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Relatos Ardientes

La promesa que rompimos en el sofá

Andrés llevaba media hora mirando el techo cuando decidió que no tenía sentido seguir fingiendo que dormía.

Se levantó sin hacer ruido, cruzó el pasillo en calcetines y bajó al salón. Las luces de la calle entraban por las rendijas de las persianas y dibujaban franjas pálidas sobre el suelo de parqué. Encontró el mando a distancia entre los cojines del sofá, encendió el televisor con el volumen casi en cero y se recostó con los brazos cruzados sobre el pecho.

Eran las dos y veinte de la madrugada.

Llevaban tres semanas sin hablar de lo que había pasado. Tres semanas de desayunos normales, de conversaciones sobre la compra y el trabajo, de miradas que duraban exactamente el tiempo correcto y ni un segundo más. Andrés había llegado a convencerse de que podía vivir así indefinidamente. Que era lo mejor para los dos. Que la promesa se mantendría esta vez.

Entonces escuchó pasos en las escaleras.

Claudia apareció en el umbral del salón con una camiseta ancha y el pelo recogido en un moño medio deshecho. Tenía cuarenta y tres años y esa forma de frotarse los ojos al despertar que Andrés conocía de toda la vida. Se detuvo al verle y durante un momento ninguno de los dos dijo nada.

—No podía dormir —dijo ella al fin, como si necesitara una explicación.

—Yo tampoco.

Claudia dudó un instante antes de entrar. Se sentó en el otro extremo del sofá y recogió los pies debajo del cuerpo, envuelta en sí misma. Andrés cambió de canal sin prestar atención a nada en particular. Encontró una película antigua que ninguno de los dos iba a seguir y la dejó puesta.

Durante diez minutos no dijeron nada.

Era ese tipo de silencio que no es incómodo sino todo lo contrario: demasiado cómodo, demasiado familiar, con demasiado peso debajo. Andrés era consciente de cada centímetro que los separaba. Cuarenta, quizás cincuenta centímetros de tela y promesas rotas. Fijó la vista en la pantalla y trató de concentrarse en los actores que hablaban sin que él los escuchara.

—¿Estás bien? —preguntó ella al final.

—Sí. ¿Tú?

—Sí.

Los dos sabían que no era verdad.

***

La primera vez había sido tres semanas antes, un martes sin nada especial que la justificara. Andrés había llegado tarde del trabajo, Claudia estaba en el sofá con un libro abierto sobre las rodillas, y algo en la forma en que ella levantó los ojos cuando él entró por la puerta lo detuvo en seco. No fue un cruce de miradas largo ni dramático. Fue solo un segundo. Pero en ese segundo había algo que los dos reconocieron y que ninguno de los dos supo ignorar.

No recordaba quién se había movido primero. Eso tampoco importaba ya.

Lo que sí recordaba era la culpa inmediata después, el modo en que ambos se separaron como si el aire entre ellos quemara, y la promesa que Claudia pronunció en voz baja mientras se levantaba del sofá:

—Esto no puede volver a pasar. Nunca más.

Él había dicho que sí, claro que sí, tenía razón. Y lo decía en serio en aquel momento. Lo seguía diciendo en serio tres semanas después, mientras la miraba de reojo en el otro extremo del sofá y notaba que ella se había deslizado imperceptiblemente hacia el centro.

No mucho. Solo lo suficiente para que sus muslos quedaran a menos de un palmo de los suyos.

***

—¿Qué hora tienes mañana? —preguntó Claudia sin mirarle.

—A las ocho. ¿Por qué?

Ella no respondió. Se limitó a seguir mirando la pantalla durante unos segundos más antes de apoyar la cabeza en el respaldo del sofá y cerrar los ojos. Andrés la observó de perfil: la línea del cuello, la sombra que proyectaba la mandíbula, el movimiento lento de su respiración. Llevaba toda su vida mirando esa cara. Sabía cuándo estaba tensa y cuándo no.

Ahora mismo no estaba durmiendo.

—Claudia —dijo él, usando su nombre porque en ese momento no se le ocurrió ninguna otra manera de empezar.

Ella abrió los ojos.

No dijeron nada más. No hacía falta.

