La tarde que le enseñé todo al hijo de mi amiga
Esto pasó hace unos doce años, pero cuando cierro los ojos todavía puedo sentir el calor de esa tarde y el olor a colonia barata mezclada con nervios. Yo tenía 46 años en ese entonces. No era flaca, nunca lo había sido, pero estaba en ese punto particular de la vida donde las curvas se acomodan en los lugares correctos: caderas generosas, pecho abundante, cintura que todavía se marcaba si me lo proponía. El tinte castaño me ayudaba, claro. Y el hecho de cuidarme.
Tenía la vida armada: casa propia, marido tranquilo con quien llevaba una convivencia apacible pero sin chispa, y un amante ocasional que me quitaba el estrés cuando lo necesitaba. Pero lo de Tomás fue distinto desde el principio. Con él no hubo cálculo frío ni aburrimiento que compensar. Hubo algo más simple y más peligroso: el antojo puro de una tarde de jueves.
Tomás era el hijo único de mi amiga Raquel. Veinte años, casi dos metros de altura, y esa timidez particular de los chicos que pasan más tiempo frente a una pantalla que hablando con personas reales. Raquel me decía con cierta resignación que el chico no salía, que solo jugaba videojuegos y veía series de animación japonesa, que nunca había tenido novia de verdad. Yo la escuchaba y asentía, pero la verdad es que empecé a mirarlo con otros ojos el día que lo vi en camiseta.
Fue en un asado en casa de Raquel, a mediados de otoño. Tomás estaba ayudando a su padre con la parrilla, con una remera de mangas cortas, y yo me quedé mirando sus brazos sin poder evitarlo. No eran los brazos de un chico sedentario: eran firmes, con las venas marcadas justo debajo de la piel, del tipo que se consigue cuando el cuerpo está en su mejor momento sin haber pisado un gimnasio en la vida. Me pregunté, casi sin querer, cómo tendría el resto del cuerpo debajo de esas remeras anchas que usaba siempre.
A partir de esa tarde, cada vez que coincidíamos en casa de Raquel, yo lo observaba. Tomás saludaba con monosílabos y desaparecía hacia su habitación, pero siempre que pasaba a mi lado notaba que le costaba no mirarme. La mirada se le iba sola, rápida, hacia mi escote o mis caderas, y enseguida la desviaba como si hubiera tocado algo caliente. Se ponía colorado incluso cuando yo no decía nada. Solo con estar parada cerca de él.
Eso fue suficiente para mí.
El pretexto llegó solo. Raquel mencionó en una de esas reuniones que su hijo sabía de tecnología, que era un genio con los aparatos electrónicos. Yo aproveché el momento para acercarme a Tomás antes de que se escapara a su cuarto.
—Tomi, qué suerte encontrarte. Me compré un televisor nuevo y no entiendo nada de cómo configurarlo. ¿Me darías una mano algún día de esta semana?
Se puso colorado en un segundo. Miró hacia los costados como buscando una salida, se acomodó el flequillo oscuro que le caía sobre los ojos y asintió sin demasiadas palabras.
—Sí, claro... puedo ir el jueves si quiere.
—Perfecto —le dije, tocándole el antebrazo apenas un segundo—. A las cinco te espero.
Antes de salir de la reunión, me aseguré de decirle a Raquel delante de él: «Qué buen chico tenés, me va a ayudar con el televisor». Raquel lo miró con orgullo y le dijo que fuera a ayudarme, que para eso servía. Tomás se quedó parado sin saber qué decir, con la cara encendida y sin ningún lugar adonde escapar.
El jueves me vestí con cuidado. No exageré, pero tampoco lo descuidé. Unos jeans que se ajustaban bien donde tenían que ajustarse, una blusa con tiritas que hacía su trabajo silencioso. Perfume. Labial. El pelo suelto cayéndome sobre los hombros.
Cuando sonó el portero eléctrico a las cinco en punto y vi aparecer a Tomás en la puerta, supe que el plan era bueno. Llegó con su remera negra ancha, los auriculares colgando del cuello y esa expresión de no saber muy bien dónde poner las manos. Me miró durante exactamente un segundo antes de clavar los ojos en el suelo.
