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Relatos Ardientes

Lo que le enseñé al chico de veinte años

Los martes por la tarde son míos. Solo míos. Me lo gané después de años de horarios ajenos, de vivir pendiente de los demás, de posponer cada pequeño placer hasta que el cansancio me aplastara. Ahora que Nicolás tiene diecisiete años y ya no necesita que le corte la carne, me reservo esas horas con la misma seriedad con la que alguien reserva una cita médica: el baño largo con sales de lavanda, la mascarilla de arcilla blanca, la crema hidratante aplicada con calma, sin apuro. Mi ritual. Mi paz.

Por eso cuando recibí su mensaje a las cinco de la tarde del martes, sentí ese pellizco familiar en el pecho.

«Mamá, voy con dos amigos. ¿Puedo?»

Tecleé que sí antes de pensarlo dos veces. Nicolás rara vez pedía permiso para traer gente, así que el gesto ya valía la concesión. Le recordé que había sobras en el horno y que me buscara solo si era urgente. El resto de la tarde era mío.

Cuando llegaron, los escuché desde arriba: la puerta, las risas, el televisor encendido de golpe con algún videojuego. No bajé. Me había lavado el pelo, tenía la mascarilla a medias y no pensaba interrumpir el proceso por nadie. Me asomé al pasillo un momento, solo para asegurarme de que todo sonara normal, y lo que escuché —carcajadas, gritos al mando, una discusión amistosa sobre quién perdió— me bastó para volver a mi cuarto sin culpa.

Me acomodé en la cama con la bata de algodón, el pelo recogido en una toalla, y puse algo en la televisión que no tenía ninguna intención de seguir. Solo quería el murmullo de fondo. El silencio total, a veces, pesa demasiado.

Tenía los ojos cerrados cuando se abrió la puerta.

No llamó. La empujó despacio, como si esperara encontrar el cuarto vacío, y cuando me vio incorporada en la cama lo primero que hizo fue retroceder medio paso.

—Perdón, perdón —dijo—. Yo buscaba el baño.

Era alto. Más que Nicolás y que el otro chico que había entrevisto en el pasillo. Tenía el pelo oscuro algo revuelto y esa expresión de quien acaba de cometer un error que no sabe cómo reparar. Y los ojos, sin que él quisiera, se le habían ido derechos a mis piernas: la bata se me había abierto un poco al incorporarme y se me veía casi todo el muslo. Vi que tragaba saliva. Vi también, y él no lo sabía, cómo se le marcaba el bulto contra el pantalón deportivo.

—El baño está dos puertas más adelante —le dije, sin moverme, sin cerrarme la bata—. La que tiene el letrero de la concha marina.

—Gracias, señora. Mil disculpas.

Pero no se iba.

Estaba parado en el marco con una mano en el pomo, como si hubiera olvidado para qué servían las piernas. Sus ojos recorrían el cuarto de una manera que no tenía nada que ver con el baño.

—Oye —dije—. ¿Eres amigo de Nicolás?

—Soy el hermano de Tomás —aclaró—. El que viene con él. Nos invitaron a los dos.

—Ah. ¿Y cómo te llamas?

—Mateo.

—Yo soy Nora —dije—. Puedes llamarme Nora. Así no tienes que buscarme el título.

Sonrió. Una sonrisa rápida, casi nerviosa, que duró lo justo antes de que volviera a mirar hacia algún punto por encima de mi cabeza, como si hubiera algo en la pared que mereciera atención urgente.

Se fue. Cerré los ojos de nuevo.

Pero el aire del cuarto había cambiado. Era sutil, como cuando alguien abre una ventana en invierno y la cierra enseguida: el frío ya entró, ya está ahí aunque no lo veas. Y algo más: entre las piernas ya tenía un calor húmedo, molesto, que la bata no disimulaba. Metí la mano y me toqué apenas, con dos dedos, por encima del vello. Estaba mojada. Empapada, para ser exacta. Hacía meses que no se me humedecía el coño con esa facilidad, y menos por un chaval que podía ser mi hijo. Me quedé unos segundos así, los dedos apoyados en los labios, sintiendo cómo latían.

Me los llevé a la boca. Sabor a mí. Sabor a que hacía demasiado tiempo.

***

Una hora y media después, tocaron.

