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Relatos Ardientes

La desconocida del hotel me enseñó a besar

A veces los viajes te regalan momentos que no estaban en el plan. Iba camino a Zamora con una entrega que no podía retrasar más, había salido tarde de Madrid y la carretera se me hizo eterna entre cafés malos de gasolinera y latas de Coca-Cola que ya ni siquiera me espabilaban.

Cuando llegué al hotel en Valladolid eran casi las dos de la madrugada. Lo había reservado por reseñas y la verdad es que me sorprendió: estaba a pie de carretera, con un jardín pequeño iluminado por tiras de led colocadas con criterio y una entrada con más empaque del que esperaba. Mármol pulido, alguna escultura de bronce y un recepcionista despierto a esa hora con cara de no querer estarlo.

En un rincón con poca luz, cerca de la pared, había un sofá curvo, una mesita y dos butacas. Pegada a la pared, una cafetera de cortesía con tazas blancas. Pensé que era el sitio perfecto para apagarse después de tantas horas conduciendo.

El check-in fue rápido. El chico de recepción me entregó la tarjeta de la 412 y subí disparado. Me quité los pantalones, la camisa, todo. Me quedé en calzoncillos y unas chancletas viejas que llevo siempre en la bolsa para hoteles.

La habitación era una pasada. Cama de dos por dos, leds regulables en el cabecero, una colcha que olía a lavanda industrial pero limpia. Me tumbé con el móvil en la mano e intenté leer noticias, pero no me concentraba en nada. Demasiada cafeína corriéndome por dentro.

Llevaba meses sin abrir Tinder. Por probar, eché un vistazo a ver si había algo en Valladolid que mereciera la pena. Nada. Caras con filtros agresivos, perfiles vacíos, fotos de chicos en gimnasios. Cerré la aplicación a los cinco minutos.

No tenía sueño. Pensé que lo más sensato era bajar al rincón aquel del lobby, pedir una botella de agua, leer algo en el móvil con calma y a ver si así quemaba el subidón. Me vestí otra vez —vaqueros, camiseta, las mismas chancletas— y bajé.

Sorpresa.

En una de las butacas del rincón había una mujer de unos treinta y cinco años, rubia teñida —se le notaba la raíz oscura—, con el maquillaje todavía intacto a esa hora y una taza humeante entre las manos. La sujetaba con las dos, con la punta de los dedos, como si tuviese miedo de quemarse.

El recepcionista me alcanzó la botella de agua sin que yo se la pidiera. Lanzado como iba, ni me lo pensé. Me senté en la butaca de al lado y la saludé.

—Buenas noches.

Ella levantó la vista del café, me miró un segundo y respondió bajito.

—Buenas noches.

Tenía los ojos muy oscuros, casi negros, y una forma de mirar que no era ni amable ni hostil. Era observadora. Como si me estuviese fichando sin disimular del todo.

—¿Vienes de muy lejos? —me preguntó después de unos segundos.

—De Madrid. Voy hacia Zamora, pero no me daba para llegar de un tirón.

—Se nota que estás acelerado —dijo, y se permitió media sonrisa—. ¿Cuántos cafés?

—Más de los que quiero contar.

Asintió y dio un sorbo largo. Me explicó que era de Valladolid, que vivía a media hora del centro, pero que se había quedado a dormir en el hotel porque había estado toda la tarde reunida con dos compañeras del estudio preparando una presentación importante para el lunes. Trabajaban juntas en un proyecto de rehabilitación y habían acabado tan tarde que les pareció absurdo conducir.

—Las otras subieron hace un rato. Yo me he quedado un minuto más para ordenarme las ideas en silencio.

—Vale, vale, perdona entonces. No quería interrumpirte, te dejo con tu café.

—No, hombre. También está bien cambiar de conversación.

Y así seguimos un rato, hablando de chorradas. Charla vacía para llenar el tiempo, esa que ocurre entre dos extraños que comparten un insomnio a deshora. Yo me esforzaba en encontrar un tema decente y no daba con ninguno, pero cuanto más la miraba más me gustaba.

Llevaba unos vaqueros ajustados de licra metidos por dentro de un jersey de cuello alto, gris claro, de punto fino y un poco peludo. Sentada se le marcaba un mínimo rollito en la cintura y se le adivinaba un culo grande. Llevaba botines de tacón alto, marrones, con un estampado de leopardo apenas perceptible.

La tarjeta de la habitación se me clavaba en el bolsillo trasero del pantalón, así que la saqué y la dejé sobre la mesita que teníamos delante.

—Creo que tenemos las habitaciones cerca —dijo, mirando el número en la tarjeta—. Mi número es parecido al tuyo. Yo tengo la 417.

