Mis dos vecinos maduros y un cumpleaños sin marido
Mi esposo y yo vivimos en el sexto piso de un edificio de doce, en una zona tranquila al norte de Guadalajara. Justo debajo, en el quinto, tienen su departamento don Ricardo y don Eduardo, dos caballeros que pasaron los sesenta hace mucho. Son de esos hombres a la antigua: siempre con una sonrisa cordial, el saludo respetuoso, la palabra justa. La confianza con ellos creció natural, casi como si fueran tíos lejanos pero queridos.
Yo me llamo Marina. Treinta y cinco años que llevo bien puestos. No tengo curvas de revista, pero todo lo que cargo está donde debe estar. Cara bonita, ojos que invitan sin proponérselo, labios llenos. Cintura fina y un trasero grande, redondo, firme. Tetas altas, con pezones oscuros que se levantan al menor roce de aire. Cuando salgo sin sostén, más de uno se queda con la boca seca. Mi marido me lo recuerda cada noche: «Estás riquísima, Marina», y lo demuestra abriéndome las piernas hasta dejarme temblando. Le fascinan mi trasero, mis pechos y mis pies. Por eso me regala sandalias finas, de tiras delicadas, y tacones altos que me hacen caminar como si todo el cuerpo pidiera atención.
Mateo gana muy bien. Yo soy ama de casa consentida: gimnasio, lencería de encaje, perfumes que huelen a ganas. Él fue mi primer y único hombre. Nunca probé otra verga que no fuera la suya.
Don Ricardo y don Eduardo siempre fueron unos encantos con los dos. Nunca un piropo de más, nunca una mano que se atreviera. Pero yo sabía que miraban. Cuando bajaba con una falda pegada o con una blusita escotada, sus ojos se clavaban un segundo más de lo prudente, las pupilas se les dilataban, se les escapaba un suspiro corto. Yo fingía no darme cuenta y, sin embargo, me agachaba un poco más de lo necesario para recoger algo, dejaba que la curva del trasero les hablara sola. Me gustaba saber que esos dos viejitos respetuosos se morían en silencio por probarme.
—Te cuento algo, mi amor —le solté a Mateo durante el almuerzo—, pero no te enojes.
Él dejó el tenedor y me miró con esa sonrisa que me derrite.
—No seas tonta, princesa. Cuéntame.
—Hoy bajé a saludar a los del quinto con ese short de licra que me regalaste. Don Eduardo casi se ahoga con el café, mi vida. Y a don Ricardo se le notaba clarito el bulto en el pantalón.
Mateo soltó una carcajada áspera, de esas que me prenden.
—Pobres viejos. Deben estar pensando en ti todas las noches.
Me reí bajito, pero por dentro sentí un calorcito traicionero subiendo por el vientre.
—Me dan ternura, mi amor. Hace una eternidad que no les meten mano a una mujer. Pero conmigo siempre se portan como caballeros.
A Mateo, en el fondo, le calentaba que otros me miraran. Cambiamos de tema antes de que se me lanzara encima de la mesa. Cuando él se fue al trabajo, me quedé en el sillón, con las piernas abiertas, pensando.
«A esos dos seguro ni con pastilla se les para», me dije. «Con Mateo está rico, me coge bien, me hace venir, pero a veces siento que falta algo. La de mi marido es chiquita, aunque la suple con lengua de campeonato». Y, sin admitirlo en voz alta, en las películas que veíamos juntos no podía dejar de mojarme imaginando vergas más grandes.
***
Una mañana, salí a despedir a Mateo en la entrada del edificio. La noche anterior me había dejado el coño hinchado de tanto polvo, así que le di un beso largo, apretándome contra él. Justo en ese momento aparecieron don Ricardo y don Eduardo con sus bolsas de la panadería.
—Buenos días, vecinos —saludamos.
—Aquí les encargo a Marina, ¿sí? —dijo Mateo dándome una palmada en el trasero que me hizo rebotar las tetas—. Cuídenmela bien.
—Con nosotros está en las mejores manos, m'hijo —respondió don Ricardo, sin quitarme los ojos de encima.
