La desconocida de la librería que me llevó a su piso
Me pilló mirándola mientras ojeaba un Cortázar. Sostuvo la mirada tres segundos, sonrió de lado y supe que esa tarde en la librería no iba a terminar entre libros.
Me pilló mirándola mientras ojeaba un Cortázar. Sostuvo la mirada tres segundos, sonrió de lado y supe que esa tarde en la librería no iba a terminar entre libros.
Cuando el guardia gritó su número, las risas se apagaron de golpe y cien miradas se clavaron en ella: la única belleza intacta en un patio de cemento, sudor y alambre de púas.
En la boda todos la miraban como yo nunca lo había hecho. Esa noche ella subió a buscarme y yo caí rendido por las copas. Lo que pasó después solo lo supe al amanecer.
Le dije a Andrés que la terapia me ayudaba a aclarar la mente. No le conté que cada sesión me dejaba el cuerpo temblando y la conciencia partida en dos.
Le había prometido a Daniel que jamás miraría a otro hombre. Y sin embargo, cuando él cerró la puerta de aquella habitación, fui yo quien dio el primer paso.
Llevaba meses dejándola bailar sola, esperando que alguno insistiera lo suficiente. Esa noche un hombre más alto que yo lo consiguió.
A los cuarenta y cuatro creía que ya nada podía sorprenderme, hasta que un hombre con las manos manchadas de grasa me miró como nadie lo hacía desde hacía años.
Me había puesto el camisón más fino que tenía y elegido la música. Entonces llamaron a la puerta, y el viejo amigo de mi amante lo cambió todo.
Llegó puntual, con olor a sudor limpio y a hombre. Cerró la puerta, me miró de arriba abajo y supe lo que iba a pasar en esa habitación de madera.
Le di a mi marido un nombre cualquiera para nuestra fantasía: un compañero veinte años más joven. Nunca pensé que terminaría jugando con él de verdad.
Cuando empujé la puerta de la consulta y vi a dos hombres en bata, supe que aquella revisión médica no iba a ser como las demás.
Cuando la vi arrodillada entre los arbustos del parque, supe que esa noche revisaría su celular. Lo que encontré cambió todo lo que pensaba hacer después.
Cuando mi amigo la tomó de la cintura para guiarla a la cocina, algo se encendió en mí. No era celos. Era otra cosa, más oscura, que decidí no apagar.
Me despertaron a las tres de la mañana. Sentí el perfume de mi mujer, luego el de Rebeca. Y entonces unos dedos que no reconocí empezaron a moverse bajo las sábanas.
No había podido dormir con el calor, y cuando bajé por un vaso de agua lo encontré sentado a la mesa, con el torso desnudo y una sonrisa que nunca le había visto así.
La villa era perfecta para una aventura: cuatro dormitorios, maridos pescando mar adentro y dos hombres que llegaban a las siete. Hasta que a las seis sonó el portón.
No había venido a Málaga a buscar nada. Y sin embargo, Mateo apareció con sus veintiocho años y esos ojos que te hacen sentir que el mundo te debe algo.
Llevaba botas hasta la rodilla y ese tipo de mirada que tienen las mujeres que ya saben lo que quieren. Me levanté a darle mi tarjeta antes de que el momento se esfumara.
Cuando abrí la puerta y lo vi ahí, con esa facha de niño bueno y los brazos marcados, supe que esa tarde iba a cambiar algo para los dos.
Olía a tabaco y a campo. No era guapo, pero desde que lo vi por primera vez, algo en mí dejó de funcionar con normalidad.