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Relatos Ardientes

El matón del parque me obligó a pagarle con mi cuerpo

Tengo cuarenta y siete años, un divorcio reciente y la certeza de que la vida se ríe en la cara cuando menos lo esperas. Mi exmarido Andrés me dejó por la ayudante de su despacho, una chica de veintipocos con todo operado y los labios permanentemente hinchados. El cliché más rancio del mundo, convertido en mi realidad.

Sospechaba hacía meses que algo pasaba con Laura, esa mocosa de risa chillona que le llevaba informes a casa cuando él fingía trabajar los sábados. No quise verlo hasta que fue demasiado tarde. Fui una ingenua. Y lo peor es que, si él llamara mañana a la puerta pidiendo volver, creo que le abriría sin preguntar, sin hacerle un solo reproche, incluso fingiendo no saber nada con tal de que regresara a dormir conmigo.

Tras la separación tuve que mudarme del piso en la zona alta, con vistas al río y portero, a este agujero que huele a humedad y a cañerías viejas. Aquí el alquiler no me estrangula y puedo seguir sacando adelante a Lucas, mi hijo.

Él tiene dieciocho años recién cumplidos y es lo único que de verdad me importa. Yo no trabajo, nunca lo he hecho, y a mi edad, sin un solo contrato sellado a mi nombre, soy mercancía averiada en el mercado laboral. Vivo de la pensión que me pasa el imbécil de mi ex, estirando cada euro para que a Lucas no le falte nada.

Mi hijo es frágil. Siempre lo ha sido. Lo crié entre algodones, demasiado protegido por mí, y ahora se está convirtiendo en carne fresca para un barrio que devora lo que huele a debilidad. Tímido, callado, con esa costumbre de bajar la cabeza cuando alguien lo mira fijo. Desde que nos mudamos aquí se le apaga la luz un poco cada día.

La primera vez que llegó con el labio reventado y los ojos vidriosos, algo se me rompió por dentro.

—¿Qué te ha pasado, cariño? —le pregunté, intentando tocarle la cara.

Me apartó la mano de un manotazo seco.

—Déjame en paz. Es culpa tuya por dejar que papá se largara. Por traerme a esta mierda de barrio.

Dos días después, la misma estampa: sangre seca bajo la nariz y reproches envenenados. Mi hijo se apagaba delante de mí y yo no sabía cómo llegar a él. Hablaba de dejar el instituto, de encerrarse en la habitación, de que la vida no tenía sentido.

Luego empezaron los robos.

Pequeñas cantidades que desaparecían de mi bolso cuando lo dejaba en el recibidor. Veinte euros un martes. Diez el jueves. No dije una palabra. Lo observaba en silencio, cosiendo mis propias conclusiones, hasta que una noche ya no pude más y decidí seguirlo.

Salí cinco minutos después que él, abrigada con una gabardina oscura. Lucas enfiló la cancha de baloncesto del parque. Me escondí detrás de un árbol, hundiendo los tacones en la tierra húmeda, sintiendo el frío del otoño colarse por las medias y un miedo físico apretándome el estómago.

Había cuatro o cinco chavales jugando. Todos un par de años mayores que mi hijo.

Me fijé enseguida en uno de ellos. Alto, casi dos metros. Una mole de músculo joven y arrogante embutido en una camiseta de tirantes que dejaba al aire unos bíceps tatuados con letras negras. Su sonrisa no era limpia; era la de un perro que sabe que tiene a su presa acorralada.

Desde mi escondite sentí dos cosas a la vez: rabia de madre y un pánico helado que me paralizaba. Pensé en llamar a la policía, pero sabía que solo empeoraría las cosas para Lucas. Tenía que tragarme el instinto y mirar.

—Qué pasa, Lucas... —la voz del grandullón vibró en el aire, pesada de ironía—. Ya te estábamos echando de menos, chaval.