Dos golpes suaves. Casi educados.

—Adelante —dije.

Era Mateo.

Esta vez no entró con aire de error. Entró despacio, con la espalda recta y los ojos fijos en mí, aunque las manos le delataban: las apretaba y soltaba a los lados, sin saber dónde ponerlas.

—¿Necesitas algo? —pregunté.

—Quería pedirle algo —dijo—. Si no le molesta.

Me senté mejor en la cama. La mascarilla ya había hecho su trabajo y me la había quitado hacía un rato. El pelo seguía húmedo. La bata, de algodón blanco, me llegaba a los muslos.

—Dime.

Tragó saliva. Miró un segundo hacia la puerta, como calculando la distancia de escape, y luego me miró de frente.

—Mi hermano me contó que usted vive sola. Que no tiene marido.

—Tu hermano habla demasiado —dije, sin molestia real.

—Yo quería invitarla a salir —soltó de golpe.

Lo dijo con la misma cara con la que alguien salta al agua fría: cerrando los ojos en el último segundo.

Lo miré un momento. Calculé. Cuarenta años contra los veinte que a él le sobraban de lejos.

—¿A dónde me llevarías? —pregunté.

No esperaba que lo tuviera tan claro.

—A un hotel.

No me reí, aunque ganas no me faltaron. Había algo en su franqueza que lo hacía casi entrañable: sin rodeos, sin flores retóricas, directo al grano como quien ha estado ensayando la frase durante hora y media.

—Eso es ir muy rápido —observé.

—Es que… —dudó—. La verdad es que lo que yo quiero es que me enseñe.

—¿Que te enseñe qué?

Se quedó callado tres segundos completos. Luego, con la voz bajada casi a la mitad:

—A follar. A estar con una mujer de verdad. Yo no sé bien cómo se hace.

Eso sí no me lo esperaba.

Lo estudié en silencio. Tenía los hombros tensos, la mandíbula apretada, el orgullo y la vergüenza luchando en la misma cara. No era el tipo de chico que confiesa eso fácilmente. Le había costado.

—Ven —le dije, señalando el borde de la cama—. Siéntate.

Se sentó. Las rodillas apuntando hacia adentro, los codos sobre los muslos, la postura de alguien que espera un sermón.

—¿Cuántos años tienes? —pregunté, aunque lo intuía.

—Veinte.

—Yo tengo cuarenta.

Lo dije sin inflexión, sin invitarlo a comentar.

—Me da igual —respondió, y lo decía en serio.

—¿Por qué yo? —pregunté—. Hay chicas de tu edad.

Tardó en contestar. Cuando lo hizo, miraba el suelo.

—Porque usted sabe lo que hace. Se nota. Cuando entré antes y la vi ahí, tranquila, sin apuro… Yo quiero aprender con alguien así. No con alguien que sepa tan poco como yo.

Eso me llegó de una manera que no esperaba.

—¿Alguna vez te la han chupado, Mateo? —le pregunté, sin cambiar el tono, como si preguntara si había cenado.

Se puso rojo hasta las orejas.

—Una vez —dijo—. Mal. Muy mal.

—¿Y has follado?

—Una vez también. Y también mal. Duró como dos minutos y ella se fue.

—Para aprender no hace falta ir a un hotel —dije—. Puede ser aquí.

Levantó la vista.

—¿Aquí?

—Los chicos siguen abajo. Pero esta noche, cuando se vayan, puedes volver. Escríbeme cuando estés afuera.

—¿De verdad? —preguntó, y en su voz había algo que oscilaba entre el asombro y el miedo a que fuera una broma.

—De verdad. Pero con una condición.

—Dígame.

—Esto no se comenta. Ni con tu hermano, ni con Nicolás, ni con nadie. ¿Entendido?

—Entendido —dijo de inmediato.

—Entonces a las nueve. Escríbeme antes de entrar. Y ven duchado.

Se levantó. Parecía no saber si darme la mano, si decir algo más, si simplemente irse. Al final optó por lo último: salió con paso rápido, casi contenido, como si temiera que moverse demasiado rompiera algo. Vi otra vez el bulto marcado en el pantalón, más grande que antes, y una sonrisa se me plantó en la cara sin permiso.

