La señora del fondo que abrió más que la puerta
Carmen tenía 58 años y llevaba doce sola en esa casa. Su marido había muerto de un derrame cerebral cuando ella todavía se sentía joven, y desde entonces la casita de ladrillos a la vista en el barrio viejo era solo suya. Costurera y modista de oficio, pasaba las tardes en la habitación del fondo arreglando prendas para las vecinas: ajustando cinturas, remendando dobleces, cosiendo botones que se habían caído hacía meses. La casa olía a tela nueva, a aceite de máquina y al café que Carmen preparaba a todas horas. Era una vida tranquila. Ordenada. Bastante vacía.
El techo del dormitorio de atrás tenía un problema desde junio. Con cada lluvia fuerte las chapas perdían agua y el piso se mojaba. Carmen había puesto palanganas, había llamado a su cuñado que nunca apareció, había esperado. En agosto una vecina le dio el número de un muchacho del barrio que hacía trabajos de albañilería y techado.
El que apareció una mañana de agosto era Martín. Veintiún años, pelo oscuro cortado muy corto, las manos ásperas de trabajar al sol desde que terminó el secundario. Llevaba una remera vieja y jeans manchados de pintura. Se presentó en la puerta con una escalera sobre el hombro y una caja de herramientas a los pies.
—Buen día. Me llamaron por lo del techo —dijo.
Carmen lo miró un segundo más de lo necesario antes de responder.
—Sí, pasá. El problema está en el fondo. Te muestro.
Lo llevó por el pasillo hasta el dormitorio. Le explicó dónde caía el agua, en qué rincón se acumulaba. Martín asintió, tomó nota mentalmente y salió al patio para subir al techo. Carmen volvió a la cocina y preparó mate. Pero no se quedó sentada. Se paró junto a la ventana que daba al patio y lo observó trabajar.
El sol de agosto pegaba fuerte. A los veinte minutos, Martín se sacó la remera y la colgó en un peldaño de la escalera. Tenía la espalda ancha, los brazos definidos por el trabajo físico, el torso bronceado y una línea de vello oscuro que bajaba desde el ombligo. Carmen sintió algo que no sentía desde hacía demasiado. No era un pensamiento elaborado: era casi una reacción del cuerpo, calor en el vientre, una incomodidad placentera entre las piernas que la sorprendió por su intensidad.
Hace demasiado que no miro a un hombre así de cerca, pensó, y casi se sorprendió de haberlo pensado.
Cuando Martín bajó a buscar herramientas, Carmen le ofreció un vaso de agua fría.
—¿Cuánto falta para terminar?
—Hoy termino el lado del fondo. Mañana reviso el resto y le pongo impermeabilizante en las juntas.
—Quedáte a almorzar entonces. No tiene sentido que vayas y vuelvas.
Martín aceptó sin mucho preámbulo. Comieron en la mesa de la cocina: guiso de lentejas, pan, un vaso de vino que Carmen abrió sin ocasión especial. Él hablaba poco pero la miraba. Carmen era consciente de su propio cuerpo de una manera extraña: la blusa que llevaba era liviana, sin relleno porque el calor era insoportable, y la tela se pegaba. Se sentía observada. Le gustaba sentirse observada.
Después del almuerzo, Martín se lavó las manos en la pileta. Carmen se acercó. No lo había planeado, o quizás sí desde que lo vio bajar del techo sin remera.
—Quedás a deber por el trabajo de hoy. ¿Cómo arreglamos?
—Mañana cuando termine, me decís un número y vemos.
Carmen no se apartó. Estaban a menos de un metro. Podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo joven.
—Mirá —dijo en voz baja—. Hace mucho que estoy sola. Y vos sos joven y trabajás bien. Si querés quedarte un rato más, no hay nadie que tenga que saber nada.
Martín se dio vuelta y la miró a los ojos. Carmen no bajó la vista. Fue la primera en mirar hacia abajo, donde la respuesta ya era visible en el pantalón del muchacho.
—Me parece que no hace falta explicar más —dijo ella, con una media sonrisa.
***
Lo que pasó después fue en la cocina. Carmen se arrodilló frente a él sin apuro, con la calma de alguien que sabe exactamente lo que quiere. Le desabrochó el cinturón, le bajó el pantalón y se lo tomó en la boca despacio, con placer real, sin fingir que era algo distinto de lo que era. Martín se apoyó contra la pileta con los ojos cerrados. Tenía el cuerpo tenso y los puños apretados a los costados.
—Doña Carmen… —murmuró.
—Shh. Dejame disfrutarlo yo también.