Lo abrazó. No fue un gesto amistoso. Fue una exhibición de poder. Le sacaba una cabeza entera. Vi cómo sus dedos se hundían en los hombros de mi hijo, dominándolo sin necesidad de levantar la mano.

—¿Has traído lo de hoy? —preguntó.

Lucas se metió la mano en el bolsillo con los dedos temblando. Sacó un billete.

—Lo siento, Iván... es todo lo que he podido sacar. Mi madre ya sospecha... —se calló, tragándose la vergüenza de admitir en voz alta que me robaba.

Iván sonrió. Cogió el billete con desprecio, se lo guardó y le dio un empujón que casi lo tira al suelo.

—Quiero el resto mañana... o ya sabes lo que hay.

Los otros rieron. Lucas bajó la cabeza y emprendió el camino a casa. Yo me quedé clavada detrás del árbol, sintiendo cómo la impotencia me quemaba por dentro. Mi hijo pagaba para que esos matones no lo machacaran.

***

Al día siguiente dejé el bolso abierto sobre una silla del salón. Esperé. Cuando volví, faltaban treinta euros.

No grité. No lloré. Sentí una calma glacial apoderarse de mí. Yo era su madre y estaba obligada a protegerlo, costara lo que costara.

Esa misma noche atravesé el parque con la sensación de que las sombras de los columpios vacíos me vigilaban. La escena se repetía como un espejo: el foco parpadeante, el eco del balón contra el asfalto, ellos.

—¡Iván! —grité desde el borde de la cancha.

Mi voz salió más aguda de lo que quería. Él sostenía el balón, a punto de lanzar. Se quedó inmóvil y giró la cabeza muy despacio, como si no pudiera creer lo que veía. Se acercó con ese andar chulesco y pesado, recorriéndome entera bajo la luz amarillenta de la farola.

—¿La conozco a usted, señora? —soltó con una suficiencia que me revolvió las tripas.

—Soy la madre de Lucas —tartamudeé, cuadrando los hombros para no temblar—. Y vengo a avisarte: si vuelves a tocarlo, te denuncio. Mi exmarido es abogado y tengo pruebas de cómo lo chantajeas.

Improvisé sobre la marcha, con los puños cerrados para que no viera cómo me temblaban las manos. Iván era pura mole, aunque fuera joven.

Soltó una carcajada seca, cortante, y miró por encima del hombro a sus amigos, que habían dejado de jugar.

—Esta dama tan guapa es la madre de Lucas —anunció al grupo, burlón—. Y dice que me va a denunciar por no sé qué de extorsión.

El resto estalló en risas. Sentí cómo la sangre me subía a las mejillas. En ese instante supe que mis amenazas eran papel mojado en su código de ratas.

Los demás volvieron a sus lanzamientos, ignorándome como si fuera un poste más del parque. Iván se quedó frente a mí, invadiendo mi espacio hasta que pude sentir el calor que desprendía su cuerpo.

—Se equivoca, señora. Yo no extorsiono a su hijo —dijo, acortando aún más la distancia—. Yo lo protejo para que otros no se lo meriendan, así de claro. Este barrio es chungo. Alquilo mis músculos a los que no saben defenderse... pero si usted se pone exquisita, a partir de mañana Lucas se defiende solito.

Lo dijo con un orgullo animal, casi rozándome con el pecho. Dio media vuelta para regresar a la cancha, pero el pánico me hizo reaccionar. Le agarré del brazo. Su piel estaba caliente y dura como la piedra.

—¿Cuánto quieres? —le solté a bocajarro.

Iván giró despacio. Su sonrisa ya no era burla. Era algo más oscuro, casi una promesa.

—Vaya con la señora... —soltó otra carcajada—. Viene aquí soltando amenazas, faltándome al respeto delante de los míos, ¿y ahora pretende que haga de niñera de su cachorro? Cuide usted de él, que para eso es la madre.

—Por favor... —rogué, sintiendo que las palabras se me atascaban en la garganta—. Lucas es un buen chico y no aguantaría otra paliza.