Cuando Andrés extendió la mano y rozó los dedos de ella sobre el cojín, no fue un gesto impulsivo ni accidental. Fue deliberado y lento, y los dos lo sabían. Claudia miró la mano de él sobre la suya durante un momento que pareció durar mucho más de lo que duró en realidad. Luego entrelazó los dedos con los suyos.

La promesa se rompió sin dramatismo, sin palabras, sin que ninguno de los dos diera un último aviso. Se rompió con ese gesto sencillo, con esos dedos entrelazados en el sofá a las dos y media de una noche de jueves.

Claudia se giró hacia él. Andrés no se movió: la dejó acercarse, la dejó poner la mano en su mejilla con la misma calma con que una persona comprueba si algo es real antes de creer que lo está viendo. El beso fue suave al principio. Solo labios, sin prisa, como una pregunta que los dos conocían ya la respuesta pero que aun así necesitaban hacerse.

Luego ella puso la mano en la nuca de él y el beso dejó de ser suave.

Andrés la rodeó con el brazo y la atrajo hacia él. Claudia se dejó llevar sin resistencia, como si el cuerpo llevara semanas ensayando ese movimiento. Cuando se separaron para respirar, tenía los ojos entornados y la boca levemente abierta, y Andrés pensó que no había en el mundo ninguna imagen que conociera mejor y que al mismo tiempo lo desconcertara tanto.

—Deberíamos parar —dijo ella en voz baja.

Pero no se movió.

—Lo sé —dijo él.

Tampoco se movió.

Claudia soltó un sonido que era mitad risa y mitad resignación, y volvió a besarle. Esta vez sin ambigüedades, con la mano ya buscando el dobladillo de su camiseta. Andrés le deshizo el moño y el pelo cayó suelto sobre sus hombros. Olía a champú y a algo más, algo cálido y concreto que Andrés solo podía describir como el olor de su casa, de su infancia, de algo completamente prohibido y a la vez completamente suyo.

—Aquí no cabemos —murmuró ella contra su boca.

—Ya lo sé.

—Entonces...

Andrés se levantó del sofá y le tendió la mano. Claudia la tomó sin dudar y se dejó guiar hacia el pasillo, hacia las escaleras, hacia el cuarto que era el único lugar de la casa con espacio suficiente para lo que iban a hacer.

***

Cerraron la puerta. La habitación estaba en penumbra, con solo la claridad de la calle entrando por las persianas entornadas. Claudia se sentó en el borde de la cama y Andrés se arrodilló frente a ella. Le pasó las manos por los muslos con calma, sin apresurarse, mirándola. Ella aguantó la mirada durante unos segundos antes de apartar los ojos.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Sí —respondió ella, y esta vez sí era verdad.

Andrés le quitó la camiseta con cuidado, deslizándola hacia arriba. Claudia levantó los brazos y la dejó ir sin resistencia. Tenía el cuerpo que Andrés ya conocía de la vez anterior y que aun así le desarmaría siempre: las caderas anchas, los pechos generosos, la piel clara con esa ligera marca en el costado que ella detestaba y que a él le parecía simplemente parte de ella.

La tumbó en la cama. Ella lo observaba mientras él se quitaba la camiseta, con una atención que tenía algo de inventario y algo de disfrute puro, sin intentar disimular ninguna de las dos cosas.

Se besaron de nuevo, esta vez tumbados, sin la incomodidad del sofá. Andrés recorrió su cuello con la boca, los hombros, la clavícula. Claudia tenía la mano en su pelo y los ojos cerrados, y su respiración iba cambiando de cadencia a medida que él avanzaba más abajo. Cuando sus dedos encontraron el lugar correcto, ella contuvo el aire durante un momento entero antes de soltarlo en un susurro.

No tardó en atraerlo hacia arriba.

Se colocaron frente a frente, con el tiempo que no habían tenido la primera vez. Andrés notaba el calor del cuerpo de ella contra el suyo, la presión de sus piernas rodeándole, el sonido de su respiración cambiando. Cuando finalmente entró en ella, Claudia hizo un sonido bajo que no era exactamente un gemido ni exactamente silencio: era algo intermedio, algo privado, algo que Andrés entendía que no escucharía en ningún otro sitio del mundo.