Siguió durante un buen rato, tomándose su tiempo, controlando el ritmo con total seguridad. Cuando lo sintió cerca del límite, se detuvo y se puso de pie. Le levantó la pollera de algodón. No llevaba ropa interior. Martín la miró con la respiración cortada.
Carmen lo guió hasta la mesada de la cocina y lo hizo sentarse. Se acomodó frente a él y lo llevó adentro sin demoras. Soltó el aire que había estado conteniendo desde que lo vio en el patio.
—Así —dijo. Solo eso.
Martín empezó a moverse. Despacio al principio, calibrando. Después con más fuerza, agarrándola de las caderas, mirándola a la cara.
—Usted me lo esperaba así, ¿no? —preguntó en voz baja.
—Desde que te vi sacar la remera —admitió Carmen sin vergüenza.
La tarde transcurrió entre la cocina y el dormitorio. Carmen le mostró exactamente lo que quería y cuándo. No había en ella ninguna ansiedad ni ninguna performance: doce años de soledad no la habían vuelto desesperada, sino muy precisa sobre sus propias necesidades. Cuando terminaron, Martín quedó tendido en la cama mirando el techo, jadeando, con una expresión que Carmen interpretó correctamente como asombro.
—Me había imaginado que iba a ser distinto —dijo él.
—¿Distinto cómo?
—No sé. Más torpe. Más incómodo.
Carmen se rió. Una risa genuina, sin afectación.
—Tengo 58 años, Martín. Ya no me queda tiempo para las cosas torpes.
Cuando se fue, le dejó el dinero del trabajo sobre la mesa. Carmen lo metió en el cajón sin contarlo.
—Volvé cuando quieras —le dijo en la puerta—. La casa siempre va a estar abierta.
***
Martín volvió al día siguiente. Y al otro. Empezó a aparecer dos o tres veces por semana, a veces de mañana temprano, a veces al atardecer cuando terminaba otros trabajos. Carmen dejaba lo que estuviera haciendo. No hacía falta preámbulo ni ceremonia. Él entraba, ella ya sabía.
Una tarde lo encontró planchando en la habitación del fondo. Él se paró detrás de ella sin decir nada.
—Seguí —le dijo.
Carmen apoyó las palmas en la tabla de planchar y siguió estirando la tela con una mano. Martín le levantó la pollera por detrás y entró en ella de un solo movimiento. Carmen apretó los dientes para no hacer demasiado ruido. La tabla crujió. La plancha terminó en el piso.
Otra tarde, Carmen estaba sentada frente a la máquina de coser cuando él llegó. Se paró delante de ella. Carmen entendió sin palabras. Lo tomó en la boca mientras el motor de la Singer seguía corriendo bajo su mano, el hilo entrando y saliendo de la aguja con perfecta indiferencia.
—No pares —dijo él.
No paró.
Le encantaba eso: que no había actuación en ninguna dirección. Martín no fingía más de lo que sentía. Carmen tampoco. Era la parte que más le había faltado en estos doce años, esa ausencia de teatro.
***
Un sábado a la tarde, después de que Martín la pusiera contra el respaldo de la cama y le pidiera que se diera vuelta, Carmen, todavía jadeando con la mejilla contra la almohada, habló:
—¿Tenés algún amigo al que le gusten las mujeres mayores?
Martín tardó en responder.
—¿Por qué me preguntás eso?
—Porque me da curiosidad. Porque hace mucho que no sentía algo así de intenso y quiero saber si puede serlo más. Traélo cuando quieras. Si vos estás cómodo, yo también voy a estarlo.
—¿En serio me estás diciendo esto?
Carmen se dio vuelta y lo miró directamente.
—Tengo 58 años. No me quedan ganas de andarme con rodeos.
Martín sonrió despacio.
—Tengo un amigo. Rodrigo. Tiene 22. Siempre anda buscando esto. Le va a costar creerlo cuando le cuente.
—Traélo cuando quieras.
***
Rodrigo apareció tres días después. Era más bajo que Martín pero más ancho de hombros, con cara de quien se ríe de todo y una energía inquieta que llenaba el espacio. Carmen lo saludó en la puerta y lo hizo pasar a la cocina, donde ya había café.
—Contame algo de vos —le dijo mientras servía las tazas.
Rodrigo la miró sin saber bien qué esperaban de él.
—Martín me dijo que... que arreglaste el techo de acá —empezó.
—Arregló el techo, sí. ¿Vos sabés hacer algo con las manos?
Rodrigo sonrió. Era exactamente la pregunta que esperaba.
—Algo sé.
