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Relatos Ardientes

Lo que le enseñé al chico de veinte años

Los martes por la tarde son míos. Solo míos. Me lo gané después de años de horarios ajenos, de vivir pendiente de los demás, de posponer cada pequeño placer hasta que el cansancio me aplastara. Ahora que Nicolás tiene diecisiete años y ya no necesita que le corte la carne, me reservo esas horas con la misma seriedad con la que alguien reserva una cita médica: el baño largo con sales de lavanda, la mascarilla de arcilla blanca, la crema hidratante aplicada con calma, sin apuro. Mi ritual. Mi paz.

Por eso cuando recibí su mensaje a las cinco de la tarde del martes, sentí ese pellizco familiar en el pecho.

«Mamá, voy con dos amigos. ¿Puedo?»

Tecleé que sí antes de pensarlo dos veces. Nicolás rara vez pedía permiso para traer gente, así que el gesto ya valía la concesión. Le recordé que había sobras en el horno y que me buscara solo si era urgente. El resto de la tarde era mío.

Cuando llegaron, los escuché desde arriba: la puerta, las risas, el televisor encendido de golpe con algún videojuego. No bajé. Me había lavado el pelo, tenía la mascarilla a medias y no pensaba interrumpir el proceso por nadie. Me asomé al pasillo un momento, solo para asegurarme de que todo sonara normal, y lo que escuché —carcajadas, gritos al mando, una discusión amistosa sobre quién perdió— me bastó para volver a mi cuarto sin culpa.

Me acomodé en la cama con la bata de algodón, el pelo recogido en una toalla, y puse algo en la televisión que no tenía ninguna intención de seguir. Solo quería el murmullo de fondo. El silencio total, a veces, pesa demasiado.

Tenía los ojos cerrados cuando se abrió la puerta.

No llamó. La empujó despacio, como si esperara encontrar el cuarto vacío, y cuando me vio incorporada en la cama lo primero que hizo fue retroceder medio paso.

—Perdón, perdón —dijo—. Yo buscaba el baño.

Era alto. Más que Nicolás y que el otro chico que había entrevisto en el pasillo. Tenía el pelo oscuro algo revuelto y esa expresión de quien acaba de cometer un error que no sabe cómo reparar.

—El baño está dos puertas más adelante —le dije, sin moverme—. La que tiene el letrero de la concha marina.

—Gracias, señora. Mil disculpas.

Pero no se iba.

Estaba parado en el marco con una mano en el pomo, como si hubiera olvidado para qué servían las piernas. Sus ojos recorrían el cuarto de una manera que no tenía nada que ver con el baño.

—Oye —dije—. ¿Eres amigo de Nicolás?

—Soy el hermano de Tomás —aclaró—. El que viene con él. Nos invitaron a los dos.

—Ah. ¿Y cómo te llamas?

—Mateo.

—Yo soy Nora —dije—. Puedes llamarme Nora. Así no tienes que buscarme el título.

Sonrió. Una sonrisa rápida, casi nerviosa, que duró lo justo antes de que volviera a mirar hacia algún punto por encima de mi cabeza, como si hubiera algo en la pared que mereciera atención urgente.

Se fue. Cerré los ojos de nuevo.

Pero el aire del cuarto había cambiado. Era sutil, como cuando alguien abre una ventana en invierno y la cierra enseguida: el frío ya entró, ya está ahí aunque no lo veas.

***

Una hora y media después, tocaron.

Dos golpes suaves. Casi educados.

—Adelante —dije.

Era Mateo.

Esta vez no entró con aire de error. Entró despacio, con la espalda recta y los ojos fijos en mí, aunque las manos le delataban: las apretaba y soltaba a los lados, sin saber dónde ponerlas.

—¿Necesitas algo? —pregunté.

—Quería pedirle algo —dijo—. Si no le molesta.

Me senté mejor en la cama. La mascarilla ya había hecho su trabajo y me la había quitado hacía un rato. El pelo seguía húmedo. La bata, de algodón blanco, me llegaba a los muslos.

—Dime.

