Lo que le enseñé antes de su primera noche con ella
Mi casa tiene una energía particular. La construí con mi exmarido hace más de veinte años, cuando todavía imaginábamos que llenaríamos cada habitación de risas y de niños. Los niños llegaron, crecieron y se fueron. Mi marido también se fue, aunque por otras razones. Así que me quedé sola con cuatro dormitorios, un jardín amplio y una piscina que se me hacía demasiado grande para una persona.
La solución fue simple: alquilar dos de las habitaciones. No a cualquiera, eso sí. Soy Carmen Villalba, tengo cincuenta y dos años, y a estas alturas ya sé lo que quiero bajo mi propio techo. Los inquilinos pasan por una conversación previa, firman un contrato claro, y si me gusta la persona y sus modales, la convivencia funciona bien.
Valeria llevaba tres meses conmigo. Era diseñadora buscando trabajo estable, tranquila, ordenada, con esa costumbre encantadora de dejar flores silvestres en la mesita del recibidor cuando salía a caminar. Pablo llegó después, con una maleta y la mirada de quien no sabe muy bien cómo funciona el mundo adulto todavía. Veinte años recién cumplidos, trabajo nuevo en una empresa de telecomunicaciones atendiendo quejas de clientes, y esa mezcla de timidez y energía que solo tienen los chicos de esa edad.
Los dos comían conmigo de lunes a viernes. Era un acuerdo incluido en el alquiler y, la verdad, me gustaba. La mesa grande del comedor volvió a tener sentido.
Yo también me cuido. Cada mañana hay piscina y media hora de estiramientos en el jardín antes del desayuno. Por las tardes camino una hora larga, con bastante ritmo. Dos veces al mes voy con mi fisioterapeuta, un argentino de manos prodigiosas que consigue que mi espalda deje de protestar durante días. Me cuido la alimentación, duermo bien, y procuro no quedarme estancada en el sofá más de lo necesario. El resultado es que a mis cincuenta y dos me encuentro mejor que a los treinta y cinco. Tetas firmes, culo redondo de tanto nadar, coño depilado casi siempre porque me gusta cómo se ve al espejo. Una mujer madura que sabe lo que tiene entre las piernas y lo que puede hacer con ello.
Aquella noche de miércoles, Valeria y yo estábamos terminando de cenar cuando Pablo entró por la puerta con la mandíbula apretada y los ojos enrojecidos. Dijo que no tenía hambre, que estaba cansado, y desapareció escaleras arriba sin más explicación.
Valeria me miró por encima del vaso de agua.
—Lo escuché discutiendo por teléfono antes de entrar. Creo que era con su novia.
Terminé de comer sin comentar nada más. Le di a Valeria el abrazo de buenas noches en el pasillo, como hacíamos siempre, y subí a llamar a la puerta de Pablo.
Toqué dos veces. Silencio. Abrí con cuidado.
Estaba sentado en el borde de la cama con los codos sobre las rodillas y la cara entre las manos. No lloraba a gritos, pero se le notaba en los hombros, en la forma en que respiraba, en cómo tardó en levantar la vista cuando me oyó entrar. Me senté a su lado sin decir nada. Lo rodeé con el brazo y esperé.
—Cuéntame —dije al final.
Tardó. Cuando habló, lo hizo despacio, mirando el suelo.
Nadia iba a venir ese viernes. Llevaban juntos cinco meses y era la primera vez que iban a estar solos de verdad, sin familia ni amigos cerca. Era la primera vez de Pablo en muchas cosas, aunque no lo dijo con esas palabras exactas. Se le fue la voz a mitad de la frase y tuvo que carraspear.
—La llamé para decirle que no viniera. Que tenía demasiado trabajo, que no estaba bien. Que mejor el mes que viene.
Lo miré.
—¿Es verdad eso?
Se quedó callado un momento largo.
—No. Me entró el pánico. No sé cómo funciona nada de esto. Y si lo hago mal, si no sé qué hacer, si ella se decepciona... —Se detuvo. Tragó saliva—. No quiero quedar como un idiota delante de ella. No quiero que se ría de mí. No quiero correrme a los dos minutos.
Lo abracé más fuerte.
Qué cosa tan humana, pensé. Tener veinte años y una polla dura sin instrucciones.
Le dije que la llamara ahora mismo. Que le dijera que se había confundido, que sí quería verla, que estaba impaciente por que llegara el viernes. Pablo me miró con algo entre el alivio y el terror.
