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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la cocina del rancho esa noche

Era la primera vez que visitaba a mis parientes en el campo. Tenía poco más de veinte años y estaba acostumbrada a la ciudad, a los cafés de especialidad y a los hombres con ropa de marca que olían a cremas importadas. El rancho de mis tíos en Veracruz era otro mundo: el aire espeso y caliente, el sonido de los grillos de noche, la tierra roja que se pegaba a las suelas de todo.

Llegué a principios de agosto, en plena temporada de fiestas patronales. Mi tío —ganadero de toda la vida, fanático de los caballos y la charrería— llevaba meses organizando la feria del pueblo. Era el evento del año en aquella zona: jaripeo, música en vivo, puestos de comida y lo que él llamaba «la atracción principal»: un charro conocido en todo el estado por domar los toros más bravos de la región.

Mis primas hablaban de él como si fuera una estrella de cine. Yo apenas presté atención. Tenía otros planes para esas vacaciones, ninguno de los cuales incluía caballos ni corridas de toros.

La noche antes del evento no podía dormir. El calor era sofocante y la habitación donde me habían instalado tenía un ventilador que hacía más ruido que aire fresco producía. Me levanté pasada la medianoche con la garganta seca y bajé a la cocina en silencio, descalza sobre el piso de barro cocido.

Desde la ventana de la cocina se veía el corredor trasero del rancho, iluminado apenas por la luz de la luna. Ahí estaba él.

No lo conocía todavía. Solo vi una figura baja y compacta, de espaldas, con el sombrero vaquero colgado en la mano. El humo de un cigarro ascendía lento. Se giró cuando encendí la luz de la cocina, y durante un segundo nos miramos a través del vidrio. Me saludó con un movimiento de cabeza, breve y sin ceremonias.

Un hombre de campo, pensé. Nada especial.

Pero luego entró.

Tenía unos cuarenta años, quizás algo más. La cara curtida por el sol, barba de varios días, manos enormes con nudillos gruesos. No era atractivo en el sentido convencional. Tampoco feo. Era algo distinto: sólido, presente, como si ocupara el espacio de una manera que los hombres que yo conocía no sabían hacer. Había en él una especie de gravedad física que no necesitaba de ropa cara ni palabras ingeniosas.

Me preguntó si molestaba. Le dije que no. Le ofrecí café y aceptó sin hacerse el interesante. Se sentó al otro lado de la mesa de madera y esperó mientras yo preparaba todo.

Cuando me acerqué a dejarle la taza, lo olí. Tabaco, sudor limpio, algo parecido al cuero húmedo y a la tierra después de la lluvia. Un olor que no tenía nombre en mi vocabulario pero que fue directo a algún lugar de mi cuerpo que llevaba tiempo sin recibir señales claras.

Nos quedamos hablando casi una hora. Era directo, sin adornos. Me preguntó de dónde venía, qué hacía, si me gustaba el campo. Le conté que había llegado de visita, que la ciudad me tenía cansada, que no había dormido bien en días. Él escuchaba de verdad, sin mirar el celular ni interrumpir.

—El campo cura eso —dijo, y era la primera vez que lo vi sonreír.

Antes de despedirnos, me tomó la mano para decir buenas noches. No fue un apretón normal: fue firme, calloso, largo un segundo de más. Me dijo que mañana, en el ruedo, me dedicaría su montada.

Subí a mi habitación con el pulso acelerado y sin entender bien por qué.

***

Al día siguiente me arreglé más de lo necesario para una feria de pueblo. Me puse un vestido azul de tirantes que hacía tiempo no usaba, me recogí el pelo con cuidado y elegí unas sandalias con plataforma baja. Mis primas notaron el esfuerzo y se rieron entre ellas, pero no dijeron nada en voz alta.

El jaripeo fue exactamente lo que yo esperaba: ruidoso, polvoriento, lleno de una emoción que yo no terminaba de entender. Jinetes que salían disparados, toros que daban vueltas salvajes, el público gritando con cada caída. Estaba a punto de aburrirme cuando lo llamaron a él.

