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Relatos Ardientes

Lo que descubrí en el crucero por el Nilo a los 61

Me llamo Victoria, y aquel crucero por el Ródano del verano anterior me había enseñado algo que no supe hasta los sesenta: que el deseo no muere, solo espera a que una lo deje respirar. Me tomé un año sabático completo. Dejé el consejo del banco en manos de mi sobrino —chico metódico, de esos que duermen con el balance bajo la almohada— y me dediqué a lo único que había postergado toda mi vida: mi cuerpo y lo que aún podía hacer con él.

Los cruceros fluviales se convirtieron en mi refugio. No son como los barcos grandes, donde una se pierde entre miles de turistas. En los fluviales viajan treinta o cuarenta personas, y si el itinerario está bien elegido, la mayoría busca lo mismo que tú: paisajes lentos, noches largas, conversaciones sin pudor. Singles curiosos, parejas poliamorosas, almas libres sin etiquetas.

El Nilo era el siguiente destino inevitable. Busqué un barco discreto —nada de propaganda explícita, solo un folleto que prometía «experiencias íntimas para adultos con mentalidad abierta»— y reservé la suite más amplia. Siete noches de Luxor a Asuán y vuelta, con escalas en templos y un ambiente que, según me habían anticipado por teléfono, se soltaba bastante después de la segunda copa.

Embarqué un atardecer de marzo, con el calor pegado a la piel como una segunda túnica. El barco era un cinco estrellas flotante con nombre de reina faraónica. Mi suite tenía balcón sobre el agua oscura del Nilo, bañera con vistas al río y una cama donde podían caber tres sin tocarse los codos.

En la cena de bienvenida, bajo luces tenues y música nubia de fondo, se dibujó el grupo. Yusuf, el guía egiptólogo de la casa, cuarenta años, moreno, ojos negros profundos y esa sonrisa que prometía historias de dos mil años atrás y otras mucho más recientes. Ingrid y Tarek —ella alemana de cincuenta y tres, él cairota de cincuenta—, pareja poliamorosa desde hacía una década. «Nos gusta invitar a alguien que vibre con nosotros», me dijo Ingrid mientras rozaba el dorso de mi mano con la yema del pulgar. Edward, británico de cincuenta y siete, arquitecto jubilado, divorciado reciente, con el aire de quien busca recuperar algo y todavía no sabe muy bien qué. Layla, egipcia de cincuenta y cinco, empresaria de El Cairo, viuda como yo, con el cuerpo de una mujer que ha comido bien toda la vida y la mirada de una que ha aprendido a pedir. Y Beatriz y Rodrigo, pareja valenciana de cuarenta y siete y cincuenta y dos, con varios cruceros de este tipo a sus espaldas.

La primera noche fue suave. Copas de vino egipcio en la cubierta superior, el Nilo reflejando las luces del embarcadero, risas bajas. Yusuf se sentó a mi lado cuando el resto ya se había empezado a disgregar en parejas y grupos pequeños.

—Eres distinta a las otras pasajeras, Victoria —dijo con el aliento cálido cerca de mi oreja—. Tienes esa elegancia que da el poder… y la paciencia de quien ya no tiene prisa por probar nada.

—¿Me estás leyendo como a un jeroglífico? —contesté.

—Los jeroglíficos son fáciles. Tú no.

No pasó nada esa noche. Solo una mano apoyada demasiado tiempo en mi hombro y la certeza de que, si quería, podía empezar al día siguiente.

***

Visitamos el Valle de los Reyes al amanecer. El calor ya apretaba, pero el frescor dentro de las tumbas y los colores vivos de las pinturas murales me pusieron en un estado raro, como si el cuerpo estuviera escuchando algo que los ojos no veían. Regresamos al barco para el almuerzo y por la tarde navegamos hacia Edfú.

En la piscina de la cubierta superior, con el sol empezando a caer, Ingrid y Tarek me llamaron a un rincón con sombra.

—Queremos conocerte mejor —dijo Tarek, con los dedos trazando círculos en el interior de mi muslo bajo el agua.

—Sin prisa —añadió Ingrid, y me besó en la comisura de la boca como quien prueba una fruta antes de comprarla.

Estuve casi una hora en ese rincón. Besos salados por el cloro y el sudor, manos que se metían bajo el bikini sin preguntar pero tampoco sin brusquedad, la lengua de Ingrid recorriendo mi cuello mientras Tarek me sostenía la nuca. No hubo más. Cuando el sol se hundió detrás de las palmeras, me levanté con las piernas temblando y la certeza de que esa misma noche iba a ocurrir todo lo demás.

***

En Edfú visitamos el templo de Horus. Imponente, con relieves de dioses en actos que no parecían precisamente castos. Yusuf me los señalaba uno a uno con el tono neutro de un profesor que sabe perfectamente lo que está haciendo.

Esa noche, el barco organizó lo que el folleto llamaba «velada egipcia». Túnicas de lino transparente, aceites perfumados, música que empezaba en algún lugar de África y terminaba en el cuerpo de una. Nuestro grupo reducido subió a la terraza privada reservada en la cubierta más alta. El barco estaba anclado. No se veía otra embarcación en kilómetros. Solo el cielo, las estrellas y el Nilo moviéndose debajo como un animal dormido.

Nos desnudamos despacio, casi como un ritual. Mi cuerpo de sesenta y un años —curvas suaves, pechos llenos, piel marcada por el tiempo y por dos hijos que ya no me necesitaban— fue recibido con una admiración que no esperaba.

—Pareces una diosa del río —dijo Yusuf—. Madura, entera, dispuesta.