Subimos los tres en el ascensor. El silencio se llenaba con el roce casi imperceptible de nuestros cuerpos. Yo iba contra la pared del fondo, los brazos cruzados bajo las tetas para que se levantaran un poco más. Sus hombros me rozaban los míos.
—¿Vienes a desayunar con nosotros, hija? —dijo don Ricardo bajito—. Hay café y espacio para tres.
—¡Ay, no! —contesté—. ¿Qué van a pensar los vecinos si me ven entrar a un departamento de solteros?
Don Eduardo se acercó un paso, su brazo rozando el mío.
—Marina… nadie nos ve. El ascensor nos deja directo en la puerta. Nosotros somos respetuosos. No te tocamos… a menos que tú quieras.
Don Ricardo soltó una risita suave.
—Solo queremos verte ahí, contándonos cosas. Esa personalidad tuya nos alegra la mañana.
El ascensor se detuvo en el quinto. Las puertas se abrieron y el aire fresco del pasillo me golpeó la piel caliente.
—Está bien, pero solo un ratito —suspiré—. No quiero que mi almuerzo salga tarde.
Entramos. Olía a café y pan tostado, pero también a dos hombres limpios con la testosterona contenida. Nos sentamos en la mesa pequeña del comedor, yo en medio. Cada vez que me inclinaba para servirme, las tiritas se me corrían un poco. Don Ricardo me rozaba «sin querer» el muslo cuando se movía; don Eduardo dejaba que sus dedos se demoraran en los míos al pasarme el azúcar. La conversación, suelta, fue de aventuras de juventud y primeras veces. Sus ojos se oscurecían, se acomodaban en la silla como si el bulto les apretara.
Cuando miré el reloj eran casi las doce. Salí de ahí con el coño palpitando, la tanguita empapada y una sonrisa imposible de borrar. Desde aquella mañana, los desayunos se hicieron costumbre. Algunas veces bajaba yo con ropa cada vez más provocadora; otras, subían ellos a charlar conmigo. Toques cada vez más demorados: una mano en la rodilla, un masaje en los hombros que se acercaba peligrosamente a mis pechos. Cuando Mateo estaba presente, los cuatro reíamos. Cuando no, el aire se ponía espeso de promesas que ninguno decía en voz alta.
***
Mateo tuvo que viajar a Mérida por doce días, un problema con la sucursal del sureste. Yo me quedé sola en el departamento, el cuerpo en llamas. Desde el primer día amanecía mojada. Me masturbaba dos, tres veces al día —en la regadera con el chorro directo en el clítoris, en la cama con los dedos hasta el fondo—, pero nada me calmaba el hambre.
Hasta que una tarde tocaron la puerta. Eran don Ricardo y don Eduardo, con una botella de tequila reposado y una sonrisa de cumpleaños.
—Marina, hoy es el cumpleaños de Eduardo —dijo don Ricardo, mirándome de arriba abajo sin disimular—. Baja a festejar con nosotros, hijita. Para que el día no pase desapercibido.
Acepté sin pensarlo. Me puse un vestidito corto de algodón, sin sostén, y una tanguita de encaje que ya estaba húmeda antes de salir del ascensor. Entramos. El olor a hombre adulto me golpeó de una. Nos sentamos en el sofá grande del living. Yo en medio.
Comimos cochinita pibil que había hecho don Eduardo, brindamos con el tequila y la cosa subió de temperatura rápido.
—Aunque no lo creas, Marina —soltó don Ricardo con su voz grave—, en mi juventud las mujeres se me acercaban porque la tengo más grande de lo normal. Larga, marcada, de las que abren bien y hacen gemir desde el primer empujón.
Sentí un escalofrío bajar de la nuca al trasero.
—¡Ay, qué bárbaro, don Ricardo! —respondí con la voz temblorosa—. ¿Y usted, don Eduardo? Seguro también la tiene grande, ¿no?
Don Eduardo se acomodó en el sofá como si el pantalón le apretara.
—No exageramos, hija. Las dos son de buen tamaño. Hemos dejado mujeres adoloridas al día siguiente.
