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Relatos Ardientes

Ser su enfermera me cambió para siempre

Me llamo Rosario. Tengo cuarenta y nueve años y hay cosas que no le cuento al médico cuando viene a revisar a Marcos cada mes. Le digo que todo va bien, que las llagas están controladas, que la medicación funciona. Él asiente, firma el parte y se va por la carretera que baja hacia el pueblo. Entonces cierro la puerta y vuelvo a ser lo que soy: la madre, la enfermera, y todo lo que viene después.

Marcos cumplió veinticinco el pasado octubre. El accidente fue hace tres años: una carretera de montaña, una tarde de lluvia, una curva que no esperaba. Lo trajeron en helicóptero al hospital de Barbastro y yo conduje ciento veinte kilómetros con las manos temblando sobre el volante. Cuando llegué, un médico joven me explicó con mucha calma que la médula estaba dañada, que habría que esperar, que los primeros meses eran cruciales. Esperé. Los meses pasaron. Marcos volvió a casa en silla de ruedas con una paraplejia que los especialistas calificaban de incompleta, lo que significa que hay zonas de su cuerpo que todavía sienten, que responden, que recuerdan lo que fue.

Vivimos solos en una masía del Pirineo aragonés, a ocho kilómetros del pueblo más cercano. Su padre se marchó cuando Marcos tenía cuatro años. Yo lo crié sola, con trabajo en el ambulatorio del valle y con la ayuda de mi madre hasta que ella también murió. Cuando Marcos llegó del hospital, pedí la excedencia y convertí la planta baja en una habitación clínica. Compré una cama articulada, barras de apoyo para el baño, un sistema de poleas para los traslados. Aprendí a manejar sondas. Aprendí a limpiar heridas que no cicatrizaban bien. Aprendí a vivir sin dormir más de cinco horas seguidas.

Su novia se fue a los dos meses. Me lo comunicó con un mensaje de texto que todavía guardo en el móvil porque me parece un documento perfecto de la cobardía humana. Marcos no lloró cuando se lo conté. Se quedó mirando el techo y me pidió que apagara la luz.

***

Al principio, lavarlo era exactamente lo que parecía: un trabajo. Pasaba la esponja por sus piernas sin respuesta, por su espalda, por sus genitales con la misma eficiencia clínica con la que hacía cualquier otra tarea. Él miraba hacia otro lado. Yo hablaba de cosas intrascendentes: el tiempo, algún programa de televisión, una receta que quería probar. Construimos entre los dos un protocolo de dignidad mutua que nos permitía sobrevivir al momento.

Pero el cuerpo de Marcos no siempre cumplía el protocolo.

Las erecciones reflejas son algo que ningún médico te explica con detalle. Ocurren por estimulación física, sin que el paciente las controle ni las desee necesariamente. Las primeras veces, ambos fingimos que no pasaba nada. Yo seguía con la esponja, aunque la polla de mi hijo se levantara dura y densa entre mis dedos enjabonados, palpitando contra el dorso de mi mano cada vez que la rozaba sin querer. Él seguía mirando la pared. Pero hay un límite para lo que puede ignorarse cuando llevas meses siendo el único contacto físico de alguien con el mundo, cuando la polla de tu hijo se te queda marcada en la retina y notás cómo un hilo de líquido preseminal le brota del glande y te resbala por los nudillos.

Empecé a notar que yo también reaccionaba. Un calor en el estómago que intenté clasificar como vergüenza o como incomodidad y que no era ninguna de las dos cosas. Se me endurecían los pezones bajo la bata cada vez que le pasaba la esponja por la ingle, y el coño se me humedecía con una insistencia que ya no podía atribuir a otra cosa. Me duchaba después de cada sesión con agua fría y me metía dos dedos a mí misma contra los azulejos, mordiéndome el labio para no gritar, corriéndome en menos de un minuto pensando en la verga de Marcos apuntando al techo mientras yo fingía enjabonarle los muslos. Después me decía a mí misma que era el estrés, que llevaba demasiado tiempo sin dormir bien, que cualquier cosa menos la verdad.

***

La tarde que lo cambió todo fue un martes de enero. Fuera nevaba, un frío húmedo que se metía por los marcos de las ventanas. Había pasado la mañana haciéndole los ejercicios de fisioterapia, doblando y estirando sus piernas como si pudieran recuperar algo de lo que habían perdido. Marcos soportaba los ejercicios en silencio, con la paciencia de quien ya no espera nada.

