Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La tarde que le enseñé todo al hijo de mi amiga

Esto pasó hace unos doce años, pero cuando cierro los ojos todavía puedo sentir el calor de esa tarde y el olor a colonia barata mezclada con nervios. Yo tenía 46 años en ese entonces. No era flaca, nunca lo había sido, pero estaba en ese punto particular de la vida donde las curvas se acomodan en los lugares correctos: caderas generosas, tetas grandes y todavía firmes, cintura que se marcaba si me lo proponía. El tinte castaño me ayudaba, claro. Y el hecho de cuidarme. También me ayudaba saber que, después de dos hijos y de años de matrimonio, mi coño seguía siendo el mismo coño hambriento de los veinte, apretado, sensible, y con esa costumbre incorregible de mojarse solo cuando algo me interesaba.

Tenía la vida armada: casa propia, marido tranquilo con quien llevaba una convivencia apacible pero sin chispa, y un amante ocasional que me quitaba el estrés cuando lo necesitaba. Pero lo de Tomás fue distinto desde el principio. Con él no hubo cálculo frío ni aburrimiento que compensar. Hubo algo más simple y más peligroso: el antojo puro de una tarde de jueves.

Tomás era el hijo único de mi amiga Raquel. Veinte años, casi dos metros de altura, y esa timidez particular de los chicos que pasan más tiempo frente a una pantalla que hablando con personas reales. Raquel me decía con cierta resignación que el chico no salía, que solo jugaba videojuegos y veía series de animación japonesa, que nunca había tenido novia de verdad. Yo la escuchaba y asentía, pero la verdad es que empecé a mirarlo con otros ojos el día que lo vi en camiseta.

Fue en un asado en casa de Raquel, a mediados de otoño. Tomás estaba ayudando a su padre con la parrilla, con una remera de mangas cortas, y yo me quedé mirándolo sin poder evitarlo. No eran los brazos de un chico sedentario: eran firmes, con las venas marcadas justo debajo de la piel, del tipo que se consigue cuando el cuerpo está en su mejor momento sin haber pisado un gimnasio en la vida. Me pregunté, casi sin querer, cómo tendría la verga debajo de ese jean flojo que se le caía en las caderas. Ese día se me metió en la cabeza y ya no salió: cómo sería el pendejo tímido de Raquel con el bulto duro entre las manos, sin saber qué hacer con él, mirándome como los cachorros que todavía no aprendieron a comer.

A partir de esa tarde, cada vez que coincidíamos en casa de Raquel, yo lo observaba. Tomás saludaba con monosílabos y desaparecía hacia su habitación, pero siempre que pasaba a mi lado notaba que le costaba no mirarme. La mirada se le iba sola, rápida, hacia mi escote o mi culo, y enseguida la desviaba como si hubiera tocado algo caliente. Se ponía colorado incluso cuando yo no decía nada. Solo con estar parada cerca de él, con las tetas asomando apenas por el borde de la blusa, alcanzaba para que se le trabaran las palabras.

Eso fue suficiente para mí.

El pretexto llegó solo. Raquel mencionó en una de esas reuniones que su hijo sabía de tecnología, que era un genio con los aparatos electrónicos. Yo aproveché el momento para acercarme a Tomás antes de que se escapara a su cuarto.

—Tomi, qué suerte encontrarte. Me compré un televisor nuevo y no entiendo nada de cómo configurarlo. ¿Me darías una mano algún día de esta semana?

Se puso colorado en un segundo. Miró hacia los costados como buscando una salida, se acomodó el flequillo oscuro que le caía sobre los ojos y asintió sin demasiadas palabras.

—Sí, claro... puedo ir el jueves si quiere.

—Perfecto —le dije, tocándole el antebrazo apenas un segundo—. A las cinco te espero.

Antes de salir de la reunión, me aseguré de decirle a Raquel delante de él: «Qué buen chico tenés, me va a ayudar con el televisor». Raquel lo miró con orgullo y le dijo que fuera a ayudarme, que para eso servía. Tomás se quedó parado sin saber qué decir, con la cara encendida y sin ningún lugar adonde escapar.

