Mi jefa viuda perdió el control en el despacho
La aventura con una mujer casada en aquel país del Golfo me había salido carísima. El marido de ella tenía suficiente influencia como para que mi vuelta a casa fuera inmediata, sin escándalo público pero con un mensaje muy claro: que desapareciera. En el avión de regreso, repasando los hechos, me preparé para lo peor. O un despido, o una «medalla» por haber cerrado el contrato a pesar de todo. No fue ninguna de las dos cosas.
Me recibió la misma mujer que meses antes me había dado los consejos para el viaje.
—Marcos, Marcos... tu trabajo, impecable. Eso nadie lo discute. PEEEERO... la bragueta te pierde. Buen lío has armado. Menos mal que se conformaron con sacarte de allí. Imagino que no exigieron más para que el asunto no trascendiera, porque, aunque nadie lo dijo en voz alta, por el cabreo se notaba.
Quise responder algo, pero levantó la mano.
—No, no... Marcos, no me cuentes nada que no te he preguntado. Solo escucha. Te gusta el Mediterráneo, ¿verdad? Pregunta retórica. Pues te vas para allá, y que Dios te coja confesado.
Lo dijo con una sonrisa siniestra y me entregó un sobre grande.
Era una oficina nueva, abierta por la expansión. Me respetaban la nómina, lo que en mi caso era importante, y a cambio quedaba a expensas de viajar adonde me mandaran. Pasé por el sindicato a quejarme por lo de los traslados sin pedirme opinión. No había nada que hacer. En letra pequeña, todo estaba firmado.
Me presenté en mi nuevo destino. Como en la anterior oficina, todos los compañeros eran hombres entre cuarenta y cinco y cincuenta y cinco años. Por lo que charlé con ellos, me dio la impresión de que eran los rebotados de medio departamento, los que arrastraban algún historial. A ellos también les sorprendió verme allí con mi edad. Circulaban rumores: que si traía expediente, que si me había metido con la mujer de un superior, que si tal o que si cual. Les dije que ni una cosa ni otra, que ni siquiera entendía bien por qué me habían enviado.
—Vienes con cargo de número tres —me dijo el más veterano, un tal Toño—, pero te aviso ya: si es por lo que dicen estos, vas jodido. Carolina, la jefa, es una hija de la gran puta, una amargada que no traga a los hombres. Nos putea a todos por igual.
—Es una lesbianorra de cuidado —añadió otro—. Se quedó viuda hace unos años y, como dice Toño, está amargada hasta el alma.
Con todo lo que me habían contado en pocas horas, ninguno bueno, me imaginaba a una mujer mayor, descuidada y poco agraciada. Cuando uno avisó de que llegaba «la bruja», levanté la vista por inercia y tuve que hacer un esfuerzo serio para que no se me cayera la mandíbula.
Carolina debía rondar los treinta y ocho. Pelo largo y rubio, con flequillo recto hasta las cejas. Ojos azules muy claros. Un metro sesenta y cinco a lo sumo, delgada pero con una figura imposible de pasar por alto. Llevaba unos zapatos de tacón altísimo que a mí me hubieran resultado inviables, pero a ella le marcaban unas piernas de portada y un trasero fuera de toda proporción. En ese instante asumí que las críticas de los compañeros eran envidia pura, manías de hombres mediocres frente a una mujer joven al mando.
Me miró sin sonreír.
—¿Eres Marcos?
—Sí.
—Dame diez minutos.
Cuando me llamó, entré en su despacho con la misma curiosidad de un crío en la sala del director.
—Bienvenido, Marcos. No me voy a andar por las ramas. Sé por qué estás aquí y todo lo que ha pasado contigo. No te preocupes, conmigo no va a haber problemas, salvo que pretendas montártelo con alguno de tus nuevos compañeros. Conmigo has tocado en hueso. No me gustan los machirulos, y se nota a la legua que tú eres uno. Aquí se hace lo que yo digo, que para eso mando, y si yo no doy el visto bueno, no se hace. Tienes despacho propio, a diferencia de los primates de la sala. No me des problemas y todo irá bien.
Quise responder, pero me cortó.
—Si tienes alguna duda, le preguntas a Beatriz, mi secretaria. Si tienes algún problema, será tuyo.
