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Relatos Ardientes

Así empezó mi primer trío con los vecinos de enfrente

Nos mudamos al piso por mi nuevo trabajo. Tercer cambio de ciudad en cinco años, y esta vez el edificio era viejo, con tabiques finos y un patio interior donde todo retumbaba. En la puerta de enfrente vivía un matrimonio jubilado: Elena y Ricardo. Elegantes los dos, de esos que ya no necesitan demostrar nada.

La primera noche me desperté a las tres con los gemidos de ella al otro lado de la pared. No eran gemidos amables. Eran gemidos de mujer que lleva décadas acostándose con el mismo hombre y lo sigue disfrutando a fondo.

Laura dormía. Yo no podía. Me la imaginé sin haberla visto todavía: la cara, la boca, las piernas abiertas. Tuve que levantarme al baño para no despertar a mi mujer. Me masturbé contra el lavabo mirando la pared que nos separaba y terminé mordiéndome la mano para no gritar.

Volví a la cama sudado y Laura ni se movió.

Por las mañanas yo salía a las seis. Esa mañana, al abrir la puerta, casi choco con Ricardo, que bajaba las escaleras con el chándal puesto. Unos sesenta y tantos, alto, el pelo cano muy corto, hombros que no habían cedido a la edad. Nos saludamos con una sonrisa y la mano tendida.

—Tú eres el nuevo —dijo.

—Martín. Ayer nos mudamos.

—Ricardo. Bienvenido al gallinero. Si alguna vez necesitan algo, vivimos enfrente.

La mano me duró media hora en la memoria. Era la mano de alguien que sabe apretar sin hacer daño.

Al volver a casa por la tarde me crucé con los dos juntos en el portal. Elena llevaba una gabardina y unos zapatos de tacón bajo. Se le movía el pelo como si tuviera vida propia. Nos presentamos rápido. Ella me sostuvo la mirada un segundo más de la cuenta y supe que sabía lo que yo había oído esa noche. O me lo imaginé. Daba igual.

Subí con la polla dura y encontré a Laura en la cocina.

—Ya he conocido a los vecinos —le dije.

—¿Y?

—Ella todavía está muy de ver. Y él tiene algo. No sé. Parece un actor.

—A ti te ha gustado ella.

—Mucho.

—Pues a mí me encantaría ver qué hace ese hombre en la cama.

La miré. Llevábamos siete años juntos y habíamos tenido esta conversación antes, siempre en plan teoría, en bares, después de alguna copa. Nunca había pasado de ahí.

—¿En serio? —pregunté.

—En serio. ¿A ti no te gustaría verme con él?

Tragué saliva.

—Sí.

—Pues entonces los invitamos a cenar. Y lo que salga, sale.

***

A la mañana siguiente Laura llamó a su puerta. Abrió Elena con una camiseta ancha y el pelo mojado. Laura le dijo que queríamos invitarlos el sábado a cenar, que nos gustaría conocerlos mejor. Elena sonrió y aceptó al segundo. Laura volvió a casa temblando.

—¿Y cómo te ha dejado? —le pregunté.

—Como si ya lo supiera.

Esa noche follamos en la cocina, de pie contra la encimera, y Laura me preguntó al oído mientras me corría si me gustaría tener a Elena. Le dije que sí sin pensarlo. Y ella me dijo que quería verlo. Que quería ver cómo me follaba a otra.

Fue la primera vez que lo decíamos en voz alta.

***

El sábado preparamos una mesa redonda para los cuatro. Pollo al horno con patatas, ensalada, tarta de limón. Nada sofisticado. Lo sofisticado era la tensión que traíamos todos desde el primer timbrazo.

Ricardo se sentó a la derecha de Laura. Elena a la mía. Nos colocamos así de forma natural, sin plan, como si el plan lo pusieran las paredes del edificio y nosotros solo obedeciéramos.

La conversación fue normal durante el primer plato. Trabajo, mudanzas, el barrio. Ricardo contó que se habían jubilado hacía tres años y que seguían viajando cuando podían. Elena hablaba poco y miraba mucho. A mí sobre todo. A Laura a veces.

Cuando Laura sirvió la tarta, puso la mano izquierda sobre el muslo de Ricardo. Sin rodeos. Sin excusa. Él dejó el cubierto en el plato y la miró.

—¿Estás segura, Laura? —le preguntó.

—Pregúntale a Martín.

Yo ya tenía la mano bajo la falda de Elena. Lo entendí por cómo había dejado de respirar. Tenía los ojos medio cerrados y el pecho le subía en pausas largas. Cuando volvió a inhalar, fue un gemido corto que se le escapó.

Le rocé las bragas por encima y estaban empapadas.

—¿Puedo besarla? —le pregunté a Ricardo.

—Bésala.

La besé despacio, sin prisa, como si llevara toda la cena calculándolo. Elena me rodeó la nuca con una mano y con la otra buscó mi bragueta directa, sin tantear.

Laura se había agachado sobre Ricardo. Le oí abrirle el pantalón y después el gemido seco de Ricardo cuando ella se lo metió en la boca.

—Joder, Laura —oí que decía él.

—¿Te gusta?

—Mucho.

—Pues no te corras todavía. Quiero sentarme encima.

La vi desnudarse allí mismo, entre los platos y las copas. Elena hizo lo mismo a mi lado, dejándome bajarle el sujetador con los dientes. Tenía los pechos más blancos de lo que imaginaba, con los pezones oscuros y esa piel que tiene una mujer que se ha cuidado toda la vida.