Escuché sus pasos bajando la escalera. Escuché la sala, las risas de los tres, el videojuego retomado. Seguí en la cama con los ojos en el techo, y sin darme cuenta ya tenía la mano metida entre los muslos otra vez, frotándome el clítoris despacio, sintiendo cómo se me hinchaba bajo el dedo. Me corrí sola, ahí mismo, mordiéndome el labio para no hacer ruido, imaginándome esa polla joven abriéndose paso dentro de mí.

Cuarenta años y todavía me sorprendo a mí misma.

***

A las ocho y cuarto se fueron. Nicolás golpeó a mi puerta para avisarme, me preguntó si necesitaba algo antes de que él también saliera, le dije que no, que disfrutara la noche. La casa quedó en silencio.

Me duché de nuevo. Agua caliente, despacio. Me lavé el coño con las manos, sintiendo cómo los labios estaban ya inflamados de la espera. Me sequé con cuidado, me puse la bata de seda —la negra, la que guardo para mí misma, no para nadie— sin nada debajo, y me solté el pelo frente al espejo. Me miré con honestidad: cuarenta años, caderas anchas, pecho firme, unas tetas que todavía se sostenían solas y con los pezones que se me marcaban a través de la seda apenas los rozaba. No me disgusto. Nunca me he disgustado, aunque hubo años en que me costó verlo.

A las nueve en punto, vibró el teléfono.

«Ya estoy afuera.»

Tecleé: «La puerta está sin llave. Sube directo. Segunda puerta a la izquierda.»

Esperé sentada en el borde de la cama, con las piernas cruzadas y las manos tranquilas sobre los muslos. Escuché la puerta de abajo, los pasos cuidadosos en la escalera, el corredor. Una pausa frente a mi puerta.

Golpeó.

—Pasa —dije.

Entró.

Se había cambiado de ropa: pantalón oscuro, camisa sin arrugas, como si hubiera vuelto a su casa solo para presentarse mejor. El gesto me pareció tan honesto que tuve que controlar una sonrisa.

—Hola, Mateo —dije.

—Hola —respondió. La voz, más firme que por la tarde, aunque las manos seguían buscando dónde posarse.

Me levanté. Di un paso hacia él.

—Relájate —dije—. No hay examen. No hay nada que demostrar.

Algo en sus hombros cedió un poco.

—Es que no sé bien cómo empezar —admitió.

—Eso es exactamente por lo que estás aquí —dije—. Porque no sabes. Y lo vas a aprender. Empezamos por lo más simple: cuando una mujer se te pone así de cerca, tú no te quedas parado. La agarras.

Me acerqué más. Lo bastante para que notara el perfume, el calor de mi piel bajo la seda negra. Le tomé una mano y me la puse en la cintura, por debajo de la bata, sobre la piel desnuda. La otra se la llevé al culo y le hice apretar. Lo miré a los ojos y vi que los suyos bajaban, subían, no sabían donde quedarse.

—Empieza por mirar —le dije—. Sin prisa. Mirar bien es parte de esto.

Y le abrí la bata. Del todo. La dejé colgando de los hombros mientras él, con los dedos hundidos en la carne de mi culo, se comía con los ojos mis tetas, mi vientre, la mata de pelo negro entre los muslos.

—¿Puedo tocarte? —preguntó, con la voz casi en un susurro.

—Todo. Puedes tocarme todo. Pero despacio.

Levantó la otra mano. La subió por mi costado hasta que el pulgar rozó el pezón y se detuvo ahí, como si esperara permiso otra vez.

—Chupa —le dije—. Ese es el que más lo pide.

Se agachó un poco y me lo metió en la boca. Al principio con torpeza, con demasiada saliva, mordiendo apenas. Le tomé la nuca con la mano y le fui marcando: más suave, la lengua girando alrededor, los dientes solo para rozar. Aprendía rápido. Al minuto ya tenía el pezón entre los labios y me estaba haciendo cosas que me arrancaron el primer gemido de la noche.

—Así —le dije—. Muy bien. El otro ahora.

Cambió al otro pecho sin soltarme el culo. Su mano, la que había subido, ahora bajaba por mi vientre con una lentitud que no sabía si era estrategia o miedo, y cuando llegó al vello se detuvo.

—Sigue —le dije al oído—. Ábreme con los dedos. Sin prisa. Vas a ver que ya te estoy esperando.

