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Relatos Ardientes

Aquella cantante que me volvía loco de joven

Era un domingo por la noche y el lunes no tenía compromisos hasta bien entrada la mañana. Llevaba varios años sin pareja estable, así que mi vida sexual se reducía, con muy pocas excepciones, a la masturbación. A los 38 años mi líbido seguía siendo generosa, y lo cierto es que tampoco me quejaba demasiado: tenía tiempo, tranquilidad y una colección bastante ordenada de material guardado en carpetas bien etiquetadas. Rubias, morenas, pelirrojas. Una carpeta entera para mujeres maduras, otra para chicas jóvenes. Algunas actrices conocidas, varias compañeras de trabajo con las que jamás había cruzado más de diez palabras en persona. Una colección funcional y variada.

Pero esa noche no me apetecía nada de eso. Me dejé llevar por la nostalgia.

Me vino a la cabeza Valentina Cruz. La cantante colombiana que había sido, sin ninguna duda, la musa principal de mis fantasías adolescentes. No era la más guapa de todas, ni la que mejor cantaba, pero había algo en su voz —especialmente cuando gemía dentro de sus canciones— que me producía un efecto casi involuntario. Solo ella era capaz de hacerme terminar con un sonido.

La canción que empezó todo fue «Te dejo Buenos Aires», el tema que grabó sobre la ciudad donde yo había vivido dos años con mi familia cuando era niño. El videoclip en sí era bastante sencillo: imágenes urbanas, cierta melancolía de aeropuerto y despedida. Pero al llegar al minuto uno con cuarenta y nueve segundos, Valentina Cruz soltaba un gemido —breve, casi casual, como si se le escapara— que me dejaba paralizado. Un vecino colombiano del barrio me dijo una vez que esa canción tenía algo de perturbador, que en su país algunos sectores la habían querido censurar. Yo no llegué a entenderlo durante años. Después lo entendí perfectamente.

***

Lo que descubrí siendo adolescente es que ese gemido no era un accidente. Valentina Cruz gemía en otras canciones también. En «Lo que siento por ti», por ejemplo, jadeaba con una frecuencia casi insoportable, como si la letra fuera una excusa para hacer lo que realmente quería hacer: respirar en el micrófono de una manera que te dejaba sin sangre en la cabeza. Recuerdo noches enteras escuchando ese tema con los auriculares puestos, moviéndome despacio contra la almohada mientras ella subía y bajaba la voz de una forma que no tenía nada de cantar.

Cuando llegaba al estribillo y decía «que me quedo, que me voy, que no sé ya lo que soy», lo hacía con una urgencia que me resultaba imposible ignorar. Era como si lo dijera para mí específicamente, como si me lo susurrara al oído desde el otro lado del altavoz mientras yo estaba allí, en la oscuridad de mi cuarto, con la mano dentro del pantalón del pijama y los ojos cerrados.

El videoclip tampoco ayudaba a mantener la compostura. Valentina en ese período estaba en su mejor momento físico —pelo largo y oscuro, caderas marcadas, esa manera de mirar a la cámara como si supiera exactamente lo que estabas pensando— y se movía con una precisión que no tenía nada de inocente. Cada giro de cadera estaba colocado exactamente donde tenía que estar.

Tampoco puedo olvidar «Fortuna», la canción que la hizo famosa fuera de Colombia. El estribillo tenía un verso que ella cantaba tocándose el pecho con las dos manos abiertas —«suerte que soy así, pequeña e imperfecta, no me confundas con lo que no soy»— y lo hacía con una sonrisa que no era ni ingenua ni calculada, sino algo intermedio que resultaba más erótico que cualquiera de los dos extremos. Los golpes de cadera que venían después eran otro problema. Yo tenía catorce años la primera vez que vi ese videoclip y estuve dos días sin poder pensar en otra cosa.

***

La transición hacia una Valentina Cruz más abiertamente sexual llegó con «El castigo», el dueto que grabó con el cantante Marcos Salinas. Era un videoclip en blanco y negro, más elegante que los anteriores, con ambos artistas moviéndose alrededor del otro como si llevasen semanas a punto de tocarse. Había tensión, pero también una cierta contención que lo hacía más erótico que si hubieran mostrado todo desde el principio. La cámara los seguía de cerca y había un momento en que sus bocas quedaban a centímetros de distancia sin llegar a besarse. Ese segundo duró más de lo que debía.

Después llegó «La fiera».

Ese fue el momento en que Valentina decidió que la contención podía guardarse en un cajón. El videoclip la mostraba bailando dentro de algo parecido a una jaula, con un body de cuero que le marcaba cada curva, aullando con una voz que tenía muy poco de melodía y mucho de jadeo animal. Había una escena —dura de olvidar— en la que se inclinaba hacia la cámara apoyando las manos en el suelo y movía la cadera de una manera que no dejaba lugar a interpretaciones. Era una invitación explícita a disfrutar de lo que ofrecía, y yo la acepté sin ningún reparo.

Perdí la cuenta de las veces que usé ese videoclip durante los años siguientes. Décadas después seguía siendo uno de mis materiales más fiables. Hay cosas que no caducan.

***

También hubo etapas menos memorables. «Revuelta» era una canción que parecía diseñada para irritar: ese ritmo acelerado, esa letra de «ven aquí, papi, dame lo que necesito» que sonaba más a parodia que a seducción. El videoclip la mostraba bailando sobre una barra metálica en ropa interior, en un escenario que intentaba parecer atrevido pero que resultaba artificioso. Aunque objetivamente había poco que reprocharle físicamente, a mí me resultaba demasiado calculado. El deseo que Valentina Cruz me producía siempre había tenido algo de involuntario, de accidental. Cuando empezó a ser completamente deliberado, perdió parte de su poder.