—Pero es que yo no sé cómo...—
—Para eso estoy yo aquí —le dije—. Llámala primero.
Marcó mientras yo esperaba sentada a su lado. Habló con Nadia cinco minutos, la voz al principio quebrada y luego más firme. Cuando colgó tenía otra cara.
—Viene el viernes —dijo.
—Bien. Ahora me escuchas a mí. Vas a aprender esta noche todo lo que necesitas saber para no cagarla el viernes. Y lo vas a aprender con mi cuerpo, porque no hay otra manera.
Se puso rojo hasta las orejas. Abrió la boca para protestar y la cerré poniéndole un dedo encima.
—Nada de vergüenza. Aquí somos dos adultos. Yo tengo lo que necesitas y me apetece dártelo. Punto.
***
Empecé por lo más básico. Me acerqué despacio y lo besé, apenas un roce, tanteando. Él respondió con torpeza, los labios demasiado apretados, la nariz en el ángulo equivocado.
—Relájate —le dije—. No es un examen. Bésame tú esta vez.
Lo intentó. Algo mejor. Le fui indicando cómo mover la boca, cuánta presión aplicar, cómo invitar con la lengua sin atropellar. Después de unos minutos estábamos besándonos con un ritmo que ya no era torpe, con la lengua metida hasta el fondo, mordiéndonos el labio de vez en cuando. Noté cómo sus manos empezaban a moverse con menos rigidez sobre mi espalda.
—Las manos no se quedan quietas —le dije entre beso y beso—. Tócame. Empieza suave y ve subiendo la presión.
Las suyas eran manos grandes, algo temblorosas todavía. Recorrieron mi espalda, llegaron a mis caderas. Le tomé una mano y la guié por debajo de la blusa, directo a una teta.
—Las manos también llegan aquí —le dije—. Sin miedo. Aprieta. Chúpalas después. A las mujeres nos gusta que nos las trabajen bien.
La presión fue al principio demasiada y luego demasiado escasa. Le mostré la firmeza justa, el movimiento lento, el pulgar describiendo un arco sobre el pezón hasta que se me puso duro como una piedra. Me quité la blusa por encima de la cabeza y me solté el sujetador delante de él. Vi cómo se le abrían los ojos y cómo se le marcaba el bulto en el pantalón.
—Ahora la boca —dije, empujándole la cabeza suavemente contra el pecho.
Chupó con demasiada avidez al principio, casi mordiendo. Le enseñé a jugar con la lengua alrededor de la aureola, a soplar suave, a chupar sin dientes, a alternar de una teta a la otra sin descuidar la que quedaba libre porque para eso están las manos. Vio que yo cerraba los ojos y echaba la cabeza hacia atrás cuando lo hacía bien, y aprendió de eso también.
—Así —dije, con la voz ronca—. Toma nota de cómo reacciona el cuerpo cuando lo haces bien. Los pezones te avisan. El culo se te mueve sola. Escuchas a la mujer respirar distinto. Todo eso son señales.
Le desabotoné el pantalón sin dejar de mirarlo. Metí la mano y saqué la polla. Estaba dura, gruesa, con la punta ya húmeda de líquido preseminal. La agarré con firmeza y empecé a moverla lentamente, apretando bien la base y aflojando en el glande. Él se agarró de las sábanas.
—Date cuenta de lo siguiente —le dije, sin dejar de masturbarlo—. Tu cuerpo ya sabe lo que quiere. El problema no es instinto. Es confianza. Y control. Si te empiezas a acercar antes de tiempo, respiras profundo, aprietas los músculos de aquí abajo, y aguantas. ¿Entendido?
Asintió con la mandíbula apretada.
Me agaché entre sus piernas, le bajé el pantalón y los calzoncillos de un tirón hasta los tobillos, y me metí la polla en la boca sin más preámbulos. La tomé entera al principio, hasta la garganta, y él soltó un gemido ahogado que le salió sin permiso. Empecé despacio: presión controlada con los labios, la lengua trabajando en el frenillo, la mano en la base masturbándolo al mismo ritmo que subía y bajaba con la boca. Le miré desde abajo mientras chupaba, con esa mirada que sé que vuelve loco a cualquier hombre, y vi cómo se le desencajaba la cara.