Me humillé. Así de simple. Delante de aquel crío que podía ser mi hijo, en mitad de un parque que olía a orines, tiré por tierra los restos de la mujer elegante que era unos meses atrás. Iván se detuvo a medio camino, dejando que el foco de la cancha dibujara el relieve de sus músculos bajo la camiseta.

—A partir de ahora solo trataré con usted, no con su hijo. Lucas me paga los lunes; un pago, una semana de protección. Así funcionan las cosas por aquí.

Me sostuvo la mirada. La bajó un segundo hacia mi boca antes de rematar:

—Venga el próximo lunes por la noche. Le diré a Lucas que ya no tiene que soltar un duro, que lo protegeré igual. Y no le contaré que hemos hablado.

Se dio la vuelta sin esperar respuesta, dejándome allí plantada, respirando polvo y sabiendo que acababa de pactar con el diablo.

***

Los días siguientes, Lucas cambió. Ya no se encerraba a pudrirse en su rabia. A ratos hasta sonreía. Como si alguien le hubiera soltado el cuello.

El lunes por la noche lo encontré tranquilo, tirado en el sofá, absorto en una serie. Le mentí sin esfuerzo, diciéndole que bajaba a tirar la basura, y salí a la calle con el bolso pegado al estómago, como si pudiera protegerme de lo que ya sabía que iba a pasar.

Iván me vio llegar. Hizo un gesto seco a sus amigos y abandonó la cancha con la calma arrogante de quien sabe que el mundo gira a su alrededor.

—La estaba esperando —dijo, con una media sonrisa que no tenía nada de amable.

—Dime cuánto es —solté, clavando los pies en el suelo—. No tengo mucho, Iván. Estoy divorciada y no trabajo.

No me estaba escuchando. Me miraba. Despacio. Sus ojos bajaron por mi escote, se quedaron ahí sin disimulo, siguieron por la cintura, por las caderas, volvieron a mis labios.

—Hay que estar muy mal de la cabeza para dejar escapar a una hembra como usted —dijo, con una voz baja, sucia—. Se le nota en la cara que tiene ganas de que se la follen bien... Seguro que su marido no sabía metérsela como merece. Apuesto a que su exmarido tenía una polla ridícula y se corría en dos minutos, dejándola con el coño seco y las ganas colgando.

Me sonrojé. No de pudor. De miedo. Y de una vergüenza que me quemó por dentro al darme cuenta de que sus palabras no solo me ofendían; también me humillaban... y algo más que no quería nombrar. Porque acertaba. Andrés siempre había sido un amante mediocre, apurado, egoísta, y yo llevaba años sin sentir un orgasmo de verdad.

—No estamos aquí para hablar de mí ni de mi exmarido —ataqué, abriendo el bolso con dedos que apenas me obedecían—. Dime cuánto quieres y acabemos.

—Esto ya no va de dinero.

Di un paso atrás. El instinto de huida me gritaba en los oídos. Tenía el móvil en el bolsillo, pero sabía que no me daría tiempo a marcar.

—Tranquila... no voy a tocarla —dijo, con una calma que me heló más que cualquier amenaza—. Estos días me he hecho amigo de su chaval. Nadie se atreve ya a meterse con Lucas. A él no lo tocará nadie. Pero usted... a usted apetece follársela más que a su hijo —soltó una risa ronca—. Apuesto a que tiene un coño precioso, apretado, de esos que llevan años sin una buena polla dentro.

Entonces lo entendí. El cambio de Lucas, su seguridad repentina... Iván no miraba mi bolso; me devoraba el escote, bajando la vista hacia mis piernas con una lascivia pesada, imaginándose entre ellas.

—Es usted una mujer con carne donde agarrar —comentó, con una crudeza que me revolvió el estómago—. Justo como a mí me gustan. Con tetas grandes que se bambolean, con culo que rebota cuando se lo follan por detrás. Y las maduras más todavía, porque cuando se sueltan, se sueltan de verdad. Joder... con la madre de Lucas.