Fueron al dormitorio sin más preámbulos. Carmen era quien marcaba el ritmo desde el principio. Se arrodilló frente a los dos, tomó a Martín en la boca primero, luego a Rodrigo, alternando sin apuro, estudiando a cada uno con la misma concentración con que estudiaba un patrón de costura nuevo. Los dos muchachos la miraban desde arriba con los ojos entrecerrados.
—Doña Carmen… —dijo Rodrigo con la voz cambiada.
—Tutéame —respondió ella en una pausa—. Tengo 58, no 80.
Los tres se rieron. La tensión se cortó lo suficiente para que todo fuera más real.
Después la pusieron en la cama. Rodrigo se acomodó detrás de ella, Martín frente a ella. Carmen respiró hondo cuando los dos entraron al mismo tiempo. El dolor inicial fue breve y se transformó rápido en algo oscuro y profundo que reconoció como placer verdadero. Cerró los ojos. Escuchó la respiración de los dos, sus propios sonidos involuntarios, el crujido de la cama vieja.
—No paren —dijo.
No pararon.
Estuvieron casi dos horas en ese dormitorio que olía a tela y a café frío. Carmen se corrió varias veces, algo que no le pasaba desde hacía tanto que había dejado de esperarlo. Los dos muchachos terminaron sobre ella, y Carmen no sintió vergüenza ni ridiculez. Sintió que su cuerpo le había estado diciendo la verdad todo el tiempo y ella había dejado de escucharlo demasiado pronto.
Cuando Rodrigo se vistió y se despidió con un beso en la mejilla, Carmen ya estaba recostada con las sábanas hasta la cintura. Martín se quedó.
—¿Cómo estás? —preguntó él, sentándose al borde de la cama.
—Bien. Muy bien. —Carmen lo miró—. Quedáte esta noche.
Martín se desvistió y se metió bajo las sábanas. La abrazó por detrás. Era un gesto raro después de todo lo anterior. Más íntimo que todo lo que había pasado esa tarde.
Carmen apagó la luz. La habitación quedó a oscuras salvo por el reflejo de la calle en el techo.
—Martín.
—¿Qué.
—Gracias por haber arreglado bien el techo.
Él se rió despacio, con la risa de quien no esperaba eso.
—De nada, Carmen.
***
Tres semanas después, Martín llegó un sábado al atardecer con Rodrigo y con un tercero: Tomás, de 20 años, flaco, con esa timidez específica que desaparece en diez minutos si alguien le da confianza. Carmen abrió la puerta y los miró a los tres parados en el umbral bajo la luz anaranjada de la tarde.
—Hola, Tomás. Pasá, que el café está caliente.
Tomás la miró como si no pudiera creer que fuera así de simple. Rodrigo le dio un codazo. Los tres entraron.
Carmen fue directa mientras esperaban el café.
—¿Sabés para qué estás acá?
—Sí, señora —dijo Tomás.
—¿Y estás cómodo?
—Sí, señora.
—Perfecto. Y tutéame.
La tarde fue larga y desordenada en el buen sentido. Carmen se tomó su tiempo con cada uno de los tres, sin apresurar nada. Había algo en ella que sabía administrar la situación, que entendía cuándo acelerar y cuándo detenerse, cuándo pedir exactamente lo que quería y cuándo simplemente dejarse llevar. Tomás perdió la timidez a los diez minutos, como ella había calculado. Rodrigo era entusiasta y ruidoso. Martín la conocía ya lo suficiente para saber cuándo mirarla a los ojos y cuándo no hacer nada y dejarla a ella decidir.
Terminaron los tres agotados, tirados sobre la cama y el piso de la habitación. Carmen los mandó a la cocina a beber agua mientras ella se duchaba.
Cuando salió del baño, Rodrigo y Tomás ya se habían ido. Solo Martín seguía en la cocina, de pie junto a la ventana, mirando el patio oscuro.
—El techo aguantó bien este invierno —dijo él sin darse vuelta.
—Sí. Trabajaste bien.
—Si aparece otra gotera, avisame.
Carmen se sentó en la silla de siempre, frente a la máquina Singer apagada.
—Lo voy a hacer.
Martín se dio vuelta y la miró. Había algo distinto en esa mirada. No era solo lo de siempre.
—¿Cenamos algo? —preguntó él.
—Hay milanesas en la heladera.
—Yo las hago.
Se quedó a cenar. Se quedó a dormir. Por la mañana, antes de irse, Martín le dejó un mensaje escrito a mano en el borde de una servilleta sobre la mesa:
Vuelvo el jueves.
Carmen lo dobló y lo guardó en el cajón donde había metido el dinero del techo, aquella primera tarde de agosto.
Después fue a preparar café, se sentó frente a la Singer y empezó a coser. La habitación olía a tela nueva y a algo más: a una vida que había vuelto a tener temperatura.