Ingrid se acercó primero. Me besó con la lengua muy adentro mientras Tarek me lamía el cuello y me bajaba el camisón hasta la cintura. Edward se unió por detrás, con las manos grandes cubriéndome los pechos, los pulgares dando vueltas lentas sobre los pezones hasta que los sentí arder. Layla se arrodilló frente a mí y empezó a besarme el vientre, bajando centímetro a centímetro, hasta que su lengua encontró el sexo que llevaba horas esperándola.

Beatriz y Rodrigo se tocaban a dos metros de nosotros, mirando, esperando turno.

Yusuf me guió hasta un diván ancho cubierto de cojines y me tendió bocarriba. Layla siguió con la boca entre mis piernas, con una paciencia de orfebre, haciendo círculos con la punta de la lengua sobre el clítoris hasta que tuve que morderme el dorso de la mano para no gritar demasiado pronto. Ingrid se sentó sobre mi cara, sin pedirme permiso y sin necesitar pedirlo, y yo la recibí como se reciben los regalos que una ha deseado durante años sin atreverse a decirlo en voz alta.

—Sigue así, Victoria —susurró Ingrid, con los dedos enredados en mi pelo—. Exactamente así.

Tarek se puso de rodillas detrás de mí y entró despacio, abriendo el camino centímetro a centímetro, con una contención que agradecí. Yusuf se acercó al lado del diván con la túnica ya por el suelo. Tomé su sexo con la mano primero y después con la boca, saboreando el gusto a sal y a algo que no supe identificar.

Edward había entrado en Layla, que seguía ocupándose de mí con la lengua. Beatriz acabó cerca, acariciando mi muslo con la mejilla, y Rodrigo la montaba desde atrás sin dejar de mirarme.

—Dame los dedos, Victoria —pidió Beatriz al cabo de un rato, con la voz ronca—. Los necesito.

Le metí dos en la misma postura, sin dejar de tener a Yusuf en la boca ni a Ingrid sobre la cara. Beatriz empezó a temblar casi de inmediato.

El ritmo se volvió otra cosa. No recuerdo bien el orden. Sé que Yusuf cambió de sitio y me penetró con embestidas largas mientras Tarek pasaba a mi boca. Sé que en algún momento Edward se sumó por detrás, que tuve dos dentro a la vez y que mi primer orgasmo me atravesó el cuerpo como algo que no me pertenecía.

—Déjate, Victoria —dijo Layla desde algún punto del diván—. No hay nada que controlar.

Me dejé. Vinieron más orgasmos, en oleadas, uno clitoriano con la lengua de Layla que volvió al final, otro interno, otro del que no sabría decir si era placer o un llanto alegre. Yusuf se vació dentro de mí con un gemido ronco. Tarek terminó en mi boca y me besó después, como quien cierra una frase. Edward acabó sobre mi espalda con un suspiro de agradecimiento. Ingrid y Layla se quedaron enredadas la una en la otra, encontrando su propio final sobre los cojines. Beatriz y Rodrigo cerraron la noche entre risas ahogadas, la mano de ella todavía entre los dedos míos.

Caímos sobre el diván sudorosos, riendo bajito, acariciándonos sin intención de nada más. El Nilo seguía corriendo debajo, indiferente, como llevaba corriendo cinco mil años.

***

Los días siguientes fueron un crescendo. En Kom Ombo hubo caricias en las sombras del templo que compartían Sobek y Horus, manos buscándose entre las columnas mientras el guía oficial explicaba mitos a un grupo distinto. En Asuán, una noche en el templo de Isis bajo la luna, con otra variación del mismo ritual: esta vez fui yo quien dirigió, yo la que pidió, yo la que marcó los turnos. Las mujeres se buscaron entre ellas mientras los hombres me tomaban por turnos. Aprendí que después de los sesenta el cuerpo no es más frágil, solo más preciso. Sabe exactamente lo que quiere y no pierde tiempo en lo que no.

En el regreso a Luxor, la última noche, organizamos la despedida en mi suite. Fue más tranquila que las anteriores. Menos vértigo, más detalle. Layla me besó como se besa a alguien con quien una piensa volver a verse. Ingrid me pidió el teléfono. Yusuf me dejó un pequeño escarabajo de lapislázuli en la mesilla sin decir nada.

Volví a casa transformada otra vez. El Nilo me había dado algo que el Ródano solo había empezado a sugerir: la certeza de que el deseo no se mide en años y que el cuerpo maduro, cuando se suelta, tiene un poder que los cuerpos jóvenes todavía están aprendiendo a adivinar.

Mi año sabático seguía. Ya miraba folletos del Mekong y pensaba en el Amazonas. Pero, sobre todo, pensaba cada noche en la próxima terraza, en la próxima suite, en las próximas manos dispuestas a recibirme sin preguntar cuántos años tenía.

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Comentarios (7)

PatriciaMar

Dios mio, qué relato. Me quede con la boca abierta desde el principio hasta el final.

Viajera45

Por favor necesito una segunda parte!!! Quede con muchísimas ganas de saber cómo siguió todo eso.

Elena_Mdz

Me encantó la forma en que está contado, se siente tan real. Uno se mete en la historia sin darse cuenta.

Meli_norte

increible!!! y encima en el Nilo jajaja, qué escenario más mágico para algo así

Lucas_cba

Lo leí dos veces. La segunda parte todavia me parece mejor. Felicitaciones de verdad, está muy bien escrito.

SolRioS

Me recordó a un viaje que hice sola hace unos años. No me pasó nada parecido pero ahora entiendo por qué debería haber explorado más jaja. Excelente relato!

MarisolDC

Se hizo cortísimo, quería que nunca terminara :)

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