—No pienso consentir que... —empecé a protestar.

No me dejó terminar. Apoyó un dedo en mis labios. Firme. Seco. Inapelable.

—Shhh...

Y en ese gesto tan simple entendí que yo no llevaba la conversación.

—Cuando veo a una señora como usted paseando por el barrio, siempre me pregunto qué llevará debajo de la falda —soltó con una parsimonia cruel, sin apartar los ojos de mis caderas—. Si llevará braguitas tipo abuela o tanguitas como las de las chavalas. Si tendrá el coño depilado o con matorral.

—¡Eres un cerdo! —exploté, esquivando su mirada. Nadie me había hablado así en mi vida—. Dime cuánto quieres de una maldita vez.

Iván torció el gesto con un aburrimiento fingido y empezó a girarse hacia sus amigos. El pánico por Lucas me golpeó como un rayo. Le agarré del brazo sin pensar, sintiendo otra vez el calor de su piel. Él se detuvo, esperando, sabiendo que me tenía acorralada en mi propia desesperación.

—¿Va a aclararme la duda o va a hacerme perder el tiempo? —preguntó.

—Bragas. Los tangas me resultan incómodos —solté apresuradamente. Mi voz sonó ridícula.

Iván esbozó una media sonrisa cargada de una lascivia que me hizo encogerme por dentro. No era la sonrisa de un chico joven. Era la de un hombre que sabe qué cuerdas pulsar para que una mujer se desmorone.

—Lo sospechaba... —dijo, acercándose hasta que pude sentir su aliento—. Pues con ese culo que tiene, un tanga le quedaría de muerte. Dame tus bragas. Ese es el pago de esta semana. Pero tendrás que quitártelas aquí.

Sentí que el mundo se encogía, que solo quedábamos él y yo en esa esquina podrida del parque. Con un movimiento mecánico me subí la falda. La tela resbaló por los muslos hasta la cintura, dejando mi ropa interior a la vista de sus ojos hambrientos. Iván no parpadeaba. Su respiración se volvió más sonora.

Me bajé las bragas despacio, sintiendo el aire frío de la noche golpearme la intimidad. Al levantar un pie para sacarlas, el tacón se enganchó en la fina puntilla. Durante unos segundos eternos tuve que mantenerme en equilibrio, expuesta por completo, ofreciéndole una visión cruda de mi coño entreabierto, con el vello recortado y los labios rosados brillando de una humedad traidora. Iván devoró la escena, fija la mirada en esa humedad que, para mi absoluta vergüenza, empezaba a brotar sin mi permiso, chorreándome ya por la cara interna de los muslos.

—Joder, qué coño más rico tienes, Helena. Y mira cómo estás chorreando, zorra... —masculló, relamiéndose—. Se te está poniendo hecho una sopa solo con mirarte. Eso es que llevas demasiado tiempo sin que te la metan bien.

Se las tendí con la mano temblorosa. Él las cogió, hundió la nariz en el puente de la prenda, empapado de mis flujos, y aspiró con una intensidad que me hizo estremecer. Sacó la lengua y lamió la tela húmeda con los ojos cerrados, saboreándome como si fuera un manjar.

—Menudo coño tienes que tener... Saben a gloria —dijo, guardándoselas en el bolsillo del chándal—. Y esto es solo el aperitivo. La próxima semana quiero probarte directamente de la fuente.

Agaché la cabeza. Me parecía increíble estar allí sin bragas, delante de ese matón de pacotilla, con el coño empapado y expuesto al aire frío de la noche, sintiendo cómo la humedad seguía brotando entre mis muslos.

—¿Cómo te llamas? —preguntó, inclinando la cabeza para buscarme los ojos.

