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Relatos Ardientes

Lo que le enseñé al amigo de mi hijo

Los lunes me los robo para mí.

No es negociable. Después de trabajar toda la semana, lidiar con el tráfico, los correos, las llamadas que nunca terminan, el lunes por la tarde es mío: mascarilla, cremas, un baño largo con sales, la tele de fondo sin volumen. Mi hijo Tomás lo sabe. Lo hemos hablado más de una vez.

Por eso, cuando me llegó su mensaje a las cuatro diciéndome que venía con dos amigos, lo primero que hice fue suspirar largo.

—Mamá, prometemos no molestar. Solo a jugar un rato.

Le respondí que sí. Que dejaba algo en el horno. Que me avisara si necesitaban cualquier cosa. Fin de la conversación.

A las cinco escuché la puerta. Las carcajadas. El golpe del control del videojuego contra el cojín del sofá. Tomás y sus amigos tienen una energía que yo ya no recuerdo haber tenido, o quizás sí la recuerdo pero me parece de otro planeta.

Me quedé en mi habitación. Pepino en los ojos, aguacate en el pelo, la paz.

Pero a los veinte minutos me empezó a rondar esa sensación. Esa voz interna que dice baja un momento, solo para asegurarte de que todo esté bien. No es desconfianza. Es otra cosa. Una especie de instinto doméstico que no logro apagar del todo.

Bajé. Tres jóvenes frente a la pantalla, ninguno me miró. O sí me miraron, pero hicieron como que no.

—Está todo bien por aquí —dije, más para mí misma que para ellos—. Si necesitan algo, estoy arriba.

—Gracias, mamá —contestó Tomás sin girarse.

Subí. Me volví a acostar. Me puse el resto de la mascarilla. Encendí la lámpara de sal que tanto me relaja. Y ahí estaba yo, disfrutando el silencio de la tarde, cuando escuché que llamaban a mi puerta.

Entreabrí los ojos.

—Adelante.

La puerta se abrió despacio. No era Tomás.

Era un chico que no reconocí de entrada: alto, delgado, con una camiseta de una banda que no identifiqué y una expresión entre avergonzada y paralizada.

—Perdona —dijo, con la voz ligeramente forzada—. Estaba buscando el baño.

—No pasa nada —respondí, sin moverme—. Es dos puertas más adelante.

Pero él no se movió. Se quedó en el umbral, con la mano todavía en el pomo, mirando sin apartar los ojos. No era mala educación. Era otra cosa. Lo noté en la forma en que recorría la habitación, en la manera en que volvía a mí cada vez, como si algo en el cuarto lo retuviera sin que él mismo supiera exactamente qué.

—Oye —dije, incorporándome un poco—. ¿Eres el amigo de mi hijo?

—Soy el hermano de Rodrigo —explicó—. Tomás nos invitó a los dos. Yo soy el mayor.

—Ah, ya. ¿Y cómo te llamas?

—Mateo.

—Yo soy Sandra —dije, sonriendo—. No tienes que decirme señora.

—Ok, señora Sandra.

Me reí. Él también. Pero su mirada no se reía. Su mirada se movía lenta y sin demasiado disimulo, como alguien que está leyendo algo escrito en mi piel y no quiere que lo noten.

Se dio la vuelta y salió.

Cerré los ojos de nuevo. Pero el aire de la habitación había cambiado. Ese visitante corto había dejado algo flotando. Algo que reconocí sin querer darle nombre todavía.

***

Una hora después, otra vez la puerta.

—¿Puedo?

Era él. Mateo. Otra vez.

—Pasa —dije, esta vez más alerta.

Entró. Traía las manos dentro de los bolsillos del pantalón y no sabía bien a dónde mirar. Tenía la mandíbula ligeramente apretada, como alguien que ha estado ensayando lo que va a decir y de repente lo duda todo.

—El baño está libre —le dije.

—Sí, ya sé. Es que quería hablar con usted.

Me senté en la cama y lo miré de frente.

—¿Hablar de qué?

Tragó saliva. Una vez. El pie derecho se movía solo sobre el suelo, sin que él pareciera notarlo.

—Su hijo nos comentó que usted vive sola. Que no tiene pareja.

—Así es.

—Entonces… quisiera invitarla a salir.

No esperaba eso. O tal vez sí lo esperaba, pero de otra manera.

—¿A dónde me llevarías? —pregunté, con toda la calma del mundo.

—Al hotel —dijo. Sin rodeos. Sin vergüenza fingida.

Por dentro me costó no reírme. Pero me aguanté. Quería saber hasta dónde llegaba este chico de mirada directa y manos nerviosas.

—Eso es ir muy rápido —le dije.

—Es que eso es lo que hacen los novios —respondió, con esa mezcla extraña de seguridad e inocencia que solo tienen los que todavía no saben bien lo que dicen.

