Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El abuelo de mi amiga me encontró en su cocina

Me llamo Sofía y tengo veinte años. Camila es mi mejor amiga desde la primaria, de esas amistades que sobreviven mudanzas, novios, peleas y todo lo que la vida va interponiendo. Sus abuelos viven con la familia en una casona de dos plantas al sur de la ciudad, y yo me he sentido bienvenida ahí desde que éramos chicas. Me sabía de memoria cada rincón: la madera del pasamanos que crujía en el tercer escalón, el olor a tabaco dulce del sillón del salón, la manera en que la luz de la tarde entraba sesgada por las persianas de la cocina. Era casi mi segunda casa. Y don Roberto era casi mi segundo abuelo.

Don Roberto tiene sesenta y dos años, pero si no lo conoces podrías restarle fácilmente diez. Es alto, de espalda ancha, con el cabello completamente blanco y una barba recortada con esmero que le da ese aspecto de hombre que ha vivido lo suficiente como para no tener que apresurarse con nada. Sus manos son grandes, de nudillos pronunciados y palmas anchas, las manos de alguien que ha trabajado con ellas toda la vida. Siempre fue afectuoso conmigo. Me llamaba por mi nombre con esa voz grave que tiene, me preguntaba por la universidad, me miraba cuando le hablaba como si lo que decía importara de verdad. Para mí era un abuelo prestado, generoso y cercano.

O eso pensaba hasta esa noche.

Me había quedado a dormir porque mis padres estaban en un congreso en otra ciudad y no tenía ganas de quedarme sola en el departamento. Camila y yo nos acostamos tarde, viendo una serie que ninguna terminó de ver porque el sueño se la llevó antes de la medianoche. Yo me quedé mirando el techo con los ojos abiertos. El calor era espeso, del tipo que se mete entre las sábanas y no deja. Me moví de un lado al otro, conté respiraciones, traté de vaciar la cabeza.

Nada.

Alrededor de las tres de la mañana me rendí y me levanté sin hacer ruido. Llevaba una camiseta blanca de tela muy fina, corta, que no me llegaba al ombligo, y una panty de algodón oscuro. Sin corpiño. Bajé las escaleras pisando por los bordes para evitar el crujido conocido y entré a la cocina buscando un vaso de agua fría.

Él estaba ahí.

Sentado a la mesa con una taza entre las manos, el torso desnudo, con un pantalón de pijama gris oscuro. La única luz encendida era la del extractor, que dejaba la cocina en una penumbra tibia. Su silueta se recortaba con esa quietud que tienen las personas que no necesitan demostrar nada.

Me detuve en seco. El frío del piso en los pies descalzos, el calor en la cara. La camiseta era demasiado corta y yo lo sabía.

—Sofía —dijo, con voz tranquila—. ¿No puedes dormir?

—No… hace mucho calor —respondí, yendo hacia la alacena a buscar un vaso.

—Siéntate un momento. —No era una orden, era una invitación—. El agua fría no resuelve el insomnio. Primero hay que relajarse.

Me senté frente a él. Lo observé tomar un sorbo de su taza. Había algo diferente en cómo me miraba esa noche. No era la mirada de siempre, la del abuelo cariñoso que pregunta por los exámenes. Era otra cosa, más directa, más lenta. Me recorría sin disculparse.

—¿Y tú por qué estás despierto? —pregunté, aunque no sé bien para qué.

—A mi edad el sueño ya no es tan obediente. —Sonrió apenas—. Pero esta noche hay mejor compañía que de costumbre.

Algo en esa frase pasó por mi piel de forma distinta a como debería haber pasado. No era un cumplido de abuelo. Había peso debajo.

Se recostó un poco en la silla y me miró.

—Ven aquí. —Palmeó suavemente su muslo—. Te relajo un poco. Así no vas a poder dormir de ninguna manera.

Dudé. Calculé. Me levanté igual.

