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Relatos Ardientes

El jinete maduro que bajó a la cocina esa noche

Tenía diecinueve años el verano que mi madre me llevó a visitar a la familia en un pueblo de Zacatecas. No era un viaje que yo hubiera elegido. Mis amigas se iban a la playa, a Cancún, y yo terminaba en una ranchería rodeada de cerros, sin señal en el celular y con tías que me preguntaban cada cinco minutos si ya tenía novio.

El pueblo, eso sí, era bonito. Calles empedradas, casas bajas con tejas, bugambilias trepando por las paredes. Mis primas me llevaron a recorrerlo el primer día, me contaron las leyendas locales y me presentaron a medio mundo en la plaza. Todos amables, todos con esa sonrisa de gente que tiene tiempo.

Justo el fin de semana en que llegamos era la fiesta patronal. Mi tío Genaro, hermano mayor de mi madre, era uno de los organizadores. Andaba como loco con los preparativos: el palenque, los gallos, la procesión, y sobre todo el jaripeo. Estaba especialmente orgulloso porque, después de meses de insistir, había convencido a un jinete de toros bastante famoso de venir a montar al pueblo. Más todavía: el hombre dormiría en el rancho de mis tíos.

—Es de los grandes —repetía mi tío en la mesa—. Le ha tocado torear hasta en Texas.

Yo no tenía ni idea de quién era. La verdad, esas cosas nunca me llamaron la atención. Mis primas y mis tías hablaban del jinete como si fuera un cantante. Yo asentía con la cabeza y seguía preguntándome si todavía me alcanzaría la batería del celular para llamar a una amiga.

***

La noche antes del evento bajé a la cocina por un café. Hacía rato que estaba en mi cuarto, en pijama, intentando dormir. No podía. La habitación se sentía caliente y los grillos no callaban. Pensé que un café —raro, lo sé, pero a mí me relaja— me ayudaría a calmarme.

La cocina de mis tíos daba a un balcón pequeño que miraba hacia el jardín trasero. Encendí la luz baja del extractor para no despertar a nadie y, mientras esperaba que hirviera el agua, me asomé al cristal. Ahí abajo, junto a una jacaranda vieja, había una figura de espaldas. Bajita, vestida toda de negro. El humo de un cigarro le subía por la cabeza como si fuera vapor.

Como si me hubiera sentido mirarlo, se dio la vuelta. Levantó la mano y me saludó. Yo, sin pensarlo, le devolví el saludo. Era un hombre normal, de unos cuarenta y tantos años, moreno, con una barba mal recortada y una mirada que se quedó clavada en la mía más tiempo del que era necesario. Algo se me movió por dentro y no quise nombrarlo.

Los hombres que yo conocía —mi padre, mis hermanos, mis profesores— eran de aspecto cuidado: rasurados, peinados, con loción cara. Él no. Él tenía un magnetismo distinto, salvaje, casi sucio. No era guapo en ningún sentido convencional, pero costaba apartar la vista.

Estaba a punto de salir de la cocina con mi taza cuando él entró. Empujó la puerta del balcón sin hacer ruido y me saludó con un movimiento de cabeza.

—Disculpe la molestia, señorita. ¿Le importa si tomo un vaso de agua?

—No, claro que no —dije. Y, no sé por qué, agregué—: Puedo prepararle un café también, si quiere.

Sonrió por primera vez. Los dientes desiguales, el labio inferior un poco más grueso que el de arriba.

—Si no es molestia, se lo agradezco.

Le serví. Cuando me acerqué a darle la taza pude olerlo, y ese fue el momento exacto en que entendí que ya estaba en problemas. Olía a hombre limpio, sí, pero con una colonia barata y áspera, mezclada con tabaco y con un dejo de campo, de animal, de sudor seco. No era un olor agradable en el sentido típico. Era otra cosa. Era un olor que te hacía respirar más hondo aunque no quisieras.

Sin darme cuenta, ya me estaba humedeciendo.

—¿Le importa si me siento un rato? —pregunté, con la voz más firme de lo que sentía.

—Sería un placer.

Me senté frente a él, en pijama, con un short corto y una camiseta vieja, y empezamos a hablar. Fue ahí cuando me di cuenta de quién era. Era el famoso jinete. Yo me lo había imaginado distinto: alto, presumido, con sombrero caro y cinturón de hebilla enorme. Y él era todo lo contrario. Hablaba bajo, con frases cortas, sin ganas de impresionar a nadie. Me preguntó de dónde venía, qué estudiaba, si me gustaba el pueblo. Le conté.

Estuvimos así un buen rato. Cuando me levanté para irme, me tendió la mano. Se la apreté y casi me quedo sin respiración. Era una mano dura como una piedra de río, áspera, tibia, con callos en los lugares donde un hombre que trabaja con sogas tiene callos.

—Mañana, mi monta va dedicada a usted —dijo, sin sonreír—. Si quiere venir.

—Voy a ir —respondí, antes de pensarlo.