Aceleré. Metí y saqué la polla de la boca con un ritmo constante, chupando cada vez que salía, dejando que mi saliva chorreara sobre sus huevos. Le lamí los testículos uno a uno, los tomé en la boca con cuidado, y volví a la polla succionando con fuerza el glande hasta que él me agarró del pelo sin querer.
—Cuando a ti te guste, puedes apretar un poco —dije, subiendo un momento con los labios brillantes—. Solo un poco. Y si me lo pides bonito, te dejo follarme la boca. Nunca fuerces sin permiso.
Volví a lo que estaba haciendo. Sus dedos se tensaron en mi cabeza, luego se relajaron, luego volvieron a tensarse con más seguridad. Empujó las caderas hacia arriba con una embestida tímida y yo lo dejé, abriendo la garganta para que entrara todo.
—Carmen, voy a... —jadeó.
Saqué la polla de la boca justo a tiempo y la agarré con la mano, apretando la base con fuerza para cortarle el orgasmo. Él soltó un quejido de frustración.
—Todavía no —dije—. Primera lección: aguantar. Cuando sientas que llegas, avisas, y la mujer decide si sigue o para. Si te corres tú a los tres minutos, ella se queda con las ganas. Y una mujer con las ganas no es una mujer contenta.
Esperé un minuto, mirándolo respirar profundo, hasta que la polla dejó de latirle con esa desesperación de estar a un segundo de acabar. Entonces volví a metérmela en la boca, más despacio esta vez, dejándole disfrutar sin llevarlo al límite.
—Eso mismo puede hacerlo ella por ti si se lo pides bien —le dije, apartándome—. Ahora te toca a ti. Devuelves el favor.
Me quité los pantalones y las bragas y me tumbé en la cama con las piernas abiertas. Él se quedó mirándome el coño un segundo largo, como quien mira un mapa sin saber por dónde empezar.
—Ven aquí —le dije, palmeando la cama—. De rodillas entre mis piernas. La cara pegada, sin miedo. Huele. Mira. Después me lames.
Se puso de rodillas y le expliqué los principios: el clítoris está aquí arriba, no ahí abajo; la lengua trabaja plana al principio y en punta cuando ella se está acercando; se lame con ritmo, no con prisa; los dedos entran cuando el coño ya está mojado, y se mueven curvados hacia arriba buscando ese punto rugoso que hace que una mujer levite. Que no hay fórmula fija pero sí hay señales claras. Que si ella empuja las caderas hacia arriba, siga exactamente lo que estaba haciendo. Que si le pone las manos en la cabeza y le aprieta contra el coño, ni se le ocurra parar.
Lo que siguió fue torpe al principio, luego más seguro, luego muy seguro. La primera pasada de lengua fue demasiado tímida y me hizo reír. La segunda ya llegó al clítoris. Le agarré la cabeza y le mostré el ritmo apretándole contra mí y aflojando.
—Así, así, exactamente así, no cambies nada —jadeé.
Sus manos en mis muslos, la lengua buscando el camino y encontrándolo. Metió el primer dedo con cuidado y yo gemí. Metió el segundo y los curvó hacia arriba, buscando lo que le había dicho. Aprendía rápido, eso había que reconocérselo. Muy rápido.
Empezó a lamerme el clítoris mientras me metía y sacaba los dedos, y sentí cómo se me tensaban los muslos alrededor de su cabeza. Le agarré del pelo con fuerza. Le apreté la boca contra mi coño sin darle tregua. El orgasmo me subió por la espalda como una corriente eléctrica y me tuve que morder el labio hasta hacerme sangre para no gritar y despertar a Valeria al otro lado del pasillo.
Me corrí apretando sus hombros con las rodillas, empapándole la barbilla, con la cadera en el aire aguantando cada oleada. Cuando por fin lo solté, él tenía toda la cara brillando y una sonrisa que no le cabía en la boca.
—Muy bien —le dije, recuperando el aliento—. Así de bien. Nadia se va a caer de espaldas.
Él levantó la vista con una mezcla de orgullo y asombro que me resultó completamente adorable.
—¿De verdad?
—De verdad. Ahora lo siguiente. La parte que te da miedo.