El jueves me vestí con cuidado. No exageré, pero tampoco lo descuidé. Unos jeans que se me pegaban al culo como una segunda piel, una blusa con tiritas y sin corpiño, porque quería que mis tetas se movieran solas cada vez que me inclinara. Perfume detrás de las orejas y entre los pechos. Labial rojo. El pelo suelto cayéndome sobre los hombros. Antes de salir del baño me toqué apenas por encima del jean y confirmé lo que ya sabía: llevaba las bragas mojadas desde el mediodía, de tanto imaginar la escena.

Cuando sonó el portero eléctrico a las cinco en punto y vi aparecer a Tomás en la puerta, supe que el plan era bueno. Llegó con su remera negra ancha, los auriculares colgando del cuello y esa expresión de no saber muy bien dónde poner las manos. Me miró durante exactamente un segundo antes de clavar los ojos en el suelo.

—Hola... llegué puntual —dijo.

—Qué bien —le contesté, dándole la espalda y caminando hacia adentro—. Pasá, que el televisor está en el living.

Sentí su mirada siguiéndome mientras caminaba. Le meneé el culo apenas lo suficiente para que no fuera evidente, pero lo suficiente para que no pudiera despegar los ojos. No hice nada más en particular, solo caminé.

Tomás se instaló frente al televisor con la concentración de alguien que está aliviado de tener algo concreto en qué enfocarse. Sacó un cable del bolsillo del pantalón, conectó el mando a distancia, empezó a configurar la red con esa soltura natural que tienen los chicos criados entre pantallas. Yo me apoyé en el marco de la puerta con los brazos cruzados, cruzándolos justo debajo de las tetas para levantarlas todavía más, y lo observé trabajar.

—Y decime, Tomi... —empecé, caminando despacio hacia él—, con todo lo que sabés de tecnología y ese porte que tenés, ¿cómo es que no hay ninguna chica volviéndote loco?

Los hombros se le tensaron al instante. No dejó de mirar la pantalla, pero las orejas se le pusieron rojas de golpe.

—No, yo... no tengo tiempo para esas cosas —murmuró.

Me acerqué hasta quedar de pie a su lado, tan cerca que sentía el calor que desprendía. Apoyé una mano en el respaldo del sillón donde estaba sentado.

—¿No tenés tiempo o no encontraste a la persona correcta? —le pregunté, inclinándome lo suficiente para que el perfume llegara hasta él y para que las tetas le quedaran a la altura de los ojos—. Porque un chico con esos brazos no debería quedarse solo un sábado de noche cascándosela frente a la compu.

La palabra soez le pegó como un cachetazo. Soltó el cable. Se quedó inmóvil, con la respiración entrecortada, sin saber adónde mirar. Cuando levantó la vista, la diferencia de altura al estar él sentado lo puso con los ojos justo frente a mi escote. Se quedó ahí un segundo demasiado largo, y vi cómo tragaba saliva antes de desviar la mirada hacia el suelo.

—No te pongas así —le dije, pasando los dedos muy despacio por su nuca, rozándole apenas la piel—. No te estoy regañando. Me parece un desperdicio, eso es todo.

—Es que... no estoy acostumbrado a que me hablen así —logró decir, con la voz un poco más grave de lo normal.

—¿Así cómo? Solo estamos conversando. —Hice una pausa, y bajé la mirada sin disimulo hacia su entrepierna, donde ya se marcaba un bulto claro contra la tela del pantalón—. Pero fijate que ya te pusiste nervioso. Y no solo en el cuello, ¿eh?

Él siguió mi mirada, se dio cuenta de lo que había visto, y quiso taparse con las manos. Se le puso la cara del color de un tomate. Yo me reí, suave, y le aparté las manos.

—No te tapes, Tomi. Es un cumplido. —Le hablé casi al oído, y le pasé la punta de la lengua por el lóbulo antes de seguir—. Decime una cosa... ¿alguna vez tuviste novia?

—Una vez... hace tiempo —contestó, rápido, casi defensivo.