Tragó saliva. Miró un segundo hacia la puerta, como calculando la distancia de escape, y luego me miró de frente.

—Mi hermano me contó que usted vive sola. Que no tiene marido.

—Tu hermano habla demasiado —dije, sin molestia real.

—Yo quería invitarla a salir —soltó de golpe.

Lo dijo con la misma cara con la que alguien salta al agua fría: cerrando los ojos en el último segundo.

Lo miré un momento. Calculé. Cuarenta años contra los veinte que a él le sobraban de lejos.

—¿A dónde me llevarías? —pregunté.

No esperaba que lo tuviera tan claro.

—A un hotel.

No me reí, aunque ganas no me faltaron. Había algo en su franqueza que lo hacía casi entrañable: sin rodeos, sin flores retóricas, directo al grano como quien ha estado ensayando la frase durante hora y media.

—Eso es ir muy rápido —observé.

—Es que… —dudó—. La verdad es que lo que yo quiero es que me enseñe.

—¿Que te enseñe qué?

Se quedó callado tres segundos completos. Luego, con la voz bajada casi a la mitad:

—A estar con una mujer. De verdad. Yo no sé bien cómo se hace.

Eso sí no me lo esperaba.

Lo estudié en silencio. Tenía los hombros tensos, la mandíbula apretada, el orgullo y la vergüenza luchando en la misma cara. No era el tipo de chico que confiesa eso fácilmente. Le había costado.

—Ven —le dije, señalando el borde de la cama—. Siéntate.

Se sentó. Las rodillas apuntando hacia adentro, los codos sobre los muslos, la postura de alguien que espera un sermón.

—¿Cuántos años tienes? —pregunté, aunque lo intuía.

—Veinte.

—Yo tengo cuarenta.

Lo dije sin inflexión, sin invitarlo a comentar.

—Me da igual —respondió, y lo decía en serio.

—¿Por qué yo? —pregunté—. Hay chicas de tu edad.

Tardó en contestar. Cuando lo hizo, miraba el suelo.

—Porque usted sabe lo que hace. Se nota. Cuando entré antes y la vi ahí, tranquila, sin apuro… Yo quiero aprender con alguien así. No con alguien que sepa tan poco como yo.

Eso me llegó de una manera que no esperaba.

—Para aprender no hace falta ir a un hotel —dije—. Puede ser aquí.

Levantó la vista.

—¿Aquí?

—Los chicos siguen abajo. Pero esta noche, cuando se vayan, puedes volver. Escríbeme cuando estés afuera.

—¿De verdad? —preguntó, y en su voz había algo que oscilaba entre el asombro y el miedo a que fuera una broma.

—De verdad. Pero con una condición.

—Dígame.

—Esto no se comenta. Ni con tu hermano, ni con Nicolás, ni con nadie. ¿Entendido?

—Entendido —dijo de inmediato.

—Entonces a las nueve. Escríbeme antes de entrar.

Se levantó. Parecía no saber si darme la mano, si decir algo más, si simplemente irse. Al final optó por lo último: salió con paso rápido, casi contenido, como si temiera que moverse demasiado rompiera algo.

Escuché sus pasos bajando la escalera. Escuché la sala, las risas de los tres, el videojuego retomado. Seguí en la cama con los ojos en el techo.

Cuarenta años y todavía me sorprendo a mí misma.

***

A las ocho y cuarto se fueron. Nicolás golpeó a mi puerta para avisarme, me preguntó si necesitaba algo antes de que él también saliera, le dije que no, que disfrutara la noche. La casa quedó en silencio.

Me duché de nuevo. Agua caliente, despacio. Me sequé con cuidado, me puse la bata de seda —la negra, la que guardo para mí misma, no para nadie— y me solté el pelo frente al espejo. Me miré con honestidad: cuarenta años, caderas anchas, pecho firme, una vida entera escrita en los detalles de mi cara. No me disgusto. Nunca me he disgustado, aunque hubo años en que me costó verlo.

A las nueve en punto, vibró el teléfono.

«Ya estoy afuera.»