—¿Quieres que sea tu novia, Mateo?

—No —corrigió, más despacio—. Quiero que me enseñe.

Esa frase sonó diferente. Más honesta que todo lo anterior.

—¿Enseñarte qué?

Guardó silencio un momento, los ojos fijos en el suelo, las manos todavía enterradas en los bolsillos. Luego dijo en voz baja:

—Quiero que alguien con experiencia me enseñe cómo es. Cómo se hace bien. No quiero hacerlo mal.

Lo miré. Su cara era joven pero seria. No estaba jugando a nada. Tenía esa mezcla de vergüenza y deseo que no se puede fingir fácilmente, que se nota en la tensión de la mandíbula y en la manera de respirar.

—Ven —le señalé la orilla de la cama—. Siéntate aquí.

Se sentó. Las rodillas le temblaban ligeramente.

—¿Cuántos años tienes?

—Diecinueve.

—Yo tengo treinta y ocho.

—Lo sé —dijo, sin pestañear.

—¿Y eso no te importa?

—No. Al contrario.

Le pregunté por qué. Bajó la vista al suelo otra vez, callado, y luego respondió con una voz que apenas levantaba del suelo:

—Porque una mujer como usted sabe cosas que las chicas de mi edad no saben. Y yo quiero aprender de alguien que de verdad sepa.

Me quedé mirándolo un momento. Sus manos apretadas sobre los muslos. El esfuerzo visible de mantener la compostura frente a mí.

—Para eso no hacen falta novios —dije, dejando que mi mano rozara su mejilla apenas—. Puede ser entre amigos.

Sus ojos se abrieron de una manera que me resultó irresistible.

—¿En serio?

—Claro. Si quieres, te enseño.

—¿Esta noche? —preguntó, casi sin voz.

—Ahora están todos abajo —dije—. Esta noche, si quieres. A las nueve. Me escribes cuando estés afuera.

Asintió tan rápido que casi no lo vi.

Le dicté mi número. Salió de la habitación como si los pies no le tocaran el suelo.

Yo me quedé sentada en la cama un momento, escuchando cómo sus pasos bajaban la escalera.

Qué he hecho, pensé. Y enseguida: qué voy a hacer.

***

A las ocho y media me metí al baño. Me miré en el espejo con esa objetividad fría que una aprende con los años: ¿está todo en su sitio? Sí. Treinta y ocho años, piel morena, cuerpo que he cuidado no por vanidad sino porque me gusta sentirme bien dentro de él. El pelo suelto, húmedo todavía. Los labios sin maquillaje pero con color propio.

Me puse la bata de seda oscura. La que guardo para noches que merecen algo diferente.

Me senté en el sillón junto a la ventana y esperé, con el teléfono boca arriba sobre la mesita.

A las nueve en punto llegó el mensaje.

«Ya estoy afuera.»

Le respondí: «Sube despacito. Directo aquí.»

Escuché sus pasos en la escalera. Lentos. Calculados. La puerta de mi habitación estaba entornada. La empujó con cuidado.

Entró.

Y entendí en ese momento que ese chico llevaba aguantando algo desde la tarde. Estaba de pie junto a la puerta, inmóvil, mirándome con esa mezcla particular de nervios y hambre que me recorrió entera. Ya no tenía las manos en los bolsillos. Las tenía colgadas a los lados, abiertas, como si no supiera qué hacer con ellas.

Me levanté del sillón despacio y me puse frente a él.

—Respira —le dije.

Soltó el aire. No se había dado cuenta de que lo tenía contenido.

Empecé a moverme despacio. Sin música, pero con ritmo. Las caderas primero, luego los hombros. No era un baile de escenario ni nada ensayado. Era otra cosa: era el movimiento de alguien que sabe lo que tiene y no necesita demostrarlo, solo mostrarlo.

Sus ojos no podían seguirme del todo. Saltaban de un punto a otro, como si hubiera demasiado para ver y no supiera por dónde empezar.

Desaté el nudo de la bata. La dejé caer al suelo.

Silencio absoluto.

Mateo no dijo nada. Tenía la boca entreabierta y los brazos caídos a los lados, como alguien que ha recibido un golpe suave pero que le sacudió todo por dentro.

Me acerqué. Le puse una mano en el pecho y lo empujé hacia la cama con una presión mínima. Se recostó sin resistencia, los ojos fijos en mí todo el tiempo.

Me subí sobre él despacio.

—Lo primero que tienes que saber —le dije, inclinándome hacia su oído— es esto: no tienes que hacer nada. Solo quedarte quieto y sentir.

—Ok —dijo, con la voz partida en dos.

Lo guié con cuidado. Cuando lo sentí dentro, su cara cambió por completo: los ojos se cerraron solos, la mandíbula cayó, un sonido corto y ahogado escapó de su garganta.

—Así —susurré.

