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Relatos Ardientes

La madura que pactó con el matón del parque

Cuarenta y tres años cumplidos, un divorcio reciente y la certeza de que la vida me había estafado hasta la última moneda. Fernando me dejó por la chica nueva de la oficina, una cría de veintiséis con los labios inflados y la risa fácil. El cliché más gastado del planeta, hecho carne en mi propio matrimonio.

Sospechaba desde hacía meses. Los perfumes nuevos, las reuniones de última hora, los viajes de trabajo que siempre caían en viernes. No quise mirar. Una parte de mí se decía que, si no lo veía, no estaba pasando. Fui ingenua, fui cobarde, fui todo lo que una mujer no debería ser nunca. Y aun así, si mañana él tocara el timbre y me pidiera volver, le abriría la puerta. Hasta me seguiría haciendo la ciega con tal de no quedarme sola. Qué triste admitirlo.

La separación me sacó a la fuerza del barrio tranquilo donde había vivido los últimos quince años. Cambié los pinos y los chalets por un tercero sin ascensor en la calle del Olmo, en la zona sur, donde las paredes huelen a humedad y los vecinos gritan de madrugada. El alquiler cabía en la pensión que me pasaba Fernando, y eso era lo único que importaba. Tenía que sacar adelante a Javier, mi hijo.

Javier acababa de cumplir los dieciocho. Era todo lo que me quedaba. Nunca había trabajado fuera de casa, y con mi edad y mi currículo en blanco era mercancía defectuosa en cualquier oficina. Estiraba cada euro para que a mi chico no le faltara de nada, ni la academia de inglés, ni las zapatillas, ni el teléfono nuevo.

Javi siempre fue un niño blando. Demasiado protegido por mí, demasiado mimado por Fernando en los buenos tiempos. Callado, introvertido, con ese gesto de asustarse por cualquier cosa. El barrio nuevo se lo estaba tragando.

La primera vez que apareció con la nariz hinchada y un hilo de sangre seca bajo la ventanilla, algo se me desgarró por dentro.

—¿Qué te ha pasado, cariño? —le pregunté, estirando la mano para limpiarle la cara.

Me apartó como si le quemara.

—Déjame. Es culpa tuya, por dejar que papá se fuera con esa. Por traerme a este sitio de mierda.

Tres días después, lo mismo. Un golpe en el pómulo y otra oleada de rencor, todo contra mí.

Mi hijo se apagaba delante de mis narices. Se convertía en una sombra enfadada, encerrada en el cuarto con los cascos puestos, hablando de dejar el instituto, de no volver a pisar la calle nunca más.

Y empezaron las desapariciones del bolso. Veinte euros un martes. Quince el jueves. Billetes sueltos que se evaporaban. No dije nada. Lo dejé correr. Miré.

Hasta que una noche no pude más y decidí seguirlo.

***

Era octubre. La primera noche fría del otoño. Me puse unas zapatillas planas, un abrigo largo y salí detrás de él con el corazón golpeándome las costillas. Javi caminó tres calles hasta el parque viejo, el de la cancha de baloncesto con la red rota y las farolas parpadeando. Me escondí detrás de un ciprés, lejos del foco amarillo.

Había cuatro o cinco chavales en la pista. Todos parecían un poco mayores que mi hijo. Uno me llamó la atención desde el primer segundo. Alto, ancho, con los brazos cubiertos de tatuajes que bajaban hasta los nudillos. La camiseta de tirantes se le pegaba al pecho. Tenía la sonrisa torcida del que sabe que lleva las riendas.

Sentí en el vientre una rabia tan densa que me mareó. Quise llamar a la policía, pero habría sido peor. Habría sido condenar a Javi a una paliza el doble de grande al día siguiente. Apreté los dientes y me quedé mirando.

—Anda, mira quién ha aparecido —dijo el del tatuaje, con una voz grave y pausada que arrastraba las sílabas—. Empezaba a pensar que nos habías dejado, Javi.

Le echó el brazo por encima del hombro. No era un gesto de amigo. Era un collar. Javi desapareció bajo aquel cuerpo enorme.

—¿Traes lo de hoy?

Mi hijo metió la mano temblorosa en el bolsillo del plumífero y sacó un billete arrugado.

—Es todo lo que he podido, Mario… Lo siento. Mi madre…

Se calló. Se tragó la palabra. No quiso decir en voz alta que me estaba robando.

Mario tomó el billete sin prisa, lo dobló con dos dedos y se lo guardó. Luego empujó a Javi por el pecho, suave, solo lo suficiente para humillarlo delante de los demás.

