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Relatos Ardientes

La señora del fondo que abrió más que la puerta

Carmen tenía 58 años y llevaba doce sola en esa casa. Su marido había muerto de un derrame cerebral cuando ella todavía se sentía joven, y desde entonces la casita de ladrillos a la vista en el barrio viejo era solo suya. Costurera y modista de oficio, pasaba las tardes en la habitación del fondo arreglando prendas para las vecinas: ajustando cinturas, remendando dobleces, cosiendo botones que se habían caído hacía meses. La casa olía a tela nueva, a aceite de máquina y al café que Carmen preparaba a todas horas. Era una vida tranquila. Ordenada. Bastante vacía.

El techo del dormitorio de atrás tenía un problema desde junio. Con cada lluvia fuerte las chapas perdían agua y el piso se mojaba. Carmen había puesto palanganas, había llamado a su cuñado que nunca apareció, había esperado. En agosto una vecina le dio el número de un muchacho del barrio que hacía trabajos de albañilería y techado.

El que apareció una mañana de agosto era Martín. Veintiún años, pelo oscuro cortado muy corto, las manos ásperas de trabajar al sol desde que terminó el secundario. Llevaba una remera vieja y jeans manchados de pintura. Se presentó en la puerta con una escalera sobre el hombro y una caja de herramientas a los pies.

—Buen día. Me llamaron por lo del techo —dijo.

Carmen lo miró un segundo más de lo necesario antes de responder.

—Sí, pasá. El problema está en el fondo. Te muestro.

Lo llevó por el pasillo hasta el dormitorio. Le explicó dónde caía el agua, en qué rincón se acumulaba. Martín asintió, tomó nota mentalmente y salió al patio para subir al techo. Carmen volvió a la cocina y preparó mate. Pero no se quedó sentada. Se paró junto a la ventana que daba al patio y lo observó trabajar.

El sol de agosto pegaba fuerte. A los veinte minutos, Martín se sacó la remera y la colgó en un peldaño de la escalera. Tenía la espalda ancha, los brazos definidos por el trabajo físico, el torso bronceado y una línea de vello oscuro que bajaba desde el ombligo y se perdía debajo del cinturón. Carmen sintió algo que no sentía desde hacía demasiado. No era un pensamiento elaborado: era una reacción del cuerpo, calor en el vientre, humedad entre los muslos, los pezones endureciéndose bajo la blusa liviana. Se apretó los muslos casi sin darse cuenta y notó que el coño le latía como si tuviera vida propia.

Hace demasiado que no miro a un hombre así de cerca, pensó. Hace demasiado que no me la coge nadie.

Cuando Martín bajó a buscar herramientas, Carmen le ofreció un vaso de agua fría.

—¿Cuánto falta para terminar?

—Hoy termino el lado del fondo. Mañana reviso el resto y le pongo impermeabilizante en las juntas.

—Quedáte a almorzar entonces. No tiene sentido que vayas y vuelvas.

Martín aceptó sin mucho preámbulo. Comieron en la mesa de la cocina: guiso de lentejas, pan, un vaso de vino que Carmen abrió sin ocasión especial. Él hablaba poco pero la miraba, y ella se dio cuenta de que le miraba el escote cada vez que se agachaba a servirle. Carmen era consciente de su propio cuerpo de una manera extraña: la blusa que llevaba era liviana, sin corpiño porque el calor era insoportable, y la tela se pegaba a los pezones marcándolos. Se sentía observada. Le gustaba sentirse observada. Le gustaba pensar que ese muchacho tenía la verga dura debajo de la mesa por mirarle las tetas caídas de mujer de cincuenta y ocho.

Después del almuerzo, Martín se lavó las manos en la pileta. Carmen se acercó. No lo había planeado, o quizás sí desde que lo vio bajar del techo sin remera.

—Quedás a deber por el trabajo de hoy. ¿Cómo arreglamos?

—Mañana cuando termine, me decís un número y vemos.

Carmen no se apartó. Estaban a menos de un metro. Podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo joven.

—Mirá —dijo en voz baja—. Hace mucho que estoy sola. Y vos sos joven y trabajás bien. Si querés quedarte un rato más, no hay nadie que tenga que saber nada.