—Helena —conseguí articular, sintiendo una palpitación vergonzosa y caliente entre las piernas, un latido que me recordaba lo excitada que estaba a mi pesar, una reacción que mi cabeza rechazaba pero que mi cuerpo gritaba.

—Hasta el lunes, Helena —dijo él, dándose la vuelta y regresando a la cancha sin mirar atrás.

Caminé de vuelta a casa sintiendo el roce de la falda directamente contra la piel desnuda, con el sexo palpitando, hinchado, todavía empapado. Cada paso me hacía consciente del vacío entre mis piernas, de cómo mis labios inflamados se rozaban entre sí, de cómo un hilo tibio de humedad me resbalaba por el muslo. Cuando llegué al portal, tuve que apoyarme en la pared y respirar hondo. Acababa de cruzar una línea de la que no se vuelve.

***

Dos días más tarde, el sonido de la llave en la cerradura me sacó de un letargo frente al televisor. Me incorporé con pereza, esperando ver la figura encorvada de Lucas regresando del instituto, pero cuando me asomé al pasillo el aire se me congeló en el pecho.

Mi hijo no venía solo. A su lado, llenando el espacio con una presencia que hacía que las paredes del piso parecieran encogerse, estaba él.

—Mamá —dijo Lucas con una ligereza que me dolió—, te presento a Iván. Un amigo del parque.

Me quedé muda, anclada al suelo. Iván dio un paso al frente, recortado contra la luz del pasillo. Llevaba una sudadera negra que apenas contenía la anchura de sus hombros y esa misma mirada de depredador que me había desnudado en el parque. Me recorrió de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en mis caderas, recordándome sin palabras que hacía menos de cuarenta y ocho horas yo me había subido la falda para él, que mi coño empapado había sido su espectáculo privado. Sabía que en ese momento, en el bolsillo de su pantalón o quizá en su mesilla, estaba mi ropa interior manchada de mis flujos.

—Encantada, Iván —conseguí articular, aunque las palabras sonaban gruesas—. ¿Y de qué os conocéis?

Le lancé una mirada asesina, cargada de una advertencia silenciosa. Aquel no era el pacto. El trato era en la oscuridad del parque, lejos de mi hogar y de la inocencia recobrada de mi hijo.

Lucas abrió la boca, pero Iván se le adelantó.

—A veces echamos unas canastas en el parque —su voz grave vibró en el pasillo estrecho. Al lado de Lucas, Iván no parecía un chaval; parecía un hombre hecho y derecho, un animal que acababa de marcar su territorio.

Me sostuvo la mirada con una fijeza insoportable. En sus ojos brillaba el poder de quien sabe que me tiene atrapada entre mi secreto y la seguridad de mi hijo.

—Su madre parece una mujer muy seria, Lucas —añadió, y por un instante sus labios se curvaron en esa sonrisa sucia que me hizo recordar el frío del parque, el sabor que él había extraído de mis bragas con la lengua, y la humedad vergonzosa que todavía sentía al pensarlo.

Lucas, ajeno a la corriente de alto voltaje que circulaba entre nosotros, le sonrió con admiración. Yo solo podía pensar en el próximo lunes, en la siguiente entrega, y en cuánto terreno más pensaba reclamar aquel salvaje antes de darse por satisfecho. Sus palabras seguían resonándome en la cabeza: «La próxima semana quiero probarte directamente de la fuente».

Se metieron en la habitación de Lucas con la excusa de echar unas partidas a la consola. Durante dos horas deambulé por el pasillo como un alma en pena, pegando el oído a la puerta. No me fiaba de él. Iván era una mala influencia, un delincuente en potencia que se había colado en nuestra vida casi sin enterarnos.

Cuando por fin salieron, yo estaba en la cocina preparando la cena. Me había cambiado los leggings ajustados y la camiseta que solía llevar por casa por unos vaqueros y una sudadera dos tallas más grande. Intentaba hacerme invisible, borrar cualquier rastro de la mujer que él había visto en el parque, protegerme bajo capas de algodón grueso.