Se movieron despacio al principio. El ritmo fue cambiando solo después, sin que ninguno de los dos tomara una decisión consciente al respecto. Claudia tenía los dedos hundidos en su espalda y de vez en cuando abría la boca y decía algo en voz tan baja que Andrés no llegaba a distinguir las palabras, pero entendía perfectamente el significado.

El primer orgasmo de ella llegó cuando Andrés ya llevaba un rato al límite de su propio control. La sintió contraerse, escuchó cómo aguantaba la respiración y luego la soltaba en una serie de exhalaciones cortas y rápidas, y tuvo que hacer un esfuerzo real para no dejarse ir al mismo tiempo.

Esperó.

Claudia lo miró con los ojos entreabiertos.

—No pares —dijo.

No paró.

El segundo orgasmo tardó más pero fue más intenso: ella hundió la cara en el cuello de Andrés y apretó los brazos alrededor de su espalda con una fuerza que él no esperaba. Solo entonces se permitió llegar al final, con los últimos movimientos largos y profundos terminando en el silencio espeso de las tres de la mañana.

Durante varios minutos ninguno de los dos se movió.

***

Andrés fue el primero en levantarse.

Se puso los pantalones en silencio y se acercó a la ventana. Claudia seguía en la cama, inmóvil, con los ojos abiertos hacia el techo. Las luces de la calle proyectaban sombras en movimiento sobre la pared del cuarto. Un coche pasó despacio por la calle vacía y sus faros barrieron el techo antes de desaparecer.

Pensó en sus amigos. En las conversaciones de siempre: quién estaba con quién, quién quería estar con quién, los detalles que se contaban con mayor o menor exactitud dependiendo de cuánto hubieran bebido. Nadie contaba nada parecido a esto. Nadie tenía nada parecido a esto. Era algo que existía únicamente aquí, en este cuarto, en esta ciudad, entre estas dos personas.

No podemos contárselo a nadie. No existe para nadie más que para nosotros dos.

—¿Estás pensando? —preguntó Claudia desde la cama.

—Un poco.

—¿En qué?

Andrés tardó en responder. Siguió mirando la calle vacía durante unos segundos más, con las manos apoyadas en el alféizar.

—En que prometimos que no iba a volver a pasar —dijo al final.

El silencio que siguió duró exactamente lo que tardó Claudia en incorporarse sobre un codo y mirarlo de frente.

—Lo sé —dijo ella.

—Y ha pasado.

—Lo sé.

Andrés se giró hacia ella. Claudia lo miraba con esa expresión que él había aprendido a leer en las últimas semanas: no era culpa exactamente, ni tampoco era resignación. Era algo más complicado que ambas cosas juntas. Algo que no tenía un nombre claro en ninguno de los dos idiomas que ella hablaba.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó él.

Claudia tardó en responder. Cuando lo hizo, habló en voz baja pero sin dudar:

—Dormir. Mañana ya veremos.

Era una no-respuesta y los dos lo sabían. Pero Andrés asintió de todos modos, porque en ese momento era lo único posible. Se alejó de la ventana, volvió a la cama y se tumbó a su lado. Claudia apagó la lámpara de la mesita de noche. En la oscuridad, casi sin pensarlo, él le rodeó la cintura con el brazo.

Ella no dijo nada. Puso la mano sobre la de él y así se quedaron, sin hablar, mientras fuera empezaba a aclarar despacio sobre los tejados de la ciudad.

Andrés cerró los ojos.

Mañana ya veremos.

Sabía perfectamente lo que eso significaba.

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Comentarios (6)

NachoRiver09

que buenazo, me tenia colgado de principio a fin!!

lectora_noche

La tension que fuiste construyendo antes de que todo pase es lo mejor. Sabés como enganchar al lector, por favor seguí escribiendo

Cata_Mdq

me recordo a una situación que viví hace años, esa mezcla rara de saber que algo va a pasar y no poder frenarlo. Muy real la forma en que lo contás

RaulVargas_CBA

Excelente!! Esperando la segunda parte

GastonLect

el titulo me vendio instantaneo y el relato cumplió con creces. gracias

MarcoGZ

lo lei dos veces jajaja, muy adictivo

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