Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que hice para que mi cuñada deseara a su hijo

Marcos y yo llevábamos casi dos años compartiendo algo que ningún diccionario familiar tiene palabras para nombrar sin herir. Lo que empezó como una tarde de lluvia, un malentendido y demasiada cercanía se había convertido en nuestra realidad: un secreto que existía solo entre nosotros y que ninguno de los dos tenía intención de romper.

Una noche de octubre, tumbados en mi cama con las luces apagadas, Marcos sacó un tema que llevaba días rondando su cabeza.

—Mamá, ¿alguna vez has pensado en Cristina?

Me quedé quieta. Cristina era mi cuñada, la hermana de mi exmarido, una mujer de cuarenta y dos años que vivía sola con su hijo Adrián desde que el divorcio quedó firme tres años atrás. La veía en las reuniones familiares, siempre bien arreglada, siempre con esa sonrisa que no terminaba de llegar a los ojos.

—¿Qué quieres decir exactamente? —pregunté.

—Que yo podría ir a visitarla. Y mientras estamos juntos, ir plantando algunas ideas. Adrián tiene dieciocho años y hay algo ahí que solo necesita un empujón. Lo noto cada vez que coincidimos.

Lo miré en la oscuridad. Era mi hijo. Era también el hombre que me conocía mejor que nadie en el mundo. Y tenía ese talento particular para ver lo que los demás preferían ignorar.

—Ten mucho cuidado —le dije—. Lo nuestro es nuestro. No puede salir de aquí nunca.

—Lo sé, mamá —respondió, y su mano bajó por mi cadera de una manera que convirtió cualquier otra conversación en imposible.

Esa misma semana llamó a Cristina. Quedaron para un martes en que ella estaría sola en su apartamento. Lo que ocurrió me lo contó esa noche, despacio, con ese tono suyo de quien no necesita adornar lo que ya de por sí es suficiente:

***

Llegué al apartamento de la tía Cristina a las cinco y media de la tarde. Llamé al timbre y esperé más de lo habitual. Cuando la puerta se abrió, entendí el motivo del retraso.

Llevaba una camisa blanca de lino, completamente desabotonada, que dejaba ver un conjunto de lencería negra: sujetador con encaje y braguitas a juego. El pelo suelto cayéndole sobre los hombros. Una sonrisa que no era la de las cenas en casa de los abuelos.

—Pasa —dijo, haciéndose a un lado.

Cerré la puerta detrás de mí. Antes de que pudiera decir nada se acercó por la espalda, me rodeó con los brazos y me habló al oído con la voz muy baja.

—Llevaba días esperando esto.

Me giré para mirarla. Tenía los ojos con una luz que no le había visto nunca delante de más gente, una intensidad que debía de llevar tiempo guardando bajo ese disfraz de mujer amable en las reuniones familiares.

Se arrodilló con calma. Me desabrochó el cinturón, me bajó los pantalones y el bóxer sin apresurarse, como si tuviera toda la tarde por delante, que era exactamente el caso. Me miró un momento, y luego su boca envolvió mi polla con una calidez que no esperaba, trabajando con la precisión de alguien que sabe muy bien lo que hace.

Apoyé la mano en el marco de la puerta y la miré. Tenía los ojos cerrados, la concentración de quien no está pensando en nada más que en lo que está haciendo. La sensación era excelente. Sabía cuándo acelerar y cuándo contenerse, y esa combinación no era fácil de encontrar.

Al cabo de un rato levantó la cabeza.

—No te voy a atender aquí en el pasillo —dijo—. Ven.

Me tendió la mano y fuimos al salón.

***

El sofá era amplio, de tela gris oscuro, y ella lo dominaba como si lo hubiera pensado para esta ocasión. Se sentó en el borde y continuó donde lo había dejado, ahora con más espacio, con más calma. En algún momento se soltó el sujetador con un gesto rápido y lo dejó caer al suelo.

Las tenía grandes y firmes para su edad. Cuando las apretó alrededor de mi polla y empezó a moverse, un sonido se me escapó sin que pudiera controlarlo del todo.

