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Relatos Ardientes

La madura que su marido me ofreció en bandeja

Resolví el proyecto en unos meses, con una mezcla de trabajo duro y de esa suerte que llega cuando menos se espera. No le di mayor importancia hasta que me ofrecieron el puesto en el extranjero. La respuesta fue sí antes de que terminaran la frase. El destino era un país que siempre me había fascinado, de esos que uno ve en documentales y piensa que nunca pisará. Pues bien, me iban a pagar por pisarlo.

Volví a España para el papeleo. Me reuní con la directora del proyecto, una mujer de unos cincuenta y muchos que los llevaba como si fueran setenta, y con un tipo sin nombre cuya única función parecía ser asentir. Ella fue directa desde el principio:

—Diego, te lo digo sin rodeos. Eres joven, y eso me preocupa. La castidad allí no es una sugerencia: es casi una obligación legal. Nada de acostarte con mujeres locales. Si tienes necesidades, te las arreglas tú solo o con mujeres occidentales. Y los cuernos, ni se te ocurra. A un extranjero le puede costar muy caro.

El tipo sin nombre confirmó que no exageraba. Que él había vivido quince años allí y sabía de lo que hablaba.

Salí de aquella reunión con la cabeza llena de restricciones y el cuerpo preparado para ignorarlas todas.

***

El país era exactamente como me lo imaginaba: opulencia exagerada, contrastes brutales, calor que asfixiaba. Me instalaron en un hotel de cinco estrellas mientras preparaban mi apartamento, y al día siguiente ya me esperaban en la oficina.

Mi secretaria se llamaba Carmen. La vi aparecer por la puerta de mi despacho y tardé un segundo de más en reaccionar. Cuarenta años bien llevados, cuerpo de mujer que sabe cómo moverse, pelo oscuro recogido con esa perfección informal que cuesta conseguir. Cuando me habló lo hizo en español perfecto, con un acento que no era de Madrid.

—¿De dónde eres? —pregunté.

—De Valladolid —respondió, con una sonrisa que me dejó claro que me había pillado mirando más de la cuenta.

Me prometí a mí mismo que Carmen sería invisible. Duró exactamente lo que tardé en verla salir del despacho.

Unos minutos después entró Yasmin.

Era la intérprete que me habían asignado. Veintiséis años, melena negra hasta los hombros, ojos oscuros que procesaban información a una velocidad que me puso en alerta. Hablaba español con fluidez, inglés mejor todavía, y tenía esa postura de quien ha crecido sabiendo que cuando entra en una habitación la temperatura cambia. Llevaba pantalón y chaqueta larga, tacones discretos, un pañuelo en los hombros que era más costumbre que moda.

Me dijo que estaba comprometida. Me lo dijo ella sola, sin que yo preguntara, como quien pone una señal de tráfico antes de una curva peligrosa.

Conocí a su prometido semanas después. Era un hombre amable, educado, que no tenía nada que ver con ella. Se notaba que el matrimonio era un acuerdo, no una elección.

***

Me instalaron en una urbanización de expats. Ingenieros, arquitectos, informáticos, todos españoles o con conexión española, la mayoría casados o recién casados porque venirse aquí soltero era una idea que nadie tenía dos veces.

El que más me cayó bien desde el primer día fue Rodrigo. Cuarenta años, fuerte, deportista, con esa energía tranquila de quien no necesita demostrar nada. Estaba casado con Paula.

La primera vez que la vi entendí por qué la miraban todos. Treinta y ocho años, un metro setenta, ojos pardos con esa profundidad que te hace pensar que te están leyendo el pensamiento. Pelo castaño hasta los hombros, cuerpo de mujer que no ha olvidado para qué sirve el cuerpo. Había algo en cómo se movía, en cómo ponía la mano en el brazo de Rodrigo cuando hablaba, que transmitía una seguridad física que era casi provocadora sin intentarlo.