Me senté de costado sobre su regazo, la espalda contra su pecho. Como si fuera la cosa más natural del mundo. Su cuerpo era cálido y firme, y su respiración era pausada, sin aceleración, como si tuviera todo el tiempo.

—Cierra los ojos —dijo—. Solo respira.

Sus manos empezaron a moverse por mis muslos. Con mucha calma, de arriba hacia abajo, sin apuro. La sensación era exactamente lo que necesitaba y al mismo tiempo todo lo contrario de lo que debería querer. Me afloję sin pensarlo, la tensión de las últimas horas disolviéndose en cada pasada de sus palmas.

—¿Ves? —murmuró cerca de mi oído—. Solo necesitabas parar un momento.

Sus manos subieron un poco más. Rozaron el borde de mi panty. Sentí que el aire cambiaba.

—Don Roberto… —empecé, sin terminar la frase.

—Tranquila. —Su voz era baja, casi adentro de mi oído—. Si quieres que pare, dímelo y paro ahora mismo. Pero dímelo tú.

No dije nada.

Sus dedos continuaron. Recorrieron la cara interna de mis muslos con una lentitud que era casi una tortura, subiendo en espiral hacia el centro, nunca llegando del todo, siempre prometiendo. Mi respiración se hizo corta y rápida. Sentí que me mojaba y la vergüenza de eso me recorrió entera, pero no me moví.

—Estás muy tensa aquí —dijo, y su dedo rozó la tela de mi panty entre las piernas—. ¿Hace tiempo que nadie te toca como se debe?

Asentí sin abrir los ojos.

Metió la mano dentro de mi panty. Sus dedos gruesos encontraron mi clítoris ya hinchado y empezaron a frotarlo en círculos lentos y firmes, con una presión precisa que me dobló hacia adelante. Apoyé la frente contra su hombro y me mordí el labio.

—Quieta —ordenó en voz muy baja, y su otro brazo me rodeó la cintura sosteniéndome—. Quieta y déjate sentir.

Metió un dedo dentro de mí. Luego dos. Los movió despacio, separándolos, abriendo espacio, mientras su pulgar seguía trabajando el clítoris. Yo estaba empapada. Sentía sus dedos resbalosos de mí misma y la mezcla de vergüenza y deseo era imposible de separar.

La casa dormía encima de nosotros. Camila, sus padres. Y yo ahí, doblada sobre el regazo de don Roberto a las tres de la mañana, con los ojos cerrados y las piernas abiertas sobre su pijama.

Me corrí sin aviso. Un temblor que empezó en la cintura y me subió hasta la garganta. Él me cubrió la boca con la palma libre, firme pero sin brusquedad, y yo me aferré a su antebrazo mientras el orgasmo me recorría completa. No paró. Siguió moviendo los dedos, más lento, prolongando cada onda hasta el último temblor.

Cuando pude respirar de nuevo, me levantó con una facilidad que me desconcertó y me sentó sobre la mesa de la cocina. Se paró entre mis piernas.

—Ahora déjame probarte —dijo—. Nada más que eso. ¿Está bien?

Asentí.

Me bajó la panty por los muslos y la dejó doblada sobre la mesa. Se arrodilló frente a mí, me abrió las piernas con las dos manos y acercó la boca. Su lengua era caliente y no había nada tentativo en cómo la usaba. Sabía exactamente adónde ir y cuánto tiempo demorarse en cada lugar. Lamió desde abajo hacia arriba, se demoró en el clítoris con succión firme y pareja, metió la lengua dentro de mí y me folló con ella mientras sus pulgares me abrían. Yo agarré el borde de la mesa con las dos manos y traté de quedarme quieta.

No pude.

Me vine por segunda vez con una sacudida que me torció hacia adelante, derramándome en su boca. Él no se apartó. Bebió todo con calma, gruñendo suave contra mí como si fuera lo que había estado esperando.