—Mañana el resto. Ya sabes cómo funciona.

Los otros rieron a carcajadas. Javi bajó la cabeza y volvió sobre sus pasos. Me quedé pegada al ciprés, sintiendo cómo la impotencia me subía por el cuello y me ahogaba. Mi hijo estaba pagando a ese animal para que los demás no lo tocaran.

Al día siguiente dejé el bolso abierto encima del aparador. Esperé. Cuando volví de la compra, faltaban veinte euros. No grité. No lloré. Me quedé sentada en el sofá una hora entera, con las manos cruzadas sobre el regazo, sintiendo una frialdad extraña que se me clavaba en el pecho. Era su madre. Lo iba a proteger aunque tuviera que pisarme la dignidad.

***

La noche siguiente volví al parque. Sola.

—¡Mario! —grité desde el borde de la pista. Me salió la voz aguda, una cuerda a punto de romperse.

Sostenía el balón contra la cadera. Giró la cabeza despacio, como si le diera pereza. Cuando me vio, entregó el balón a uno de sus colegas y caminó hacia mí con ese paso pesado de gallo joven. La luz de la farola le recortó el cuerpo entero, y sentí, a pesar del miedo, una calentura estúpida en la boca del estómago.

—¿La conozco, señora?

—Soy la madre de Javier —tartamudeé—. Y he venido a decirte que como le vuelvas a poner una mano encima te denuncio a la policía. Mi exmarido conoce a un juez. Tengo grabaciones.

Mentí sobre la marcha. Apreté los puños dentro de los bolsillos para que no viera cómo me temblaban. Mario imponía un respeto primario, físico, de ese que no se aprende.

Soltó una carcajada seca. Miró a sus amigos.

—Chicos, la madre de Javi ha venido a denunciarme —la voz se le llenó de burla—. Por no sé qué de extorsión.

Los otros se partieron de risa. Me caló un escalofrío. Supe, en ese instante, que mis amenazas eran papel mojado en su código.

Mario se acercó un paso más. Podía oler su colonia barata mezclada con el sudor seco. Bajó la voz.

—Señora, yo no extorsiono a su hijo. Yo lo protejo para que no lo despiecen los demás. Este barrio es lo que es. A partir de ahora se las arreglará él solito. Suerte.

Dio media vuelta. Fue el pánico lo que me hizo reaccionar. Le agarré del antebrazo. Su piel estaba caliente, dura, como una tubería al sol.

—¿Cuánto quieres? —solté a bocajarro.

Mario se giró despacio. Su sonrisa cambió. Ya no era burla. Era otra cosa. Algo que me hizo apartar la mano como si me hubiera quemado.

—Vaya, vaya. Llega aquí amenazándome, me falta al respeto delante de mis chavales, y ahora quiere que yo sea la niñera de su niño. —Se acercó hasta que su aliento me rozó la frente—. Cuide usted de su cachorro, señora. Para eso está una madre.

—Por favor… —supliqué. Las palabras se me atascaban—. Javi es bueno. No soportaría que le pasara nada.

Me humillé. Así de simple. Delante de un crío que podría haber sido mi hijo, en medio de un parque que olía a meado, dejé caer los últimos harapos de la señora elegante que un día fui. Mario se detuvo. Me miró la boca un segundo entero antes de hablar.

—A partir de ahora trato solo con usted. Javi paga los lunes. Un pago, una semana de protección. Así funciona esto.

Me sostuvo los ojos. Volvió a bajarlos hasta mi boca.

—La espero el próximo lunes a esta misma hora. Le diré a su hijo que ya no tiene que soltar un duro. Que yo me ocupo. No sabrá que hemos hablado.

Se dio la vuelta sin esperar respuesta. Me dejó allí plantada, respirando el polvo de la cancha, sabiendo que acababa de firmar con el diablo de turno.

***

En los días siguientes, Javi cambió. Ya no se encerraba a masticar su rabia. Salía a tomar el aire, devolvía los saludos, incluso sonreía alguna vez desde el sofá. Como si alguien hubiera dejado de apretarle la garganta.

El lunes llegó con el peso del plomo. Antes de salir, me metí en el baño. Me cambié las bragas. Tengo que confesarlo: dudé delante del cajón. Las blancas de algodón o las de encaje burdeos. Elegí las burdeos. Fue un acto absurdo, casi una ofrenda. Luego me odié por haberlas elegido.

Bajé la basura y atravesé el parque con el pulso disparado. Mario estaba sentado en un banco bajo la farola, fumando. A su lado tenía una lata de cerveza. Al verme, soltó el humo con una lentitud de reloj, como si me estuviera cronometrando el miedo.