—¿Te gusta? —preguntó, con ese tono entre inocente y calculado que solo manejan bien algunas mujeres.

—Mucho —admití.

Siguió unos minutos más hasta que me señaló que me sentara. Se puso de pie, se bajó las braguitas con una lentitud deliberada y se tumbó en el sofá con las piernas abiertas, mirándome.

—Ahora tú —dijo.

Me arrodillé entre sus piernas. Me tomé el tiempo que hacía falta: besé el interior de sus muslos, fui subiendo despacio, hasta que llegué a su coño y lo encontré húmedo y caliente. Ella aspiró con fuerza cuando mi lengua lo tocó por primera vez.

Siguió así un buen rato, con los dedos enredados en mi pelo, los gemidos conteniéndose y soltándose por turnos, hasta que su cuerpo se tensó y se relajó en un temblor largo y visible.

—Dios mío —murmuró en voz baja—. Dios mío.

Se incorporó, me besó en la boca sin ningún reparo, y luego llevó la mano a mi polla y la acarició despacio.

—Tienes un primo que se te parece más de lo que crees —dije entonces.

Ella levantó la vista.

—¿Adrián?

—Sí. Lo vi el fin de semana pasado en casa de unos amigos. Menudo chico está hecho, en serio.

Cristina soltó una carcajada breve.

—Es un crío.

—Tiene dieciocho años. Y lo que se le notaba cuando bailó pegado a una chica no era de crío, te lo aseguro.

Era mentira. Pero era una mentira de las que aterrizan bien en ciertos terrenos.

Ella no respondió. Me señaló que me pusiera de rodillas detrás de ella en el sofá. Obedecí. Me puse un preservativo, le acaricié las caderas un momento, y la penetré despacio.

Cristina apoyó los brazos en el respaldo y empezó a gemir con una intensidad que no había esperado. Era una mujer que sabía exactamente lo que quería y no tenía ninguna intención de fingir lo contrario. Mientras me movía dentro de ella, aproveché para continuar:

—¿Adrián tiene novia?

—Ninguna estable —respondió entre respiraciones.

—No me sorprende. A los chicos de esa edad suelen gustarles las mujeres con más experiencia. Alguien que les enseñe de verdad, que no sea otra inexperta como ellos.

Hubo una pausa larga. Luego ella dijo:

—Cambiemos de postura.

Se tumbó de espaldas y me hizo ponerme encima. Cuando volví a entrar en ella me rodeó con las piernas y cerró los ojos.

—A veces creo que me espía —dijo de pronto.

—¿Adrián?

—Sí. Cuando su padre se queda a dormir, alguna que otra vez. Creo que escucha desde el pasillo.

Lo dijo casi en susurro, como si todavía no estuviera segura de querer decirlo en alto. Pero lo había dicho.

—Eso es lo más normal del mundo —respondí, sin parar de moverme—. Yo hacía lo mismo. Todo chico joven que vive con una mujer como tú hace eso en algún momento. La diferencia está en si alguien le da la oportunidad de que no se quede solo con la fantasía.

Ella abrió los ojos y me miró. Había algo en su cara que no había estado antes: una pregunta que no terminaba de formularse del todo.

—Sigue —dijo en voz baja.

Y seguí.

***

La tarde se alargó más de lo que cualquiera de los dos había planeado. Cambiamos de postura varias veces, sin prisa, con esa calma que da el saber que no hay nadie esperando ni ningún sitio al que ir. Cristina era una amante atenta, con un sentido del ritmo que me sorprendió, y con la capacidad de pasar de la risa a la intensidad sin que ninguna de las dos cosas sonara falsa.

En algún momento, mientras ella me cabalgaba de espaldas y yo tenía las manos en sus caderas, me preguntó:

—¿Cómo te gusta llamarme?

No esperaba eso.

—¿Cómo quieres que te llame? —respondí.

Tardó un segundo. Luego dijo, en voz baja:

—Llámame mamá.