—Yo la 412.

—Podrían habernos puesto en la misma, aunque fuera por error —solté riendo, e inmediatamente me di cuenta de la imbecilidad que acababa de decir.

—Esos errores son difíciles de cometer.

Pero lo dijo despacio, con una sonrisa lenta que dejó la frase a medio camino entre el corte y la invitación.

Tenía un aire delicado, de chica bien. Se movía despacio, lucía cada gesto, era elegante hasta cuando se llevaba la taza a los labios. Y yo la deseaba más por eso. No quiero ni imaginar la cantidad de tonterías que solté esa noche. Pero ahí estábamos, los dos, haciendo compañía a la madrugada.

—Ese jersey tan peludito, ¿no te pica? —Otra estupidez salió de mi boca antes de que pudiera frenarla.

—No —dijo ella, y se acarició el costado pasando la mano lentamente por el pecho hasta bajar al pantalón—. Es muy suave.

Me miró sonriendo despacio. Se mordió el labio inferior y dejó la taza sobre la mesa.

—Es tarde ya.

—Sí, sí, sí.

Lo dije aspirando con disimulo el perfume que desprendía cuando se inclinó para coger el bolso. Olía a flores con un fondo dulce y caro.

Nos levantamos hacia el ascensor. Caminé detrás de ella. Sus tacones se hundían un milímetro en la moqueta a cada paso.

En el ascensor, mientras subíamos al cuarto, se me ocurrió.

—¿Tu perfume es de Chanel?

—Sí. ¿Cómo lo sabes?

—¿Podría ser Coco Mademoiselle?

—Has acertado de nuevo. ¿Cómo lo adivinas?

—Tengo ese perfume grabado. No podía ser otro en una mujer tan elegante, Marina.

Me miró de reojo. Sonrió otra vez, esta vez más despacio, como si le hubiera gustado oír su nombre dicho así, y no dijo nada.

***

Al salir del ascensor, caminando por el pasillo de las habitaciones, su culo generoso caía solemne sobre cada pierna a cada paso. Sabía que la miraba desde atrás. Clavaba los tacones en la moqueta con pasos perezosos, casi midiendo el efecto.

Pasó delante de mi puerta sin mirar atrás. Yo me detuve, leí el número y la llamé bajito.

—Marina, espera. Tengo café y té en la habitación. Es grande, nos cabemos los dos para un último sorbo. ¿Te apuntas?

—¿Ah, sí? —Dejó caer un poco el bolso por el brazo y estiró la mano hacia la puerta de su habitación, pero no llegó a meter la tarjeta.

—Sí, ven, lo verás. Pasa.

Le hice un gesto exagerado, como un torero abriendo capote, y le abrí la puerta con un poco de tonto victorioso.

Entró. Cerré detrás de mí.

Hizo media vuelta para decirme algo y me lancé sobre ella sin pensarlo. La abracé por la cintura y le metí un beso brusco, con la lengua entera dentro de su boca, apretándola contra la pared del recibidor.

Se separó de un manotazo. La sentí tensarse entera contra mí.

—Hazlo otra vez y te corto los huevos, gilipollas.

Me cagué entero. No lo voy a esconder. Me miró con unos ojos de mala leche que me quemaban.

Intenté aguantar la mirada sin soltarle la cintura. Ella se mantuvo firme, seria, desafiante. Yo me iba acojonando más y más. La he cagado, pensé. He morreado a esta mujer como si fuera un crío de quince años. Le solté la cintura.

—Vale, perdona. Tienes razón.

—¿No sabes besar, capullo?

Y entonces se acercó. Me rodeó el cuello con los brazos y me regaló un beso suave. Picos pequeños, roces de labios, una puntita tímida de lengua que apenas tocaba la mía. Aspiraba mi aliento despacio, como si me midiera.

Su olor me crecía la polla por momentos. Le devolví las manos a la cintura, esta vez acariciando, sintiendo la suavidad rara del jersey. Subí por la espalda y bajé al culo. Le apreté las nalgas, la empujé contra mí en plena erección.

Lo notó. Empezó a frotar los vaqueros contra mi entrepierna, mordiéndome el labio inferior y tirando un poquito, besuqueándome la boca con una lentitud que me iba a matar.

—¿No te gusta más así, Andrés?

***

Evidentemente. A partir de ahí todo fue dulzura.

Le desabroché el botón del pantalón y le levanté el jersey con cuidado, despacio. Le besé las tetas todavía dentro del sujetador de encaje blanco. Su piel morena contrastaba con la tela y me ponía a mil.