Martín se dio vuelta y la miró a los ojos. Carmen no bajó la vista. Fue la primera en mirar hacia abajo, donde el bulto en el pantalón del muchacho ya deformaba la tela. Un bulto grueso, marcado, que le apuntaba a la cintura del jean.

—Me parece que no hace falta explicar más —dijo ella, con una media sonrisa, y le puso la mano encima sin ceremonia. Apretó. Sintió la verga dura latir bajo la tela y se le escapó un suspiro—. Dios mío, cómo estás.

—Doña Carmen…

—Callate.

***

Lo que pasó después fue en la cocina. Carmen se arrodilló frente a él sin apuro, con la calma de alguien que sabe exactamente lo que quiere. Le desabrochó el cinturón, le bajó el pantalón y el bóxer de un tirón y la verga saltó afuera, dura, gruesa, con la punta violeta y una gota de líquido brillándole en el glande. Carmen se quedó un segundo mirándola, casi con admiración, como si la estuviera midiendo con los ojos.

—Qué pija hermosa tenés —murmuró.

La agarró con la mano en la base, la sopesó, y la lamió desde los huevos hasta la punta en un movimiento largo, saboreándola. Después se la metió en la boca. Despacio al principio, dejando que la lengua la envolviera, chupando la punta con los labios apretados, sacando y metiendo. Se la fue metiendo más hondo hasta sentirla golpearle la garganta, y ahí se quedó unos segundos, aguantando, hasta que se le llenaron los ojos de lágrimas. La sacó con un hilo de baba colgando.

—Doña Carmen… la puta madre… —jadeó Martín, apoyado contra la pileta con los ojos cerrados. Tenía el cuerpo tenso y los puños apretados a los costados.

—Shh. Dejame disfrutarla yo también.

Volvió a metérsela. Ahora chupaba con más ritmo, con las dos manos: una en los huevos, apretándolos suave, y la otra en la base, masturbándolo mientras la boca subía y bajaba. Le sacaba la pija, le pasaba la lengua por debajo del glande, le besaba los huevos uno por uno, se los metía en la boca. Después volvía a tragársela entera. Martín le puso una mano en la nuca, sin empujar, solo apoyada, y Carmen gimió con la boca llena porque le gustó ese gesto de propiedad.

—Así, mi amor —dijo ella sacándosela un segundo—. Agarrame bien de la cabeza. Cogeme la boca.

Martín agarró con las dos manos. Empezó a moverle la cara sobre la verga, primero con miedo y después con ganas. Carmen abrió la garganta y dejó que se la metiera hasta el fondo, una y otra vez, ahogándose un poco, con la baba corriéndole por la pera y cayéndole en las tetas por dentro de la blusa. Los ojos le lagrimeaban. La boca le quedaba abierta y roja cada vez que él la sacaba para tomar aire.

Siguió durante un buen rato, tomándose su tiempo, controlando el ritmo con total seguridad, sacándosela cuando lo sentía a punto de acabar, esperando a que se le fuera un poco la calentura y volviendo a empezar. Lo estaba usando y él lo sabía. Cuando lo sintió otra vez cerca del límite, se detuvo, se limpió la boca con el dorso de la mano y se puso de pie.

Le levantó la pollera de algodón. No llevaba bombacha. Le tomó la mano al muchacho y se la llevó al coño.

—Tocame acá. Sentí cómo estoy.

Martín le pasó los dedos y encontró todo mojado, resbaladizo, chorreando. Le metió dos dedos de una y Carmen echó la cabeza para atrás, apoyándose contra la mesada.

—Uy la puta, doña Carmen, está toda empapada.

—Hace doce años que nadie me toca. Metémela ya.

Carmen lo guió hasta la mesada de la cocina y se sentó ella misma en el borde, abriendo las piernas. Le enganchó los talones detrás de la espalda y lo tiró para adelante. Martín agarró la pija con la mano, la pasó por los labios del coño empapado, la restregó contra el clítoris hasta que Carmen le clavó las uñas en el hombro, y después la metió de un empujón hasta el fondo. Carmen soltó el aire que había estado conteniendo desde que lo vio en el patio, en un gemido largo, sucio.

—Así. Metémela así.