Me reí nerviosa, pero por dentro me ardía todo.
—Es más, Marina —siguió don Ricardo, su rodilla rozando la mía—, esta noche íbamos a un night club. Pensábamos contratar a alguien para Eduardo como regalo. Que le baile, que le roce.
—¡Ay, no! Para eso estoy aquí —dije, parándome despacio para que el vestido se me subiera unos centímetros y les mostrara la curva—. Yo le bailo, como regalo de cumpleaños. Gratis. Eso sí: solo bailar. Nada más.
Don Eduardo levantó las manos, fingiendo frenarme, pero sus ojos no se apartaban de mis pechos.
—No, hijita, ¿qué va a decir tu marido?
—No tiene por qué enterarse. Y tranquilo. Solo voy a moverme para ustedes.
Puse música suave en el celular y empecé a menear las caderas. El vestido se pegaba a la piel sudada. Levanté los brazos por encima de la cabeza y arqueé la espalda para que las tetas se empujaran hacia adelante. Me di vuelta y apoyé las manos en la pared, sacando el trasero todo lo que pude. Bajé despacio flexionando las rodillas hasta casi tocar el piso, y volví a subir meneándolo de lado a lado. Los oí jadear, aplaudir, silbar como adolescentes en una fiesta.
—¡Eso, Marina! ¡Más, hijita! —gritaba don Ricardo.
Don Eduardo, con la cara roja, empezó a corear:
—¡Que se suba el vestido, que se lo suba!
Me metí los pulgares por los costados, lo enrollé despacio por encima de la cadera y lo dejé caer al suelo. Las tetas saltaron libres. Seguí bailando solo con la tanguita. Me incliné de espaldas, abrí las piernas y les mostré el trasero entero, la mancha oscura de humedad en el centro. Después me puse en cuatro, arqueé la espalda y dejé que las tetas colgaran pesadas con cada meneo.
No aguanté más. Me acerqué a don Eduardo, me senté a horcajadas sobre su regazo y sentí su verga gruesa palpitando contra mi coño a través de la tela. Él soltó un gruñido, las manos temblándole. Antes de que perdiera el control, me levanté y fui a don Ricardo. Repetí el movimiento. Su pinga larga y tiesa presionaba justo en mi entrada.
Volví al centro, bailando más lento. Cuando me di vuelta, los dos se habían abierto los pantalones. Don Ricardo tenía la verga afuera, larga, venosa, curvada hacia arriba; don Eduardo, la suya más corta pero más gruesa, con la cabeza brillante. Se masturbaban despacio, mirándome.
—¡Carajo, miren lo que me han hecho! —solté con la voz ronca—. Estas vergas son una locura. Quiero probarlas ya.
—Acércate, mamita —dijo don Ricardo—. Hoy es el cumpleañero el que pide.
Me arrodillé frente al sofá, agarré la verga gruesa de don Eduardo con las dos manos, le pasé la lengua desde los huevos hasta la cabeza, y me la metí entera. Empecé a chupar, dejando que la saliva me corriera por la barbilla, mientras gemía con la boca llena. Don Ricardo se masturbaba a mi lado, mirando el espectáculo.
—Ven para acá, mamita. No me dejes esperando.
Me arrastré de rodillas hasta él y le agarré la verga larga. La lamí de abajo arriba, la metí profunda hasta que me rozó la garganta. Con la otra mano me pellizcaba un pezón; después bajé los dedos al coño y me metí dos adentro.
—¿Quieren más? —pregunté, sacándomela de la boca—. Porque yo ya no aguanto. Quiero sentirlas dentro. Las dos.
***
Me cargaron como muñeca. Don Ricardo me levantó en brazos. Don Eduardo barrió de un manotazo lo que había en la mesa del comedor y me depositó boca arriba sobre la madera fría. Se desnudaron rápido. Cuerpos de viejos fuertes: pelo gris en el pecho, vientres algo abultados, vergas tiesas apuntando al techo.
—Don Ricardo, disculpe —jadeé—, pero quiero que sea don Eduardo el primero. Es su cumpleaños.