***

No pensaba ir al jaripeo. Lo había dejado clarísimo dos días antes, frente a mis primas, con tono de adolescente fastidiada. Pero claro que iba a ir.

Me arreglé como si fuera una primera cita. Un vestido rosa con flores chiquitas que me había comprado para un cumpleaños y que nunca había estrenado. Sandalias de tacón bajo, el pelo suelto, un poco de rímel y nada más. Me miré en el espejo y me dije no estás haciendo esto por él, sabiendo perfectamente que era mentira.

Llegamos al ruedo a media tarde. Mi tío, como organizador, nos había guardado lugar en las gradas de adelante, casi pegadas a la talanquera. El sol pegaba duro y el aire olía a fritanga y a tierra mojada. Pasaron varios jinetes. Algunos aguantaban un par de saltos, otros salían volando antes de los diez segundos. Uno se rompió la clavícula, se la oí crujir desde donde estábamos.

Cuando lo anunciaron a él, el ruedo entero se vino abajo. Lo gritaban como si fuera un cantante. Salió al centro, saludó al público, y entonces hizo algo que no esperaba: se giró buscando entre las gradas hasta encontrarnos a nosotros, y me saludó a mí. Específicamente a mí. Mi madre se quedó muda. Mi tía me miró con el ceño fruncido. Yo no supe dónde meter las manos.

Se quitó la camisa. Tenía el cuerpo pequeño pero compacto, todo músculo nervudo, moreno, con una cicatriz vieja que le cruzaba el costado. Encendió un cigarro, lo dejó colgando del labio y caminó hacia el cajón. Dos hombres ajustaron el pretal alrededor del toro y, con una seña, abrieron la puerta.

El animal salió como un terremoto. Saltaba, giraba, pateaba el aire. Y él aguantaba. Su cuerpo se sacudía pero sus ojos no se movían, fijos en algún punto delante. Cada brinco le levantaba el cabello, cada vuelta le hacía apretar los dientes alrededor del cigarro. La gente gritaba más y más fuerte. Pasaron los segundos, pasó el minuto. Cuando por fin el toro se cansó y aflojó la cabeza, él se descolgó de un salto, cayó de pie como si nada y le levantó la mano al público.

Después se giró otra vez hacia donde estábamos. Y me miró.

Me miró como si yo fuera la única persona en aquel ruedo lleno de gente. Estaba a punto de venirme y no entendía por qué. Nunca me había pasado algo así. Sentada en una grada, con mi madre al lado y mi tía masticando un elote, sentí que el cuerpo entero me palpitaba.

***

Volvimos al rancho cuando ya estaba oscuro. Cenamos rápido, alguien sacó tequila, todos brindaron por mi tío y por el éxito de la fiesta. Yo casi no probé bocado. Subí temprano, dije que estaba cansada por el sol, y me encerré en mi habitación.

No podía estarme quieta. Daba vueltas en la cama, me levantaba, me asomaba a la ventana. Pensé que él ya se habría ido. Imaginé que solo había sido eso: una mirada, una promesa de jinete que se queda en el aire y no significa nada. Me metí la mano dentro del short y me toqué pensando en su olor, en sus manos ásperas, en cómo el cigarro se le había quedado pegado al labio mientras el toro lo sacudía. Me vine despacito, sola, mordiendo la almohada.

Después me dio una sed enorme. Bajé descalza, sin encender ninguna luz. La casa entera dormía.

***

Cuando entré a la cocina, lo primero que hice fue mirar al balcón. Esperaba no ver a nadie. Quería no ver a nadie y, al mismo tiempo, lo quería ahí. Y ahí estaba. Apoyado en la baranda, con otro cigarro encendido, mirándome como si supiera desde hacía rato que yo iba a bajar.

Hizo una seña con la cabeza, despacio. Una seña que no era exactamente una orden pero tampoco era una pregunta. Me decía: quédate ahí.

Apagó el cigarro contra la baranda y entró. Cerró la puerta del balcón con cuidado, sin hacer ruido. Caminó hacia mí. Yo retrocedí hasta que mi espalda chocó contra la barra de la cocina.

—No deberíamos —dije.

—No —respondió. Y me besó.

El beso fue distinto a todos los que yo había recibido hasta entonces. Tenía el sabor amargo del tabaco y un fondo dulzón de tequila. Por un segundo intenté apartarlo, levanté la mano para empujarle el pecho, incluso pensé que iba a darle una bofetada. Él me sostuvo de la nuca con una mano, sin apretar pero sin dejarme moverme, y siguió besándome hasta que se me olvidaron las ganas de pelear. La lengua me entraba a la boca con una calma desesperante, como si tuviera toda la noche.

La otra mano le bajó hasta mis nalgas, por encima del short. Las apretó con la palma entera, como si midiera. Después subió hasta el borde de mi camiseta y, sin dejar de besarme, me la levantó. Yo no llevaba sostén. Nunca dormía con sostén. Sus dedos toparon con la piel desnuda y se me erizó todo.