Martín empezó a moverse. Despacio al principio, calibrando, sintiendo cómo el coño de ella lo apretaba caliente y mojado. Después con más fuerza, agarrándola de las caderas, mirándola a la cara.

—Está riquísimo, doña Carmen. Cómo aprieta.

—Cogeme más fuerte. No tengas miedo. No me vas a romper.

Martín obedeció. Empezó a metérsela con ganas, hasta el fondo, haciéndole golpear el culo contra el borde de la mesada con cada envión. Los platos del almuerzo bailaban en la mesada. Carmen se agarraba con una mano del filo y con la otra se apretaba una teta por encima de la blusa. Después se abrió los botones y las sacó afuera, para que él las viera moverse con cada golpe. Martín le agarró una y se la metió en la boca, mamándole el pezón mientras seguía cogiéndola.

—Usted me lo esperaba así, ¿no? —preguntó él en voz baja, con la boca pegada a su cuello.

—Desde que te vi sacar la remera —admitió Carmen sin vergüenza—. Me imaginé la verga que tenías. Me imaginé cómo me la ibas a meter.

—¿Y cómo es?

—Mejor de lo que me imaginé. Seguí. No pares.

La tarde transcurrió entre la cocina y el dormitorio. La cargó en brazos, con la pija todavía adentro, y la tiró de espaldas sobre la cama. Le arrancó la blusa y le abrió las piernas y se metió otra vez, esta vez más pausado, aguantando, mientras Carmen le mostraba exactamente lo que quería. Le dijo que se la chupara. Se sentó en su cara y le refregó el coño contra la lengua hasta correrse la primera vez, apretándole la cabeza entre los muslos, jadeando obscenidades que no había dicho en su vida. Después lo puso boca arriba, se subió encima y lo cabalgó lento, mirándolo a los ojos, dejando que las tetas le colgaran sobre su cara.

—Mirame la cara —le dijo—. Mirame mientras me la cojo yo sola.

Se movió arriba de él con ritmo propio, de arriba abajo, apretando las nalgas, contorsionando la cadera. Le agarró la mano y se la puso en el clítoris. Le enseñó cómo tocarla, con qué presión, con qué velocidad. Se corrió de nuevo con él adentro, sintiendo cómo su propio coño se contraía en oleadas. Al final le pidió que se pusiera detrás, se puso en cuatro apoyada en las almohadas y le pidió que se la metiera así, mientras le tiraba del pelo. Martín aguantó todo lo que pudo, pero cuando ella empezó a decirle cosas al oído — acabame adentro, dale, lléname el coño — no aguantó más y se corrió con un gemido roto, empujando hasta el fondo, apretándole las caderas con los dedos hasta dejarle marcas.

Cuando terminaron, Martín quedó tendido en la cama mirando el techo, jadeando, con una expresión que Carmen interpretó correctamente como asombro. Sintió el semen tibio corriéndole por el muslo y no le dio ni asco ni pudor. Se pasó dos dedos, se los miró, se los llevó a la boca.

—Me había imaginado que iba a ser distinto —dijo él.

—¿Distinto cómo?

—No sé. Más torpe. Más incómodo. Que iba a tener que enseñarle yo.

Carmen se rió. Una risa genuina, sin afectación.

—Tengo 58 años, Martín. Ya no me queda tiempo para las cosas torpes. Y a las mujeres nos gusta lo mismo que a ustedes, solo que a esta edad ya sabemos cómo pedirlo.

Cuando se fue, le dejó el dinero del trabajo sobre la mesa. Carmen lo metió en el cajón sin contarlo.

—Volvé cuando quieras —le dijo en la puerta—. La casa siempre va a estar abierta.

***

Martín volvió al día siguiente. Y al otro. Empezó a aparecer dos o tres veces por semana, a veces de mañana temprano, a veces al atardecer cuando terminaba otros trabajos. Carmen dejaba lo que estuviera haciendo. No hacía falta preámbulo ni ceremonia. Él entraba, ella ya sabía.

Una tarde lo encontró planchando en la habitación del fondo. Él se paró detrás de ella sin decir nada. Le puso una mano en la cadera, le corrió la pollera hacia arriba y le pasó los dedos por entre las nalgas. La encontró mojada de antes, de saber que él estaba por llegar.

