El joven que me enseñó que aún podía arder
Lo supe por el olfato. Rodrigo llegó tarde aquella noche con el traje impecable y ese paso tranquilo de quien no ha hecho nada malo. Me besó en la mejilla, como siempre, como trámite. Me incliné hacia su cuello buscando el aftershave de siempre, el que le regalo desde hace veinte años, y encontré algo distinto: más dulce, más joven, con un descaro que no era suyo. Era el perfume de otra mujer. Así de simple y así de devastador.
No hubo escena. No hubo gritos. Pregunté, él negó, luego confesó. Una chica de veinticuatro años, compañera de trabajo, unos meses de mentiras bien administradas. Rodrigo Fuentes, el hombre con quien compartía cama, facturas e hijas desde hacía veintiocho años, había estado con alguien apenas tres años mayor que Elena, la mayor de mis hijas. La terapia de pareja vino después: el psicólogo, las sesiones, las preguntas incómodas, los silencios al volver a casa. Salvamos el matrimonio, como se dice. Pero yo me quedé en él como quien vive en una habitación de alquiler que ya no reconoce como suya.
Laura y Pilar llevaban semanas insistiéndome. Cuarentonas solteras por convicción, compañeras de pilates con criterio propio, querían llevarme a Alicante una semana. Yo me excusaba con lo de siempre: la casa, los compromisos de Rodrigo, las chicas. Elena estaba de viaje buscando trabajo en hoteles de lujo con un francés que conoció en Erasmus. Sofía, la pequeña, había empezado a trabajar en la consulta de su novio. Nadie me necesitaba. Una tarde, doblando ropa ajena bajo un cielo gris de Madrid, abrí el chat del grupo y escribí con los dedos temblando: Me apunto. Reservad para tres.
El hotel era sencillo: paredes blancas, balcones de hierro pintados en azul, sábanas que olían a jabón antiguo y vistas al Mediterráneo que no pedían nada a cambio. Los primeros días me dediqué a recordar lo que era no tener obligaciones: leer sin culpa, comer sin mirar la hora, quedarme dormida al sol con el ruido de las olas de fondo. Laura y Pilar me dejaban estar sin hacerme preguntas, que es la mejor forma de querer a alguien.
La tercera noche fuimos a un bar del casco antiguo, con el techo encalado, fotografías de veleros en las paredes y música que invitaba a quedarse. El camarero era alto, moreno, con los ojos de un azul que no se inventan y una sonrisa que sabía perfectamente lo que hacía.
—¿Una copa más, señoras?
—Señora lo será tu madre —soltó Pilar sin levantar la vista—. Aquí somos damas, mínimo.
—Damas, entonces. Y con todo el gusto del mundo.
Fui a pagar a la barra y él se las ingenió para ser quien atendiera la caja. Al darme el cambio noté algo rígido en la palma. Una servilleta doblada con letra clara: Me llamo Mateo. Cuando libro voy a La Terraza del Puerto. Si te apetece.
No esperaba eso. Me gustó descubrir que todavía podía provocar eso.
***
La noche siguiente fui yo quien propuso el plan. Laura y Pilar no dijeron nada, pero sus sonrisas lo decían todo. La Terraza del Puerto era un chiringuito sin pretensiones decorado con redes de pesca y botellas de colores, lleno de gente de menos de treinta. Por un momento quise dar media vuelta. Pilar me tomó del brazo antes de que pudiera.
—Ya he pedido la primera ronda. Ahora te quedas y te dejas querer un poco.
Mateo estaba al fondo con un grupo de amigos: camisa de manga corta, vaqueros desgastados, piel bronceada de quien trabaja cerca del mar. Cuando levantó la vista y me reconoció, alzó el vaso en un saludo tranquilo, sin precipitarse. Me gustó eso. Me gustó que no viniera corriendo.
Acabó sentándose cerca. Bailamos un rato, torpe al principio, como cuando el cuerpo lleva años guardado y no recuerda bien cómo se usa. Él no forzó nada: solo estuvo presente, hablando, haciendo preguntas que nadie me hacía en casa.
—¿Cuánto hace que no bailas sin pensar en lo que tienes que hacer mañana?
—Demasiado —admití.
—Se nota. Pero no de mala manera.
Más tarde, en la barra, con mojitos que Pilar había pedido desde lejos sin acercarse, le conté lo de Rodrigo sin pensarlo demasiado. Él escuchó sin interrumpir, sin el gesto de quien está preparando su respuesta mientras el otro habla.
—¿Y sigues con él?
—Sí.
—¿Por qué?
Me quedé callada un momento.
—Porque veinticinco años no se tiran así. Y porque, a pesar de todo, todavía le quiero. Aunque ya no le vea igual.
Mateo asintió sin juzgarme. Eso es lo más difícil de encontrar en una persona.