—¿Y qué hicieron juntos? —insistí, bajando la voz hasta casi un susurro—. ¿Te la cogiste?

El cuarto se quedó en silencio. Tomás soltó el cable que tenía en la mano y tardó un momento en responder.

—No... nada mucho. Nos dábamos besos, así. De piquito.

Me costó no reírme. Ese chico de casi dos metros, con esos brazos y ese cuerpo que se adivinaba debajo de la remera ancha, había tenido una novia con la que se daba besos de piquito. Solté una risita suave, de las que salen solas.

—O sea que sos virgen —dije, sin adornar.

Asintió sin mirarme, mordiéndose el labio.

—Tomi —le dije, acercándome todavía más, hasta que mi aliento le rozó los labios—. Una mujer no es para darle besos de piquito. Una mujer es para chupársela toda, para metértele hasta el fondo y hacerla gritar. ¿Querés que te enseñe la diferencia?

Se quedó paralizado. Sus ojos pasaron de mi boca a mis tetas, y de vuelta a mi boca, una y otra vez, sin poder decidirse. Pero no retrocedió. Y eso era todo lo que necesitaba saber.

Puse mis manos en sus mejillas, sintiendo el calor que le subía por toda la cara, y lo besé.

Al principio estaba completamente rígido, sin saber qué hacer con los labios ni con las manos. Empecé despacio, saboreando, enseñándole el ritmo. Cuando metí la lengua se sobresaltó levemente, pero no se alejó. Le busqué la lengua con la mía, la enredé, se la chupé despacio, mostrándole cómo se besa a una mujer que quiere que se la cojan. Lo guié con paciencia, envolviéndolo poco a poco, hasta que algo dentro de él se soltó.

Y entonces sus manos, que habían estado quietas sobre sus rodillas, subieron de golpe a mi cintura. Y de ahí, sin pensarlo, se fueron directo a mi culo, agarrándomelo con las dos manos, apretándomelo con una torpeza urgente.

Me agarró con una fuerza que me dejó sin aire. Se puso de pie sin soltar el beso, y de repente éramos él arriba y yo mirando hacia arriba. El chico tímido había desaparecido; lo que quedaba era un macho joven, cachondo, con la verga tan dura que la sentía clavada contra mi vientre a través del jean. Me pegó contra su cuerpo y empezó a devolverme el beso con una urgencia que me arrancó un gemido que no esperaba.

Le agarré la verga por encima de la tela y le apreté. Estaba enorme. No exagero: enorme, gruesa, palpitante, marcada contra el pantalón como si fuera a rompérselo. Se le escapó un gemido ronco en mi boca.

—Esto no es de un chico virgen —le susurré, sin soltarlo—. Esto es una verga hecha para arruinar cotorros, Tomi. Y vos ni te habías enterado.

Me separé apenas para recuperar el aliento, con los labios hinchados y el pulso disparado.

—Parece que el alumno aprende rápido —le dije, pasando el pulgar por su labio inferior, que estaba húmedo por el beso.

Él me miraba con los ojos encendidos, el pecho agitado, las manos todavía apretándome el culo sin darse cuenta de cuánta fuerza usaba. Bajó la vista hacia mi escote, que con el forcejeo del beso se había acomodado de manera generosa, dejando ver la mitad de una teta, y sentí cómo los dedos se le hundían un poco más en mis nalgas.

—¿Vamos a la habitación? —le pregunté.

No necesitó que se lo dijera dos veces.

***

Lo llevé de la mano por el pasillo, sintiendo cómo sus dedos apretaban los míos. Cuando llegamos al cuarto y cerré la puerta, Tomás se quedó parado en el centro de la alfombra con esa mirada de quien no termina de creer lo que está pasando. Alto, callado, con el bulto del pantalón imposible de ocultar y el pecho subiéndole y bajándole más rápido de lo normal.

Lo agarré de los hombros y lo besé de nuevo, más despacio esta vez, mientras mis manos iban directo al borde de su remera negra.

—Sacátela —le susurré contra los labios.