Quería acabar pronto. Me acerqué, metí la mano en el bolso, saqué dos billetes de veinte.

—Toma. Es lo que puedo esta semana.

Ni miró los billetes.

—Guarde el dinero, señora.

—¿Qué?

—Que hoy no va de dinero. —Se levantó del banco. Me sacaba dos cabezas. Me repasó de arriba abajo con una calma pesada, sin prisa, como quien ojea una vitrina—. Hay que estar muy mal de la azotea para dejar escapar a una mujer como usted. Seguro que su ex no sabía ni por dónde agarrarla.

Me ardió la cara. No de pudor. De miedo. Y de una vergüenza sucia al darme cuenta de que sus palabras no solo me humillaban, también me estaban tocando.

—No estamos aquí para hablar de mi matrimonio —solté, abriendo el bolso con dedos que apenas obedecían—. Dime cuánto quieres y acabemos.

—Ya le he dicho que no va de pasta. —Dio un paso más—. Llevo toda la semana pensando en usted. En el retrato que tiene Javi en la mesilla. Ahí sale usted, todavía más guapa que ahora.

Di un paso atrás. El tronco del álamo me frenó la espalda.

—Tranquila. No voy a hacerle nada que no quiera. —La voz le bajó hasta un susurro áspero—. Estos días me he hecho colega de su hijo. Ya nadie lo toca. A él le está yendo bien. —Sonrió con los dientes apretados—. Pero usted también me debe algo. Y, joder, apetece más cobrárselo a usted que al chaval.

Entonces lo entendí. El cambio de Javi. La seguridad nueva. Mario no me miraba el bolso. Me miraba el escote, las caderas, los muslos bajo la falda.

—Tiene usted curvas de las de antes —comentó, con una crudeza que me revolvió—. De esas que ya no se ven. Joder, la madre de Javi. Quién lo diría.

—No pienso consentir que… —empecé.

No me dejó terminar. Apoyó un dedo en mis labios. Firme. Inapelable.

—Shhh.

Y en ese gesto entendí que yo no llevaba ni una sola de las riendas.

—Siempre que veo a una señora madura como usted paseando por la calle, me pregunto qué llevará debajo de la falda. Si bragas grandes, de esas de madre, o tangas de mujer joven.

—Eres un imbécil —solté, apartando la cara. Nadie me había hablado así en mi vida. Nadie.

Mario fingió un bostezo y empezó a girarse hacia la cancha. El pánico me golpeó el pecho. Le agarré del antebrazo otra vez, sin pensarlo.

—Bragas —dije, tragando saliva—. Grandes. Los tangas me incomodan.

Me salió apresurado, ridículo. Mario sonrió despacio. Esa sonrisa sucia.

—Lo suponía. Con ese culo que tiene, un tanga le quedaría de pecado. —Se me acercó hasta que pude notar el calor que le salía por el cuello de la sudadera—. Ese es el pago. Quítese las bragas aquí. Ahora.

Sentí que el parque desaparecía. Que solo quedábamos el tronco, Mario y yo, y un foco lejano de luz amarilla. Con un gesto mecánico, me subí la falda. La tela resbaló por los muslos hasta la cintura, dejando mis bragas de seda burdeos al descubierto.

Me las bajé despacio. El aire helado me cortó la piel y me golpeó de lleno el coño, que ya estaba empapado sin que yo lo hubiera querido. Al levantar el pie para sacarlas, el tacón se enganchó en la puntilla. Me quedé unos segundos en equilibrio, expuesta, mostrándole todo lo que tenía, el vello recortado, los labios hinchados brillando bajo la luz sucia de la farola. Mario no parpadeaba. La respiración se le volvió ruidosa.

Le tendí la prenda con la mano temblorosa. Él la cogió, se la llevó a la nariz y aspiró con una intensidad que me hizo cerrar los ojos.

—Menudo coño tiene que tener esta señora —murmuró—. Huele a gloria. A hembra en celo. Está usted mojada, Marta. Se le nota hasta desde aquí.

Agaché la cabeza, pero él me la levantó con dos dedos bajo la barbilla. Me obligó a mirarlo mientras se guardaba las bragas en un bolsillo y con la otra mano se buscaba, sin ninguna vergüenza, el bulto duro que le tensaba el chándal.

—¿Ve lo que me ha hecho? —dijo, agarrándose la polla por encima de la tela—. Toque. Toque lo que le está pidiendo su cuerpo, señora.

—No… —susurré, pero mi mano ya iba sola, como si no fuera mía.

