Lo que pasó con mi prima en la ducha
Estaba enjabonándome cuando la cortina se abrió y ahí estaba ella, sonriendo, sin una sola prenda y decidida a no salir aunque se lo pidiera.
Estaba enjabonándome cuando la cortina se abrió y ahí estaba ella, sonriendo, sin una sola prenda y decidida a no salir aunque se lo pidiera.
Renata me llamó para pedirme un favor, pero quien me dejó sin aliento esa tarde fue la mujer que terminaba de limpiar y me esperó junto al ascensor.
Escribo esto sabiendo que vas a leerlo, aunque finjas que no. Y sabiendo también la forma exacta en que tu cuerpo respondía cuando creías que nadie miraba.
Llevaba quince años viuda y dormida para el sexo. Entonces aquel hombre, casi veinte años menor, me miró los labios y supe que la mañana no terminaría en los apuntes.
Marisol estaba sentada en el borde de la cama con el bebé al pecho, completamente desnuda, cuando empujé la puerta. La leche le caía sola y ella no me pidió que me fuera.
Le susurré mi fantasía al oído en medio del vagón lleno. Ella se sorprendió, después me mordió el labio y supe que esa noche íbamos a un hotel.
Compramos el arnés diciendo que era para practicar y poder enseñarles a ellos. Lo que no esperábamos era terminar temblando la una contra la otra.
El cartel oxidado prometía un club abierto. Lo que no decía es que dentro lo esperaban cuatro viudas dispuestas a vaciarlo antes de dejarlo volver a la carretera.
Bajé descalza por un vaso de agua a las tres de la mañana y ella seguía ahí, impecable, con esa sonrisa que no tenía nada de maternal.
Reconocí el coche de mi madrastra en la puerta del edificio y, antes de abrir, ya sabía que esa mañana no terminaría como cualquier otra.
Aquella tarde, sin pudor, se quitó el bikini delante de mí y mi cuerpo respondió como si llevara una vida entera esperando ese momento.
Ella cerró la puerta con llave, llenó la bolsa del enema y me miró fijamente. «No me obligues a ponerme dura contigo», dijo. Y supe que esa noche todo iba a cambiar.
Aprendí a sostener bisturíes sin temblar y a no sentir nada frente a la muerte. Entonces apareció ella, con esos ojos imposibles, y mi pulso firme se volvió un desastre.
Siempre fantaseé con estar con otra mujer, pero nunca lo había hecho. Esa noche, en su departamento, ella me pasó las manos por las caderas y supe que no íbamos a dormir.
El gemido que me despertó no era mío. Asomé el ojo por la rendija del cubículo y la vi frente al espejo, con la falda subida hasta la cintura.
Pensé que solo subíamos al pinar a comer tortilla y beber vino tinto. No imaginé que aquella tarde mi prima me iba a pedir que la tocara entre los árboles.
Su esmalte burdeos contra el mío esmeralda sobre mi vientre. Era la primera mujer que me había hecho suya y yo apenas empezaba a aprender la ternura.
La nueva se sentó a mi lado y abrió las piernas para que yo viera lo que tenía debajo de la pollera. La clase de biología nunca fue tan larga.
Inés bailaba como un poema sin sentimiento. Esa tarde de lluvia, cuando todas se marcharon, decidí enseñarle dónde nace el fuego que el espejo nunca le devolvería.
Yo bajaba a consolarla cuando lloraba. Lo que no sabía es que su llanto me llevaría a olerle el cuello, a saborear su piel y a entender que la quería de otra forma.