Se la quitó de un tirón. Lo que apareció debajo me dejó completamente satisfecha con mi elección: hombros anchos, pectorales bien definidos, un abdomen que bajaba en esa línea peligrosa hacia el pantalón. La piel blanca y tersa contrastando con el pelo oscuro. El cuerpo de un chico en su mejor momento, sin artificios ni esfuerzo.

—Nadie te dijo nunca lo que tenés escondido ahí adentro —le dije, pasando las palmas por su abdomen, sintiendo cómo los músculos se contraían ante el contacto, y bajé las manos hasta el cierre del pantalón.

—Nadie me miraba así —contestó, con la voz quebrada.

Le solté el botón, le bajé el cierre y le empujé el jean junto con el bóxer de un solo movimiento. La verga le saltó afuera como si hubiera estado esperando el momento: dura, gruesa, larga, con la cabeza roja e hinchada, palpitándole contra el vientre. Se me hizo agua la boca sin darme cuenta.

—Dios mío, Tomi... —murmuré, envolviéndosela con la mano. La palma no me daba para cerrarse del todo alrededor de ella—. Y esto lo tenías desperdiciado en tu cuarto.

Él soltó un gemido ahogado apenas la agarré. Empecé a moverle la mano despacio, arriba y abajo, sintiendo cómo la piel se corría sobre la dureza de adentro. Un hilito de líquido preseminal le brotó por la punta y lo usé para lubricarlo, resbalando la mano con más facilidad. Se le doblaron un poco las rodillas.

—Espera... espera, o me voy a correr ya —dijo entre dientes, apretando los ojos.

—Tranquilo. —Lo besé en el cuello, mordiéndoselo apenas—. No te preocupes. Hoy te vas a correr todas las veces que te den las bolas.

Me arrodillé frente a él antes de que pudiera reaccionar. Tomás bajó la vista y me vio ahí abajo, con su verga a centímetros de mi cara, y creo que dejó de respirar. Le agarré la base con una mano, le acaricié las pelotas con la otra, y sin sacarle los ojos de encima le pasé la lengua desde abajo hasta la punta, despacio, como si estuviera lamiendo un helado.

—Puta madre... —soltó, con la voz rota.

Me metí la cabeza en la boca. Cerré los labios alrededor y le chupé, girando la lengua en la punta, saboreando el gusto salado del líquido que le seguía brotando. Después la fui bajando de a poco, aguantando el reflejo, hasta que se la tuve casi entera adentro. Me golpeaba el fondo de la garganta. Se le escapó un gemido largo, temblándole las piernas.

Subí y bajé la boca sobre ella con un ritmo constante, chupándola con ganas, dejándola bien mojada. La sacaba, la lamía por los costados, le chupaba las pelotas de a una, y volvía a metérmela hasta el fondo. Tomás no sabía dónde poner las manos, hasta que le agarré una y me la puse en la nuca, dándole permiso. Empezó a marcarme el ritmo apenas, embistiéndome despacio la boca, con miedo de romperme, y yo lo dejé hacer, gimiendo con la verga adentro para que sintiera la vibración.

—Me voy... me voy a correr —jadeó de repente, tirándome del pelo para sacarme.

Lo dejé salir, pero no lo solté. Me pegué la punta contra los labios, jugando con la lengua sobre el glande, y le seguí meneando la base con la mano, rápido y firme.

—Vení, dámela toda —le dije, mirándolo hacia arriba.

Tomás echó la cabeza para atrás con un gemido bestial y se largó. El primer chorro me pegó en la boca abierta, caliente, espeso; el segundo me marcó la mejilla, y los siguientes me cayeron sobre las tetas, deslizándose por el escote. Fue una descarga larguísima, la de un pibe que hacía días o semanas que no se corría. Cuando terminó, tenía la cara y el pecho llenos de semen y él estaba jadeando como si hubiera corrido diez cuadras.

Me relamí los labios, sin dejar de mirarlo, y me pasé el dedo por la mejilla para juntar lo que me había quedado ahí. Me lo llevé a la boca despacio, tragando delante suyo. Se le escapó un gemido nuevo, casi de dolor, viéndome hacer eso.