Tecleé: «La puerta está sin llave. Sube directo. Segunda puerta a la izquierda.»

Esperé sentada en el borde de la cama, con las piernas cruzadas y las manos tranquilas sobre los muslos. Escuché la puerta de abajo, los pasos cuidadosos en la escalera, el corredor. Una pausa frente a mi puerta.

Golpeó.

—Pasa —dije.

Entró.

Se había cambiado de ropa: pantalón oscuro, camisa sin arrugas, como si hubiera vuelto a su casa solo para presentarse mejor. El gesto me pareció tan honesto que tuve que controlar una sonrisa.

—Hola, Mateo —dije.

—Hola —respondió. La voz, más firme que por la tarde, aunque las manos seguían buscando dónde posarse.

Me levanté. Di un paso hacia él.

—Relájate —dije—. No hay examen. No hay nada que demostrar.

Algo en sus hombros cedió un poco.

—Es que no sé bien cómo empezar —admitió.

—Eso es exactamente por lo que estás aquí —dije—. Porque no sabes. Y lo vas a aprender.

Me acerqué más. Lo bastante para que notara el perfume, el calor de mi piel bajo la seda negra. Lo miré a los ojos y vi que los suyos bajaban, subían, no sabían donde quedarse.

—Empieza por mirar —le dije—. Sin prisa. Mirar bien es parte de esto.

Y lo dejé mirar.

No me moví. No hice nada especial. Solo estuve ahí, delante de él, dejando que sus ojos me recorrieran sin que yo les pusiera obstáculos. Era un ejercicio simple, pero vi cómo su respiración se iba volviendo más lenta y más honda al mismo tiempo, como si el cuerpo estuviera aprendiendo a procesar algo nuevo.

—¿Puedo tocarte? —preguntó, con la voz casi en un susurro.

—Sí. Pero despacio.

Levantó una mano. La posó en mi mejilla con una delicadeza que no le esperaba, como si temiera que yo fuera a deshacerme bajo sus dedos. Los cerré los ojos un segundo. Su mano bajó por mi cuello, se detuvo en el hombro.

—Bien —dije.

Lo tomé de la mano. Lo guié hasta la cama. Lo senté y me quedé de pie frente a él, y entonces, con calma, me solté el cinturón de la bata y la dejé caer al suelo.

Que me mirara fue suficiente para saber que no había exagerado lo que sentía por la tarde. Sus ojos se abrieron un poco. No había en ellos lujuria torpe sino algo más parecido al asombro, a esa forma de ver que tienen los veinte años cuando el mundo les presenta algo que todavía no saben nombrar.

—Túmbate —le dije.

Se recostó en la cama. Me senté a su lado, lo observé, le ayudé con lo que quedaba de ropa hasta que no hubo nada entre los dos excepto la penumbra y el silencio de la casa vacía.

—Cierra los ojos —le pedí.

—¿Para qué?

—Para sentir. No siempre necesitas ver.

Los cerró. Empecé despacio, sin prisa, recorriendo con las manos lo que él todavía no sabía que tenía: el mapa de su propio cuerpo, los puntos donde la respiración se cortaba, los lugares donde el músculo se tensaba bajo mis dedos. Lo fui guiando sin palabras, dejando que su cuerpo aprendiera antes que su cabeza.

Cuando lo noté listo, me coloqué sobre él.

—Abre los ojos —dije—. Esto sí lo miras.

Los abrió. Me tomé el tiempo necesario, lo guié, lo ayudé a entrar con la misma calma con la que se enseña cualquier cosa que vale la pena: sin urgencia, sin vergüenza, prestando atención a cada detalle.

Cuando lo logré, su cara hizo algo que me costará olvidar. No fue exagerado, no fue teatral. Fue simplemente la cara de alguien que acaba de entender algo que llevaba mucho tiempo buscando entender.

—Así —le susurré—. No hagas nada. Solo quédate aquí.

Empecé a moverme. Marcando el ritmo yo, controlando la profundidad, ajustando cada cosa a lo que su cuerpo me iba diciendo. Él tenía las manos a los costados, los dedos enterrados en la sábana, los labios entreabiertos.