El ambiente en el ruedo cambió cuando entró. Caminó al centro sin apuro, saludó al público con el sombrero y luego nos buscó en las gradas. Cuando nos encontró, me miró directamente a mí. Sentí que me ardía la cara.

Se quitó la camisa. El torso moreno y macizo quedó expuesto al sol de la tarde. Encendió un cigarro, le dio una calada larga y lo tiró al suelo. Luego se giró hacia el toril sin ningún gesto dramático.

Lo que vino después no lo puedo describir del todo con palabras. El toro era inmenso, furioso, una masa de músculo negro que daba vueltas y saltaba intentando deshacerse de él. Y él resistía. Cada sacudida, cada giro violento, su cuerpo lo absorbía con una concentración que daba algo de miedo. No gritaba. No hacía gestos. Solo aguantaba, con las piernas apretadas y los brazos en tensión, como si el animal y él fueran una sola cosa en guerra y ninguno estuviera dispuesto a ceder.

Cuando el toro se rindió, el griterío fue ensordecedor.

Él bajó de un salto, agradeció sin hacer teatro y antes de retirarse me buscó con la mirada una vez más. Solo una fracción de segundo, pero fue suficiente.

Estaba a punto de desmayarme. O de otra cosa.

***

Esa noche no podía quedarme quieta. Me daba vueltas en la cama pensando en sus manos, en cómo olía, en la imagen de su cuerpo sudado resistiendo al animal. Lo racional y lo que sentía no cuadraban y eso me irritaba más que cualquier otra cosa. Llevaba tiempo saliendo con chicos de mi edad y ninguno me había producido nada ni remotamente parecido a lo que ese hombre me producía simplemente estando en la misma habitación.

Me levanté. Me toqué despacio, imaginándolo, y llegué dos veces antes de darme por vencida. Tenía calor, sed, y la cabeza llena de cosas que no quería seguir pensando sola. Bajé por agua.

La cocina estaba a oscuras. Encendí solo la luz del extractor para no despertar a nadie. Y entonces lo vi, de nuevo en el corredor trasero, fumando en el mismo lugar de la noche anterior. Mismo cigarro, mismo silencio, misma postura.

Esta vez no esperé a que él entrara. Fui al corredor.

—No podías dormir tampoco —dije.

—Nunca duermo bien la noche después de una montada —respondió—. El cuerpo tarda en bajarse del toro.

Nos quedamos un momento en silencio. El aire de la noche olía a tierra húmeda y a la leña apagada del fogón. Él me miró de una manera que no tenía nada de inocente, pero tampoco era urgente. Era la mirada de alguien que sabe exactamente lo que está pasando y no necesita apresurarse.

—Estabas mirándome en el ruedo —dijo.

—Todo el mundo miraba.

—Tú mirabas distinto.

No respondí. Él tiró el cigarro, dio un paso hacia mí y me preguntó algo con los ojos antes de hacer nada más. Debí haberme apartado. No lo hice.

Me besó despacio al principio, casi con cuidado, como comprobando si resistía. El sabor a tabaco en su boca era algo que nunca había probado antes y que me gustó más de lo que esperaba. Luego metió las manos en mi pelo y el beso cambió de tono completamente. Me llevó adentro sin dejar de tocarme.

***

En la cocina, con la única luz del extractor iluminando la mitad de las cosas, me apoyó contra la encimera y me recorrió el cuerpo con las manos como si estuviera haciendo un inventario. Sin prisa. Sin preguntar nada. Subió el vestido por mis muslos, encontró que no llevaba ropa interior y se detuvo un segundo.

—Qué conveniente —murmuró.

—Hacía calor —mentí.

Me acarició ahí con los dedos, con calma, mientras me besaba el cuello. Yo agarraba la encimera para no perder el equilibrio. Cuando metió un dedo adentro ya estaba tan mojada que me dio vergüenza, pero él no hizo ningún comentario. Solo continuó, metódico, como alguien que sabe exactamente lo que está haciendo y no tiene ninguna prisa por terminar.

—Arrodíllate —dijo.

Me arrodillé en el piso de la cocina. Él se desabrochó el cinturón con una mano y sacó lo que tenía. No era lo más grande que había visto, pero sí lo más grueso. Me lo tomé con la mano primero, sintiéndolo duro y caliente, y luego me lo llevé a la boca.

