Amanecer con el amigo joven de mis hijos
El despertador sonó a las seis de la mañana. Me levanté deprisa para apagarlo antes de que el ruido despertara a Diego, y me quedé un momento de pie en la penumbra, escuchando. Su respiración era lenta y profunda. Seguía dormido.
Fui al baño con cuidado, cerrando la puerta sin hacer ruido. La luz del espejo me encandilló y me quedé mirándome: despeinada, con las mejillas todavía sonrosadas, los labios un poco hinchados. Cuarenta y cuatro años, dos hijos adultos, casi diez de matrimonio muerto antes de que terminara el papel. Y ahí estaba yo, mirándome en el espejo a las seis de la mañana con esa cara de mujer que acaba de descubrirse a sí misma.
Me senté en el inodoro y me toqué sin querer. Me detuve. Estaba inflamada, húmeda, sensible como si cada terminación nerviosa hubiera decidido quedarse despierta toda la noche. Me pasé los dedos despacio y sentí el calor que no se había ido: lo que quedaba de horas de sexo, de Diego dentro de mí, de mi propio cuerpo entregándose una y otra vez de maneras que durante años me había prohibido.
Me lavé con agua fría. No me arrepiento de nada, pensé, y la certeza fue tan limpia que me sorprendió. Me miré una vez más al espejo. Volví a la habitación en silencio.
Estaba recostándome cuando sus manos me encontraron.
***
Me tomó de la cadera con firmeza y me jaló hacia él.
—¿Adónde ibas? —murmuró con voz ronca, sin abrir los ojos del todo.
—Al baño. Vuelve a dormir.
—Claro. —Se rio suavemente.— Eso voy a hacer.
Me quedé de espaldas a él, con su cuerpo pegado al mío y su brazo rodeándome la cintura. Era más joven que yo por más de veinte años, el mismo que mi hijo mayor, y sin embargo nunca había sentido que nadie me mirara de verdad hasta que Diego empezó a mirarme. No sabía si eso decía algo bueno o algo muy malo de mí, y en ese momento no me importaba.
—¿Sabes lo que me estabas gritando anoche? —preguntó, con esa sonrisa ladeada que ponía cuando me tenía exactamente donde quería.
—Yo no grité nada.
—Ah, no. Entonces era la vecina, que entró por la ventana.
Me reí a pesar de mí misma. Diego tenía eso: me hacía reír cuando menos lo esperaba. Era demasiado joven para saber tanto, y demasiado maduro para fingir que no lo sabía.
Su mano bajó, no con urgencia sino con esa calma lenta que me volvía loca. Me separó los muslos un poco y me acarició despacio, recorriendo lo que encontraba: hinchado, húmedo, todavía sensible de todo lo de la noche.
—Sigues caliente —dijo. No era una pregunta.
—Diego...
—¿Qué?
—No hagas eso.
—¿Por qué no?
No respondí. Él siguió, y en cuestión de segundos mi cuerpo me traicionó: me tensé entera, cerré los ojos, apretélo entre mis muslos sin querer. Me vine con un temblor largo, ahogando el sonido contra la almohada.
—Eso —dijo satisfecho.
Me quedé quieta un momento, recuperando el aliento. Luego me giré hacia él.
—¿Qué quieres ahora? —preguntó.
Me callé. Me daba vergüenza pedirlo, aunque después de todo lo de la noche anterior era ridículo tener vergüenza de ninguna cosa.
—Lo que me hiciste antes —dije al fin—. Con la boca.
—Sé más específica.
—Diego.
—Necesito saber exactamente qué quieres.
Me ardieron las mejillas. Era absurdo. Tenía más del doble de su edad y me hacía tartamudear como si fuera la primera vez que pedía algo así.
—Quiero que me la comas —dije, y me salió en voz baja pero clara.
Él no respondió. Me tomó de los muslos, me separó las piernas, y se colocó entre ellas sin decir una palabra más.
***
Lo que sentí fue inmediato. Su lengua me recorrió de abajo arriba, despacio, sin prisa, explorando cada pliegue como si tuviera todo el tiempo del mundo. Cerré los ojos y apreté las sábanas con ambas manos.