Rodrigo era también el cronista de la urbanización. El que sabía todo de todos. Una tarde, delante de Paula, me mencionó que algunos grupos hacían intercambios de parejas.

—¡Rodrigo! —le cortó ella, sin levantar la voz—. ¿Por qué tienes que contarlo todo?

Él se encogió de hombros con la sonrisa del que no se arrepiente de nada.

***

Cuando me dieron el apartamento definitivo, organicé una barbacoa. Invité a todos los de la urbanización y, casi sin pensarlo, también a Yasmin. Esperaba que pusiera una excusa, pero su cara se iluminó cuando le pregunté. Me dijo que le encantaban las fiestas de los extranjeros.

El termómetro marcaba cuarenta y cinco grados cuando empezó la tarde. La barbacoa humeaba, la música sonaba demasiado alta y el alcohol corría con la generosidad propia del que sabe que no hay que conducir.

Paula salió con un bikini que no tenía ningún interés en disimular lo que cubría. La parte de arriba sostenía sus pechos con la convicción de un voluntario, no de un prisionero. La de abajo desaparecía entre sus nalgas con una facilidad que dejaba todo a la vista. Me tuve que dar la vuelta. No por discreción, sino porque si seguía mirando se me iba a notar en el bañador.

Yasmin llegó con un bikini más cerrado, pero no hacía falta que fuera provocador. Era el cuerpo el que hablaba solo. Tenía bastante más pecho de lo que la ropa del trabajo había sugerido, y lo que quedaba de su silueta en bañador era una imagen que se grababa sin pedir permiso.

Me metí al agua por razones de supervivencia.

Después de comer y de un par de horas de sobremesa, las mujeres se fueron quitando la parte de arriba del bañador. Menos Yasmin, que se vistió cuando empezó a anochecer y se despidió con una sonrisa que siguió flotando en el aire después de que cerrara la puerta.

***

Rodrigo puso música más lenta cuando ya solo quedábamos los más resistentes. Miró a Paula y luego a mí con esa expresión de quien propone algo sin decirlo.

—Si quieres, sácala a bailar. Le encanta y yo tengo dos pies izquierdos.

Paula dudó un segundo. Luego me miró y asintió con esa sonrisa suya que no comprometía nada.

Bailamos. Las primeras canciones fueron tranquilas, nada que no pudiera verse en cualquier boda. Pero en la tercera, sus pezones empezaron a marcarse contra la tela fina de la camiseta y a rozarme el pecho. No llevaba sujetador. Mi erección fue inevitable y era imposible que ella no la notara.

No se apartó.

Fui a buscar otra copa y Rodrigo me siguió. Hablaba del cuerpo de su mujer con una franqueza que el alcohol justificaba a medias. La mejor del grupo, decía. Un culo para el que había que rezar de rodillas. Una lástima que la mayoría no supiera apreciar lo que tenía delante.

Cuando volvimos, Rodrigo cambió la música. Más lenta todavía. Me señaló a Paula con la barbilla.

Bajé las manos hasta su cintura en la segunda canción. Ella no las movió. En la tercera las bajé más, hasta encontrar la curva de sus caderas, la suavidad de sus nalgas a través de la tela. La apreté contra mí. Mi erección era imposible de disimular y tampoco lo intenté.

—Joder —murmuró Rodrigo desde el sofá, con la copa en la mano—. Qué culo tiene esta mujer. Está hecha para que la disfruten, Paula. Y lo sabes.

Ella se estremeció contra mí. No de vergüenza. De otra cosa.

—Cállate —le dijo, pero su voz sonó ronca, como si la advertencia fuera para ella misma.

Rodrigo se levantó y la giró para que me diera la espalda. Ahora era él quien podía verle la cara mientras mi cuerpo se pegaba al suyo por detrás. Mi erección encajaba en el hueco de sus nalgas. Mis manos subieron por su vientre hasta aferrarle los pechos, sus pezones ya endurecidos entre mis dedos.