—Mamá —dijo Lucas asomándose a la cocina con una energía que no le conocía—. Voy a dar una vuelta con Iván, quiere presentarme a unos colegas.

—¿A estas horas? —pregunté, y el corazón me dio un vuelco.

—Mamá... —soltó, visiblemente avergonzado delante de su nuevo ídolo—. Ya tengo dieciocho años.

Se dio la vuelta y abandonó la cocina con paso decidido.

—Tranquila, señora, yo se lo cuido —gritó Iván desde el pasillo.

Su voz arrastrada llevaba una carga de ironía que me hizo temblar. Escuché el portazo y el silencio volvió a la casa, pero era un silencio contaminado.

***

El siguiente lunes llegó con el peso de una sentencia. Antes de salir, bajo la farsa de sacar la basura, entré en el baño. Me quité las bragas del día y, tras un instante de duda que me hizo odiarme, busqué unas nuevas en el cajón. Elegí unas de seda burdeos, con el puente estrecho. Sentir el tejido limpio ajustándose a mi coño me provocó un escalofrío. No solo lo hice por pudor. Fue una ofrenda morbosa que no quería reconocer. Delante del espejo, con la falda todavía subida, me pasé un dedo por los labios inflamados y comprobé que estaba mojada. Húmeda desde antes de salir de casa. Húmeda de solo pensar en él.

Atravesé el parque con el pulso desbocado, sintiendo que cada sombra era una vecina juzgándome. Iván estaba solo, sentado en un banco de madera bajo una farola de luz amarilla junto a la cancha. Fumaba despacio, con la espalda apoyada en el respaldo y una lata de cerveza al lado. Al verme, soltó el humo con una lentitud exasperante, como si estuviera cronometrando mi miedo.

Los nervios me consumían. Quería que esto acabara pronto. Sin decir palabra, me acerqué a él y llevé las manos al dobladillo de la falda, dispuesta a repetir el ritual, darle la prenda y huir a la seguridad de mi salón. Así de simple y rápido. Pero antes de que pudiera subir la tela, su mano, grande, se cerró sobre mi muñeca con una fuerza que me detuvo en seco.

—¿Qué vas a hacer? —su voz era un susurro áspero que me golpeó la cara.

—Dártelas y largarme —logré decir con un hilo de voz.

—Hoy no, Helena. Hoy quiero más que eso. Llevo toda la semana pensándolo, follándome tus bragas por las noches, imaginando cómo será metértela hasta el fondo. No me voy a conformar con tan poco.

Se levantó de un salto sin soltarme y me empujó con firmeza brutal hacia la oscuridad, detrás del tronco de un álamo viejo que nos ocultaba de la farola. Me estampó contra la corteza rugosa. Antes de que pudiera protestar, su boca se estrelló contra la mía.

El beso empezó casi tímido, un roce de labios que sabía a tabaco y cerveza, pero en un segundo se transformó en un asalto. Metió la lengua con una urgencia salvaje, recorriéndome la boca como si le perteneciera, enroscándose con la mía, chupándomela, mordiéndome el labio inferior hasta hacerme gemir contra su boca. Nunca, ni siquiera Andrés en nuestros mejores años, me había besado así, con una posesión tan invasiva. Sentí cómo mi coño respondía al instante, empapándome las bragas nuevas, palpitando entre mis muslos con un hambre que llevaba años dormida.

—Me gustas, Helena —jadeó cuando nuestros labios se separaron apenas unos milímetros—. ¿Quieres notar cuánto me gustas?

Me agarró la mano y, con un movimiento seco, la estampó contra su entrepierna. A través de la tela fina del chándal noté una dureza descomunal que me cortó la respiración. Un bulto rígido, largo, palpitante que se marcaba obscenamente contra el algodón.