Me tomó del pelo sin brusquedad excesiva, marcando el ritmo, y yo lo seguí. El sonido de su respiración cambiando, haciéndose más pesada y menos controlada, fue lo más erótico de todo lo que ocurrió esa noche. Cuando intenté retirarme una vez, me sujetó un segundo más y gruñó algo entre dientes que no entendí del todo pero que entendí perfectamente.

Me levantó del suelo por los brazos, me giró hacia la encimera, me subió el vestido y se colocó detrás de mí.

—Quieta —dijo.

Y entró de un solo empuje.

Tuve que morderme el antebrazo para no hacer ruido. Él no se detuvo. Empezó a moverse con un ritmo constante y profundo, sin pausas para preguntar cómo estaba. Sus manos en mi cintura apretaban con exactamente la fuerza necesaria, ni más ni menos. Era alguien que sabía lo que hacía porque lo había hecho muchas veces, y eso, lejos de molestarme, me excitó más que cualquier otra cosa.

Vine la primera vez sin aviso, sin poder evitarlo, con la frente apoyada en el antebrazo y los dientes apretados. Él lo notó en cómo me tensé y aceleró hasta que vine una segunda vez, temblando contra la encimera, con las rodillas a punto de ceder.

Luego me giró de nuevo, me levantó por la cintura y me sentó en la encimera. Se puso entre mis piernas y volvió a entrar, esta vez mirándome a los ojos.

—¿Ves? Así —dijo en voz baja.

Así fue diferente. Más lento, más intenso, más difícil de aguantar. Me besó en la boca mientras se movía, sin apuro, como si tuviéramos toda la noche y ninguno de los dos tuviéramos ningún otro lugar en el mundo al que ir. Tenía las manos en mis caderas y yo las mías en sus hombros, sintiendo cada músculo trabajar debajo de la piel oscura y sudada.

Cuando estuvo cerca me lo dijo al oído, en voz muy baja. Le dije que no podía hacerlo adentro. Asintió sin discutir, se retiró y terminó sobre mi vientre, con un sonido contenido que parecía guardar todo lo que no había dicho con palabras.

Después guardó silencio un momento. Encontró un trapo limpio cerca del fregadero y me limpió con cuidado, sin decir nada. Luego se recolocó la ropa con la misma calma con la que hacía absolutamente todo.

—Duerme —me dijo.

Y se fue al corredor a encender otro cigarro.

***

Estuve en el rancho tres días más. No volvimos a hablar de lo que había pasado. Nos cruzamos en el desayuno, en la cena, en los pasillos estrechos de la casa de mis tíos. Él siempre igual: parco, tranquilo, con esa forma de mirar que decía mucho sin necesidad de abrir la boca. Mi familia no notó nada, o si notó algo, no dijo nada.

La mañana que me fui, él cargó mi maleta al coche sin que nadie se lo pidiera. Me dio la mano para despedirse, igual que la primera noche: firme, callosa, un segundo de más.

No intercambiamos números. No hice ningún gesto dramático. Subí al coche, cerré la puerta y no miré por el espejo retrovisor cuando salimos del rancho.

Pero tardé semanas en sacarme el olor a tabaco y a campo de la memoria. Y meses en dejar de compararlos a todos con él.

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Comentarios (9)

ElisaLectora

increible!!! me quede pegada hasta el final, que tension tan bien lograda

curiosa88

hay segunda parte? necesito saber como termina todo esto

SandraBaires

Ufff que inicio tan bien logrado. Se siente la tension desde el primer parrafo, sin apuros. Espero mas relatos asi

Rodrigo_Mdq

muy bueno, sigue asi!!

FedePampa

jaja me recordo a cierta noche en el campo hace años... muy bueno el relato, saludos

Paloma_77

Me gusto mucho como lo contaste, se siente real. La descripcion del principio me metio de lleno en la historia

pablito_33

excelente!!

NocheVieja_mx

Que buena historia, espero la continuacion con ansias. Me dejo con ganas de mas :)

GabyMar

Muy bien escrito, se nota que sabes como crear ambiente. Bravoo

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