—Claro que sí, m'hija. Tú disfruta.
Don Eduardo se colocó entre mis piernas, abrió los labios con los pulgares y empezó a comerme el coño como si fuera la última cena. Lengua gruesa lamiendo de abajo arriba, chupando, metiéndose dentro, girando alrededor del clítoris. Me retorcí sobre la mesa.
—¡Aaaarrg, qué rico me come, don Eduardo! —chillé.
Metió dos dedos curvándolos hacia arriba, frotando ese punto que me hace perder la cabeza. Me corrí en menos de un minuto, gritando, el cuerpo convulsionando, salpicándole la cara y la mesa. Después se puso de pie, agarró mis piernas con cada brazo, las levantó y me clavó la verga gruesa de un solo viaje hasta el fondo. El golpe contra el útero me sacó el aire.
—¡Don Eduardo, me está partiendo en dos! —gemí.
Don Ricardo me volteó la cabeza hacia su lado y me metió la verga larga en la boca. Empezó a follarme la garganta con empujones lentos pero firmes. Yo apenas podía respirar, saliva corriéndome por las comisuras. Don Eduardo aceleró el ritmo, los huevos golpeándome el trasero con cada embestida. El segundo orgasmo me explotó como una bomba: el coño se contrajo alrededor de su verga gruesa, chorros calientes saliendo a borbotones.
Don Eduardo gruñó, se clavó hasta el fondo y descargó dentro de mí. Chorros calientes de leche llenándome la vagina. Don Ricardo, dos minutos después, me agarró del pelo, me metió la pinga hasta el fondo y descargó en mi boca. Tan abundante que se me escapó por las comisuras.
—¡Cof, cof! ¡Don Ricardo, parece una vaca lechera! —tosí.
Los dos se rieron con esa risa gruesa de viejos satisfechos. Me dejaron tirada sobre la mesa, sudada, el coño abierto, rebosando semen blanco que goteaba sobre la madera.
—Nunca me han cogido así de rico —jadeé—. Ustedes van a ser mis papis del quinto.
Don Eduardo me sirvió un tequila. Lo bebí de un trago, todavía con sabor a leche en la boca.
***
No paramos ahí. Don Ricardo me llevó al sofá, me puso en cuatro y me lamió de abajo arriba antes de meterme su verga larga otra vez. Don Eduardo me llenaba la boca por turnos. Después me cambiaron de posición: don Ricardo se sentó en el sofá y me hizo subir a horcajadas; don Eduardo escupió sobre mi ojete y, con las dos vergas llenándome a la vez, sentí un orgasmo tras otro hasta perder la cuenta.
Cuando ya no quedaba leche que sacarles ni gritos que dar, me levanté tambaleando. Caminé hacia la puerta, todavía completamente desnuda, las piernas chorreando.
—Pero, Marina —rió don Ricardo—. ¿Vas a subir así?
—Sí —contesté, con esa risa traviesa de quien ya cruzó todas las líneas—. Que me vea quien quiera.
Cerré la puerta detrás de mí, el semen resbalándome por los muslos con cada paso. Subí las escaleras despacio. En el rellano del sexto me crucé con don Hernán, el vecino del séptimo. Se quedó congelado al verme: desnuda, sudada, las marcas rojas de los dedos en las tetas, leche blanca goteando por los muslos.
—Bue-buenas tardes, señora Marina… parece que tiene mucho calor —balbuceó.
—Ay, sí, don Hernán… no se imagina lo caliente que estoy todavía.
Él tragó saliva, el bulto creciéndole en el pantalón.
—¿Podría… visitarla en estos días? Tengo unos días libres.
Sonreí, lamiéndome los labios.
—Por supuesto, don Hernán. Llame cuando quiera, que le abro la puerta tal como estoy ahora.
Subí los últimos escalones meneando el trasero, sintiendo su mirada clavada en mí, y entré al departamento con una sonrisa de oreja a oreja. A Mateo todavía le faltaban varios días en Mérida. Y yo ya tenía planes para llenar cada minuto.