—Hola... llegué puntual —dijo.
—Qué bien —le contesté, dándole la espalda y caminando hacia adentro—. Pasá, que el televisor está en el living.
Sentí su mirada siguiéndome mientras caminaba. No hice nada en particular, solo caminé.
Tomás se instaló frente al televisor con la concentración de alguien que está aliviado de tener algo concreto en qué enfocarse. Sacó un cable del bolsillo del pantalón, conectó el mando a distancia, empezó a configurar la red con esa soltura natural que tienen los chicos criados entre pantallas. Yo me apoyé en el marco de la puerta con los brazos cruzados y lo observé trabajar.
—Y decime, Tomi... —empecé, caminando despacio hacia él—, con todo lo que sabés de tecnología y ese porte que tenés, ¿cómo es que no hay ninguna chica volviéndote loco?
Los hombros se le tensaron al instante. No dejó de mirar la pantalla, pero las orejas se le pusieron rojas de golpe.
—No, yo... no tengo tiempo para esas cosas —murmuró.
Me acerqué hasta quedar de pie a su lado, tan cerca que sentía el calor que desprendía. Apoyé una mano en el respaldo del sillón donde estaba sentado.
—¿No tenés tiempo o no encontraste a la persona correcta? —le pregunté, inclinándome lo suficiente para que el perfume llegara hasta él—. Porque un chico con esos brazos no debería quedarse solo un sábado de noche.
Tomás soltó el cable. Se quedó inmóvil, con la respiración entrecortada, sin saber adónde mirar. Cuando levantó la vista, la diferencia de altura al estar él sentado lo puso con los ojos justo frente a mi pecho. Se quedó ahí un segundo demasiado largo antes de desviar la mirada hacia el suelo.
—No te pongas así —le dije, pasando los dedos muy despacio por su nuca, rozándole apenas la piel—. No te estoy regañando. Me parece un desperdicio, eso es todo.
—Es que... no estoy acostumbrado a que me hablen así —logró decir, con la voz un poco más grave de lo normal.
—¿Así cómo? Solo estamos conversando. —Hice una pausa—. Pero fijate que ya te pusiste nervioso. Siento que te late el corazón hasta en el cuello.
Él no dijo nada. Sus manos apretaban los bordes del control remoto como si fuera un salvavidas. Yo seguí ahí, sin moverme, dejando que la situación se cocinara sola.
—Decime una cosa, Tomi... ¿alguna vez tuviste novia?
—Una vez... hace tiempo —contestó, rápido, casi defensivo.
—¿Y qué hicieron juntos? —insistí, bajando la voz hasta casi un susurro en su oído.
El cuarto se quedó en silencio. Tomás soltó el cable que tenía en la mano y tardó un momento en responder.
—Nada mucho... nos dábamos besos, así. De piquito.
Me costó no reírme. Ese chico de casi dos metros, con esos brazos y ese cuerpo que se adivinaba debajo de la remera ancha, había tenido una novia con la que se daba besos de piquito. Solté una risita suave, de las que salen solas.
—Tomi —le dije, acercándome todavía más, hasta que mi aliento le rozó los labios—. Una mujer no es para darle besos de piquito. Una mujer es para devorarla. ¿Querés que te enseñe la diferencia?
Se quedó paralizado. Sus ojos pasaron de mi boca a mis ojos, y de vuelta a mi boca, una y otra vez, sin poder decidirse. Pero no retrocedió. Y eso era todo lo que necesitaba saber.
Puse mis manos en sus mejillas, sintiendo el calor que le subía por toda la cara, y lo besé.
Al principio estaba completamente rígido, sin saber qué hacer con los labios ni con las manos. Empecé despacio, saboreando, enseñándole el ritmo. Cuando metí la lengua se sobresaltó levemente, pero no se alejó. Lo guié con paciencia, envolviéndolo poco a poco, hasta que algo dentro de él se soltó.
Y entonces sus manos, que habían estado quietas sobre sus rodillas, subieron de golpe a mi cintura.