Elena se me sentó a horcajadas. La primera embestida la dio ella bajando el peso, y yo solté un gruñido tonto contra su cuello.

A un metro de nosotros, Laura se hundía sobre Ricardo. Los dos nos movíamos en paralelo, y de vez en cuando Elena giraba la cabeza para mirar a su marido. Ricardo la miraba también. No sabía qué me excitaba más: Elena moviéndose sobre mí o la cara de Ricardo mirando a su mujer clavada en otro.

—¿Les gusta lo que están viendo? —le pregunté a Elena al oído.

—Nos está matando a los dos.

—Pues miren bien.

***

Estuvimos así diez, quince minutos. Las nociones de tiempo se deshacen cuando cuatro personas respiran al mismo ritmo. En algún momento Laura se estiró hacia delante y alcanzó la mano de Elena por encima de la mesa. Se la apretaron. Fue el gesto más raro y más íntimo de toda la noche.

Entonces Laura tuvo una idea. Se levantó, desmontó a Ricardo con cuidado y le dijo que se masturbara él solo. Que quería verlo correrse sin ayuda de nadie.

—¿Sin que me toques tú?

—Sin que te toque yo. Míranos a nosotros si quieres. O mírala a ella.

Ricardo se cogió la polla y empezó a moverse despacio. Elena, encima de mí, giró el torso para no perdérselo. Le vi temblar la mandíbula, las venas del cuello, esa cosa que les pasa a los hombres cuando llevan demasiado rato aguantando. No tardó. Soltó un grito corto, seco, y se corrió sobre su propia mano mirando a su mujer clavada en la polla de otro.

A Elena se le escapó un gemido solo de verlo.

—¿Y tú? —me preguntó ella, todavía montada encima—. ¿Te vas a correr?

—No. Yo voy a follarme a mi mujer. Y a ti también, si me dejas.

—Me dejo.

Ricardo se limpió con una servilleta, se vistió sin prisa y fue hasta Elena. Le dio un beso largo en la boca, otro en la frente, y le susurró algo que no llegué a escuchar. Ella asintió.

—Me vuelvo a casa, chicos —dijo Ricardo—. Es todo lo que puedo hoy. Pero Elena se queda si ella quiere.

—Me quedo.

La puerta se cerró y nos quedamos los tres en el comedor, con la mesa a medio recoger y el sabor del vino seco en la boca.

—Vamos a la habitación —propuso Laura—. Se está mejor en la cama.

***

Los tres desnudos sobre el colchón era otra cosa distinta. Elena se sentó en el borde y nos pidió mirarnos a Laura y a mí mientras empezábamos. Nos contó que nunca había podido mirar a nadie acostándose delante de ella. Que Ricardo no se lo permitía.

Laura entendió al segundo. Me empujó contra la almohada y se me subió encima empezando despacio, hablándome al oído como si Elena no estuviera.

—La tenías dura todo el rato mirándole las tetas —me susurró.

—Todo el rato.

—Por eso le he hecho una mamada a él primero. Para ver qué hacías tú con ella.

—Bien hecho.

Elena se masturbaba en silencio a un metro. Se corrió dos veces así, sin tocarnos. A la tercera, Laura se apartó de mí, la cogió de la mano y la besó en la boca sin avisar. Elena sabía a vino y a labial corrido.

—¿Puedo ahora? —pregunté.

—Puedes.

Nos intercambiamos sin ceremonia. Me puse sobre Elena y Laura se quedó al lado, con la mano entre las piernas de Elena mientras yo la penetraba. Elena miraba a Laura a los ojos y le pedía sin palabras que no parara de tocarla.

—Córrete dentro de ella —me dijo Laura.

—Dilo otra vez.

—Córrete dentro de Elena. Quiero verlo.

Me corrí. Elena también, en la misma oleada. Laura se quedó callada con los dedos todavía entre sus piernas, sintiendo cómo Elena se apretaba y se soltaba contra ellos.

Nos quedamos los tres tumbados, el techo lejos, la respiración bajando despacio. Elena estiró un brazo, encontró la mano de Laura y la apretó.

—Ricardo y yo llevábamos mucho tiempo queriendo esto —dijo—. No nos atrevíamos.

—¿Y ahora?

—Ahora ya sabemos que sí.

—La próxima cena la hacen ustedes —dije desde el otro lado de la cama.

Elena se rió por primera vez en toda la noche. Una risa de mujer que se ha quitado un peso de encima.

—La próxima cena la hacemos nosotros.

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Comentarios (8)

Carlitos22

Tremendo relato!! Me enganche desde el primer parrafo, muy bien narrado.

JoseArgento

Jajajaja lo del baño me mato, eso es demasiado real... casi da vergüenza admitirlo. Excelente!!

slipper

Y la segunda parte?? Me quede con las ganas de saber como termino todo

pampero_73

Me recuerda a cuando viví en un depto con paredes finísimas, los vecinos tambien eran muy... activos jaja. Buen relato, se disfruta.

NochiVerde

Buenisimo!!!

Ricardo_77

El detalle del tabique es demasiado real, creo que todos hemos pasado por algo asi alguna vez jajaja. Muy bueno!

RubenMza

Me gusto mucho la premisa, esa tension desde la primera noche... espero que haya una parte 2

vane_mtz

Ay que situacion, incomoda y emocionante al mismo tiempo jaja. Me encanto como esta contado, se siente muy veridico.

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