No era frenético. Era preciso. Alternaba entre lamerme los labios internos y succionarme el clítoris, y cuando yo empezaba a acostumbrarme al ritmo, lo cambiaba. Me mantenía en un estado de anticipación constante: cerca del borde pero sin dejarme llegar, administrando el placer como si supiera mejor que yo lo que necesitaba.
—Por favor —gemí—. Sigue.
—¿Qué cosa te gusta más?
—Todo. No pares.
Introdujo la lengua adentro y la movió en círculos lentos. Mis caderas se levantaron solas. Puse una mano en su cabeza sin pensar, no para presionarlo sino para tenerme a algo mientras el mundo dejaba de ser sólido bajo mí.
—Qué rica estás —murmuró contra mí, y la vibración de su voz me recorrió entera.
—Ay, papi...
Se rio. Esa palabra lo divertía siempre, aunque yo no la elegía: me salía sola, como un reflejo.
Sentía su lengua recorrerme los labios, jugando con ellos, bajando y subiendo, hasta que se introdujo de nuevo y comenzó a succionarme el clítoris con constancia. Mis mejillas ardían. Apretaba los dientes y soltaba el aire a pequeños sacudones.
Cuando finalmente me succionó fuerte, con la punta de la lengua fija sobre mi clítoris y dos dedos entrando en mí al mismo tiempo, me vine con una fuerza que me levantó las caderas del colchón. Grité sin poder evitarlo, apretando su cabeza entre mis muslos, sacudiéndome de principio a fin.
Tardé en volver en mí. Diego esperó, con las manos sobre mis muslos, mirándome.
—¿Satisfecha? —preguntó.
—Cállate —dije, y me reí.
—¿Segura? Porque parece que no.
Tenía razón.
***
Empujó mi cadera y me giró boca abajo.
—En cuatro —dijo.
No discutí. Me puse de rodillas, apoyé los codos en la almohada, y esperé. Lo escuché moverse detrás de mí. Me sentía expuesta y completamente entregada, y eso, descubrí hace tiempo con él, era exactamente lo que quería.
Entró de un golpe, hasta el fondo.
—Papi —solté, sin pensar.
—¿Qué?
—Nada. Sigue.
Empujó despacio primero, largo y profundo, sacando casi todo antes de volver a entrar. Después de unas veces así aceleró, y mis caderas respondieron solas, yendo a su encuentro en cada embestida. Me tomó del pelo con una mano, no para hacerme daño sino para fijarme, para que supiera quién decidía el ritmo. Me gustó demasiado.
—Puta —dijo en voz baja, sin crueldad, como quien constata algo.
—Sí —respondí. Lo era, en los términos en que él lo decía: alguien que quería esto sin pretextos ni vergüenza.
—¿Lo eres?
—Soy tuya.
Sus movimientos se volvieron más rápidos, más duros. Yo gemía con cada uno, ya sin intentar callarme. Cuando me vine fue con la cara en la almohada y un grito que no me importó. Me desplomé. Diego quedó sobre mí, todavía adentro, su peso cálido en mi espalda.
No se quedó quieto. Comenzó a moverse de nuevo, despacio, con largas estocadas que me hacían subir otra vez.
—Dame un beso —pedí.
Se recostó sobre mí, buscó mi cara, y me besó en la boca con calma, sin dejar de moverse. Me vine otra vez, casi sin darme cuenta, con un espasmo largo y suave que me recorrió de punta a punta.
—Dios mío —murmuré contra su boca.
—Sí —dijo él.
***
Después de un momento se apartó. Empezó a acariciarme las nalgas, a masajearlas con ambas manos, separándolas con calma.
—¿Te gusta lo que ves? —pregunté.
—Me encanta.
Me pasó el pulgar por el ano, apenas rozando. Me tensé un segundo.
—Tranquila —dijo.
—Estoy tranquila.
—Mentira.
Presionó un poco más, con cuidado, y yo me obligué a soltar el aire que tenía retenido. Su dedo entró muy despacio, y no fue solo dolor lo que sentí: fue algo más complejo, una presión que se convertía en calor, en algo que no sabía nombrar bien pero que quería seguir sintiendo.