—Seguí planchando —le dijo al oído.

Carmen apoyó las palmas en la tabla de planchar y siguió estirando la tela con una mano temblorosa. Martín le bajó la bombacha hasta los tobillos, le abrió las piernas con la rodilla y se sacó la pija del pantalón. Se la restregó por los labios del coño hasta empaparla y entró de un solo movimiento, hasta el fondo. Carmen apretó los dientes para no hacer demasiado ruido. La tabla crujió. La plancha terminó en el piso, humeando sobre la baldosa.

—No pares de planchar —dijo él, agarrándola de la cintura y empezando a cogerla desde atrás, con envíones cortos y profundos.

Carmen intentó, con la camisa a medio planchar temblándole en la mano. Después no pudo más y se agarró del filo de la tabla con las dos manos, arqueó la espalda y le sacó el culo para atrás para recibirlo mejor. Martín le agarró un mechón de pelo canoso y tiró hacia atrás, le agarró una teta con la otra mano, la apretó, le pellizcó el pezón. Se la cogió contra la tabla hasta que la tabla se movió medio metro contra la pared. Cuando se corrió, le corrió adentro, y después se quedó unos segundos apretándose contra ella, respirándole en la nuca, mientras Carmen jadeaba con la cara contra la tela caliente de una camisa ajena.

Otra tarde, Carmen estaba sentada frente a la máquina de coser cuando él llegó. Se paró delante de ella y se abrió el pantalón sin decir palabra. Sacó la pija ya semidura y se la puso a un dedo de la cara. Carmen entendió sin palabras. Sin dejar de coser, sin sacar el pie del pedal, abrió la boca y lo tomó adentro. Lo mamó despacio, con una mano guiando la tela por la aguja y la otra agarrándole los huevos por debajo. La verga se le fue poniendo dura en la boca, creciéndole entre los labios. El motor de la Singer seguía corriendo bajo su mano, el hilo entrando y saliendo de la aguja con perfecta indiferencia. Martín le agarró la cabeza con las dos manos y empezó a moverse él, cogiéndole la boca despacio, cuidando de no hacerla parar la costura.

—No pares —dijo él—. Ni de coser ni de chupar.

No paró. Terminó la manga, cortó el hilo con los dientes, sacó la tela, puso otra. Todo con la pija de él entrando y saliendo de su boca. Cuando Martín estaba a punto de acabar, le agarró la cara con las dos manos, se la sacó y se corrió sobre las tetas de ella, que se había abierto los botones sin dejar de coser. Carmen se pasó los dedos por el pecho, se llevó uno a la boca, siguió cosiendo.

Le encantaba eso: que no había actuación en ninguna dirección. Martín no fingía más de lo que sentía. Carmen tampoco. Era la parte que más le había faltado en estos doce años, esa ausencia de teatro.

***

Un sábado a la tarde, después de que Martín la pusiera contra el respaldo de la cama y la cogiera boca abajo largo rato, mordiéndole la nuca, tirándole del pelo, apretándole las nalgas con las dos manos, Carmen, todavía jadeando con la mejilla contra la almohada y el semen chorreándole por el muslo, habló:

—¿Tenés algún amigo al que le gusten las mujeres mayores?

Martín tardó en responder.

—¿Por qué me preguntás eso?

—Porque me da curiosidad. Porque hace mucho que no sentía algo así de intenso y quiero saber si puede serlo más. Quiero saber cómo es tener dos pijas al mismo tiempo. Traélo cuando quieras. Si vos estás cómodo, yo también voy a estarlo.

—¿En serio me estás diciendo esto?

Carmen se dio vuelta y lo miró directamente, con las tetas al aire y las piernas todavía abiertas.

—Tengo 58 años. No me quedan ganas de andarme con rodeos. Quiero que vengan los dos y me cojan hasta que no pueda caminar.

Martín sonrió despacio.

—Tengo un amigo. Rodrigo. Tiene 22. Siempre anda buscando esto. Le va a costar creerlo cuando le cuente.

—Traélo cuando quieras.

