Me pilló desnuda en la piscina mi suegra
Cumplí cuarenta años un sábado de julio con un calor que no daba tregua ni de noche. La fiesta había sido larga: amigos míos, amigos de Lucía, música hasta tarde, demasiadas copas y esa sensación de que el verano te perdona todo. Hacia la una y media, los últimos que quedábamos decidimos terminar la noche y marcharnos.
Lucía recordó entonces que tenía que devolver unas bandejas y una nevera portátil que le había prestado su madre para la celebración. Su madre las necesitaría por la mañana. Así que nos desviamos antes de ir a casa.
Éramos cuatro: Lucía, su hermano Pablo, mi hijo Tomás —dormido en el asiento trasero como una piedra— y yo, Rodrigo. Aparcamos despacio para no despertar al vecindario. La casa de sus padres tiene un patio trasero con piscina, separado de la vivienda principal por una puerta de madera. Entramos en silencio, dejamos las cosas en la cocina exterior y Pablo y Lucía se fueron adentro a saludar a sus padres, que todavía tenían la luz encendida.
Yo salí al patio a ver si Tomás seguía durmiendo. Seguía. Cerré el coche con cuidado y volví al patio.
Fue entonces cuando me quedé mirando la piscina.
El agua estaba quieta. La noche, silenciosa. No había luna llena, pero tampoco oscuridad total: una luz tenue se filtraba desde la calle. Me senté en el bordillo y metí los pies. Estaba perfecta. Tibia, limpia, inmóvil.
Qué desperdicio.
No lo pensé dos veces. Me quité la camiseta, los vaqueros, los calzoncillos y los dejé sobre una silla de plástico que había junto a la ducha exterior. Me metí en el agua sin hacer ruido.
Esa sensación de nadar desnudo de noche no tiene comparación. El agua te toca de otra manera, sin tela de por medio, y el silencio lo amplifica todo. Floté boca arriba un momento, mirando el cielo. Los cuarenta años se me olvidaron por completo.
Había pasado quizás diez minutos cuando escuché el ruido de una puerta.
Me quedé inmóvil.
La puerta de la cocina se abrió y apareció Carmen. Su madre. Cincuenta y ocho años, pelo oscuro con algunas canas, complexión robusta, una mujer de presencia que no pasa desapercibida en ningún sitio. Llevaba una bata fina y unas chancletas. Venía directa hacia la piscina.
No. No, no, no.
Me hundí cuanto pude. La piscina era circular y no muy profunda: apenas me llegaba al pecho de pie. Me pegué al bordillo más alejado, en la zona de sombra, rezando para que la poca luz no alcanzara hasta allí. La ropa seguía sobre la silla, perfectamente visible.
Carmen se acercó sin prisa, miró el agua y me vio.
—Hombre, Rodri —dijo, sin inmutarse—. Buenas noches. ¿Qué tal el bañito? Veo que no has podido resistirte.
—Carmen, buenas noches. Sí, perdona, es que el calor... y la piscina estaba tan tranquila...
—No me tienes que dar explicaciones a mí —respondió, arrastrando una silla hasta el bordillo y sentándose—. Mi marido se ha ido a dormir sin avisarme y yo aquí, desvelada. Me alegra tener compañía.
Estaba menos nervioso de lo que debería. Carmen siempre había sido así: directa, sin dramatismos, con ese humor seco que lo desarma todo. Llevaba casi tres años saliendo con Lucía y con su madre me entendía bien. Pero esto era otra cosa.
—¿Quieres que salga? —pregunté.
—¿Por qué ibas a salir? —dijo ella—. Sigue. Que envidia me das, la verdad. Yo tampoco tengo el bañador aquí y si entro a buscarlo me duermo antes de llegar.
Nos reímos. La conversación fue normalizando la situación más rápido de lo que esperaba. Carmen me preguntó por la fiesta, por Tomás, por si habíamos comido bien. Yo respondía desde el agua, con el cuerpo sumergido hasta los hombros, agradecido por la oscuridad.