Cuando terminé y lo senté en la cama, algo se rompió en él.

—No tiene sentido —dijo con una voz que no reconocí.

—¿Qué no tiene sentido?

—Nada de esto. Los ejercicios, la fisio, tú aquí encerrada cuidando de un inútil. —Se golpeó los muslos con los puños, una y otra vez—. Nunca más voy a follar a nadie. Nunca más una tía va a querer acercarse a esta mierda.

—Marcos.

—No me digas que no es verdad. No me digas que todo va a mejorar. —Me miró y en sus ojos había algo que hacía mucho tiempo no veía: una desesperación sin fondo, la clase de dolor que ya no busca consuelo porque no cree que exista—. Soy lo que sobró de un accidente. Eso es todo lo que soy.

Me quedé de pie frente a él durante unos segundos que no sabría cuantificar. Escuché el viento contra el cristal. Escuché mi propia respiración. Y tomé una decisión que llevaba semanas tomando sin reconocérsela a mí misma.

Fui hasta la puerta y eché el pestillo.

***

Me quité la bata despacio, frente a él, con la luz encendida. Después el sujetador. Después las bragas, que ya estaban empapadas y se me pegaron a los muslos al bajarlas. Marcos me miró como si esperara que aquello fuera una alucinación. Soy una mujer de cuarenta y nueve años con las marcas que deja la vida en un cuerpo: las caderas más anchas que antes, el vientre que ya no es el de los treinta, los pechos que la gravedad ha reclamado poco a poco, los pezones oscuros y gruesos, el coño con un vello recortado que nunca me atreví a quitarme del todo. Pero en sus ojos no había rechazo. Había un hambre que me asustó y que también, debo admitirlo, me encendió algo que llevaba mucho tiempo apagado.

—Tú no eres un inútil —le dije, acercándome a la cama—. Y yo te voy a demostrar que todavía sos capaz de hacerle sentir cosas a una mujer. De hacerme sentir cosas a mí.

—Mamá, no puedes…

—Ya sé lo que no puedo —lo interrumpí, y me senté a su lado—. Ahora calla y dejate.

Le bajé el pantalón del pijama y los calzoncillos con las dos manos. Su polla saltó dura contra su vientre, gruesa, con la vena marcada, el glande brillante y ya mojado. La agarré por la base sin más rodeos y él soltó un jadeo entrecortado, como si llevara tres años esperando esa mano exacta. Se la moví despacio, apretando, sintiendo cómo latía en mi puño. Después bajé la cabeza y me la metí en la boca hasta la mitad. Marcos gimió mi nombre y no era «mamá», era Rosario, ronco, roto, y esa palabra me atravesó el coño como una descarga.

Se la chupé sin prisa, envolviéndole el glande con la lengua, subiendo y bajando, mojándosela entera con saliva que le resbalaba por los cojones. Le apretaba los huevos con la otra mano, notando cómo se le tensaban, cómo su verga se hinchaba más contra mi paladar. Cuando me la sacaba de la boca para tomar aire, se la masturbaba a dos manos y le lamía la punta con la lengua plana, mirándolo a los ojos. Marcos, mi hijo, tenía la boca abierta y la respiración rota y una expresión de puro asombro, como si hubiera descubierto un país entero dentro de su cuerpo que daba por muerto.

—Para, para, me voy a correr —jadeó.

Levanté la cabeza con la polla brillándole entera, un hilo de saliva uniéndome todavía a él.

—Todavía no. Quiero que me la metas.

Le tomé la mano y la guié entre mis piernas. Cuando sus dedos me tocaron el coño empapado, los dos respiramos de forma diferente. Tiene las manos fuertes, mucho más fuertes que antes del accidente, porque son lo único que ha seguido entrenando todos estos meses con la barra de la cama. Sus dedos se movieron con una timidez que no duró mucho. Encontró el clítoris casi por instinto y empezó a frotarlo en círculos lentos que me hicieron arquearme contra su mano. Después metió dos dedos dentro de mí y los curvó buscando, y encontró, y volvió a encontrar, y yo me mordí el puño para no aullar.