Sin soltarme la muñeca, metió su propia mano por el elástico del pantalón y guio la mía hacia dentro. Mis dedos se cerraron sobre su polla caliente, palpitante, con una turgencia y un grosor que me aflojó las piernas. Era gruesa, tanto que mis dedos apenas la rodeaban. La piel ardía y una gota de líquido preseminal me humedeció el pulgar cuando rocé el glande, hinchado y descubierto.

—¿Te gusta? —gruñó al oído—. Está así por ti, por esa boca de puta que tienes. Vamos, mueve la mano, mamona... seguro que sabes hacer una paja como Dios manda. Enséñale a este chaval cómo lo hace una mujer con experiencia.

Con una torpeza que me avergonzaba, saqué su verga por fuera del chándal. Me quedé sin aliento al verla bajo la luz filtrada de la farola. Enorme. Gruesa, venosa, con el glande morado y brillante, un pedazo de carne viva que no tenía nada que ver con la de mi exmarido. Andrés era mediocre en todo, también ahí. Esta polla era un arma. Empecé a mover la mano arriba y abajo, sintiendo la textura de su piel deslizarse sobre la dureza interior, apretando los dedos, acompasando el ritmo. Iván cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un gruñido gutural.

—Así, zorra, así... escúpela, mójamela bien —jadeó.

Sin pensarlo, obedecí. Junté saliva y dejé caer un hilo espeso sobre el glande hinchado. Extendí la humedad con la palma, deslizándola con más facilidad, sintiendo cómo su polla se ponía todavía más dura entre mis dedos.

—Prométeme que cuidarás de Lucas —supliqué, mientras la mano aceleraba el ritmo casi por instinto, meneándosela con las dos manos ahora, subiendo y bajando por toda la extensión.

—Sigue, puta... sigue meneándomela así —gimió él, ignorando mi pregunta—. Joder, qué manos tienes. Menuda paja...

Nadie me había llamado zorra ni puta en mi vida, pero los insultos, en lugar de indignarme, encendían un fuego húmedo entre mis muslos. Sentí cómo mis bragas nuevas se empapaban por completo, cómo un hilo de humedad me resbalaba por la cara interna del muslo. Continué masturbándolo, apretando los dedos, retorciendo la muñeca en cada subida, deteniéndome un instante en el glande para masajearlo con el pulgar, sintiendo cómo su respiración se volvía errática.

—Haré que te corras, lo prometo —dije en voz baja, con una voz que ni yo misma reconocía, ronca, hambrienta—. Pero antes... júrame que no dejarás que le ocurra nada malo a mi hijo.

Él se inclinó y me mordió el cuello con fuerza, arrancándome un jadeo, mientras una de sus manos trepaba por la blusa hasta apretarme un pecho con una presión que me hizo gemir alto.

—Tranquila, no le pasará nada... tienes mi palabra. Pero deja que te vea las tetas. El otro día en tu casa, con esa camiseta ajustada, me parecieron enormes. Llevo días imaginándomelas.

Sentí vértigo, pero ya era demasiado tarde. Pensé que lo de menos era mostrarle los senos. Dejé que me desabrochara los botones de la blusa con una impaciencia febril. Me subió el sujetador de un tirón rudo, dejando mis pechos al aire, pálidos bajo la penumbra del parque, con los pezones erectos, duros como piedras, delatándome.

—Joder, qué pedazo de tetas, Helena —susurró, con una mezcla de asombro y hambre—. Y mira esos pezones, están pidiendo a gritos que te los chupen. Estás cachondísima, zorra, no me lo puedes negar.

Se inclinó y comenzó a devorármelos. Se metió uno entero en la boca, chupándolo con fuerza mientras su lengua caliente giraba alrededor del pezón. Lo mordisqueó, tiró de él con los dientes hasta hacerme gritar, y saltó al otro, repitiendo el asalto. Con la mano libre me apretó el pecho abandonado, pellizcándome el pezón entre el pulgar y el índice, retorciéndolo. Yo seguía masturbándolo con desesperación, sintiendo cómo su polla se hinchaba todavía más en mis dedos, cómo palpitaba anunciando el estallido.