—Por cierto —dijo de repente, señalando hacia la pared—, ¿puedes hacerme un favor antes de salir? Hay que echar el tratamiento a la piscina. Lo tenemos en ese armario.
Me señaló un armario de resina verde que había junto a la ducha. Dentro: dos garrafas de litro y unas pastillas flotantes.
—¿Ahora? —dije.
—Si no, mañana el agua está verde. Tu suegro se olvidó antes de acostarse. Solo es dar una vuelta al borde echando el líquido y colocar las pastillas en los flotadores.
Miré el armario. Miré a Carmen. Miré mi ropa en la silla, que quedaba justo al lado del armario, con la luz de la calle cayendo encima.
—Claro —dije.
Salí del lado más oscuro y fui hacia el armario intentando moverme pegado al borde. Cogí la primera garrafa y empecé a rodear la piscina poco a poco, dejando caer el líquido. Iba bien. El nivel del agua me cubría hasta la cintura, la oscuridad ayudaba.
Hasta que llegué al lado que daba a la calle.
—Rodrigo —dijo Carmen, con una voz que no era exactamente de escándalo—. Que te estoy viendo el trasero.
Me detuve.
—Estás desnudo, ¿verdad? —añadió. No era una pregunta de verdad.
—Sí —respondí—. Lo siento, Carmen. De verdad. No había nadie y no lo pensé.
—No pasa nada —dijo, y escuché en su voz algo que no supe descifrar en ese momento—. Acaba de echar el cloro y date una ducha después, que con eso no se juega.
Terminé de rodear la piscina. Cuando fui a cambiar de garrafa, dejé la vacía en el borde y me giré hacia el armario para coger la segunda. Carmen estaba sentada justo frente a mí, a tres metros.
Silencio.
—Ya te he visto —dijo, tranquila—. No hace falta que te pongas nervioso.
No supe qué responder. Cogí la segunda garrafa y terminé el recorrido con más rapidez de la que había empezado. Coloqué las pastillas en los flotadores, eché el producto en el filtro y me metí bajo la ducha exterior. El agua fría fue un alivio.
Carmen se acercó con una toalla doblada.
—Toma. Y enciende la depuradora, que ese botón es el verde.
Le di al botón. La máquina arrancó, tosió y se paró.
—Se ha saltado —dijo ella.
—Lo he apretado bien.
—Vuélvelo a intentar.
Me giré hacia el cuadro eléctrico. Volví a pulsar. Arrancó un segundo y se paró de nuevo. Me di la vuelta buscando a Carmen para preguntarle si había otro interruptor.
Estaba a un metro y medio. Me miró de arriba abajo sin disimulo, con esa calma suya que resultaba más desconcertante que cualquier reacción exagerada.
—Algún corte de corriente habrá —dijo—. Mañana lo revisamos. No te preocupes.
—¿Segura?
—Segura. —Hizo una pausa—. Oye, Rodri.
—¿Qué?
—Mi hija tiene muy buen gusto. Eso es todo lo que voy a decir.
Se dio la vuelta y entró a la casa antes de que yo pudiera procesar lo que acababa de escuchar. Se cerró la puerta. Me quedé solo en el patio, con la toalla en la mano y el corazón a una velocidad que no justificaba el esfuerzo físico de echar cloro.
Me sequé, me vestí despacio y fui a comprobar que Tomás seguía durmiendo. Seguía. Volví a encender la depuradora —esa vez funcionó— y me apoyé en el coche intentando que el aire de la noche me devolviera a la realidad.
***
Lucía salió diez minutos después con una sonrisa.
—¿Qué tal el baño? —preguntó.
—Bien. Muy bien. Relajante.
—Mi madre me ha dicho que te ha pillado.
Me detuve.
—¿Qué te ha dicho exactamente?
—Que estabas en la piscina sin ropa y que has tenido que echar el tratamiento. —Se rió—. Le ha hecho mucha gracia. Dice que no sabías dónde meterte.