—¿Está bien? —pregunté.

—Sí —dijo, con la voz rota—. Muy bien.

—Entonces no digas nada más. Solo siéntelo.

Lo obedeció. Se quedó en silencio y yo seguí: sin apresurarme, sin buscar el final, disfrutando cada momento de esa calma que solo se consigue cuando una ya sabe lo que quiere y no necesita demostrarle nada a nadie. El calor que se iba acumulando entre los dos era real, tangible, una cosa viva que crecía con cada movimiento.

Aumenté el ritmo cuando noté que su respiración empezaba a cambiar. Los jadeos se acortaban, se volvían más irregulares. Sus manos encontraron mis caderas casi sin querer, no para empujar sino para sostenerse, como si necesitara un ancla.

—Nora —dijo, con un esfuerzo visible para que le saliera la voz—. Yo ya…

—Lo sé —dije—. Está bien.

No paré. Al contrario: me incliné un poco hacia adelante, cambié el ángulo, y lo vi rendirse del todo. Un sonido largo, profundo, que salió de algún lugar en el centro de su pecho. El cuerpo entero se arqueó bajo el mío, los ojos cerrados, los dedos apretando mis caderas con una fuerza que no era consciente.

Lo sentí completamente.

Me quedé quieta sobre él mientras todo se iba calmando. Su pecho subía y bajaba en oleadas largas. Tenía la frente cubierta de un sudor fino y una expresión de agotamiento absoluto que también era, de alguna manera, completa paz.

Bajé de él despacio. Me senté a su lado en el borde de la cama.

Tardó un minuto en encontrar la voz.

—Eso fue… —empezó.

—La primera lección —lo interrumpí, con calma.

Me miró.

—¿La primera?

—Aprendiste a estar presente. A no apresurarte. A dejar que el cuerpo de la otra persona te diga lo que necesita. —Lo miré—. Eso es más de lo que saben hacer muchos hombres que llevan años haciéndolo.

Se sentó en la cama, todavía sin del todo recuperado, con el pelo revuelto y esa mezcla de orgullo tímido y asombro que le era ya característica.

—¿Hay más lecciones? —preguntó.

—Muchas —dije, tomando la bata del suelo—. Pero por esta noche ya fue suficiente. Vístete.

Lo hizo en silencio. Rápido pero sin el apuro nervioso de antes: con los movimientos tranquilos de alguien que ya no tiene prisa porque la urgencia ya pasó. Antes de irse, se detuvo frente a mí.

—Gracias, Nora —dijo.

No «doña». No «señora». Solo Nora.

—De nada, Mateo. Y ya sabes: esto no sale de aquí.

—Lo sé —dijo—. Te lo juro.

Salió. Cerré la puerta y me apoyé en ella un momento, con el corazón todavía un poco más rápido de lo habitual y una sonrisa que no me había pedido permiso para aparecer.

Apagué la lámpara y me acosté mirando el techo oscuro.

Los martes seguían siendo míos. Pero ahora tenían un significado nuevo que todavía no terminaba de reconocer del todo, y que no tenía ninguna prisa por explicarme.

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Comentarios (9)

AdictoAmaduras

excelente relato!!! me encanto desde el principio

FelipeCordoba

Por favor seguí con esto, quede con ganas de mas. Tremendo

Valentina_07

Me recordo a una situacion que vivi hace tiempo jaja. Se siente muy real, eso es lo que lo hace bueno

RobertoBA77

increible. de lo mejor que lei aca en mucho tiempo

NandoPlaya

Me gusto como lo contaste, sin pasarte de la raya pero igual te deja pegado. El chico debia estar con los nervios a mil jajaja. Sigue asi!

Gonzalo_P77

La tension del comienzo esta muy bien lograda. Me atrapo de entrada

MatiasC

Como termino todo? Hay una segunda parte o quedo ahi?

SolEdith_77

bueeeenisimo!!! ojala hagas mas de este estilo

PabloM_Cba

Me gusto mucho, se nota que sabes escribir. Nada forzado, todo fluye natural

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