Le entrelacé los dedos con los míos, le levanté los brazos por encima de la cabeza y la mantuve contra la pared mientras le besaba el cuello. Bajé al pecho, volví a los labios. Ella se dejaba hacer. Yo arqueaba el cuerpo para no separar nuestras caderas mientras me la iba comiendo despacio, milímetro a milímetro.

Sonreía con los ojos cerrados y me guiaba con gemiditos suaves, casi de gata. Cogidos de la mano caminamos hacia la cama. La desnudé. Me desnudó. Caímos los dos a pelo, uno al lado del otro.

La miraba a los ojos. Le besaba los labios sin prisa. Le acariciaba el costado mientras ella me la pajeaba despacio, como midiéndola, desde la punta hasta la raíz, empujando un poco más cada vez. De vez en cuando arañaba con las uñas mis huevos y la base, y volvía a empezar.

Si le pellizcaba un pezón, cerraba los ojos, gemía más, empujaba la mano contra mi polla bajándome la piel todo lo que podía.

—Ponte bien, cariño.

Rodó sobre mí y se sentó a horcajadas. Me frotó la vagina contra la polla, apoyada en mi pecho, sin dejar de mirarme. Frotaba despacio. En un gesto leve, dejó que la polla se pusiera vertical y se la metió hasta el fondo, decidida pero sin prisa.

Toda. Entera. Se quedó quieta un instante, con los ojos clavados en los míos. Luego echó la cabeza hacia atrás y empezó a balancearse. Mi capullo le frotaba la pared anterior de la vagina —rugosa, distinta, le gustaba ahí— y ella ajustaba el ángulo cada poco para volver a encontrar el punto.

Sin hablar. Solo el ruido de nuestras respiraciones. Lenta, profunda, intensa. De vez en cuando, pequeñas contracciones le delataban un orgasmo. Entonces paraba, sonreía y volvía a moverse.

Ni sé cómo no me corrí mil veces dentro de ella.

En una de esas oleadas me clavó las uñas en el pecho. Sentí los espasmos, el flujo abundante resbalándome por las piernas. Empecé a intentar bombear desde abajo, más rápido, más fuerte, ayudándome con las manos en su cintura. Pero ella, suelta y muerta sobre mí, no se dejaba mover.

Cuando intenté decírselo, me besó en la boca. Aplastó los pechos contra mi cuerpo y me sorbió el aliento despacio, sin separarse, con la polla todavía dentro y algún espasmo retrasado recorriéndola.

—Chsss. Gracias, cariño. Ven.

Se puso a cuatro patas sobre la cama, con la cabeza agachada y la vagina ofrecida en pompa, brillante de los fluidos derramados.

—Vamos, cariño.

Y allí me hundí como un salvaje. Agarrado a sus caderas, bombeando como un poseso, mientras ella llenaba el silencio con gemidos casi exagerados, moviendo el culo contra mí en cada embestida.

—Vamos, Andrés, sí…

Hasta que me vacié dentro. Disparé a presión en cada espasmo mientras ella se acariciaba con los dedos por delante. Caí encima de ella y resbalamos los dos hasta quedar tumbados boca abajo, mi polla todavía dentro, su culo intentando escurrir hasta la última gota.

***

No hubo café, ni té, ni más palabras.

Dormimos abrazados hasta que un beso suave me despertó por la mañana. Marina ya estaba vestida, con el bolso al hombro y la cara recién lavada, sin maquillaje.

—Te amo, cielo.

Se rió bajito, me dio otro beso en la sien y se fue.

No volví a verla. No le pedí el número. Ella tampoco insistió. Y a veces, cuando paso por algún hotel de carretera con jardín y luces cálidas en la entrada, levanto la vista hacia la cafetera del rincón sin querer.

Por si acaso.

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Comentarios (9)

NocheLectora

Que inicio... me enganche de una y no pude parar de leer

DiegoSR92

Buenísimo, se hizo corto. Espero que haya mas relatos así de buenos

SilviaCba

Me recordo a un viaje que hize sola el año pasado. Esas horas raras de la noche en un hotel tienen algo especial, muy bien contado

Marita76

increible!!!

PacodelNorte

La atmósfera que describís es lo que mas me gusto, se siente que fue real. Ojalá haya segunda parte

patri88

que relato, gracias por compartirlo :)

Tomas_Noche

Me quede pensando en ella también, esa mujer del cafe. Hay algo que atrae de las personas que uno encuentra en momentos completamente inesperados. Muy lindo

Anahi77

jaja las tres de la madrugada bajando por agua... yo a esa hora solo salgo de la cama si es urgente, pero despues de leer esto quizas reconsidero jajaja

Clara_Noche

Se siente que fue real, eso es lo que le da valor. Sigue publicando por favor

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