. Muy bien narrado todo

Charo_Mdq

Hay segunda parte? quede con muchas ganas de saber como sigue

leofiuco

De lo mejor que lei en esta categoria ultimamente, de verdad. Felicitaciones y segui escribiendo

marianela_82

El ambiente que lograste transmitir me atrapo desde la primera linea. Eso de no saber bien que iba a pasar le da mucha tension al relato, esta muy bien construido. Espero ver mas de este estilo

OmarVillaR

tremendo!! que relato jaja

ElenaMdp

Dios mio, que situacion. Me tuve que releer el final dos veces jaja. Muy recomendado

PepeSantander

Me gusto mucho el tono de la narracion, no es algo que se vea seguido en esta pagina. Buen trabajo

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