Los dedos bajaron. Los sentí abriéndose paso entre los labios, uno tanteando, encontrando el clítoris casi de casualidad. Cuando lo tocó, me arqueé un poco contra su mano.

—Ahí —dije—. Ahí mismo. Con la yema, en círculos. Ni fuerte ni suave. Como si le estuvieras dando cuerda a algo delicado.

Lo hizo. Le tembló la mano al principio, pero cogió el ritmo. Yo tenía la boca contra su cuello, respirándole, mordiéndole el lóbulo de la oreja.

—Ahora dos dedos dentro —le dije—. Curvados hacia arriba. Busca una zona que se siente distinta, más rugosa. Esa. Presiónala mientras el pulgar sigue en el clítoris.

Cuando encontró el punto, me di cuenta por su cara antes que por mi cuerpo. Se le abrió la boca de asombro al notar cómo yo cambiaba, cómo el coño se me apretaba alrededor de sus dedos.

—Buen chico —le susurré—. Muy buen chico.

Lo dejé un rato así, trabajándome de pie, mientras yo me sostenía con las manos en sus hombros. Sentía cómo me subía el calor por dentro, cómo se me iba tensando todo. Casi me corrí ahí mismo, pero le paré la mano antes.

—Espera —dije—. Todavía no. Siéntate.

Lo tomé de la mano. Lo guié hasta la cama. Lo senté y me quedé de pie frente a él, y entonces, con calma, terminé de dejar caer la bata al suelo.

Que me mirara fue suficiente para saber que no había exagerado lo que sentía por la tarde. Sus ojos se abrieron un poco. No había en ellos lujuria torpe sino algo más parecido al asombro, a esa forma de ver que tienen los veinte años cuando el mundo les presenta algo que todavía no saben nombrar. Debajo del pantalón, la polla se le marcaba dura, tirando de la tela hacia arriba con una insolencia que no dependía de él.

—Quítate la ropa —le dije—. Toda. Sin prisa.

Se levantó. Se sacó la camisa por encima de la cabeza. Se desabrochó el pantalón y lo dejó caer. Cuando bajó el bóxer, la polla le rebotó contra el vientre: dura, gruesa, más grande de lo que yo esperaba, apuntando hacia el techo con una gota clara ya asomando en la punta. Se quedó ahí, desnudo, avergonzado y orgulloso al mismo tiempo, sin saber qué hacer con las manos.

—Muy bien —le dije, y no era un cumplido de cortesía—. Ven. Túmbate.

Se recostó en la cama. Me subí encima, pero no del todo: me arrodillé a un costado, entre sus piernas, y le tomé la polla con la mano. Estaba caliente, dura como una piedra, y le latía contra la palma. Le apreté un poco en la base y él soltó un jadeo desde el fondo de la garganta.

—Antes de nada, otra lección —dije—. Cuando una mujer te la agarra así, tú no te mueves. Tú aguantas. Porque si te corres ahora, se acabó lo bueno.

—No me voy a correr —dijo, apretando la mandíbula.

—Vamos a ver.

Bajé la cabeza y le pasé la lengua desde la base hasta la punta. Un lametón largo, plano, sin apuro. Le llegó a temblar toda la pierna. Le lamí los huevos, tirándoselos con los labios, chupándoselos uno a uno mientras con la mano le hacía una paja lenta. Volví a subir por el tronco y le rodeé la punta con la lengua, sintiendo cómo se ponía todavía más dura si eso era posible.

—Mírame —le dije—. Mientras te la chupo, tú me miras.

Bajó la cabeza. Me clavó los ojos. Y entonces me la metí en la boca. Entera. Hasta que la punta me tocó el fondo de la garganta y tuve que respirar por la nariz. Los oí, sus jadeos, agudos y cortos, casi de sorpresa.

—Joder —dijo—. Joder, Nora.

Chupé despacio. Con la lengua rodeándole la punta cada vez que subía, con la mano acompañando abajo. Le solté un hilo de saliva desde la boca hasta la base y se la esparcí con la mano, para que resbalara mejor. Cuando lo noté demasiado cerca del límite, paré. Le apreté la base con dos dedos, firme, para bajarle el pico.