Y dio por concluida la conversación, si es que aquello podía llamarse así.
Al salir pregunté por Beatriz. Estaba de vacaciones. Los compañeros, con la lengua larga, me explicaron que ella era la secretaria que Carolina había traído consigo y que, según los mismos rumores que ya conocía, hacían «tijeritas» cuando nadie miraba. Dos días después apareció Beatriz. Pelo rubio recogido en un moño, ojos verdes, un metro sesenta, delgada, una figura tan cuidada como la de Carolina pero con un aire mucho más recatado. Se acercó a mi puerta el primer día.
—Hola, Marcos. Soy Beatriz. Si necesitas algo o tienes alguna duda, ya sabes dónde está mi mesa.
***
Como no me fiaba de los rumores, llamé a la persona que en cada empresa lo sabe todo: una administrativa antigua a la que no se le escapaba un detalle. Le pregunté por Carolina.
—A ver, Carolina es una mujer muy competente. Se quedó viuda hace tres años y no quiere saber nada de hombres. Se dice por ahí que se ha hecho lesbiana y, sinceramente, hay bastantes posibilidades. Pero no por Beatriz, que es su cuñada, la hermana de su difunto marido. Como Carolina nunca da explicaciones y se llevan tan bien, los chismes se disparan solos.
A partir de ahí empecé a fijarme en ellas con otros ojos. Carolina y Beatriz se vestían siempre como si fueran a una boda. Carolina apostaba por el negro: vestidos ceñidos, oscuros, con escotes calculados al milímetro. Beatriz, más colorida y mucho más comedida en lo que enseñaba.
Carolina era, además de competente, áspera, cortante, desabrida en el trato. Beatriz, todo lo contrario: dulce, paciente, casi pidiendo perdón por respirar. Tímida hasta el extremo, aunque luchaba por disimularlo.
Un día coincidí con Beatriz en el restaurante donde solíamos comer. Estaba acompañada por un hombre bajito, desgarbado, de su misma edad. Era Adrián, su marido. Me dio la mano con un apretón flojo y huidizo. Mientras hablábamos, no pude evitar imaginármelos a los dos en la cama, y la imagen me resultó deprimente. En la conversación salió, no sé bien cómo, el tema de los videojuegos online. Resulta que Adrián y yo jugábamos al mismo título de moda. Intercambiamos contactos y empezamos a coincidir en partidas. En un par de semanas ya me hablaba de su mujer y de su cuñada sin que yo le tirara de la lengua.
Lo invité a comer a solas. Tras la segunda copa de vino, Adrián era un libro abierto. Bastaba con un «no me lo creo» o un «venga, no puede ser» para que él soltara más. Mis conclusiones fueron claras. Carolina arrastraba un mal carácter de pura frustración: con su marido, según Adrián, follaban a todas horas, y desde la viudez se había refugiado en un par de «amigas» especiales que evidentemente no le bastaban. Sobre Beatriz, su propia mujer, fue más opaco, pero dejó caer que de soltera era bastante más activa de lo que su aire de niña buena sugería.
***
Quise mover ficha. Un día, durante el almuerzo, le solté a Beatriz como si nada:
—Tienes una figura espectacular. Es una pena que no la luzcas un poco más, como tu cuñada. Un escote te quedaría de diez.
Se puso roja como un tomate y balbuceó algo ininteligible.
—Mañana podría ser un buen día para darme una alegría —añadí, sin romper el contacto visual.
Apretó los labios con cara de susto, pero al día siguiente apareció con un vestido de escote pronunciado que dejó a la oficina con la boca abierta. Era un escote de diez, aunque, debo admitirlo, el de Carolina seguía siendo superior.
A Carolina aquello no le hizo ninguna gracia.
***
Faltaban diez minutos para las tres cuando Carolina me citó en su despacho. Los compañeros ya bajaban a comer. Me quedé a solas con ella.
—Por si no lo sabes, Beatriz es mi cuñada. La hermana de mi difunto marido. Y está casada. CASADA. ¿Lo entiendes? Y tú vas detrás de ella para que caiga en la tentación. Una mujer hecha y derecha con un imberbe. Esto se acaba aquí. La dejas en paz y...
