Los jardineros que mi marido contrató sin saber
Salí a abrirles en bata corta sin pensarlo. Cuando vi cómo me miraban los tres, supe que mi jardín no sería lo único que iban a atender ese fin de semana.
Salí a abrirles en bata corta sin pensarlo. Cuando vi cómo me miraban los tres, supe que mi jardín no sería lo único que iban a atender ese fin de semana.
Cuarentón, divorciado y sin empleo, puso un anuncio absurdo: acariciaba mujeres por dinero. La primera en llamar fue una viuda de sesenta años.
Llevaba años siendo invisible para todos. Pero esa noche, atrapados por la tormenta en una cabaña, mi suegra dejó de ser la esposa de mi suegro para convertirse en otra cosa.
Tres citas en una semana para olvidarla, y entonces ella entró en el mismo restaurante, con su marido de cebo y un plan que yo todavía no entendía.
Apagué la luz de la terraza y me quedé inmóvil, fumando, mientras al otro lado del cristal ellos empezaban sin disimulo. Y supe que querían que mirara.
Me dijo que estaba casada y que su marido trabajaba lejos. Esa noche aprendí que una mujer experimentada sabe exactamente lo que quiere y cómo conseguirlo.
Estábamos casi solos frente al mar cuando ella se desató el bikini y, a pocos metros, un hombre giró la cabeza y ya no volvió a mirar el agua.
Cada golpe sobre su piel la encendía más, y Renata no supo si lo peor era entregarse o descubrir que alguien la observaba desde lo alto de la escalera.
No recuerdo sus nombres, pero llevo años sin poder olvidar sus caras. Ni sus cuerpos. Y sobre todo no me perdono haber disfrutado tanto de aquella noche.
Bastaba con que me clavara la mirada y sintiera su aliento en la cara para que olvidara mi guion y me dejara hacer todo lo que ella quisiera.
De día me humillaba delante de sus amigas; de noche me suplicaba que la pusiera en su lugar. Nadie imaginaba lo que pasaba dentro de aquel auto.
Pasé al centro de la rueda creyendo que controlaba la situación. No sabía que el short se iría metiendo poco a poco hasta dejarme casi sin nada delante de todos.
Solo quería respirar lejos del humo y las bromas. Jamás imaginé que, desde el asiento trasero de mi propio coche, vería lo que aquel desconocido se atrevió a hacer con mi mujer.
Solo había bajado por un vaso de agua. Lo que escuché en la planta baja me dejó clavada en el último escalón, conteniendo la respiración para que no me oyeran.
Sabía que me espiaba cada tarde desde su balcón. Lo que no sabía era cuánto me gustaba a mí que lo hiciera, ni hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Cuando ella le dijo «tirando», Tino entendió que esa palabra pesaba lo mismo que la suya: años de sábanas frías. Y en mitad de la calle decidieron remediarlo.
Llevaba años pegando la oreja a las paredes de moteles baratos. Una noche encontró un foro que prometía algo más: cabinas con vista al placer ajeno.
Me asomé sin pensar y vi a los tres bañándose desnudos en la pileta del vecino. Esa misma noche entendí que mirar a escondidas también podía ser una forma de tocar.
Sabía que él me observaba desde su ventana. Por eso aquella tarde elegí el conjunto rojo, descorché el vino y me dejé llevar mientras me miraba.
La puerta de su dormitorio quedó abierta una sola vez. Desde mi sillón, en la oscuridad, no aparté la mirada ni un segundo de lo que hacían.