—Todavía no —le dije, con la boca todavía apoyada en la punta—. Confía en mí.

Se dejó caer contra la almohada, con la respiración como si hubiera corrido. Le di un beso en la punta y me incorporé.

—Ahora tú a mí —le dije—. Túmbate boca arriba. Con la cabeza aquí, al borde.

Se acomodó donde le indiqué. Me subí encima de él, pero al revés: con las rodillas a los lados de su cabeza y el coño justo sobre su boca. Bajé despacio, hasta rozarle los labios.

—Con la lengua, plano y largo —le dije—. De abajo hacia arriba. Cuando llegues al clítoris, te quedas ahí. Chupándomelo suave. Sin mordidas.

Empezó a lamerme. Al principio con la timidez del que nunca ha probado un coño, con la lengua apenas asomando. Le agarré el pelo con una mano y le apreté la cara contra mí.

—Más. Más lengua. Métemela entera. No tengas miedo.

Y entonces sí. Se soltó. La lengua se le hizo firme, larga, y empezó a entrar y salir de mí con un ritmo que le fui marcando yo con la cadera. Cuando encontró el clítoris, me lo lamió con la punta, se lo llevó entre los labios, lo chupó como le había pedido. Yo, encima, empecé a moverme contra su boca sin ninguna vergüenza, refregándome, empapándole la cara.

—Así, así —le decía—. Buen chico. Sigue así.

La segunda vez sí me corrí. Fuerte. Me tembló todo desde los muslos hasta la nuca, le apreté la cabeza con las dos manos y me quedé un rato encima de él, jadeando, con el coño palpitándole contra la lengua. Cuando bajé, tenía la boca y el mentón brillantes, y una cara de orgullo que era casi ridícula.

—Muy bien —le dije, y le pasé el pulgar por los labios—. Muy, muy bien.

Me dio la vuelta, ya sin permiso. Bien. Empezaba a aprender.

—Cierra los ojos —le pedí de todos modos.

—¿Para qué?

—Para sentir. No siempre necesitas ver.

Los cerró. Le pasé una pierna por encima y me acomodé sobre él, sentada, con la polla apoyada contra el coño mojado pero sin dejarla entrar todavía. La froté contra los labios, arriba y abajo, mojándola entera con lo mío. Él intentó empujar con las caderas.

—No —le dije—. Quieto. Esto lo controlo yo.

Cuando lo noté listo, cuando la polla ya estaba resbalando sola de tan mojada, me coloqué sobre él.

—Abre los ojos —dije—. Esto sí lo miras.

Los abrió. Me tomé el tiempo necesario, lo guié, me la fui metiendo despacio, hundiéndomela centímetro a centímetro. Sentí cómo iba abriéndome, cómo el coño se estiraba alrededor de esa polla gruesa y joven, cómo me llegaba a un fondo al que hacía tiempo nadie llegaba. Cuando la tuve entera dentro, me quedé quieta, apretándole con los músculos internos.

Cuando lo logré, su cara hizo algo que me costará olvidar. No fue exagerado, no fue teatral. Fue simplemente la cara de alguien que acaba de entender algo que llevaba mucho tiempo buscando entender.

—¿Sientes cómo te aprieto ahora? —le dije—. Con los músculos. Así.

Los apreté otra vez. La polla me pulsó dentro.

—Sí —jadeó—. Joder, sí.

—Así —le susurré—. No hagas nada. Solo quédate aquí.

Empecé a moverme. Marcando el ritmo yo, controlando la profundidad, ajustando cada cosa a lo que su cuerpo me iba diciendo. Al principio despacio: subiendo hasta que casi salía y volviéndomela a hundir entera, redonda, dejando que sintiera cada tramo del camino. Él tenía las manos a los costados, los dedos enterrados en la sábana, los labios entreabiertos. Mis tetas le rebotaban delante de la cara y él no sabía dónde mirar.

—Agárramelas —le dije—. Son para eso.

Me las agarró. Fuerte. Me apretó los pezones con los pulgares y esa fue mi señal para acelerar.

Cambié el ritmo. Empecé a moverme en círculos, restregándome el clítoris contra el hueso de su pubis con cada bajada, y a la vez apretando y soltando con los músculos internos, ordeñándosela sin dejar de cabalgarlo.