Levanté la mano.
—Para. PAAAARA. Hasta aquí podíamos llegar. En mi vida privada, ni tú ni nadie tiene permiso para entrometerse. Yo no acoso a nadie, y que tú seas una amargada no significa que los demás tengamos que estar amargados también. ¿Te ha quedado claro?
Se quedó descolocada. Por primera vez la vi insegura.
—Yo no soy una amargada —dijo con poca convicción—. Soy una mujer responsable.
—Si tú lo dices... Pero, ya que estamos, eso de imberbe... este imberbe es justo lo que te haría falta. Una buena follada para que se te cambie la cara. Y un par de azotes para que se te bajen los humos. Hasta puede que así dejaras de obsesionarte con tu queridísima cuñada.
Se puso de mil colores. Conteniendo la respiración, con el pecho hinchándose contra el vestido negro como si fuera a estallar.
—MARCOS, TE HAS PASADO. PERO MUCHO. VOY A TOMAR MEDIDAS.
—No hace falta que la midas tú. Anda en torno a los veinticuatro centímetros, pero si te empeñas...
Se quedó sin palabras. Yo eché toda la carne en el asador y me llevé la mano al cinturón sin apartar la mirada. Empecé a desabrocharlo despacio. Ella no se movió. Cuando liberé la polla, abrió los ojos como si nunca hubiera visto una.
—¿Quieres tocarla? ¿O prefieres seguir con tus «amigas» y sus juguetitos?
***
La tensión en aquel despacho se podía cortar con cuchillo. Carolina, clavada en la silla, miraba alternativamente mi cara y mi miembro, ya erguido. Su mirada de hielo se había roto.
—¿Qué... qué es esto? —balbuceó.
—Esto, Carolina, es la respuesta a toda tu amargura. Es lo que necesitas para acordarte de que eres una mujer, no solo una jefa con un palo en el culo.
Me acerqué hasta el borde de su escritorio. El silencio era absoluto. Me detuve a un palmo de su cara.
—Tócala —susurré—. Acaricia lo que te falta. Siente lo que es un macho de verdad y no un marido enterrado ni una amiga con prótesis.
Sus manos temblaban. Levantó una despacio, hipnotizada. Las uñas, esmaltadas en negro, rozaron mi glande, y un escalofrío la recorrió de arriba abajo. Cerró los ojos y un gemido se le escapó. La otra mano se sumó a la primera, torpe al principio, decidida después. Cuando me miró, en los ojos azules ardía una lujuria que llevaba años ahogada.
—Así... así, jefa —gruñí mientras ella me masturbaba con creciente ritmo—. Ya verás que conmigo no necesitas dar órdenes para sentirte poderosa. Aquí, te vas a poner de rodillas y vas a suplicarme.
La humillación no la ofendió. La excitó. Sin soltarme, se levantó, los tacones golpeando el parqué. Me empujó contra el borde de su escritorio y se dejó caer de rodillas. Abrió los labios pintados de rojo y me envolvió con una avidez que parecía calmar diez años de sed. Sus uñas se clavaban en mis muslos. Subía y bajaba con una desesperación gutural que era la música más obscena que había escuchado nunca.
La poderosa Carolina, la «amargada», arrodillada delante de mí con la melena hecha un desastre y el flequillo pegado a la frente. La imagen valía más que cualquier fantasía.
—Mírame —ordené.
Levantó la vista, los ojos llenos de lágrimas de placer.
—Ahora te voy a follar como mereces.
La levanté de golpe y la senté en el borde del escritorio, barriendo papeles y carpetas. El portátil cayó al suelo. Le arranqué la blusa. Los botones saltaron por los aires. Me comí sus pechos a besos, mordisqueándole los pezones hasta que sus gemidos se convirtieron en gritos. Le bajé la falda hasta los tobillos. No llevaba ropa interior. La separé con los dedos y la encontré hinchada, brillante, lista.
—Por favor, Marcos... por favor...
La penetré de un golpe, hasta el fondo. Un grito ahogado se le escapó. Sus piernas me rodearon la cintura. Empecé despacio, marcando cada centímetro, sintiendo cómo me apretaba.
