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Relatos Ardientes

Aquella noche mi madre y yo cruzamos lo prohibido

Llevábamos casi cuatro años solos, mi madre y yo. Desde que mi padre se marchó, ella se hundió en el trabajo como quien se mete en un túnel: a tiempo completo, sin quejarse, sin mirar atrás. La veía pasar por la cocina muy temprano, tomar el café de pie, revisar el teléfono con cara de quien ya está en la oficina antes de llegar, y salir antes de que yo terminara de despertar. Los fines de semana eran iguales. Siempre había algo que hacer, algún pendiente, alguna excusa para no quedarse quieta demasiado tiempo.

Era un sábado a finales de octubre. Yo tenía veinte años y ella acababa de llegar de una semana especialmente larga. La encontré sentada en el sofá con los zapatos todavía puestos, la bolsa tirada en el suelo al lado, mirando la pared. No la televisión: la pared. Pensé que algo en ella se estaba apagando de a poco y que nadie lo estaba viendo.

—¿Tomamos algo? —le pregunté.

Se hizo la difícil, como siempre que yo la invitaba a algo fuera de lo rutinario. Dijo que estaba cansada, que no bebía entre semana, que el sábado también contaba. La fui convenciendo sin apuro, sin presionarla demasiado, hasta que acabó por aceptar con ese suspiro suyo que significa «está bien, ya sé que no me voy a salvar».

Saqué la botella de tequila que tenía guardada desde hacía meses. Para no espantarla, empezamos con algo mezclado, casi dulce, casi sin alcohol. Pero ya se sabe cómo funciona eso: el primero va despacio, el segundo llega solo, y del tercero nadie se da cuenta hasta que ya está servido. Mi madre no era muy afecta a beber. Eso hacía que el efecto llegara antes.

Se fue relajando. Le apareció ese brillo en los ojos que yo casi nunca le había visto. Empezó a hablar: del trabajo, de los vecinos, de una compañera que le daba problemas, de cosas pequeñas que en otro momento hubiera guardado para ella sola. Y luego, sin que yo lo buscara, llegó mi padre.

—Hay noches que extraño no estar sola —dijo, mirando el vaso—. No a él necesariamente. Solo tener a alguien.

Puse música. Algo tranquilo, sin letra, de fondo. Le pregunté si quería bailar y se rió como si fuera un chiste, pero se levantó.

Mi madre era de estatura media, el tipo de cuerpo que las películas ignoran pero que tiene algo de real que el resto no tiene: caderas anchas, pechos pequeños, ese trasero generoso que siempre había dicho más de ella que cualquier otra cosa. Había algo en la forma en que se movía, algo sin pretensiones y sin cálculo, que yo encontraba más atractivo de lo que nunca me había permitido reconocer.

Bailamos con distancia, al principio. Pero el tequila y la música hacen lo suyo.

—¿Papá te trataba bien cuando estaban juntos? —le pregunté, usando un tono de conversación normal, como si fuera una pregunta cualquiera.

No sé bien por qué lo pregunté así. Quizá porque quería abrir una puerta sin que pareciera lo que era.

Tardó un momento en responder.

—Tu padre tenía sus formas de hacerme sentir que seguía siendo mujer. —Hizo una pausa—. No siempre, pero las tenía.

—¿Qué tipo de formas?

Se rió, incómoda, mirando a otro lado.

—Andrés, eso no te lo voy a contar.

—Tengo veinte años, mamá.

—Precisamente porque tienes veinte años no te lo cuento.

Pero siguió bailando. Y yo la fui acercando un poco más, casi sin que se notara. La música seguía lenta. Mi mano bajó por su espalda hasta posarse en la curva de su cadera. No era un gesto que yo pudiera disfrazar de otra cosa, pero lo hice despacio, como si hubiera un acuerdo tácito entre los dos de no nombrar lo que estaba pasando.

—Hay cosas que se te olvidan cuando llevas mucho tiempo sin que nadie te toque —dijo ella en voz baja, casi para ella sola.

—¿Como cuáles?

Una pausa larga.

—Que te siguen apeteciendo esas cosas. Aunque te dices a ti misma que ya no.

Ahí estaba. Lo que yo había intuido sin saber cómo nombrarlo.

La apretujé un poco más. Ella no se resistió. Apoyó la frente en mi hombro, muy despacio, como si lo hiciera sin darse cuenta. Mi corazón iba más rápido de lo que debería. Deslicé los dedos desde su cadera hasta la parte baja de su espalda, apenas un centímetro más abajo de donde habían estado.

Ella no se movió.

Le puse la mano en el pecho, sobre la tela, sin brusquedad. Se tensó. Respiró diferente. Y cuando levantó la cara hacia mí, lo que vi en sus ojos no era rechazo.

Me besó ella primero.

Fue un beso corto, casi tentativo, como si estuviera comprobando que aquello era real. Luego me miró a los ojos y yo la volví a besar, y esa vez no fue tentativo.

***

La llevé hacia su dormitorio tomándola de la mano. Ninguno de los dos habló mucho. Había algo en el silencio que era más honesto que cualquier palabra. Me senté en el borde de la cama y la miré mientras ella estaba de pie frente a mí. Había poca luz. Solo la lámpara del pasillo, entrando por la puerta entreabierta.

Algo en esa imagen se grabó en mí de una forma que no sé bien cómo describir: mi madre de pie, mirándome, con el pelo un poco revuelto por el baile y los ojos que ya no eran los ojos de todos los días. Era una mujer. Simplemente eso.