—Fue muy rápido —murmuró, avergonzado.

—Fue tu primera vez de verdad —le dije, incorporándome—. Y no te preocupes, Tomi. Esa verga no se me olvida. Ahora es mi turno.

Lo empujé sobre la cama. Me desabroché la blusa despacio, dejándola caer al suelo, y las tetas quedaron al aire, marcadas todavía por gotas de semen que le brillaban entre los pechos. Tomás las miraba como si hubiera visto un milagro. Me desabroché el jean y me lo bajé sin apuro, quedándome solo con las bragas empapadas, transparentando el vello prolijamente recortado del pubis y la humedad del coño.

—Tocáme —le ordené.

Se sentó en el borde de la cama y me atrajo por las caderas. Me metió una teta entera en la boca, chupándola con hambre, mordiéndome el pezón apenas. Se le veía la avidez del chico que nunca antes había tenido una teta al alcance de la boca. Le agarré la nuca y lo apreté contra mí, gimiendo. Cambió a la otra, chupó, lamió, mordió, y así estuvo largos minutos, sin querer soltarme.

—Sacáme las bragas —le dije, con la voz ronca.

Me las bajó despacio, y cuando le quedaron a la altura de las rodillas, me quedé parada frente a él, con las piernas apenas separadas, mostrándole el coño mojado y afeitado. Se le fueron los ojos derecho ahí. Me subí a la cama, lo tiré de espaldas y me arrodillé sobre su cara, agarrándome del respaldo.

—Chupame —le ordené—. Sacá la lengua.

Me apoyé sobre su boca. Tomás me agarró el culo con las dos manos, me apretó contra su cara y empezó a lamerme con una torpeza deliciosa: sin técnica, pero con hambre, con toda la lengua metida entre mis labios, buscando adonde ir. Le fui guiando la cara con las caderas, marcándole dónde estaba el clítoris, y cuando encontró el punto y empezó a girar la lengua alrededor, se me escapó un gemido largo que resonó en todo el cuarto.

—Ahí, ahí, seguí ahí... así, papi... —le decía, meneándome sobre su boca, agarrándome del respaldo con fuerza.

El pibe aprendió rápido. Me chupó el clítoris entero, tirando de él con los labios; me metió la lengua en el coño, bien adentro, tan adentro como pudo; me lamió del culo al pubis y de vuelta. Sentí un dedo entrando en mí, torpe pero grueso, y después otro. Curvó los dedos hacia arriba, casi por accidente, y me tocó justo donde tenía que tocarme.

Me vine sobre su cara con un grito. Le apreté los muslos contra las orejas, moviendo las caderas descontrolada, empapándole la boca y el mentón. Él no paró; me siguió chupando mientras me venía, aguantando el peso, hasta que le tuve que separar la cabeza porque no aguantaba más el clítoris hipersensible.

Bajé jadeando, me tiré a su lado un segundo, y le miré la verga: ya la tenía dura otra vez, apuntando al techo, como si no se hubiera corrido hacía diez minutos. La juventud, pensé.

—Vení —le dije, tirándolo encima mío—. Metémela.

Tomás se acomodó entre mis piernas, con las manos temblándole apenas. Le agarré la verga y se la guié hacia la entrada. Cuando la punta rozó los labios de mi coño, se quedó quieto, mirándome, esperando permiso.

—Metéla despacio —le susurré—. Pero metéla toda.

Empujó. Y empujó de nuevo. Y sentí cómo esa verga gruesa se abría paso adentro mío, ensanchándome, llenándome centímetro a centímetro hasta que la sentí golpeando el fondo. Solté un gemido largo, agarrándome de su espalda, clavándole las uñas. Él soltó un sonido que venía desde el fondo del pecho, mitad sorpresa, mitad alivio, como si hubiera estado conteniendo el aliento durante veinte años.

—Quieto —le susurré—. Ahora sí, moveté. Despacio.

Empezó a moverse encima mío, torpe al principio, sacándola casi entera y volviéndola a meter de golpe. Cada estocada me sacaba un gemido. Le puse las manos en el culo y lo apreté hacia mí, marcándole el ritmo.