***

Se puso de pie. Se bajó el pantalón de pijama despacio. Lo que vi me dejó sin palabras: grueso, duro, oscuro en la punta. El pene de un hombre adulto, no el de ninguno de los chicos con quienes había estado antes.

—Date vuelta —dijo—. Apóyate en la mesa.

Me di vuelta y puse las palmas sobre la madera. Sentí sus manos en mis caderas ajustando el ángulo, calculando. Luego la presión de él contra mí, empujando despacio, abriendo paso milímetro a milímetro.

—Respira —dijo.

Respiré.

Entró lentamente, llenándome con esa paciencia que tenía para todo. Cuando llegó al fondo se detuvo un segundo. Yo tenía la frente apoyada en el antebrazo y los ojos cerrados.

—¿Bien? —preguntó.

—Sí —conseguí decir.

Empezó a moverse. Lento y profundo al principio, dejando que yo sintiera cada parte. Sus manos me sostenían las caderas con seguridad. Era muy diferente a cualquier cosa que hubiera tenido antes. Los chicos con quienes había estado siempre tenían prisa, como si el placer fuera un destino y no el camino. Él era el camino entero.

Me tomó el cabello con una mano, sin tirar fuerte, solo sosteniéndolo, y aceleró. Los golpes de su cadera contra la mía eran rítmicos y sordos. La mesa crujía apenas. Yo mordía el interior de mi mejilla para no hacer ruido. Su mano libre bajó hasta mi clítoris y empezó a frotarlo mientras me penetraba.

La combinación fue demasiado. Me corrí por tercera vez apretándolo dentro de mí con toda la fuerza que pude, y él gruñó muy bajo, enterrándose hasta el fondo y quedándose quieto. Lo sentí en pulsos calientes llenándome despacio. Se quedó así unos segundos, respirando contra mi nuca.

Luego se apartó y me ayudó a enderezarme.

Me miró a la cara. No había triunfo en su expresión, ni culpa tampoco. Solo esa calma que le conocía de siempre.

—¿Estás bien? —preguntó, y era una pregunta real.

—Sí —respondí, y también lo era.

Me pasó mi panty. Llené el vaso de agua, lo bebí de un trago. Él se volvió a sentar con su taza como si nada hubiera cambiado y al mismo tiempo todo hubiera cambiado.

—Sube a dormir —dijo—. Ahora sí vas a poder.

Subí las escaleras en silencio, pisando por los bordes para evitar el crujido del tercer escalón. Me metí en la cama junto a Camila, que dormía sin moverse. La oscuridad era densa y tranquila. El calor seguía ahí pero ya no me molestaba.

Esperé el arrepentimiento. Esperé la vergüenza que debería haber llegado de inmediato.

No llegó.

Lo que llegó fue el sueño: profundo, inmediato, sin vueltas. Como hacía semanas que no dormía.

Valora este relato

Comentarios (10)

NocheVieja77

Las tres de la mañana... ese arranque ya lo dice todo jaja. Buenisimo

Romi_86

Me quede con ganas de mas!! por favor seguí con este relato

LauraV

Me atrapo desde la primera linea, esa tension de madrugada esta muy bien lograda. Sigue asi!

AlbertoCdmx

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace años, no tan intensa pero esa sensacion de no saber muy bien como llegaste hasta ahi jaja. Muy buen relato.

Sandra1282

Increible, se hizo corto :)

marianela_82

Me gustan los relatos que te van llevando despacio sin apuro. Este lo logra perfecto, nada esta de mas.

Carlos84

Tremendo!! esperando la segunda parte

patty_rdz

Muy real y muy bien narrado, se nota que saben escribir. Gracias por compartir!!

Lectora_Porfi

Uno de los mejores que lei en esta categoria, sin exagerar. El ambiente esta descripto de manera que te metés en la historia sin darte cuenta.

Roberto_BA

Genail, esperando mas relatos asi. Saludos desde Buenos Aires

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.