—No sabía, no.
Lucía me miró con esa expresión suya de saber más de lo que dice.
—Y nada más —añadió.
—Y nada más —confirmé.
Nada más que su comentario final, que pensaba guardar para mí solo.
Eran ya casi las tres de la madrugada cuando llegamos a casa. Tomás se despertó lo justo para caminar hasta su cuarto y volver a dormirse. Lucía me llamó desde la cocina: Sergio y Natalia, una pareja amiga, habían escrito preguntando si podíamos tomar la última copa en nuestro lugar. Quedaban más cerca aquí que en el apartamento de su hermano.
—Diles que vengan —respondí.
Llegaron a los veinte minutos. Sergio, treinta y dos años, pelo rizado, tipo fuerte y con tendencia a decir exactamente lo que piensa. Natalia, veintinueve, rubia, de esas personas que se ríen con todo el cuerpo. Ya habían bebido bastante. Nosotros también. La noche tenía esa inercia de las noches largas en las que nadie quiere que termine.
Serví cuatro copas. Nos sentamos en el salón y alguien —creo que fui yo— empezó a contar lo de la piscina. Al principio con versión resumida. Pero Lucía lanzó la pregunta directa.
—¿Te ha visto entera?
—Define entera.
—Rodrigo.
—Sí. Me ha visto.
Sergio se dobló de risa. Natalia quería saber cada detalle. Lucía escuchaba con esa mezcla de vergüenza ajena y orgullo que no terminaba de entender, aunque me gustaba.
—¿Y qué te ha dicho? —preguntó Natalia.
—Que mi hija tiene buen gusto.
Silencio de dos segundos. Luego los cuatro al mismo tiempo.
Sergio se levantó diciendo que si había que estar sin ropa para que la noche tuviera sentido, él iba primero. Se quitó la camiseta, los vaqueros y se quedó en calzoncillos de rayas paseándose por el salón como si fuera una pasarela. Natalia lo animaba aplaudiendo.
—Acompáñame, Rodri —dijo Sergio—. Que esta noche tú ya has demostrado que no tienes problema.
—Yo no tengo problema —admití.
Me levanté, me quité la ropa y me senté de nuevo. Así, sin más. La copa en la mano, la conversación siguiendo su curso. Lucía me miraba con los ojos muy abiertos y una sonrisa que no era exactamente de sorpresa.
—Mi madre no sabe lo que ha desencadenado —dijo.
—Tu madre sabe perfectamente lo que ha desencadenado —dije.
Otro silencio. Otro estallido de risa.
La noche siguió durante otra hora larga. Sergio terminó sin calzoncillos también. Natalia se quedó en ropa interior sin que nadie se lo pidiera. Lucía no se unió, pero tampoco se fue. Estaba sentada en el sillón con la copa en la mano, mirando con esa atención tranquila que tiene cuando algo le gusta más de lo que admite.
Nadie cruzó ninguna línea. No hizo falta. Había algo en el ambiente, en la hora, en el calor que no cedía aunque ya fuera de madrugada, que convertía la escena en algo completo por sí mismo. Cuatro personas en un salón, sin las capas habituales, hablando de lo que se habla cuando se habla de verdad.
Sergio y Natalia se fueron pasadas las cuatro. Cerramos la puerta y Lucía se quedó mirándome.
—¿Sabes lo que me ha escrito mi madre mientras estaban aquí? —dijo.
—No.
Giró el teléfono hacia mí. El mensaje de Carmen decía: Dile a tu chico que la depuradora arranca sola a las cinco. No hacía falta que la pusiera él. Buenas noches.
Lo leí dos veces.
—Lo sabía desde el principio —dije.
—Claro que lo sabía —confirmó Lucía—. Mi madre no necesita excusas para quedarse donde quiere quedarse.
Me reí solo, de esa manera en que uno se ríe cuando entiende algo con retraso. Lucía apagó las luces del salón y se fue hacia el dormitorio sin añadir nada más.
No hizo falta.