El placer y la culpa se mezclaron en mi garganta. Mi propio coño chorreaba, palpitaba con un vacío insoportable, pidiendo a gritos que algo lo llenara. Apreté los muslos con fuerza, intentando ahogar el pulso caliente que me martilleaba el clítoris.

—Voy a correrme, puta... voy a correrme en tus tetas —gruñó Iván, tensando todo el cuerpo—. Sigue, sigue meneándomela así, no pares...

Aceleré el ritmo, con las dos manos ahora, sintiendo cómo su verga se ponía todavía más dura y caliente en el instante previo. De repente, Iván soltó un grito sordo, gutural, y se tensó por completo. El primer chorro caliente de su semen me salpicó en el pecho, cayéndome sobre el pezón, resbalándome por el vientre. El segundo me alcanzó la mano, el antebrazo, la falda. Los espasmos siguieron durante varios segundos eternos, vaciándose contra mi cuerpo con una abundancia que me dejó atónita. Nunca había visto a un hombre correrse tanto, ni con tanta violencia.

Me quedé paralizada, sintiendo el último espasmo bajo mis dedos, con las manos y el pecho pringosos de su semilla caliente, viendo cómo un hilo espeso me resbalaba entre los pechos. En cuanto se relajó, solté su miembro asustada, todavía duro, todavía palpitando en mi mano.

—Joder, qué gustazo... —jadeó él, con la respiración entrecortada—. Menuda paja, zorra. La próxima vez esa boca. Y luego el coño. Voy a follarte hasta que no puedas caminar, Helena. Voy a hacer que te olvides de que existió tu marido.

Sus palabras me golpearon en el vientre como un latigazo. Me pasé el dorso de la mano por el pecho, intentando limpiarme el semen que me chorreaba entre los senos, pero solo conseguí extenderlo más. Me bajé el sujetador a toda prisa sobre la piel manchada, con las manos pringosas y temblorosas, y me abroché la blusa de cualquier manera, sintiendo cómo la tela absorbía la humedad tibia contra mis pezones todavía erectos. No pude mirarlo a la cara. Me sentía despojada, vaciada de toda dignidad. Acababa de masturbar a un chaval de diecinueve años en la mitad de un parque público, había dejado que me manchara los pechos con su corrida, y lo peor, lo verdaderamente insoportable, era que mi coño seguía palpitando insatisfecho, deseando que me hubiera penetrado allí mismo, contra el árbol. Nadie que me conociera de antes podría creerlo.

Me di la vuelta y eché a andar rápido, casi corriendo, hacia la salida del parque, con el semen todavía escurriéndoseme por dentro de la blusa y las bragas empapadas de mi propio deseo.

—¡Dale recuerdos a Lucas de mi parte! —me gritó desde la oscuridad, con una risa cargada de triunfo que me persiguió hasta el portal de mi casa.

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Comentarios(10)

AnaSol72

Increible!!! hace tiempo que no leia algo tan intenso en esta seccion

Pedro_Noche

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de saber como sigue todo esto!!

Lorena_Baires

Me recordo a algo que viví hace años jajaja. Muy buen relato, muy creible

MatiasMDP

El ritmo esta muy bien logrado, no te aburre ni un momento. Seguí publicando por favor

NocheRoja7

Que final... no me lo esperaba. Tremendo

SolMdq

Habra continuacion?? espero que si porque asi como termina quede con ganas de mas

viajero_roro

La tensión que se genera desde el comienzo es lo que mas me gustó. Se nota que hay talento para mantener al lector en vilo. Sin dudas uno de los mejores relatos de esta categoría que lei en mucho tiempo

CaroMdz

buenísimo!!!

Damian_BsAs

La protagonista es muy creible, eso es lo que hace que uno se meta de lleno en la historia. Buen laburo

Maxi_2077

Esperando el proximo relato. Saludos!

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