Paula arqueó la espalda y exhaló un sonido que no era un gemido sino algo más primitivo.

—Por favor —susurró primero. Y luego, más alto—: Fóllame. Aquí. Delante de él.

La incliné hacia adelante, le aparté la tela del bikini a un lado y la penetré de un golpe hasta el fondo.

Gritó.

Rodrigo observaba desde medio metro de distancia, con los ojos clavados en el punto donde mi cuerpo y el de su mujer se encontraban. Murmuraba cosas entre dientes que se mezclaban con los gritos de ella. La follé sin contemplaciones, con las manos en sus caderas, con sus nalgas golpeando contra mi pelvis en cada embestida.

Cuando se corrió, su cuerpo entero se contrajo. Yo llegué segundos después, vaciándome dentro de ella mientras Rodrigo observaba con una sonrisa de hombre satisfecho.

Luego Paula se recompuso, nos llamó hijos de puta a los dos con una voz que mezclaba la vergüenza con algo que no era arrepentimiento, y se marchó hacia adentro. Rodrigo se encogió de hombros y fue tras ella.

***

Al día siguiente me planté en la pista de pádel al amanecer para despejarme. En el tercer set, mi rodilla decidió que ya había tenido suficiente. Un chasquido seco, dolor que subió hasta la cadera, y acabé en urgencias con un esguince que el médico me explicó con una sonrisa demasiado alegre para la situación.

El lunes llamé al trabajo para avisar. El jefe no me concedió la baja: me mandó reuniones por videoconferencia y documentos para revisar desde casa.

Una hora después llamaron a mi puerta.

Era Yasmin.

La miré sin entender. Ella sola en mi apartamento era exactamente la clase de situación que me habían advertido que evitara. El chip que me pusieron en Madrid antes de salir se encendió solo.

—Si alguien pregunta, yo no he estado aquí —fue lo primero que dijo, antes de entrar.

Se sentó en el sofá de enfrente y me preguntó por la rodilla con esa cortesía que a veces es pura distancia. Pero a los diez minutos la conversación había girado hacia la barbacoa, hacia lo que podría haber pasado entre mis amigos, hacia si había habido alguna mujer. Mentí. Le dije que desde que había llegado al país llevaba una vida de monje.

Asintió con una expresión que no me creí.

—¿Puedo usar el baño? —preguntó.

—Claro.

Volví a mis papeles. Cinco minutos después escuché la puerta del baño abrirse.

Levanté la vista.

Yasmin había dejado la chaqueta y los pantalones en el baño. Llevaba solo la camisa, abierta tres botones de más, lo justo para cubrirle el borde de las caderas. Sus muslos eran una pregunta sin respuesta. El escote era una respuesta sin pregunta.

—Yasmin —empecé—. Sabes que no puedo.

—¿Por qué no?

—Tu familia. Tu prometido. Las consecuencias para ti si alguien se entera.

—Mira —me interrumpió, y su voz era la de alguien que lleva semanas pensando exactamente esto—. Si tú no dices nada, yo tampoco. Y hay muchas cosas que se pueden hacer sin que yo pierda lo que tengo que perder el día de mi boda.

Tenía los ojos fijos en mí. No había nerviosismo en ellos. Solo decisión.

Dejó que la camisa se deslizara al suelo.

Las braguitas eran de encaje oscuro y cubrían lo necesario para que el resto de la imaginación se disparara sola. Sus pechos eran grandes, los pezones oscuros y tiesos, firmes. El cuerpo de una mujer que sabe exactamente lo que tiene.

—Estás malito de la pierna —dijo, con una sonrisa que era una trampa—. Así que no te muevas.

Se arrodilló. Sus manos encontraron mis pantalones sin prisa pero sin demora. Cuando mi polla quedó libre, Yasmin contuvo el aliento un segundo y me miró desde abajo con los ojos que se le habían oscurecido un grado.

—No me habían dicho que los españoles vinieran así de equipados —murmuró, casi para sí misma.