Le rocé por encima del chándal. Estaba dura, gorda, caliente, latiendo como un bicho vivo. Cerré los dedos sin querer. Él soltó un gruñido corto que me atravesó de arriba abajo.

—Sácamela.

—Aquí no… por favor…

—Aquí. Ahora. O mañana su hijo vuelve al parque a pagar con la cara.

Me temblaron las manos, pero le bajé el elástico del chándal. La polla saltó hacia fuera, tiesa, gruesa, con una vena marcada corriéndole por el dorso y el glande morado goteando ya una perla espesa. Nunca había visto una así de cerca, tan brutal, tan cargada. La de Fernando había sido lo único que había tocado en veinte años, y esta no tenía nada que ver.

—Métesela en la boca —ordenó, agarrándome del pelo—. Que se te olvide la vergüenza de una puta vez.

Me empujó hacia abajo, sin brusquedad pero sin permitir negociación. Se me doblaron las rodillas contra la gravilla. La tenía delante de la cara, respirándome encima, y solo pude abrir la boca y dejar que aquel glande grueso me entrara hasta la garganta. Me arcó al llegar al fondo. Él soltó una carcajada baja.

—Así, señora. Con esa boquita fina. Chúpela como se la chuparía a su marido si él la mereciera.

Empecé a mover la cabeza. Al principio despacio, tragando saliva, aprendiendo el tamaño de aquella polla que me estiraba los labios hasta hacerme daño. Después más rápido, más hondo, cerrando los ojos para no ver dónde estaba, dejando que la humillación me subiera y me bajara por dentro como una marea. La chupé entera, subiéndole con la lengua desde los huevos, lamiéndoselos, metiéndomelos en la boca uno a uno mientras él me sujetaba la cabeza por la nuca.

—Joder, Marta. Joder. Qué guarra callada eras y no se te notaba.

La saliva me caía por la barbilla y me manchaba el abrigo. Con una mano me apretaba la nuca, con la otra me daba pequeños bofetones en la mejilla con su propia polla, dejándome la cara pringada. Cuando por fin me dejó respirar, tenía los labios hinchados, los ojos llorosos y un hilo pegajoso colgándome de la boca al glande.

—De pie —me dijo, tirándome del pelo—. Ahora te toca a ti disfrutar. Que veas lo que es que un tío te folle en condiciones.

Me levantó como si no pesara. Me giró contra el tronco del álamo. La corteza me arañó las palmas cuando apoyé las manos por instinto. Me subió la falda del todo hasta la cintura, dejando el culo al aire, y me abrió las piernas de una patada seca a la parte interna del muslo.

—Mírate. Sin bragas, con el coño chorreando, y ni siquiera hemos empezado. Su marido no tiene ni idea de lo que perdió.

Me metió dos dedos de golpe. Sin aviso. Estaba tan mojada que entraron enteros y me arrancaron un gemido que intenté ahogar mordiéndome el puño. Me los sacó relucientes, brillando bajo la farola, y me los pasó por los labios.

—Chupa. Que sepas a lo que sabe una señora que se hace la digna.

Le obedecí. Me tragué mi propio sabor mientras él me abría las nalgas con las dos manos y me miraba el coño abierto, los labios inflamados, el pequeño ojo del culo que se contraía de nervios.

—Todo mío. Todo. Desde hoy y cuando yo quiera.

Sentí el glande empujando contra la entrada. Grueso, resbaladizo con mi propia saliva y mi flujo. Empujó una vez, despacio, para probar. Ya con esa sola pulgada dentro me temblaron las piernas. Empujó otra vez, más hondo. La polla me abrió despacio, estirándome, encontrando huecos que llevaban años sin abrirse así. Cuando estuvo entera dentro, apoyada su pelvis contra mi culo, se quedó quieto un momento y me respiró en la oreja.

—¿Lo notas, Marta? Toda dentro. Hasta el fondo. Y no vas a echarme.

Empezó a follarme contra el árbol. Al principio lento, con embestidas largas y hondas que me obligaban a tragarme los gemidos apretando la mejilla contra la corteza. Después más rápido, más brutal, cada empujón me levantaba de puntillas y me clavaba el vientre contra el tronco. La corteza me arañaba las tetas por debajo de la blusa. El sonido del choque de nuestras carnes retumbaba en el parque vacío, húmedo, obsceno, mezclado con el chapoteo de mi coño que no dejaba de soltar.

—Dilo. Di que te gusta —me exigió, agarrándome de una teta por debajo del sujetador y pellizcándome el pezón—. Dilo o paro y te dejo así, con las ganas.