Lo empujé de espaldas sobre la cama. Su polla seguía dura contra el vientre, brillante en la punta. Me coloqué encima de él a horcajadas, la tomé con la mano, la froté contra mis labios mojados unas cuantas veces para que la sintiera resbalar sin entrar, y luego la guié hacia mi interior despacio, muy despacio, bajando centímetro a centímetro, dejando que su cuerpo se acostumbrara a la sensación de estar dentro de un coño de verdad por primera vez. Noté cómo contenía la respiración y cómo se le tensaba todo el cuerpo.
—Respira —le dije, quieta con él dentro hasta el fondo—. Eso primero. Si no respiras, te corres. Si te corres, se acaba.
Exhaló largo. Sus manos fueron a mis caderas de manera instintiva.
—Eso está bien —le dije—. Puedes guiarme si quieres. Puedes apretarme el culo, tocarme las tetas, todo lo que se te ocurra. Estás dentro de mí y me tienes a tu disposición.
Empecé a moverme. Al principio con calma, subiendo y bajando lentamente, sintiendo cómo su polla me abría por dentro. Le dejé mirar mis tetas rebotando delante de su cara, le dejé que se le fuera la mano a apretarlas, que me pellizcara los pezones. Luego aceleré. Más presión, más velocidad, contrayendo el coño alrededor de él cada vez que bajaba hasta la base.
Sus manos apretaron mis caderas con fuerza. Su respiración cambió de tono.
—Sin prisa —le dije, aunque yo ya estaba con la boca seca—. Deja que se construya. No hay destino sin camino. Si sientes que llegas, me avisas y freno.
—Estoy... ya, ya casi —jadeó.
Me quedé quieta con él dentro, apoyando las manos en su pecho. Le apreté el coño desde dentro, contrayendo y aflojando los músculos como me habían enseñado en el suelo pélvico años atrás. Él soltó un gemido gutural que le salió del fondo de la garganta.
—Aguanta —le susurré al oído, inclinada sobre él—. Respira. Piensa en algo. Nada de correrte todavía.
Cuando ya no le vibraba tanto la polla dentro de mí, volví a moverme. Esta vez lo bajé de la meseta tres veces más, enseñándole a reconocer el borde y a mantenerse justo antes. A la cuarta le dije que se soltara, que ya se había ganado el derecho. Lo dejé embestir desde abajo con toda la fuerza que llevaba guardada, agarrándome de la cintura, mirándome las tetas rebotar mientras yo me apoyaba en su pecho.
Duró bastante más de lo que esperaba para ser la primera vez. En algún momento dejé de ser su profesora y simplemente disfruté. Fue honesto, sin artificios, con esa intensidad particular que solo aparece en quien está sintiendo un coño por primera vez y no sabe todavía cómo guardárselo.
Cuando terminó, lo hizo con un sonido ahogado que intentó disimular con el brazo sobre la cara, mordiéndose el antebrazo mientras se corría dentro de mí con espasmos largos que sentí uno por uno. Me quedé sentada sobre él un momento antes de desplazarme a su lado, notando cómo el semen empezaba a resbalar por dentro de los muslos.
—¿Y bien? —pregunté.
—No tengo palabras —dijo.
—No necesitas palabras. Necesitas dormir. Y mañana repasamos.
Se quedó dormido con el brazo sobre mi cintura, la respiración volviéndose más lenta y profunda. Yo tardé más en cerrar los ojos. Me quedé mirando el techo con las manos cruzadas sobre el vientre, con el coño todavía palpitando de contento, escuchando la casa en silencio.
***
Me desperté antes que él. La luz del amanecer entraba por las persianas en franjas oblicuas que cruzaban la cama en diagonal. Lo miré dormir un momento. Tenía esa expresión completamente relajada que solo aparece en el sueño profundo, cuando el cuerpo ha soltado todo lo que cargaba durante el día. Y la polla, debajo de la sábana, ya se le levantaba con la erección matutina que tienen todos los hombres de veinte años.
Un día más, pensé. Que sepa también cómo empieza una mañana.
Aparté la sábana con cuidado. Me agaché sobre él y me metí la polla dura en la boca sin despertarlo del todo, empezando suavemente, sin prisa, dejando que su cuerpo reaccionara antes que su mente. Cuando abrió los ojos, la confusión duró apenas un segundo antes de que lo recordara todo y soltara un gemido bajo.
—Buenos días —dije, sacando la polla de la boca con un beso en la punta.
Me bajé de la cama y me coloqué sobre la alfombra, apoyada en manos y rodillas, con el culo levantado hacia él. Miré por encima del hombro.