Me agarró con una fuerza que me dejó sin aire. Se puso de pie sin soltar el beso, y de repente éramos él arriba y yo mirando hacia arriba. El chico tímido había desaparecido; lo que quedaba era algo más directo, más hambriento. Me pegó contra su cuerpo y empezó a devolverme el beso con una urgencia que me arrancó un gemido que no esperaba.
Me separé apenas para recuperar el aliento, con los labios hinchados y el pulso disparado.
—Parece que el alumno aprende rápido —le dije, pasando el pulgar por su labio inferior, que estaba húmedo por el beso.
Él me miraba con los ojos encendidos, el pecho agitado, las manos todavía apretando mi cintura sin darse cuenta de cuánta fuerza usaba. Bajó la vista hacia mi escote, que con el forcejeo del beso se había acomodado de manera generosa, y sentí cómo los dedos se le hundían un poco más en mis caderas.
—¿Vamos a la habitación? —le pregunté.
No necesitó que se lo dijera dos veces.
***
Lo llevé de la mano por el pasillo, sintiendo cómo sus dedos apretaban los míos. Cuando llegamos al cuarto y cerré la puerta, Tomás se quedó parado en el centro de la alfombra con esa mirada de quien no termina de creer lo que está pasando. Alto, callado, con el pecho subiéndole y bajándole más rápido de lo normal.
Lo agarré de los hombros y lo besé de nuevo, más despacio esta vez, mientras mis manos iban directo al borde de su remera negra.
—Sacátela —le susurré contra los labios.
Se la quitó de un tirón. Lo que apareció debajo me dejó completamente satisfecha con mi elección: hombros anchos, pectorales bien definidos, un abdomen que bajaba en esa línea peligrosa hacia el pantalón. La piel blanca y tersa contrastando con el pelo oscuro. El cuerpo de un chico en su mejor momento, sin artificios ni esfuerzo.
—Nadie te dijo nunca lo que tenés escondido ahí adentro —le dije, pasando las palmas por su abdomen, sintiendo cómo los músculos se contraían ante el contacto.
—Nadie me miraba así —contestó, con la voz quebrada.
Me pegué contra su pecho desnudo, dejando que el calor de su piel atravesara la tela fina de mi blusa, y lo besé de nuevo. Sus manos bajaron con timidez pero con firmeza hacia mis caderas, y sentí cómo me apretaba contra él. Ahí fue cuando noté, sin lugar a dudas, lo que el pantalón ancho había estado ocultando todo este tiempo. Tomás estaba más que listo; el cuerpo no le daba tregua y él no tenía ninguna herramienta todavía para disimularlo.
Me separé un momento, lo miré a los ojos, y le dije simplemente:
—Acostáte.
Tomás cayó sobre la cama con una torpeza que me dio ternura. Me desabroché la blusa despacio, dejándola caer al suelo, disfrutando de cómo sus ojos recorrían cada centímetro de lo que iba apareciendo. Cuando le solté el cierre del pantalón y se lo bajé junto con el resto, se quedó completamente inmóvil, dejándome hacer, con los ojos muy abiertos y la respiración rota.
Lo que vi cuando la tela cedió confirmó todo lo que había imaginado.
Me subí encima de él, lo besé, y empecé a guiarlo con calma. Sus manos grandes se hundieron en mis caderas, torpes al principio, sin saber muy bien dónde apoyarse, pero siguiendo el ritmo que yo marcaba. Cuando lo sentí entrar en mí soltó un sonido que venía desde el fondo del pecho, mitad sorpresa, mitad alivio, como si hubiera estado conteniendo el aliento durante años.
—Quieto —le susurré—. Dejá que yo lleve el paso.
Empecé a moverme sobre él con calma, disfrutando de esa dureza y esa calentura joven que hacía tiempo no sentía. Tomás apretaba los dientes, con los ojos cerrados, aferrándose a mis caderas como si le fuera la vida en ello. Lo veía luchar con su propio cuerpo, tratando de aguantar, mordiéndose el labio inferior con una concentración que me resultó increíblemente tierna.