—¿Está bien? —pregunté, aunque la respuesta ya se le veía en la cara.

—Sí —dijo, con la voz rota—. Muy bien. Muy bien.

—Entonces no digas nada más. Solo siéntelo.

Lo obedeció. Se quedó en silencio y yo seguí: sin apresurarme, sin buscar el final, disfrutando cada momento de esa calma que solo se consigue cuando una ya sabe lo que quiere y no necesita demostrarle nada a nadie. El calor que se iba acumulando entre los dos era real, tangible, una cosa viva que crecía con cada movimiento. La polla, cada vez más gruesa dentro de mí, me llegaba a lugares que yo misma tenía olvidados.

Me bajé de él sin sacársela, o casi, y me tumbé boca abajo en la cama.

—Ven —le dije, mirándolo por encima del hombro—. Ahora tú. Detrás. Ponme una almohada debajo de las caderas.

Se movió rápido. Me metió una almohada bajo el vientre, se arrodilló entre mis piernas y agarró la polla con la mano, buscando el sitio. Estaba tan mojada que se le resbaló dos veces antes de acertar. Le tuve que ayudar, echándomela hacia abajo con una mano.

—Ahí —le dije—. Empújala. Hasta el fondo.

Empujó. De un tirón. Se me escapó un gemido largo contra la almohada.

—Ahora sí —le dije—. Fóllame. Como tú quieras. Con toda la polla. Fuerte.

Y me folló. Al principio con brazadas largas y algo torpes, todavía cuidando de no lastimarme. Después, cuando le dije «más» y le empujé el culo con la mano para atrás, se soltó. Empezó a embestirme con ganas, con la carne golpeándome contra el culo con un sonido húmedo que llenaba el cuarto. Me agarró de las caderas con las dos manos y me clavó las uñas.

—Así —jadeé—. Así, muy bien. No pares.

Me apretó una nalga con la mano, me la abrió, y sentí cómo el pulgar le rozaba el otro agujero. Se detuvo, dudó.

—Chupátelo primero —le dije—. Mojátelo bien de saliva. Y luego mételo despacio.

Se chupó el pulgar. Lo puso en mi culo y empezó a hundirlo, milímetro a milímetro, mientras seguía metiéndomela entera por el coño. Cuando el dedo entró del todo, la doble presión me hizo apretarle la polla con una fuerza que le arrancó un gruñido.

—Joder, Nora —dijo—. Joder.

—Aguanta —le dije—. Aguanta. No te corras. Todavía no.

Aguantó. No sé cómo, pero aguantó. Aumentó el ritmo cuando notó que mi respiración empezaba a cambiar. Los jadeos se me acortaban, se me volvían más irregulares, y yo sentía cómo se me iba armando la corrida en el vientre, subiendo despacio. Le pedí que me diera la vuelta otra vez.

Lo hizo. La sacó, me giró, me abrió las piernas de par en par y se metió de nuevo, esta vez con las manos apoyadas en mis rodillas, doblándomelas contra el pecho para hundírmela hasta el tope. Me miraba. Me miraba a los ojos mientras me follaba, y en su cara no quedaba nada del chico tímido que había entrado por el baño equivocado esa tarde.

—Nora —dijo, con un esfuerzo visible para que le saliera la voz—. Yo ya…

—Lo sé —dije—. Aguanta un poco más. Yo también.

Me llevé la mano a mi propio clítoris, sin dejar de mirarlo, y me lo froté rápido, en círculos, mientras él seguía embistiéndome con todo. Sus manos me apretaban las corvas hasta hacerme daño. La cama chirriaba. Yo empezaba a gemir sin control, a decirle cosas que se me escapaban solas.

—Dentro no —le dije, entre jadeos—. Cuando te vayas a correr, dentro no. Me sacas y me la echas en las tetas. ¿Me oyes?

—Sí —jadeó—. Sí.

Y entonces vino. La corrida me subió del clítoris al ombligo, del ombligo al pecho, se me disparó por todo el cuerpo como una descarga. Me arqueé, apreté los muslos alrededor de sus caderas, le apreté el coño alrededor de la polla con toda la fuerza que tenía y me quedé un momento sin aire, sin voz, sacudiéndome contra él con espasmos que no podía controlar.