***

Rodrigo apareció tres días después. Era más bajo que Martín pero más ancho de hombros, con cara de quien se ríe de todo y una energía inquieta que llenaba el espacio. Carmen lo saludó en la puerta y lo hizo pasar a la cocina, donde ya había café.

—Contame algo de vos —le dijo mientras servía las tazas.

Rodrigo la miró sin saber bien qué esperaban de él.

—Martín me dijo que... que arreglaste el techo de acá —empezó.

—Arregló el techo, sí. ¿Vos sabés hacer algo con las manos?

Rodrigo sonrió. Era exactamente la pregunta que esperaba.

—Algo sé.

—Mostrame.

Fueron al dormitorio sin más preámbulos. Carmen era quien marcaba el ritmo desde el principio. Se sacó la ropa parada frente a los dos, sin apuro, dejando que la miraran: las tetas caídas pero grandes, el pubis con vello canoso, las caderas anchas de mujer de su edad. Rodrigo tragó saliva. Después ella se les acercó, les desabrochó los pantalones a los dos al mismo tiempo, uno con cada mano, y les sacó las pijas afuera. Los dos ya estaban duros.

Se arrodilló frente a ellos. Tomó a Martín en la boca primero, luego a Rodrigo, alternando sin apuro, estudiando a cada uno con la misma concentración con que estudiaba un patrón de costura nuevo. Se metía una hasta el fondo mientras masturbaba la otra con la mano. Los besaba en los huevos, uno a cada uno. Les pasaba la lengua por debajo del glande y los miraba desde abajo. Los dos muchachos la miraban desde arriba con los ojos entrecerrados. Rodrigo la tenía más corta que Martín pero más gruesa, más redonda en la punta, y a Carmen le encantó.

—Doña Carmen… —dijo Rodrigo con la voz cambiada.

—Tutéame —respondió ella en una pausa, con la boca brillante de saliva—. Tengo 58, no 80. Y decime cosas sucias, dale.

—Chupala bien, vieja rica —le dijo Rodrigo, agarrándole la cabeza.

Carmen gimió con la boca llena y le clavó las uñas en los muslos. Le encantó. Los tres se rieron entre gemidos. La tensión se cortó lo suficiente para que todo fuera más real.

Después la pusieron en la cama. Rodrigo se acomodó detrás de ella, Martín delante. Le pusieron cada uno una pija en la cara y ella se las chupaba a las dos, turnándose, pasando de una a la otra. Después Martín se recostó de espaldas y ella se subió encima, se sentó lento sobre su pija hasta metérsela toda, y se quedó ahí un segundo, sintiéndolo. Rodrigo se acomodó detrás con un frasco de vaselina de la mesa de luz. Le pasó los dedos por el culo, primero uno, mojado y frío, después dos. Carmen respiró hondo. Nunca la habían tocado así.

—Despacio —le dijo—. Es la primera vez.

—Tranquila, doña. Digo, Carmen. Despacio te la voy a meter.

Y se la fue metiendo. De a poco. Cuando la punta pasó el anillo, Carmen apretó los dientes y dejó salir un quejido largo. Rodrigo esperó. Cuando ella asintió, siguió empujando. Los dos entraron al mismo tiempo, uno en el coño y el otro en el culo, y Carmen se quedó unos segundos sin poder respirar. El dolor inicial fue breve y se transformó rápido en algo oscuro y profundo que reconoció como placer verdadero. Un placer nuevo, que no conocía. Cerró los ojos. Se agarró del pecho de Martín con las dos manos.

—Muévanse —murmuró—. Los dos. Despacio primero.

Empezaron. Cuando uno empujaba, el otro salía. Cuando el otro empujaba, el primero salía. La ritmaban entre los dos, coordinándose sin hablar, y Carmen sentía cómo la llenaban entera, cómo el culo y el coño le pulsaban al mismo tiempo, cómo cada envión de uno le apretaba la pija del otro contra la pared interna. Escuchó la respiración de los dos, sus propios sonidos involuntarios, el crujido de la cama vieja.

—Más fuerte —pidió a los pocos minutos—. Cójanme más fuerte, los dos.

—No paren —dijo después, cuando ya no distinguía dónde terminaba uno y empezaba el otro.

No pararon.