Me tumbé junto a él y le pedí que me tocara más, que no parara. Marcos, mi hijo de veinticinco años que creía que su cuerpo era una ruina, resultó ser un amante paciente y atento. Me besó el cuello. Me chupó los pezones uno por uno, mordisqueándolos con cuidado, tirando de ellos con los dientes hasta hacerme jadear. Me recorrió el pecho con la boca con una lentitud que parecía deliberada. Cada vez que yo hacía un sonido, él prestaba atención y volvía al mismo sitio, insistía, presionaba más, hasta que ese sonido se convertía en otro más agudo.

Me subí a la cama, me arrodillé sobre su cara y bajé despacio hasta sentarme sobre su boca. Dudó un instante. Solo un instante. Después me aferró por las caderas con esas manos fuertes y hundió la lengua entre mis labios como si llevara años hambriento. Me lamió el coño entero, de arriba abajo, se metió la lengua dentro, me chupó el clítoris con los labios succionando y yo empecé a moverme sobre su cara, cabalgándole la boca sin ningún pudor. Le agarré del pelo con las dos manos y me lo apreté contra el sexo. Él gemía debajo, y sus gemidos me vibraban contra el coño, y yo sentía cómo se me subía el orgasmo por los muslos, por el vientre.

—Así, así, no pares, hijo, así —le decía sin darme cuenta de lo que decía—. Chupámelo, chupamelo todo, así, joder.

Me corrí sobre su boca con las manos clavadas en el cabecero, temblando entera, apretándole la cara con los muslos hasta que casi no lo dejaba respirar. Marcos siguió lamiéndome mientras yo bajaba del orgasmo, con la barbilla y la nariz brillándole de mi humedad, sin ninguna prisa, sin ningún apuro, como si quisiera dejarme claro que había vuelto y que este era su sitio.

Después bajé por su cuerpo, le besé el pecho, la barriga, y volví a agarrarle la polla. Estaba durísima, latiendo. Le pasé la punta por mi coño mojado, arriba y abajo, empapándosela, restregándomela en el clítoris hasta hacerle jadear. Y entonces me acomodé sobre él, con las rodillas a los lados de sus caderas, y me la metí despacio, centímetro a centímetro, dejando que ambos nos acostumbráramos a la sensación. La polla de mi hijo me abrió el coño y me llenó por dentro y yo tuve que quedarme quieta un momento porque pensé que me iba a correr solo con eso. Marcos jadeó. Cerró los ojos.

—¿Lo sentís? —le pregunté, con la voz temblándome.

—Siento calor —murmuró—. Siento que me apretás, que me chupás por dentro. Es diferente a antes, pero está ahí. Está ahí de verdad, mamá. Te siento el coño, joder, te lo siento.

Empecé a moverme sobre él. Al principio despacio, subiendo y bajando por su verga entera, sacándomela casi del todo para volver a hundírmela hasta el fondo. Después más rápido, apoyándome con las manos en su pecho, cabalgándolo con los pechos rebotando encima de su cara. Él me miraba con una expresión que no le había visto desde antes del accidente, desde cuando era un chico que llegaba a casa los domingos oliendo a hierba y a sol. Una expresión de estar completamente presente en su propio cuerpo.

Le agarré una mano y me la llevé a la boca, le chupé dos dedos y después me los bajé al clítoris y le enseñé cómo frotarlo mientras lo cabalgaba. Sus dedos aprendieron rápido. Yo me movía cada vez más fuerte, sintiéndolo hasta el fondo, y él frotaba y frotaba y me miraba los pechos y me miraba la cara y yo no sabía dónde meterme de placer.

—No pares —me pidió, y su voz era ronca y era la suya y era distinta a cualquier cosa que le hubiera escuchado antes—. Cabalgame, mamá, sacame todo.

No paré. Me corrí una segunda vez encima de él, apretándole la polla con el coño en espasmos, gritando contra su cuello, y él me clavó los dedos en las nalgas y empujó desde abajo lo poco que su cuerpo le permitía empujar y se corrió dentro de mí con un gemido largo, ronco, un gemido de hombre vivo. Sentí su semen caliente llenándome, chorreándome después por los muslos cuando me separé unos centímetros, y me quedé encima de él, con su polla todavía dentro, empapada y latiendo, mientras él me acariciaba la espalda con las manos temblorosas.