—¿Así, jefa? ¿Así te gusta? —le siseé al oído mientras aceleraba—. ¿Te gusta que este «imberbe» te dé lo que tus amigas no pueden?
No me respondía. Solo gemía. La giré, la puse a cuatro patas sobre el escritorio y embestí desde atrás. La viuda amargada se había convertido en otra cosa. Me pedía más. Más profundo. Más duro. Cuando llegó, su cuerpo se tensó entero, soltó un grito largo y se desbordó. Salí a tiempo y me corrí sobre su espalda, marcándola.
***
Nos quedamos así un instante, jadeando en medio del desastre del despacho. Me vestí despacio. Ella seguía inmóvil sobre el escritorio.
Me acerqué a su oído.
—A partir de ahora, Carolina, aquí se hace lo que yo diga. Y lo primero que vas a hacer es invitarme a tu casa esta noche. Allí continuamos. A Beatriz, de momento, la dejo en paz.
Levantó la cabeza. Tenía el maquillaje corrido y el pelo revuelto. En sus ojos no quedaba amargura. Solo una rendición absoluta y un destello asustado.
—¿A... a mi casa? ¿A castigarme?
—Exacto. O mejor dicho: ya no eres mi jefa. Eres mi perrita —dije, pasándole la mano por el trasero todavía marcado—. Y las perritas obedecen. Sin ropa interior. Te voy a follar por cada comentario agrio que me hayas hecho, por cada vez que has mirado por encima del hombro a tus compañeros. Voy a llenarte hasta que te duela y te guste.
Se estremeció.
—Y Beatriz —añadí—, la dejo tranquila por ahora. Es mi premio de consolación. Pero quiero que mañana la mires distinto. Que ella te mire a ti y no entienda por qué caminas como si te hubieran montado a caballo durante toda la noche. Que huela en ti el sexo y se muera de la curiosidad. Que su timidez se convierta en celos.
Apoyó la frente sobre el cristal del escritorio.
—Sí... sí, amo —susurró.
—Aquí, en la oficina, sigues siendo Carolina. Vas a vestir igual y a actuar como si nada. Ahora vístete y dame la dirección. Esta noche, cuando suene el timbre, abres la puerta de rodillas.
***
Esa noche, la puerta de un piso de lujo en una de las mejores zonas de la ciudad se abrió. Carolina estaba como le había ordenado: de rodillas sobre el mármol del recibidor, completamente desnuda. Cerré la puerta y disfruté el momento.
—He traído algo para ti —dije, sacando del bolsillo una fusta negra que había comprado de camino—. Sube al sofá. A cuatro patas. Arquea ese trasero y preséntamelo como se merece.
Obedeció sin dudar. La fusta rozó su piel desde los hombros hasta las nalgas. Se tensó.
—¿Esto querías, Carolina? ¿Que alguien te tratara como la zorra que eres por dentro?
—Sí... por favor...
El primer golpe resonó en el silencio del salón. Una línea roja apareció. Otro. Otro más. La castigué sin piedad, marcándola, sintiendo cómo se debatía entre el dolor y el placer. Cada azotazo la dejaba más entregada. Dejé la fusta y, sin previo aviso, me la metí por detrás. Un grito desgarrador llenó el salón. Era apretado, increíblemente apretado. La cogí del pelo y embestí sin compasión.
—¡Gime, perrita! —rugí.
—¡Sí, sí, sigue, no pares!
La giré, la tumbé boca arriba, le levanté las piernas sobre mis hombros y volví a hundirme en su sexo. La miré a los ojos mientras la follaba. Estaba perdida.
Cuando estaba cerca, salí y me corrí sobre su vientre y sus pechos. Ella, todavía temblando, abrió los ojos.
—Ahora ve a limpiarte —ordené—. Y prepara la cama. Esta noche duermo aquí. Mañana, en la oficina, le sonríes a Beatriz y le ofreces un café. Le preguntas qué tal su noche. ¿Entendido?
Asintió sin fuerzas. Se levantó con dificultad y caminó hacia el baño, una figura completamente poseída. Me quedé en su salón, miré las fotos de su boda sobre la chimenea y sonreí. Había conquistado a la reina. La princesa sería el siguiente plato del menú.