—¿Bien? —preguntó.
—Sigue.
Agregó un segundo dedo. Los movió adentro con delicadeza. Yo apretaba la almohada con los puños y me mordía el labio. Luego los sacó, los pasó a lo largo de mi raja, y volvió a esa parte de mí que ya lo estaba esperando.
—¿Quieres que te lo meta aquí?
Levanté las caderas. Era su respuesta.
Lo sentí presionando, firme y cuidadoso al mismo tiempo, hasta que algo cedió y entró la cabeza. Solté un sonido que era dolor y alivio mezclados. Diego no avanzó más hasta que yo respiré hondo y me relajé.
—Más —dije.
Fue entrando despacio, centímetro a centímetro, deteniéndose cuando me tensaba, avanzando cuando yo soltaba el aire. Cuando estuvo todo adentro me quedé quieta con los ojos abiertos, sintiendo esa plenitud profunda y extraña que no se parece a nada.
Empezó a moverse. Largo y lento primero, dejándome acostumbrarme. El placer fue construyéndose de otra manera: más profundo, más primitivo. Mis gemidos eran diferentes, más desde adentro, más bajos.
Fue acelerando. Sus manos me aferraron las caderas con fuerza, y sus embestidas se volvieron más directas, más urgentes. Me empujaba contra la almohada con cada golpe y yo levantaba las caderas para darle mejor ángulo.
—Mi puta —dijo, y la palabra me llegó al vientre como una descarga eléctrica.
—Sí —respondí—. Soy tuya.
Me vine así, sin tocarme, solo con él adentro y el golpe repetido de sus caderas contra las mías. Fue largo y me sacudió entera. Segundos después lo escuché gruñir, aferrarse más fuerte, y terminar adentro de mí con un empuje final que me dejó sin fuerzas.
Me quedé con la mejilla contra la almohada, las piernas abiertas, incapaz de moverme.
—Quédate como estás —dijo Diego, riendo en voz baja—. Déjame verte.
Pasó una mano sobre mis nalgas, luego hundió los dedos en mi raja y yo gemí una vez más, suavemente, con el cuerpo agotado pero todavía respondiendo a él.
***
Nos quedamos recostados uno al lado del otro, en silencio. Afuera todavía era de madrugada. Diego metió una mano bajo las sábanas y la sacó húmeda.
—Las arruinaste —dijo.
—Tú las arruinaste.
—Dos errores que se anulan.
Se rio en voz baja. Yo también.
Después de un momento preguntó:
—¿Ya te habían hecho eso antes? Lo de atrás.
Tardé en responder.
—Una vez. Antes de casarme. Un hombre mayor que yo.
—¿Y después?
—Después nada. Mi marido decía que eso solo lo hacían las putas.
Diego no dijo nada. Me miró de lado, con esa calma suya que a veces me desconcertaba en alguien tan joven.
—Entonces tu marido era un idiota —dijo al fin.
Me reí. Una risa genuina, de las que salen sin pedirlas.
—Sí —dije—. Lo era.
Se quedó callado un momento. Luego:
—¿Y ahora cómo te sientes?
—Ahora sé lo que soy —dije—. Solo tardé demasiado en darme permiso.
Me pasó un brazo por los hombros y me acercó a él. Afuera empezaba a clarear. Pronto tendría que irse, volver a su vida de joven que compartía cenas con mis hijos sin que ninguno de ellos supiera nada de esto. Esa parte siempre fue complicada. Seguía siéndolo.
Pero ahí, en esa hora entre la noche y el día, con su cuerpo cálido contra el mío y el olor de los dos mezclados en las sábanas, me di cuenta de que no quería que se fuera todavía. Y que eso también era nuevo: querer algo sin sentir que debía justificarlo.
—¿Eres toda una puta, ¿sabes? —dijo Diego, sonriendo, sin malicia.
—Ya lo sé —respondí—. Y me parece bien.
—Por eso te quiero, mamita.
—Cállate y duerme.
Lo hice yo primero.