Estuvieron casi dos horas en ese dormitorio que olía a tela y a café frío. La cambiaron de posición varias veces. La pusieron en cuatro, Martín adelante para que ella le chupara la pija y Rodrigo atrás cogiéndola. Después al revés. Después la sentaron en el borde de la cama, Rodrigo debajo con la pija en su culo, Martín parado delante metiéndosela en el coño, y así Carmen se corrió tan fuerte que se le nubló la vista y le empezaron a temblar las piernas de un modo que no podía controlar. Se corrió varias veces. Perdió la cuenta. Algo que no le pasaba desde hacía tanto que había dejado de esperarlo, y ahora le pasaba una y otra vez, cada vez más profundo, cada vez más largo. Gritó. Insultó. Pidió más. Los dos muchachos terminaron encima de ella, uno le acabó en la cara y las tetas y el otro adentro, y Carmen no sintió vergüenza ni ridiculez. Se pasó los dedos por la cara embarrada de semen, se los llevó a la boca, se relamió. Sintió que su cuerpo le había estado diciendo la verdad todo el tiempo y ella había dejado de escucharlo demasiado pronto.

Cuando Rodrigo se vistió y se despidió con un beso en la mejilla, Carmen ya estaba recostada con las sábanas hasta la cintura. Martín se quedó.

—¿Cómo estás? —preguntó él, sentándose al borde de la cama.

—Bien. Muy bien. —Carmen lo miró—. Quedáte esta noche.

Martín se desvistió y se metió bajo las sábanas. La abrazó por detrás. Era un gesto raro después de todo lo anterior. Más íntimo que todo lo que había pasado esa tarde.

Carmen apagó la luz. La habitación quedó a oscuras salvo por el reflejo de la calle en el techo.

—Martín.

—¿Qué.

—Gracias por haber arreglado bien el techo.

Él se rió despacio, con la risa de quien no esperaba eso.

—De nada, Carmen.

***

Tres semanas después, Martín llegó un sábado al atardecer con Rodrigo y con un tercero: Tomás, de 20 años, flaco, con esa timidez específica que desaparece en diez minutos si alguien le da confianza. Carmen abrió la puerta y los miró a los tres parados en el umbral bajo la luz anaranjada de la tarde.

—Hola, Tomás. Pasá, que el café está caliente.

Tomás la miró como si no pudiera creer que fuera así de simple. Rodrigo le dio un codazo. Los tres entraron.

Carmen fue directa mientras esperaban el café.

—¿Sabés para qué estás acá?

—Sí, señora —dijo Tomás.

—¿Y estás cómodo?

—Sí, señora.

—Perfecto. Y tutéame.

Se sacó la bata sin más ceremonia, ahí mismo en la cocina, y quedó desnuda frente a los tres. Tomás se puso rojo hasta las orejas. Carmen se le acercó, le agarró la mano y se la llevó a una teta.

—Tocá. No tengas miedo. Están para eso.

Tomás apretó con torpeza. Carmen le sonrió, le desabrochó ella misma el pantalón, le metió la mano y sacó la pija afuera. Ya la tenía dura como piedra. Se la agarró, se la masturbó un par de veces mirándolo a los ojos, y después se arrodilló y se la chupó ahí, en la cocina, mientras Martín y Rodrigo miraban desde la puerta bebiendo café. Tomás se agarró de la mesada para no caerse.

—Doña… Carmen… la puta… —jadeó a los pocos minutos.

—Sacala si no querés acabar todavía —dijo Martín desde atrás, riéndose—. Que esto recién empieza.

Carmen se sacó la pija de la boca y sonrió. Se limpió una gota con el pulgar.

—Vamos al cuarto los cuatro.

La tarde fue larga y desordenada en el buen sentido. Carmen se tomó su tiempo con cada uno de los tres, sin apresurar nada. Los puso en fila desnudos sobre el borde de la cama y les chupó las tres pijas una por una, moviéndose de rodilla en rodilla, dejando que cada uno le agarrara la cabeza cuando le tocaba. Después se acostó, abrió las piernas y les dijo que se turnaran. Tomás fue el primero. Se la metió con torpeza al principio y Carmen le fue diciendo cómo, moviéndole las caderas con las manos, guiándolo. Se corrió adentro de ella a los pocos minutos, medio muerto de vergüenza, y Carmen le agarró la cara y lo besó en la boca para que no se sintiera mal.