—¿Estás segura? —le pregunté.

—No —dijo—. Pero tampoco me quiero arrepentir de no haberlo hecho.

Empecé despacio. Le desabroché los botones uno por uno, sin apuro, dándole tiempo a cambiar de idea si lo necesitaba. Ella se dejaba hacer, con los ojos entreabiertos y la respiración cada vez más visible. Cuando la vi, sentí algo difícil de separar: ternura y deseo mezclados de una forma que pocas veces había sentido.

Le recorrí el cuello con la boca. Las clavículas. La curva del pecho. Se estremeció cuando llegué a su pezón y lo tomé entre los labios, y escuché ese sonido suyo, suave y sin palabras, que me indicó que seguía bien, que quería que continuara.

—Andrés —susurró.

—¿Sí?

—No pares.

No paré.

Le recorrí el vientre con la boca, sin apuro, aprendiendo el mapa de su cuerpo por sus reacciones. Cuando llegué más abajo, ella abrió las piernas sin que yo lo pidiera. La toqué con los dedos primero, prestando atención a lo que le gustaba. Había algo en eso que me resultaba más íntimo que cualquier otra cosa: aprender a alguien desde cero, sin suposiciones, solo escuchando.

Cuando la tomé con la boca, se arqueó. Puso una mano en mi cabeza, no para empujarme sino para sostenerse en algo. Gemía en voz baja, contenida, como quien tiene el hábito de no hacer ruido aunque ya no haya razón para callarse.

—No te contengas —le dije.

Y no se contuvo.

Llegó con todo el cuerpo: los muslos apretando, las manos tensas, un sonido largo que salió de ella como algo que había estado esperando mucho tiempo para salir. La sostuve hasta que terminó, hasta que los músculos se le fueron soltando uno a uno y la respiración volvió a ser regular.

Tardó un momento en volver a hablar.

—Hace mucho —dijo simplemente.

—Lo sé.

***

Cuando me coloqué sobre ella, me miró directamente a los ojos. No apartó la vista. Eso fue lo más intenso de todo, creo: que no esquivó la mirada. Era como si quisiera estar presente en cada segundo, sin disimulo y sin distancia.

Entré despacio. Ella cerró los ojos y exhaló, y yo me quedé quieto un momento, sin moverme, solo para sentir.

Luego empezamos a movernos.

No hubo urgencia. Fue algo lento y continuo, como una conversación entre dos cuerpos que se están conociendo por primera vez aunque ya se conozcan de toda la vida. Ella tenía esa capacidad, que no todo el mundo tiene, de estar completamente presente. No en otro lugar. No pensando en lo que vendría después. Ahí, en ese momento, con toda su atención.

Me habló. No mucho, pero me habló.

—Así —decía a veces. O: —Sí, ahí. No pares.

Y yo obedecía.

En un momento la giré y ella se acomodó sola, sin que yo tuviera que explicar nada, apoyando las manos en el cabecero y ofreciéndome la curva de su espalda y el peso de sus caderas. La sostuve por los flancos y seguimos. Ella empujaba hacia atrás cada vez que yo empujaba hacia adelante, y en ese ritmo encontramos algo que no necesitaba nombre para funcionar.

Desde donde estaba podía ver la línea de su espalda, el movimiento de sus hombros, el modo en que respiraba con la boca abierta. Había algo en esa imagen, en verla así, entregada y sin vergüenza, que me resultó más hermoso de lo que esperaba.

—Me estás volviendo loca —dijo entre dientes.

—Bien.

Tardé en llegar. No porque no quisiera, sino porque no quería que terminara. Pero terminó. Y cuando terminé, caí a su lado y nos quedamos los dos mirando el techo en silencio durante un momento que debió de durar varios minutos.

Luego ella se rió. Suave, sin ironía, sin amargura.

—¿De qué te reís? —pregunté.

—De que no sé qué se supone que diga ahora.

—No tienes que decir nada.

—Eso tampoco parece lo correcto.

Me volví hacia ella y la miré. Tenía el pelo revuelto y los ojos más tranquilos que en meses. Más tranquilos que en mucho tiempo, si lo pensaba bien.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Estoy bien. —Una pausa—. Estoy muy bien, en realidad. Y eso es lo que no sé cómo manejar.

No respondí. Le puse una mano en el hombro y ella la dejó ahí. Afuera, la noche seguía igual. La música que habíamos dejado puesta en el salón llegaba apenas, casi imperceptible, como si viniera de muy lejos.

No hablamos de lo que había pasado esa noche. Ni esa noche ni el domingo. Había cosas entre nosotros que habían cambiado para siempre, y los dos sabíamos cuáles eran sin necesidad de nombrarlas. Algunas cosas funcionan mejor así: reales pero sin palabras encima, sin el peso de definirlas.

A veces pienso que eso también es una forma de cuidar algo.

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Comentarios (6)

NachoCba

Increible como lograste meter la tension sin forzarla. Se siente muy real.

LecturaDeNoche

No suelo leer esta categoria pero el titulo me atrapo. No me arrepenti, muy bien escrito.

CarlaOk

Tremendo. me quede con ganas de saber que paso despues... hay segunda parte?

SombradeTarde

Buenisimo!!! tiene mucho morbo

ManuelOK

Esa tension del principio con el trago y la noche... muy bien lograda. Se siente que algo inevitable va a pasar y uno no puede dejar de leer.

Marce_conf

jaja la frase del trago al principio lo dice todo. Despues ya sabes... genial

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