***
Salimos a caminar por el puerto. El aire olía a salitre y a fritanga de los bares que aún tenían las puertas abiertas. En algún momento, Mateo se detuvo y me miró con una expresión extraña.
—Tengo que preguntarte algo. ¿Eres la madre de Elena? ¿Elena Fuentes Castellano?
Se me heló la sangre.
—Sí. Mi hija mayor. ¿Por qué?
—Porque fui su novio casi un año.
El mundo tardó varios segundos en volver a girar. Elena. Mi hija. Este muchacho que llevaba horas mirándome como si fuera lo mejor que había visto en mucho tiempo había estado con mi hija.
—¿Qué pasó entre vosotros?
—Me fue infiel. Conoció a alguien más interesante, según me dijo.
Silencio. El oleaje contra los pilotes del muelle. Mi cerebro dando vueltas alrededor de la frase sin atreverse a reventarla del todo.
—La vida tiene un sentido del humor muy particular —dijo Mateo, con una sonrisa que mezclaba humor y algo más oscuro—. Porque tú me gustaste antes de saber que eras su madre.
No respondí. Me besó despacio, como alguien que no tiene prisa porque sabe que el tiempo no se le acaba. Noté una corriente cálida subiéndome por la espalda. No era el beso de un hombre que quiere demostrar algo. Era el beso de alguien que simplemente quería besarme a mí.
—¿Seguimos caminando o te pido que te quedes? —preguntó cuando nos separamos.
—¿Dónde?
—En mi piso. Aquí cerca.
***
Vivía en un estudio del barrio del Raval, a tres manzanas del puerto, en un edificio de fachada ocre con las persianas verdes. Subimos tres tramos de escaleras que crujían. El piso era pequeño pero ordenado: sofá cama, mesa llena de libros, cocina rinconera. Y una ventana enorme que daba al mar, con el ruido de las olas colándose por los huecos de la madera. Cerré la puerta a mi espalda.
—¿Cuánto hace que nadie te besa sin ningún motivo de fondo? —preguntó.
—Años. Mi cuerpo ya no recuerda lo que es.
—Tu cuerpo miente.
Sus manos subieron despacio por mi cuello, reconociendo mi piel con una calma que me desarmó. Cuando llegamos a la cama él ya no llevaba camisa y yo ya no llevaba vestido. Me miró con una atención que Rodrigo llevaba años sin dedicarme. Me desabrochó el sujetador sin prisa. Besó mi cuello, mi escote, cada parte que yo había aprendido a ignorar mirándome en el espejo por las mañanas.
Luego bajó.
Lo hizo con una paciencia que rozaba la devoción: lento, sin atajos, leyendo cada reacción de mi cuerpo como si fuera el único texto que importaba en ese momento. Llevaba años sin que nadie se tomara ese tiempo conmigo. Me aferré a la sábana con las dos manos. El orgasmo llegó de una forma que no esperaba: construido, preciso, enorme. Me corrí sacudiendo las caderas con un gemido que no intenté contener, porque en esa habitación pequeña con vistas al mar no había nadie a quien molestar.
—Dios mío —conseguí decir.
—Todavía no hemos empezado —respondió, y vi que hablaba en serio.
Cuando me penetró, el placer fue de esa clase que no se puede fingir ni exagerar. Me moví con él encontrando un ritmo que no había encontrado en muchos años, una fricción exacta en el lugar exacto que me hacía correrme cada vez que aceleraba. Mis uñas en su espalda. Sus manos abiertas sobre mis caderas. Lo escuché gemir cuando se derramó dentro de mí, y aquel sonido grave que retumbó en la habitación pequeña me pareció lo más honesto que había oído en mucho tiempo.
Nos quedamos un rato en silencio, escuchando el mar por la ventana abierta. Mi corazón tardó varios minutos en bajar de revoluciones.
—No recordaba que esto podía ser así —dije en voz alta, sin dirigirme a nadie en particular.
Mateo se rio suavemente y fue al baño. Lo vi volver entre sombras: pecho marcado, piel bronceada, la anatomía tranquila de alguien que no necesita demostrar nada. Me abrazó y me quedé dormida casi de inmediato, que es la mejor señal de que algo ha ido bien.
***
Por la mañana preparé café descalza mientras él dormía boca abajo. Leí el mensaje de Pilar en el móvil y sonreí sin querer. Cuando Mateo apareció con cara de sueño me abrazó por detrás, con los ojos aún medio cerrados.
—¿Tienes que volver al hotel?
—Debería.
—¿Quieres?
No respondí de inmediato, que fue una respuesta en sí misma.
Desayunamos apoyados en la barra de la cocina. A plena luz el estudio lucía más amplio: azulejo limpio, un sofá bien combinado, estanterías con libros de verdad. Más tarde me acompañó a la puerta y me dio algo doblado en la mano.