—Me gusta —jadeé—. Me gusta, hijo de puta, me gusta.

—Otra vez. Más alto.

—Me gusta cómo me follas. Me gusta tu polla. Dios mío…

Me tapó la boca con la mano al oírme subir el tono. Yo se la lamí, le mordí los dedos, se los chupé como una loca mientras él seguía embistiéndome. Me estaba corriendo. Lo notaba subir desde las corvas, desde el vientre, un orgasmo animal que llevaba años sin sentir. Cuando me estalló, me sacudí entera contra el tronco, apreté el coño alrededor de su polla y solté un grito ahogado contra su palma. Me temblaron las piernas tanto que si no me hubiera sujetado por las caderas me habría caído.

—Eso es. Córrete en mi polla. Empápamela toda, señora.

No me dio tregua. Me sacó, me giró y me obligó a arrodillarme otra vez sobre la gravilla. Se la agarró con la mano y empezó a machacársela delante de mi cara, apuntándome a la boca abierta.

—Saca la lengua. Que no se me caiga ni una gota fuera.

Le obedecí. Saqué la lengua, cerré los ojos, y sentí el primer chorro de semen caliente estrellárseme contra la mejilla y la comisura. El segundo me entró en la boca, espeso, salado, tanto que casi me atraganto. Los siguientes me cayeron en la barbilla, en el cuello, en el escote. Me dejó la cara empapada, brillando bajo la farola como una máscara sucia.

—Traga.

Tragué. Sin protestar. Con los ojos llorosos, con la mandíbula temblando, tragué toda la corrida de aquel crío que le doblaba la edad a mi propio hijo, mientras él me limpiaba la mejilla con el glande y me obligaba a chupárselo otra vez para dejarlo limpio.

—Buena chica —me dijo, guardándose la polla en el chándal como si nada.

Me quedé de rodillas un momento, con las bragas todavía en el bolsillo de él, el coño abierto y goteándome por dentro del muslo, la cara pegajosa de semen. Me pasé el dorso de la mano por la boca. Me temblaba todo.

—¿Cómo se llama? —preguntó, inclinándose para buscarme los ojos.

—Marta —susurré.

—Hasta el lunes, Marta.

Me giró la cara con dos dedos y me plantó un beso breve en la comisura de la boca, saboreando ahí mismo su propia corrida. Luego se fue andando hacia la cancha, sin mirar atrás.

Volví a casa sintiendo el roce de la falda directamente contra la piel, y algo caliente resbalándome por dentro del muslo hasta la media. Cada paso me recordaba lo que acababa de hacer. Cada paso, además, me subía otro latido de placer al bajo vientre, un eco que no quería apagarse. Subí los tres pisos aguantando las lágrimas, y supe, mientras metía la llave en la cerradura, que aquella línea no se desandaba. Que el lunes siguiente volvería. Y el otro. Y el otro. Hasta que él decidiera que el pago había subido otra vez.

Al entrar, Javi estaba en el sofá, tranquilo, riéndose con una serie.

—¿Todo bien, mamá?

—Todo bien, cariño —le mentí, apretando el bolso contra el vientre para que no se me viera la mancha húmeda de la falda.

Me encerré en el baño. Abrí el grifo de la ducha para que no me oyera llorar. Me miré al espejo antes de meterme: los labios hinchados, el rímel corrido, un rastro seco y blanquecino en el cuello que no había alcanzado a limpiarme. Y mientras el agua caliente me bajaba por la espalda y me arrastraba el semen del pecho, me di cuenta de que una parte de mí, la parte que nunca quise mirar, estaba esperando el próximo lunes.

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Comentarios(10)

Marte22

tremendo!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

Romina_84

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de saber como sigue todo

Klaus_BsAs

Que situacion tan complicada... lo narraste muy bien, uno se mete en la piel del personaje desde el principio. La tension inicial te engancha al toque

DarioMza

Es basado en algo real? porque se siente demasiado autentico para ser solo fantasia

MartinaRos

Me dejo pensando un buen rato. Hay momentos en que una no sabe bien que decision tomar y aca lo reflejaste perfecto

CarlitosK55

la angustia del comienzo está muy bien lograda, te metés en la historia sin darte cuenta

vanesa

buenisimo!!! 🔥 seguí subiendo cosas asi

SantiagoVP

El giro que pega al principio no me lo esperaba para nada. Buenísimo

Lectora_Mza

me recordo un poco a una situacion que le paso a mi tia hace años, esa presion que describe se siente muy real

Miguelito77

Esperando ansioso el proximo. Saludos desde cordoba!

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