Él tuvo el reflejo. La sacó justo a tiempo, se puso de rodillas entre mis piernas con la polla en la mano, y con dos pajas fuertes se corrió sobre mí. Un chorro me cayó en el vientre, otro me subió hasta entre las tetas, otro me manchó el cuello. Un sonido largo, profundo, que salió de algún lugar en el centro de su pecho. El cuerpo entero se le tensó, los ojos cerrados, los dedos apretando la polla con una fuerza que no era consciente.

Lo sentí completamente. Y me sentí completamente yo también, empapada, con el corazón golpeándome contra las costillas, con el semen caliente todavía escurriéndome por la piel.

Me quedé quieta debajo de él mientras todo se iba calmando. Su pecho subía y bajaba en oleadas largas. Tenía la frente cubierta de un sudor fino y una expresión de agotamiento absoluto que también era, de alguna manera, completa paz.

Me pasé un dedo por el vientre, recogí un poco de su corrida y me la llevé a la boca. Se lo mostré. Vi cómo se le sacudía la polla, todavía dura, al verme hacerlo.

—No está mal —le dije—. Un poco fuerte, pero no está mal.

Se dejó caer a mi lado, sin voz. Me levanté, saqué una toalla del cajón y me limpié sin apuro, delante de él, dejando que me viera hacerlo. Luego me senté a su lado en el borde de la cama.

Tardó un minuto en encontrar la voz.

—Eso fue… —empezó.

—La primera lección —lo interrumpí, con calma.

Me miró.

—¿La primera?

—Aprendiste a estar presente. A no apresurarte. A dejar que el cuerpo de la otra persona te diga lo que necesita. A chupar un coño. A follar sin correrte a los dos minutos. —Lo miré—. Eso es más de lo que saben hacer muchos hombres que llevan años haciéndolo.

Se sentó en la cama, todavía sin del todo recuperado, con el pelo revuelto y esa mezcla de orgullo tímido y asombro que le era ya característica. La polla todavía se le mantenía a media asta, brillante de mí.

—¿Hay más lecciones? —preguntó.

—Muchas —dije, tomando la bata del suelo—. Cómo hacer que una mujer se corra dos veces seguidas. Cómo follar por el culo sin lastimar. Cómo aguantar media hora sin venirte. Pero por esta noche ya fue suficiente. Vístete.

Lo hizo en silencio. Rápido pero sin el apuro nervioso de antes: con los movimientos tranquilos de alguien que ya no tiene prisa porque la urgencia ya pasó. Antes de irse, se detuvo frente a mí.

—Gracias, Nora —dijo.

No «doña». No «señora». Solo Nora.

—De nada, Mateo. Y ya sabes: esto no sale de aquí.

—Lo sé —dijo—. Te lo juro.

Salió. Cerré la puerta y me apoyé en ella un momento, con el corazón todavía un poco más rápido de lo habitual, el olor a sexo todavía flotando en el cuarto y una sonrisa que no me había pedido permiso para aparecer.

Apagué la lámpara y me acosté mirando el techo oscuro. Todavía tenía su semen secándoseme en el cuello, y no me molestaba.

Los martes seguían siendo míos. Pero ahora tenían un significado nuevo que todavía no terminaba de reconocer del todo, y que no tenía ninguna prisa por explicarme.

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Comentarios(10)

AdictoAmaduras

excelente relato!!! me encanto desde el principio

FelipeCordoba

Por favor seguí con esto, quede con ganas de mas. Tremendo

Valentina_07

Me recordo a una situacion que vivi hace tiempo jaja. Se siente muy real, eso es lo que lo hace bueno

RobertoBA77

increible. de lo mejor que lei aca en mucho tiempo

NandoPlaya

Me gusto como lo contaste, sin pasarte de la raya pero igual te deja pegado. El chico debia estar con los nervios a mil jajaja. Sigue asi!

Gonzalo_P77

La tension del comienzo esta muy bien lograda. Me atrapo de entrada

MatiasC

Como termino todo? Hay una segunda parte o quedo ahi?

SolEdith_77

bueeeenisimo!!! ojala hagas mas de este estilo

PabloM_Cba

Me gusto mucho, se nota que sabes escribir. Nada forzado, todo fluye natural

DiegoAr22

Esperando el proximo con ansias. Saludos desde Cordoba

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