Y luego estuvo su relación con el futbolista. Varios años de portadas de revistas, de declaraciones sobre el amor y la estabilidad, y de canciones cada vez más insulsas. Valentina Cruz siguió siendo hermosa, pero la Valentina que gemía en el micrófono sin que pareciera importarle que alguien la escuchara parecía haberse ido a algún lugar del que no pensaba volver.

Solo hubo dos excepciones en esa época. Una colaboración que grabó con la cantante nigeriana Amara —«No puedo olvidarte»— que era objetivamente caliente, aunque el mérito era compartido a partes iguales. Y «Las del instinto», un tema en el que Valentina volvía brevemente a aquella voz que susurraba y después trepaba hasta algo que ya no podía llamarse exactamente cantar. Me la puse tres veces seguidas el día que salió.

***

Pero esa noche quise dejar de lado cualquier tipo de reparo y centrarme en lo que Valentina Cruz me había dado durante todos esos años. La nostalgia tiene esa capacidad: te borra los motivos por los que dejaste de querer algo y te devuelve solo lo que valía la pena.

Pensé también en lo que significaba verla ahora. Valentina me sacaba trece años —ella tenía cuarenta y siete, yo treinta y ocho— lo que en cierto modo la convertía en la fantasía ideal: una mujer con experiencia, con un cuerpo trabajado y consciente de sí mismo, con esa seguridad en los movimientos que solo da el tiempo. Y además era pequeña —no más de metro cincuenta y ocho— lo que le daba una cualidad física concreta que en las fantasías adquiría un peso propio. Había algo muy específico en imaginar cómo sería sostenerla, cómo encajaría el cuerpo de ella contra el mío.

Valentina Cruz tenía lo mejor de dos mundos a la vez. Y además sus canciones y sus videoclips iban a estar ahí siempre, a diferencia de lo que ocurre cuando echas de menos a una ex: con ella podías volver al material original cuantas veces quisieras, en cualquier momento, aunque pasaran décadas. Generaciones futuras podrían descubrirla por primera vez y sentir lo mismo que yo sentí con catorce años escuchando «Lo que siento por ti» con el volumen al mínimo para que no me oyeran desde el pasillo.

***

Así que le di una oportunidad a su etapa más reciente y busqué «Libre», el videoclip que había grabado después de la separación. Valentina aparecía en bikini sobre la cubierta de un yate de lujo, moviéndose con esa mezcla de empoderamiento y exhibicionismo que caracterizaba toda su segunda etapa. El sol le iluminaba la espalda y las caderas, y cada movimiento parecía calculado para que el espectador entendiera exactamente lo que estaba viendo.

Había una escena en las escaleras de una discoteca donde apoyaba la espalda en la pared y movía las caderas despacio, mirando directamente a la cámara con esa expresión suya —directa, ligeramente burlona— que me resultaba familiar desde hacía veinte años. Había otra en una bañera de hidromasaje, con el agua hasta la cintura y la espalda desnuda hacia el objetivo, húmeda y brillante bajo la luz artificial. Las líneas de su espalda eran perfectas. Entraban ganas de pasarle la palma de la mano por encima, de seguir esa curva desde los hombros hasta donde el agua lo cortaba.

No gemía. Ni una sola vez en todo el videoclip.

Lo que se me ocurrió entonces fue lo mismo que hubiera hecho con cualquier otro material que no terminaba de funcionar solo: silencié el video y puse «Lo que siento por ti» en el altavoz del móvil.

El efecto fue casi inmediato.

***

Mientras Valentina Cruz del presente movía las caderas sobre la cubierta del yate con esa sonrisa de mujer que no necesita justificarse ante nadie, la Valentina de quince años atrás jadeaba en el altavoz con aquella voz inconfundible. La combinación era extraña y perfecta al mismo tiempo. El cuerpo de ahora —más maduro, más seguro, más consciente de cada centímetro que ocupaba en el espacio— y la voz de entonces, que jadeaba como si no supiera que alguien la estaba escuchando desde el otro lado.

Me recliné en la cama con el portátil apoyado sobre las rodillas dobladas. Tenía la habitación a oscuras salvo por la pantalla.

Cuando llegó la escena de la bañera y Valentina Cruz giró la cabeza hacia la cámara con esa mirada —directa, ligeramente burlona, como diciéndote que ya sabía lo que ibas a hacer— sentí que me miraba a mí específicamente, que cruzaba veinte años de distancia para mirarme a mí. Y al mismo tiempo la Valentina del altavoz subió la voz hasta ese punto exacto en que el jadeo se convierte en algo que ya no puede llamarse cantar, ese punto que había aprendido a reconocer con quince años y que seguía siendo el mismo después de todo este tiempo.

El orgasmo fue tan brusco que tardé unos segundos en poder moverme. Me quedé quieto, mirando el techo, con la pantalla del portátil aún encendida y la canción terminando en el altavoz.

Me limpié con la camiseta vieja que tenía doblada en la mesita de noche. Cerré el portátil. Apagué el móvil.

Antes de dormirme, con la mente todavía un poco en blanco, pensé que tendría que probar la misma técnica con Lorena Fuentes.

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Comentarios (6)

DiegoSR92

excelente!!! me enganche desde el primer parrafo y no pude parar

MartinCba91

quien era la cantante??? jaja me muero de curiosidad, lo necesito saber

LectoraNocturna

Me encanto como narrás esa mezcla de nostalgia y deseo, se siente muy real. Sigue asi!

FanDeNoche

Segunda parte por favor, no puede terminar ahi!!

SergioBsAs

jaja me recordo a mis propias carpetas organizadas de cuando era pibe... tremendo

Camila95

Buenisimo!! de los mejores que lei por aca en mucho tiempo

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