Lo dije. Y cuando lo dije algo en ella cambió de manera visible: se apretó más, el ritmo se aceleró, los gemidos se volvieron más hondos, más urgentes, como si esa palabra hubiera abierto una puerta que llevaba tiempo entornada.

—Mi niño —murmuró.

Estuvimos así un buen rato. Ella controlaba el ritmo y lo hacía divinamente, sabiendo cuándo frenar para que el momento no terminara antes de tiempo. Cuando por fin decidió cambiar de postura, se arrodilló en el sofá, apoyó los brazos en el respaldo y me miró por encima del hombro.

No hizo falta que dijera nada.

Me puse otro preservativo. La preparé con calma, con las manos, tomándome el tiempo que hacía falta, hasta que ella misma me indicó que ya era suficiente. Entré en ella despacio, sin forzar nada, y Cristina hundió la frente en el cojín y exhaló un sonido que no tenía ninguna palabra detrás.

Seguí su ritmo, atento a cada señal, hasta que su cuerpo marcó el propio de manera inequívoca: caderas moviéndose solas, espalda arqueada, dedos clavados en la tela del sofá. Llegó al orgasmo con un grito que intentó ahogar en el brazo, y poco después fui yo.

Nos quedamos quietos un momento, los dos sin hablar.

Luego ella se tumbó de lado, buscó su camisa en el suelo y se la puso sin abrocharla. Me miró con una expresión que no era exactamente la de una tía mirando a su sobrino.

—Tienes razón —dijo finalmente, con la voz todavía sin del todo ordenada—. No es lo mismo que con Fernando.

—Claro que no —dije.

—Él nunca... —empezó, y dejó la frase a medias.

Asentí sin añadir nada. A veces el silencio planta semillas mejor que las palabras.

—¿Has entrado alguna vez en el ordenador de Adrián? —pregunté al cabo de un rato, mientras me vestía.

Ella dudó.

—Una vez. Buscaba un documento que me había mandado por email. Tenía el historial del navegador sin borrar. Había páginas de... bueno. De mujeres maduras, en su mayoría.

—¿Y te sorprendió?

Tardó en responder.

—No —admitió.

Asentí de nuevo.

—No es ninguna rareza. Los chicos jóvenes fantasean con alguien cercano porque es más real que una desconocida. Solo necesitan que alguien les dé espacio para que eso no se quede solo en una pantalla.

Cristina miró la ventana un momento. Fuera empezaba a caer la tarde, con esa luz naranja de octubre que lo tiñe todo de una manera un poco irreal.

—Date tiempo —dije—. No tienes que hacer nada hoy. Solo date tiempo.

Me levanté, terminé de vestirme y recogí lo que era mío del sofá. Ella me acompañó hasta la puerta todavía con esa camisa abierta, y cuando me besó en la mejilla para despedirse, noté que el beso duró un segundo más de lo que dura normalmente el de una tía.

***

Esa noche, cuando Marcos terminó de contármelo, me quedé en silencio un buen rato. Pensé en Cristina. En Adrián. En lo que habíamos puesto en marcha sin que ninguno de ellos supiera que había habido un plan.

—¿Crees que lo hará? —pregunté.

Marcos se encogió de hombros con esa calma suya que a veces me ponía los nervios de punta y a veces me ponía otra cosa muy diferente.

—No lo sé. Pero cuando salí de ahí, ella ya no pensaba en Adrián de la misma manera que cuando entré. Y eso es suficiente por ahora.

Me acerqué a él y apoyé la cabeza en su pecho. La lluvia seguía fuera. Dentro, el mundo tenía exactamente el tamaño que necesitaba.

Valora este relato

Comentarios (5)

Mati_ok

que bueno este!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

GabrielCba

quede con ganas de mas, por favor seguí con la historia. Quiero saber que pasa despues

CuriosaLect

me encantó el giro que tomó, no me lo esperaba para nada. Muy bien narrado

lagarto46

tremendo relato. Mucho morbo y bien llevado, de lo mejor que lei ultimamente

Fer_noc

hay algo en esta categoría que siempre me atrapa. Este en particular está muy bien construido, se nota que fue pensado. Sigue así!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.