—Así, más fuerte, dále... rompémelo —le dije al oído.

Tomás apretaba los dientes, con los ojos cerrados, aferrándose a mis caderas como si le fuera la vida en ello. Lo veía luchar con su propio cuerpo, tratando de aguantar, mordiéndose el labio inferior con una concentración que me resultó increíblemente tierna. Cada golpe me llegaba hasta el fondo, cada retirada me dejaba con ganas de que volviera. La cama crujía bajo nuestro peso, y las tetas me rebotaban en cada embestida, y él las miraba hipnotizado sin dejar de coger.

No llegó a los cinco minutos. Sentí cómo se tensaba encima mío, la verga se le puso todavía más dura adentro, soltó un gemido ronco y se largó otra vez, adentro, en chorros calientes que sentí perfectamente contra las paredes del coño. Después se desplomó contra mi pecho con la respiración destrozada.

—Fue muy rápido otra vez... —murmuró al cabo de un momento, con la cara hundida entre mis tetas.

—Fue perfecto —le dije, acariciándole el pelo—. Y no terminamos.

Me miró con una gratitud que me resultó más tierna que cualquier otra cosa. Le di un beso lento, sin apuro, saboreando el silencio del cuarto.

Pasaron unos minutos. Yo escuchaba su respiración normalizarse, sentía el calor que desprendía su cuerpo joven contra el mío, y su semilla saliéndoseme del coño en un hilito tibio que me bajaba por el muslo. La tarde todavía era larga.

No me equivoqué.

Antes de que pudiera decir nada, Tomás se movió a mi lado. Había algo diferente en sus ojos: ya no era vergüenza, era determinación. Se puso encima de mí y me besó con una firmeza que me sorprendió. Y cuando bajé la mano entre sus piernas, la verga ya estaba subiendo de nuevo, endureciéndose bajo mis dedos.

—Quiero hacerlo bien esta vez —dijo—. Quiero que te vengas conmigo adentro.

Y lo hizo.

Esta segunda vez fue diferente. Tomás se tomó su tiempo, exploró con las manos, con la boca. Bajó por mi cuello, por mis pechos, chupándome los pezones hasta ponerlos duros y sensibles. Siguió bajando por el vientre y me abrió las piernas de nuevo, y sin que nadie se lo pidiera se puso a chuparme otra vez, más despacio, aprendiendo a leer mis reacciones. Cuando me tuvo temblando otra vez, subió, me dio la vuelta y me puso en cuatro sobre la cama.

—Así —le dije, arqueando la espalda, ofreciéndole el culo levantado—. Metémela así, de atrás.

Sentí la cabeza de la verga apoyarse en la entrada. Empujó despacio, y esta vez se metió más fácil, con el coño ya empapado y trabajado. Se enterró hasta el fondo. Me agarró las caderas con esas manos grandes y empezó a cogerme, primero despacio, después con un ritmo firme y constante. Cada golpe hacía que mi culo chocara contra su pelvis con un ruido húmedo que llenaba el cuarto.

—Ay, Dios, Tomi, así, más fuerte, más fuerte... —le gemía, agarrándome de las sábanas—. Cogéme fuerte, no te contengas.

Aceleró. Me la clavaba con ganas, sin misericordia, mientras me apretaba el culo y me tiraba del pelo con la otra mano, como si de golpe se hubiera dado cuenta de que podía hacer lo que quisiera. Le dolía el orgullo lo rápido que se había venido antes, y ahora quería demostrarme algo. Y me lo demostraba a cada estocada.

—Tocátelas —me ordenó, con una voz nueva.

Me quedé sorprendida, pero le hice caso. Bajé una mano, me llegué al clítoris y empecé a frotarlo mientras él seguía metiéndomela por atrás. En pocos segundos sentí el orgasmo subiendo otra vez, más fuerte que el anterior, apretando y soltando su verga desde adentro.

—Me vengo... —le avisé, temblando—. Me vengo, Tomi, no pares...

—Vení, dále, vení para mí —jadeó él, embistiéndome sin bajar el ritmo.