Empecé a moverme con calma. Sin prisa. Quería que lo sintiera todo, que no llegara rápido al final y se perdiera el camino. Sus manos buscaron mis caderas casi por instinto. Las tomé suavemente y las puse a los lados del cuerpo.

—Todavía no —le dije.

Las soltó. Apretó las sábanas en su lugar.

El ritmo fue subiendo solo, sin que yo lo decidiera del todo. Era lo que pedía su cuerpo, lo que pedía el mío. Sus piernas se tensaron debajo de mí. La respiración se volvió más corta, más ruidosa, más honesta que cualquier cosa que él pudiera haber dicho en voz alta.

—Sandra —dijo, casi sin voz.

Era la primera vez que decía solo mi nombre, sin el señora.

—Estoy aquí —respondí.

Aumenté el ritmo. Él se arqueó ligeramente hacia arriba. Los dedos buscaron las sábanas de nuevo, apretando el tejido como si necesitara sujetarse a algo firme. Tenía el cuello echado hacia atrás y los labios entreabiertos, completamente perdido en lo que estaba sintiendo y sin intentar ocultarlo.

—No voy a poder aguantar —dijo, con los ojos cerrados.

—No tienes que aguantar —le dije—. Solo déjalo pasar.

Su cuerpo empezó a tensarse de una manera diferente, más profunda. La clase de tensión que no controla quien la siente. Sus manos encontraron mis caderas otra vez, y esta vez no las aparté. Las dejé ahí, sobre mí, apretando sin saber que apretaban.

Un sonido largo. Profundo. El cuerpo arqueado hacia arriba, los ojos completamente cerrados, el cuello echado atrás.

Y el calor de él derramándose dentro de mí, pulsación a pulsación, mientras su cuerpo temblaba y luego se rendía despacio, como una ola que llega a la orilla y se aplana sola sobre la arena.

Me quedé sobre él un momento. Sintiendo su pecho subir y bajar. Sintiendo cómo su respiración volvía a ser suya, cómo los músculos de sus piernas se iban soltando poco a poco.

Le besé la frente. Me bajé despacio. Tomé mi bata del suelo y me la puse.

Mateo seguía en la cama, mirando el techo, con esa expresión de alguien que acaba de entender algo que no sabe todavía cómo nombrar.

—¿Bien? —le pregunté.

—Bien —dijo. Luego, después de una pausa corta—: Muy bien.

Me senté en el borde de la cama.

—Para ser la primera vez, no estuvo nada mal.

Me miró.

—¿Solo no estuvo nada mal?

—Tampoco exageres —dije, sonriendo—. Tienes mucho por aprender todavía.

Se sentó en la cama. Pasó una mano por el pelo revuelto y me miró con esa expresión nueva de alguien que ha cruzado una línea y no piensa volver atrás.

—¿Y cuándo es la próxima lección? —preguntó.

—Eso depende de qué tan aplicado seas.

—Seré muy aplicado —dijo. Y la manera en que lo dijo, con esa convicción tranquila que no había tenido antes, me hizo reír de verdad.

Lo miré un momento. Ese chico de diecinueve años sentado en mi cama, todavía con el calor de todo lo que había pasado en la piel, preguntando cuándo podía volver con esa mezcla de humildad y determinación que no había esperado encontrar en él.

Me dio ternura. Y algo más que no era solo ternura.

—Vístete —le dije—. Sal igual que entraste: despacito y sin hacer ruido.

Se vistió rápido. Antes de irse, se detuvo en la puerta y se giró.

—Gracias, Sandra —susurró.

Solo eso. Sin el señora. Sin nada más.

—De nada, Mateo. Y ya sabes: esto queda entre nosotros.

Salió. Escuché sus pasos bajar la escalera con la misma calma con la que habían subido.

Cerré la puerta. Me apoyé en la madera con los ojos cerrados, escuchando el silencio de la casa y las carcajadas lejanas de los chicos en el salón, ajenos a todo.

Sonreí.

Hacía mucho tiempo que un lunes por la noche no terminaba así.

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Comentarios (9)

PabloSC

buenisimo!!!

Nico_BA

Por favor seguí, quede con ganas de mas. Una segunda parte???

Lectora77

Me encanto como esta escrito, se siente muy real sin ser burdo. Sigue asi!

VikingoPBA

jaja me imagino la cara del chico, debio ser una noche que no olvida jamas. muy bueno

Mauro_baires

Me recordo a algo que me paso hace unos años... pero eso es otra historia jaja. Excelente relato

NocheVieja77

Que clase de mujer... ojalá hubiera conocido a alguien asi a los diecinueve jajaja. Genial

Roxana_77

Y como termino todo despues? Espero que haya continuacion porque me quede con ganas de mas

llado88

lo lei dos veces. increible, saludos desde Cordoba

Cris_M

Estos relatos de maduras son los mejores de la pagina. Muy bien narrado, felicitaciones

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