—Mi número. Por si te apetece comer mañana.
***
Dejé pasar un día. Luego llamé. Quedamos en un restaurante de tapas cerca del mercado central, con precios razonables y camareros que no fingían ser otra cosa. Comimos bien, bebimos un poco de vino blanco frío y hablamos de verdad: su infancia, la carrera que estaba terminando a trancas y barrancas, los trabajos de temporada en Ibiza y en la Costa del Sol, los planes que tenía para cuando acabara la universidad. Era más inteligente de lo que su oficio sugería. Tenía esa clase de madurez que viene de haberse ganado la vida con los propios brazos desde muy joven.
—No te imaginaba estudiando —admití.
—¿Por qué no?
—Prejuicio mío. Lo siento.
Sonrió sin rencor, que es una habilidad poco común.
A media tarde ninguno de los dos especificó el destino. Caminamos hacia su edificio sin decirlo. Casi no llegamos al rellano: tan pronto cerró la puerta nos besamos con urgencia, dejando la ropa por el camino.
Esta vez fue diferente. Más confiado, más desinhibido por ambos lados. Me tumbó boca abajo y recorrió mi espalda entera con la boca, desde los hombros hasta la cintura, sin saltarse nada, sin tener prisa. Cuando me levantó las caderas y me penetró desde atrás solté un sonido que no reconocí como mío: algo entre alivio y hambre, como si el cuerpo llevara años esperando eso sin saberlo.
Nos movimos durante un largo rato, sudando, el ambiente de la habitación cada vez más cargado con el olor a los dos. Me agarraba a la almohada, él se aferraba a mis caderas con las manos abiertas. Me corrí tantas veces que dejé de contarlas, cada orgasmo más largo que el anterior, como olas que no terminan de romperse del todo. Cuando por fin se corrió él, cayó sobre mi espalda un instante antes de rodar a un lado. Los dos jadeando, las gaviotas afuera, el sol de la tarde entrando oblicuo por la ventana entornada.
—Eres una mujer extraordinaria —dijo, mirando al techo.
—Tengo cincuenta y dos años y me sobran varios kilos.
—Y un cuerpo que lleva demasiado tiempo sin recibir lo que merece.
No supe si reírme o llorar. Hice las dos cosas un poco.
***
Volví al hotel. En la playa con Laura y Pilar, tumbada en la toalla con los músculos aún flojos, les conté casi todo. Todo menos lo de Elena, que era demasiado para procesarlo en voz alta. Pilar me miró con esa calma suya de quien ha visto mucho mundo.
—¿Vas a volver a verle?
—No. Creo que no.
—¿Arrepentida?
Tardé en responder.
—De nada.
***
El verano transcurrió con la textura suave de las cosas que se normalizan. Rodrigo fue más cariñoso que en años: más atento, menos pendiente del móvil, capaz de mirarme a la cara durante una conversación entera. En agosto organizó una escapada a la costa portuguesa, los dos solos, como no hacíamos desde antes de que nacieran las chicas. Fue agradable de una forma que no esperaba. La última noche, en una habitación con vistas al Atlántico, me puse un camisón que no era de los de siempre. Me correspondió con una ternura que hacía años no le conocía. Me corrí dos veces, cosa que nunca me había pasado con él. El matrimonio no quedó reparado del todo, pero dejó de estar roto. Pasó a ser otra cosa: más honesto, más tranquilo, menos fingido.
Ya en Las Rozas, deshaciendo las maletas y preparando la cena, Rodrigo se sentó a la mesa y me tomó la mano.
—¿Qué estudiarías si pudieras empezar de cero?
Me lo pensé de verdad, que fue la novedad.
—Estética e imagen. Siempre me ha gustado cuidar la piel. Se me da bien.
En octubre me matriculé en un ciclo de formación profesional en un centro privado, animada por Rodrigo y, sobre todo, por mí misma. Me motivaba estudiar rodeada de gente joven, aprender algo que siempre había querido aprender sin que nadie me lo hubiera preguntado antes.
Una noche de noviembre, con los apuntes de dermatología abiertos encima de la mesa, llegó un mensaje de un número que no tenía guardado: Llevo dos meses en Madrid terminando el trabajo de fin de grado. Me gustaría verte, si te parece bien. Solo quería que supieras que estoy aquí.
Sonreí. No respondí de inmediato. Me quedé un rato con el teléfono en la mano, sintiendo algo que no era culpa ni deseo exactamente, sino algo más difícil de nombrar: la certeza de que yo ya no era la misma mujer que doblaba ropa ajena bajo un cielo gris y creía que eso era todo lo que le quedaba.
El resto podía esperar. O no. Pero por primera vez en mucho tiempo, la decisión era solo mía.