No llegó a los cinco minutos. Sentí cómo se tensaba debajo de mí, soltó un gemido ronco y se quedó rígido, entregándose por completo. Después se desplomó contra el colchón con el pecho agitado, mirando el techo con una mezcla de éxtasis y vergüenza.
—Fue muy rápido —murmuró al cabo de un momento.
—Fue tu primera vez de verdad —le dije, echándome a su lado—. Nadie debuta siendo un experto.
Me miró con una gratitud que me resultó más tierna que cualquier otra cosa. Le di un beso lento, sin apuro, saboreando el silencio del cuarto.
Pasaron unos minutos. Yo escuchaba su respiración normalizarse, sentía el calor que desprendía su cuerpo joven contra el mío, y pensaba que la tarde todavía era larga.
No me equivoqué.
Antes de que pudiera decir nada, Tomás se movió a mi lado. Había algo diferente en sus ojos: ya no era vergüenza, era determinación. Se puso encima de mí y me besó con una firmeza que me sorprendió.
—Quiero hacerlo bien esta vez —dijo.
Y lo hizo.
Esta segunda vez fue diferente. Tomás se tomó su tiempo, exploró con las manos, con la boca. Bajó por mi cuello, por mi pecho, aprendiendo sobre la marcha, leyendo mis reacciones con una atención que no esperaba de alguien tan inexperto. Cuando volvió a entrar en mí lo hizo despacio, controlándose, con los ojos abiertos y fijos en los míos como si quisiera registrar cada detalle.
Lo guié en silencio con las caderas, con las manos en sus hombros, diciéndole sin palabras cuándo apurar el ritmo y cuándo frenarlo. Tomás aprendía en tiempo real; cada vez que yo reaccionaba, él repetía el movimiento con más confianza, calibrando, ajustando, prestando una atención que muchos hombres con años de experiencia nunca desarrollan.
Esta vez duró. No mucho, porque tenía veinte años y era su segunda vez en la vida, pero lo suficiente para que yo llegara antes que él, con las manos enterradas en su espalda y un sonido ahogado contra su hombro que llenó toda la habitación.
Cuando él terminó, quedamos los dos boca arriba en la cama, sin hablar, escuchando el ruido de la tarde del otro lado de la ventana. El sol entraba oblicuo por las persianas y le marcaba el pecho a Tomás con líneas de luz y sombra. Lo miré de reojo, sin que él se diera cuenta, y pensé que pocas veces en mi vida había visto algo tan parecido a la satisfacción pura como la cara de ese chico en ese momento.
—¿Vas a contarle a alguien? —preguntó al fin, con los ojos en el techo.
—¿Vos? —le devolví.
—No —dijo, rotundo.
—Entonces los dos sabemos cómo callarnos.
Tomás se quedó mirando el techo un momento más. Cuando se levantó a buscar su ropa, lo hacía con una soltura diferente a la que había traído al entrar: los hombros más sueltos, los movimientos más seguros, como si en el espacio de una tarde hubiera acomodado algo que llevaba tiempo fuera de lugar. Se vistió sin apuro y en la puerta se detuvo.
—¿Puedo volver algún día? —preguntó, con una calma que me pareció completamente nueva en él.
Lo miré un segundo antes de responder.
—Sí. Pero la próxima vez traé lo que olvidaste hoy.
Asintió, casi sin sonreír, y se fue.
***
Esa tarde empezó algo que duraría más de un año. Tomás volvió muchas veces, y cada visita era una versión más segura, más capaz del chico que había cruzado mi puerta con esa remera ancha y esa mirada que no sabía adónde ir. Llegaba puntual siempre, sin excusas ni pretextos, con esa honestidad sencilla de quien ya no necesita disfrazar lo que quiere.
Yo le enseñé todo lo que sabía, con paciencia y sin apuro, porque hay pocas cosas más satisfactorias que ver a alguien desarrollarse así, de cero, entre tus manos. Aprender a leer el cuerpo de una mujer, a no apresurarse, a entender que el placer no es una carrera sino una conversación que se construye de a dos.
Y porque los veinte años, cuando uno sabe cómo aprovecharlos, son lo más parecido a la juventud prestada que existe.