—Esta postura —expliqué—. Desde atrás. A los hombres os vuelve locos porque veis todo, podéis agarrar, dar palmadas si a ella le gusta. Pero antes: tócame. Toda la espalda, los hombros, las caderas, el culo. Despacio. Y aquí también, si te apetece —me abrí con la mano, mostrándole el coño ya mojado desde la noche anterior—. Con la boca. No tengas prisa.
Obedeció con una atención que no había tenido la noche anterior. Como si hubiera dormido con todas las instrucciones y las hubiera asimilado mientras soñaba. Sus manos eran más seguras. Recorrió toda mi espalda con las palmas abiertas, me amasó las nalgas, me abrió con los pulgares para mirar sin vergüenza. Su boca, más precisa. Sabía dónde ir y se tomó el tiempo de ir despacio, lamiéndome desde el clítoris hacia atrás en pasadas largas, metiendo la lengua en el coño, subiendo hasta el otro agujero y bajando otra vez, sin saltarse un centímetro.
Cuando por fin se colocó detrás de mí, se agarró la polla con la mano y la frotó contra mis labios mojados de arriba abajo, empapándola, y entró con cuidado hasta el fondo de una sola embestida. Los dos nos quedamos quietos un segundo, respirando.
—Ahora sí —dije, apretando la cabeza contra el suelo—. Muévete cuando quieras. Y agárrame el pelo si te apetece.
Encontró el ritmo sin que yo tuviera que indicarle nada esta vez. Sus manos en mis caderas seguían el movimiento del mío, tirando de mí hacia atrás para clavarme la polla hasta el fondo. Su respiración se fue acelerando de forma natural, sin forzarla. Me agarró el pelo con una mano, cerrando el puño, y tiró un poco. Yo gemí. Tiró más. Vio que yo apretaba el coño alrededor de él cada vez que lo hacía, y aprendió también eso.
Tuvimos que contenernos bastante para no despertar a Valeria al otro lado del pasillo, y esa contención le añadió algo a la escena que ninguna instrucción podría haber enseñado. Cada palmada que me daba en el culo sonaba como un latigazo en la habitación silenciosa, y él tenía que taparme la boca con la mano cuando yo empezaba a gemir demasiado alto. La otra mano me buscó el clítoris por debajo, frotándolo con dos dedos al mismo ritmo que empujaba desde atrás. Iniciativa propia. Buen alumno.
Nos corrimos con pocos segundos de diferencia. Yo primero, mordiéndole la palma de la mano que me tapaba la boca, con el coño apretándose alrededor de su polla en espasmos largos. Él después, empujando hasta el fondo y quedándose quieto, con los dedos clavados en mis caderas mientras se vaciaba dentro de mí por segunda vez en menos de doce horas.
Después me quedé apoyada en las manos con la cabeza colgando, recuperando el aliento, sintiendo el semen chorrear por los muslos.
—¿Alguna duda? —pregunté.
Escuché su risa por primera vez en dos días. Una risa limpia, sin tensión.
Nos duchamos juntos. Jabón, agua caliente, manos recorriendo el cuerpo del otro sin urgencia esta vez, solo el placer simple de la piel y el silencio cómodo que aparece después de las cosas buenas. Le enjaboné la polla con cuidado, él me enjabonó las tetas con más cuidado todavía. Nos secamos, nos vestimos, y bajamos a desayunar.
Valeria ya estaba en la cocina con su taza de café y el ordenador abierto sobre la mesa. Nos miró cuando entramos. Miró a Pablo un segundo más de lo habitual, luego me miró a mí.
—Alguien durmió bien —dijo.
—El sueño lo arregla todo —respondí, sirviendo el café—. La mejor medicina que existe para casi cualquier cosa.
Valeria asintió despacio con una sonrisa que no terminaba de cerrarse.
Pablo se sentó a la mesa y empezó a desayunar sin añadir nada, pero con esa expresión de quien ha resuelto algo que llevaba semanas pesándole sin que supiera muy bien cómo nombrarlo. El viernes llegaría Nadia. Y él estaría preparado.
La vida tiene esos momentos en que uno se convierte, casi sin darse cuenta, exactamente en lo que alguien más necesitaba. Yo no planeé nada la noche anterior. Solo vi a un chico con miedo y supe que podía ayudarlo.
A veces eso es suficiente.