Bajó la cabeza y me chupó un pezón. Lo mordió suave, con cuidado, y luego un poco más fuerte. Yo me agarré del filo de la barra para no caerme. Con la otra mano él se desabrochó el cinturón. Lo escuché caer al suelo. Después el botón del pantalón, después el cierre.

—Tócame —me dijo, sin levantar la voz.

Llevé la mano hasta él. La tenía durísima, gruesa, mucho más de lo que yo esperaba, y caliente como si tuviera fiebre.

—Híncate —pidió. Y, antes de que yo pudiera decidir si quería o no, me empujó suavemente de los hombros hacia abajo.

Me arrodillé en las baldosas frías. Lo tenía a la altura de la boca. No supe pensar en nada más. Me lo metí. Sabía a piel limpia y a algo más espeso, a hombre. Me agarró del cabello, lo enroscó en su mano como si fuera una rienda, y empezó a moverme la cabeza al ritmo que él quería. Al principio me ahogué un poco. Después encontré el ritmo.

—Así, muñequita.

***

Me levantó de un brazo. Me dio la vuelta y me empujó contra la mesa de la cocina. Me bajó el short de un tirón y lo dejó caer junto a sus pantalones. Yo estaba mojada, lo notaba por dentro de los muslos. Me levantó una pierna, me la apoyó sobre la mesa y, por un momento que se me hizo larguísimo, solo me rozó con la punta. Adelante y atrás, sin meterla.

—Por favor —susurré.

Entró de un solo empujón. Sentí cómo me abría. Me clavó las manos en la cintura, me agarró fuerte y empezó a moverse. No hablaba. Solo respiraba contra mi nuca, con esa respiración pesada de hombre que ha trabajado mucho con el cuerpo. La mesa crujía cada embestida. Yo me mordía el dorso de la mano para no gritar.

El primer orgasmo me llegó casi sin avisar. Quise reprimirlo, pensé en mi madre durmiendo un piso arriba, pensé en mis tíos al final del pasillo. No pude. Se me escapó con un gemido sordo y le mojé los muslos. Él se rio bajito.

—Apenas voy empezando.

Me dio la vuelta otra vez. Me subió a la mesa de un movimiento. Quedé de frente a él, con las piernas abiertas alrededor de su cintura, y volvió a meterla. Esta vez me besó mientras me embestía. Me apretó los pezones con los dedos hasta que me dolió de buena manera.

—¿Te gusta, muñequita? —me dijo, casi sin aire—. Mírame. Mira cómo te entra.

Bajé la mirada entre nosotros. Verla entrar y salir, brillante por mí, me hizo perder el último resto de control. Me vine otra vez, con un temblor que me recorrió desde las plantas de los pies hasta la nuca.

—Yo también —avisó, en un susurro—. Quiero adentro.

—No —dije, con la última pizca de cordura que me quedaba—. Adentro no.

Asintió. Se salió a tiempo y se vino sobre mi vientre, con un gruñido bajo, mordiéndose el labio inferior. La mano libre seguía agarrándome del pelo.

Después se quedó parado entre mis piernas, recuperando el aire. Me miró a los ojos un buen rato, sin decir nada. Por fin hizo lo último que esperaba: me bajó de la mesa con cuidado, casi con dulzura, y me ayudó a ponerme el short.

—Limpíame —dijo, antes de irse.

Me arrodillé otra vez y lo hice. Sin pensar. Estaba más allá de pensar. Tenía un sabor distinto ahora, más mío.

***

Subí a mi habitación a tientas. Me metí en la cama todavía oliéndolo en la piel y en la boca. No me bañé. No quería bañarme. Esa noche no dormí, pero no me importó.

A la mañana siguiente, cuando bajé a desayunar, él ya se había ido. Mi tío contó que había salido al amanecer, con destino a otro pueblo, otra fiesta, otro toro. Mi tía lamentó no haberle podido despedir. Yo bebí mi café en silencio y miré el balcón vacío.

Han pasado años. He estado con otros hombres. Algunos atentos, otros torpes, ninguno como él. A veces, cuando huelo una colonia barata mezclada con tabaco —en un taxi, en un mercado—, me detengo en seco y se me eriza la nuca. Y ahí estoy otra vez, descalza, en pijama, en la cocina de mis tíos, con un jinete que olía a campo enseñándome qué quería decir, en realidad, sentirse mujer.

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Comentarios (7)

Carmencita_mx

Excelente!!! me enganchó desde la primera línea y ya no pude parar

pedro_lector

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de más

Angela

El ambiente del jaripeo lo describís tan bien que me sentí ahí. Muy buen relato

Lupita_norte

Nunca habia leido algo así y me sorprendió para bien. Esa ambientacion tan tipica del norte... tremendo

CarlosMdp78

Se hizo cortísimo jajaja, quería mas. Muy bien narrado

Marcos_del_sur

Me recordó a una cabalgata que fui hace años, los vaqueros tienen algo que no se explica con palabras

SolMar_09

Los relatos de maduras siempre me gustan pero este tiene un toque distinto. Muy bueno!!!

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