—Está perfecto así. Después venís otra vez.

Rodrigo entró después, sin esperar, encontrando el coño ya empapado del semen del otro. La cogió sin miramientos, largo rato, dándola vuelta, poniéndola en cuatro, tirándole del pelo. Martín se acomodó adelante y ella le chupó la pija mientras Rodrigo la cogía por detrás. En un momento pidió que la pusieran los tres al mismo tiempo. Uno en la boca, uno en el coño, uno en el culo. Los muchachos se acomodaron. Tomás, ya recuperado, se acostó y ella se sentó encima con la pija en el culo esta vez. Martín se metió en el coño desde adelante. Rodrigo se paró al lado de la cama y le pasó la pija por la cara y ella abrió la boca. Los tres empezaron a moverse a la vez y Carmen no pudo hacer más que gemir con la boca llena.

Había algo en ella que sabía administrar la situación, que entendía cuándo acelerar y cuándo detenerse, cuándo pedir exactamente lo que quería y cuándo simplemente dejarse llevar. Tomás perdió la timidez a los diez minutos, como ella había calculado, y para el final se la estaba cogiendo con la misma seguridad que los otros dos. Rodrigo era entusiasta y ruidoso, le decía cosas al oído, la insultaba con cariño, le decía puta rica, vieja calentona, y Carmen se corría cada vez que la llamaba así. Martín la conocía ya lo suficiente para saber cuándo mirarla a los ojos y cuándo no hacer nada y dejarla a ella decidir.

Los tres acabaron encima de ella al final, entre la cara, las tetas y el vientre, y Carmen se quedó recostada un rato larguísimo mientras se pasaba los dedos por la piel embarrada, riéndose sola, empapada, con las piernas todavía temblándole.

Terminaron los tres agotados, tirados sobre la cama y el piso de la habitación. Carmen los mandó a la cocina a beber agua mientras ella se duchaba. El agua caliente le corría por el cuerpo dolorido y satisfecho y ella se reía sola bajo la ducha, sin poder creerlo.

Cuando salió del baño, Rodrigo y Tomás ya se habían ido. Solo Martín seguía en la cocina, de pie junto a la ventana, mirando el patio oscuro.

—El techo aguantó bien este invierno —dijo él sin darse vuelta.

—Sí. Trabajaste bien.

—Si aparece otra gotera, avisame.

Carmen se sentó en la silla de siempre, frente a la máquina Singer apagada.

—Lo voy a hacer.

Martín se dio vuelta y la miró. Había algo distinto en esa mirada. No era solo lo de siempre.

—¿Cenamos algo? —preguntó él.

—Hay milanesas en la heladera.

—Yo las hago.

Se quedó a cenar. Se quedó a dormir. Por la mañana, antes de irse, Martín le dejó un mensaje escrito a mano en el borde de una servilleta sobre la mesa:

Vuelvo el jueves.

Carmen lo dobló y lo guardó en el cajón donde había metido el dinero del techo, aquella primera tarde de agosto.

Después fue a preparar café, se sentó frente a la Singer y empezó a coser. La habitación olía a tela nueva y a algo más: a una vida que había vuelto a tener temperatura.

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Comentarios(8)

Richi_54

jajaja con ese titulo ya sabia que iba a ser buenazo. No defraudo para nada!!

SolBonaerense

Me encanto. Las maduras siempre tienen los mejores relatos de este sitio y este no es la excepcion. Esperando mas!

NegroDelSur77

Muy bien contado, se siente natural sin ser burdo. Sigue asi que tenes mucho talento

PatricioR

jeje doña Carmen... que nombre tan perfecto para el personaje. Me mato. Mas relatos de estos por favor

Claudia_33

Me recordo a algo que me paso hace años con un vecino que vino a arreglar el techo jajaja. Los mejores recuerdos del verano ese.

pampero1979

excelente!!!

LectorDigital

Muy bueno. Me gusto que no se apuró al principio, eso lo hace mas creible. Segunda parte???

Marcos_Rdz

La categoria maduras tenia rato sin darme una historia tan bien escrita. Gracias por compartirla, saludos desde Mexico

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