Grité contra la almohada. Todo el cuerpo me sacudió, y sentí las paredes del coño apretándole la verga con espasmos que él sintió también, porque soltó un gemido ronco y se largó adentro por segunda vez, apretándome las caderas con tanta fuerza que al día siguiente iba a tener marcas.

Nos derrumbamos los dos sobre la cama, sin aire, empapados en sudor. Él arriba mío, todavía adentro, sin querer salir. Sentí cómo la verga le seguía latiendo, vaciándose la última gota.

Cuando por fin salió, quedamos los dos boca arriba en la cama, sin hablar, escuchando el ruido de la tarde del otro lado de la ventana. El sol entraba oblicuo por las persianas y le marcaba el pecho a Tomás con líneas de luz y sombra. Lo miré de reojo, sin que él se diera cuenta, y pensé que pocas veces en mi vida había visto algo tan parecido a la satisfacción pura como la cara de ese chico en ese momento.

—¿Vas a contarle a alguien? —preguntó al fin, con los ojos en el techo.

—¿Vos? —le devolví.

—No —dijo, rotundo.

—Entonces los dos sabemos cómo callarnos.

Tomás se quedó mirando el techo un momento más. Cuando se levantó a buscar su ropa, lo hacía con una soltura diferente a la que había traído al entrar: los hombros más sueltos, los movimientos más seguros, la verga colgando todavía a medio bajar entre las piernas, como si en el espacio de una tarde hubiera acomodado algo que llevaba tiempo fuera de lugar. Se vistió sin apuro y en la puerta se detuvo.

—¿Puedo volver algún día? —preguntó, con una calma que me pareció completamente nueva en él.

Lo miré un segundo antes de responder.

—Sí. Pero la próxima vez traé forros, que hoy me llenaste dos veces.

Se puso colorado una última vez, asintió casi sin sonreír, y se fue.

***

Esa tarde empezó algo que duraría más de un año. Tomás volvió muchas veces, y cada visita era una versión más segura, más capaz del chico que había cruzado mi puerta con esa remera ancha y esa mirada que no sabía adónde ir. Llegaba puntual siempre, sin excusas ni pretextos, con esa honestidad sencilla de quien ya no necesita disfrazar lo que quiere: entrar, cogerme como me gustaba, e irse.

Yo le enseñé todo lo que sabía, con paciencia y sin apuro, porque hay pocas cosas más satisfactorias que ver a alguien desarrollarse así, de cero, entre tus manos. Aprender a comerle el coño a una mujer hasta hacerla gritar, a durar más de veinte minutos sin correrse, a leer cuándo pedirle que se ponga en cuatro y cuándo tirarla boca arriba y meterle las piernas al hombro. A entender que el placer no es una carrera sino una conversación que se construye de a dos, a los gritos y a los mordiscos.

Y porque los veinte años, con una verga como la que tenía Tomás, cuando uno sabe cómo aprovecharlos, son lo más parecido a la juventud prestada que existe.

Ver todos los relatos de Maduras

Valora este relato

Comentarios(10)

SilviaMdp

Increible... me dejo sin palabras. Que bien escrito, se siente tan real!

RosaV88

Por favor seguí, quiero saber que pasó despues. No puede quedarse asi!!

Lorena_Mdq

jajaja el detalle del televisor como excusa me mato, clasico

Marianoo

10/10, de los mejores que lei en mucho tiempo. Esperando mas relatos!

Carmen_Baires

Me recordo a una situacion parecida que viví hace años... esas miradas que dicen todo sin decir nada. Hermoso.

Mauri_PBA

buenisimo!!!

NakaVi

Que tension en la primera parte, me tenia al borde del asiento. Muy bien contado, felicitaciones.

FantasyReader

Como siempre la categoria maduras no decepciona. Sigue asi!

LuciaMdel

Se hizo cortisimo, queria seguir leyendo y ya termino. Necesitamos segunda parte urgente :)

Carlitos_MZA

Tremendo relato. La descripcion del momento inicial es magistral, se nota que sabes escribir.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.