***

Han pasado catorce meses desde aquella tarde de enero. Nuestra rutina ha cambiado de formas que no habría podido anticipar. El cuidado médico sigue igual: los ejercicios, el baño, la medicación, las revisiones mensuales. Pero ya no hay protocolo de distancia durante el aseo. Sus manos se mueven por mi cuerpo con familiaridad mientras yo lo enjabono, me aprietan las tetas, me buscan el coño entre los muslos, me meten los dedos hasta que se me doblan las rodillas contra la bañera. A veces terminamos el baño con él chupándome los pezones mientras yo me monto sobre su mano. A veces empezamos en la cama y terminamos en el baño con mi boca cerrada alrededor de su verga hasta que se corre dentro y me lo trago entero. Las fronteras entre cuidar y desear se han vuelto imposibles de trazar, y hace mucho que dejé de intentarlo.

Lo que más ha cambiado es él. Marcos habla más. Come mejor. Ha retomado la lectura, algo que había abandonado durante el primer año. Hace tres meses le instalé un ordenador con soporte especial y está terminando un curso de diseño gráfico por internet. Cuando el médico viene a revisarlo, le dice que el estado anímico mejora los resultados físicos. Tiene razón. No sabe nada de los motivos reales.

Hay noches en las que jugamos con su inmovilidad de formas que no habría imaginado hace dos años. Le ato las muñecas al cabecero con una de sus camisetas y me tomo el tiempo que quiero con su cuerpo. Le lamo la polla durante media hora sin dejarle correrse, apretándole la base con los dedos cada vez que lo noto cerca, viéndolo temblar y rogarme entre dientes. Otras veces me siento sobre su cara y le hago chuparme hasta que me corro tres veces seguidas contra su boca, y solo entonces me monto sobre su verga hinchada y lo dejo vaciarse dentro de mí. Exploro esa frontera difusa entre lo que siente con claridad y lo que llega amortiguado, esa franja de sensaciones incompletas que son, en cierto modo, más intensas porque nunca sabe exactamente qué esperar. Hay zonas de sus muslos que responden a mi lengua. Hay otras que no. Aprenderlas ha sido un trabajo largo y minucioso que ningún manual de anatomía recoge.

Él me dice cosas al oído que son imposibles de repetir fuera de estas cuatro paredes. Me llama su puta, me pide que le abra el coño encima de su boca, me susurra que soy la única mujer que va a follar en su vida y que no le importa porque ya se corrió mil veces conmigo. Cosas que tienen que ver con la rendición, con la dependencia, con el hecho de que soy yo quien decide cuándo y cómo. Hay una dinámica entre nosotros que va mucho más allá del sexo: es la única relación donde los dos sabemos exactamente cuál es nuestra posición y ninguno la cuestiona.

—Sos lo único que tengo —me dijo una noche, mientras yo reposaba sobre su pecho con su semen todavía escurriéndome por dentro del muslo.

—Lo sé —respondí.

—¿Y eso no te da miedo?

Lo pensé con honestidad antes de contestar.

—Todo en esta vida da miedo —dije—. Esto al menos es real.

La gente del valle me tiene por una mujer fuerte, de las que no se quiebran. Me traen cazuelas cuando bajan de sus masías y me preguntan si necesito algo. Les doy las gracias y digo que estamos bien. Y es verdad. Estamos bien de una manera que nunca podría explicarle a nadie, de una manera que rompería todas las categorías que el mundo usa para ordenar las cosas.

Por las mañanas, cuando le hago los ejercicios y él me mira con esa mezcla de gratitud e intimidad que ya no intento separar, pienso en todo lo que perdimos con el accidente y en todo lo que construimos después. No sé si lo que hacemos tiene nombre. No me importa demasiado. Sé que mi hijo se duerme tranquilo con la polla húmeda todavía apoyada contra mi pierna, y se despierta con ganas de que llegue el día, y que eso, después de tres años de noches en las que temí que no llegara a la mañana, es suficiente para mí.

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Comentarios(8)

Confesor22

tremendo relato, no pude parar de leer!!!

NachoQuilmes

necesito la segunda parte urgente, me quede con ganas de saber como sigue

RominaK_84

Me encanto como lo describiste, se siente real sin ser burdo. Sigue asi!

Rodrigo_ba

la tension desde el principio es lo que mas me gusto, sabes crear ambiente. Segui escribiendo!

MikeRosario

el titulo me llamo la atencion y lo lei de un tiron. muy bueno

NoraLect

Que bien escrito, se nota el cuidado en cada detalle. Espero leer mas relatos tuyos pronto

Mariana_ok

Se hizo corto!! quiero saber que paso despues jaja

JuanPi22

El final me dejo pensando... tremendo como termina ahi

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