Y se la metió en la boca.

No lo hizo con delicadeza de principiante. Lo hizo con la determinación de quien lleva tiempo queriendo hacer algo y ya no tiene paciencia para ir despacio. Su cabeza subía y bajaba con un ritmo que no pedía permiso, sus manos aferradas a mis muslos, las uñas clavadas en la piel. Cada vez que llegaba al fondo emitía un sonido ahogado que llenaba el silencio del apartamento.

—Así —gruñí—. No pares.

Se detuvo ella sola, con mi polla goteando en su mano, y me miró desde abajo.

—Quiero sentirlo dentro. Pero no donde crees.

Se incorporó, se quitó las braguitas, y se subió encima de mí con una agilidad que me dejó sin palabras. Pero en lugar de colocarse donde esperaba, tomó mi polla con la mano y la reposicionó. Sentí la presión diferente, más concentrada, más cerrada. La colocó en su entrada trasera y empezó a bajar.

La resistencia fue considerable. Ella soltó un sonido entre el dolor y el alivio cuando cedió al paso. Sus manos se aferraron a mis hombros, las uñas clavándose.

—Será mi primera vez —me susurró al oído—. Y quiero que cada vez que me siente me acuerde de esto.

Una vez dentro, el control pasó a mis manos. La sujeté por la cintura y la mantuve quieta mientras mi mano derecha encontraba su clítoris. Círculos lentos, precisos. Mi boca encontró uno de sus pezones y lo mordí sin gentileza.

El primer orgasmo llegó en minutos. Su cuerpo entero se convulsionó y su culo apretó mi polla con una fuerza que casi me hizo perder el control. La dejé sacudirse. La dejé vaciarse. No me moví.

—Por favor... muévete —me suplicó cuando pudo articular palabras.

—Todavía no.

Mi boca fue al otro pezón. Mi dedo aceleró. El segundo orgasmo la dobló sobre mi pecho, con lágrimas en los ojos que no eran de tristeza sino de sobreestimulación pura.

Entonces sí. La levanté, la tumbé boca arriba en el sofá, la penetré de nuevo desde esa posición con sus piernas sobre mis hombros, con el ángulo que me daba control total. Me solté. Sin contemplaciones, sin ritmo, solo con la fuerza de quien lleva demasiado tiempo contenido. Ella ya no gritaba palabras, solo sonidos que rebotaban en las paredes del apartamento.

Cuando llegué al límite, me salí. La agarré por el pelo, le alcé la cara, y me corrí sobre ella. La marqué. La dejé con mi semen en la mejilla, en los labios, en el cuello.

Nos quedamos quietos, jadeando, sin hablar.

Yasmin se limpió con el dorso de la mano, pero no del todo. Dejó algo deliberadamente. Luego apoyó la cabeza en mi pecho y escuchó mi corazón hasta que se le reguló la respiración.

—Esto no puede ser una sola vez —dijo, sin mirarme.

Levantó la cara.

—No te pido nada que no puedas dar. Sin compromisos, sin escenas, sin sentimentalismos. Solo esto. Cuando quieras, donde quieras. Mi cuerpo es tuyo para usarlo como te dé la gana. Sin preguntas, solo placer para mí. ¿Lo entiendes?

Me miró fijamente, con esa calma que era peor que cualquier urgencia.

Asentí.

No había nada que decir. Había desatado algo en ella, y ahora eso que había desatado me había elegido a mí.

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Comentarios (5)

Gustavo_49

que caño!! buenisimo de principio a fin

NachoRosario

Por favor tiene que haber segunda parte. Quede con ganas de mucho mas

RaulMerlo

La premisa me atrapó desde el primer párrafo. Bien escrito, nada forzado.

ValdiviaR89

Me recordó algo que me pasó en un viaje hace unos años, con menos drama pero algo parecido jaja. Excelente relato

TucMán88

jajaja el titulo ya lo dice todo... tremendo

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