La señora del segundo piso sabía que yo la miraba
Cincuenta años. Eso tengo ahora, y el deseo sigue exactamente igual que a los veinte. No ha cambiado la forma ni la dirección. Mi deseo habita en las mujeres mayores. Siempre lo ha hecho.
No fue una decisión consciente. Lo descubrí a los dieciocho, cuando una compañera de oficina de cuarenta y siete años me invitó a tomar un café una tarde de jueves y me enseñó, en la hora que siguió, que una mujer con experiencia sabe exactamente qué quiere y cómo pedirlo. Sin dudas. Sin vergüenza. Solo esa certeza serena de quien ya se conoce. Desde entonces, nada más ha tenido sentido para mí. No las chicas de mi edad, con su ansiedad y su necesidad de aprobación. Las mujeres que han vivido, que se mueven con calma, que te miran sin necesitar demostrar nada.
Las busco en todos los sitios. En el tranvía, cuando se sientan con esa manera específica que tienen las mujeres maduras de acomodarse sin prisa. En las salas de espera, cuando leen sin preocuparse de si alguien las observa. En el mercado, cuando eligen la fruta con una concentración que me resulta irresistible. Siempre están ahí, y siempre me provocan lo mismo.
Muchas noches, cuando la casa se queda en silencio, abro el ordenador y busco relatos. Los leo despacio, me tomo el tiempo que se merece cada imagen. Una mano en el teclado, la otra sobre el muslo, sintiendo la tela del pantalón calentarse. Me masturbo sin prisa, alargando cada escena hasta que ya no puedo más. Y cuando llego, siempre es la imagen de una mujer mayor la que me lleva hasta allí. Sin excepción.
Pero hay un recuerdo que vuelve más que ningún otro. La vecina del segundo piso.
***
Ella vivía justo debajo de mí. Yo en el tercero, ella en el segundo. Se llamaba Elvira. Tendría unos cincuenta y cinco años cuando yo tenía veintidós. Era una mujer grande, de las que ocupan el espacio sin disculparse por ello. Caderas anchas. Pecho generoso. Una manera de andar lenta que hacía que todo lo demás pareciera apresurado. Su marido padecía una dolencia crónica y cada mañana se iba a un centro de rehabilitación. Ella se quedaba sola en casa hasta el mediodía.
Yo la espiaba desde mi ventana.
Su terraza quedaba justo debajo de la mía, desplazada unos metros hacia el sur. Si me colocaba en el extremo del balcón y me asomaba lo suficiente, podía verla con claridad. Lo hacía casi cada mañana, en cuanto la oía salir con el cesto. El arrastre del plástico sobre el cemento. El ruido de sus pies descalzos. Me ponía en posición y esperaba.
Elvira tendía la ropa con una lentitud que me volvía loco. Cuando estiraba los brazos para alcanzar la cuerda más alta, la tela del camisón se le tensaba sobre el pecho. Esas dos tetas grandes, pesadas, que se balanceaban con cada movimiento, que se escapaban hacia los lados cuando alzaba los brazos. Me quedaba mirando sin respirar. Cuando se inclinaba para sacar más ropa del cesto, el camisón caía hacia adelante y yo podía ver todo ese escote, esa sombra profunda entre sus pechos que me tenía paralizado durante minutos.
Pero el momento que más esperaba era cuando se giraba.
Llevaba solo el camisón, sin nada debajo. Cuando rotaba para colgar la ropa en el otro extremo de la cuerda, la tela fina se le pegaba a las nalgas. Podía ver la forma exacta de sus caderas, la curva generosa de su culo de mujer madura que se movía con parsimonia mientras yo, ahí arriba, apretaba la barandilla hasta que los nudillos se me ponían blancos.
Y ella lo sabía. Claro que lo sabía.
Una vez cada tanto levantaba la vista. Nuestras miradas se encontraban un segundo. Ella no decía nada, no hacía ningún gesto visible. Simplemente volvía a lo suyo. Pero sus caderas se movían un poco más despacio durante los siguientes minutos, como si estuviera regalándome tiempo. Como si la pantomima de no haberme visto fuera también un juego que ella controlaba.
Por las noches me masturbaba pensando en ella. Me imaginaba enterrando la cara entre sus pechos, lamerle los pezones que adivinaba oscuros y grandes. Me imaginaba esa piel cálida contra la mía, sus manos en mi pelo, su voz grave diciéndome algo que no podía oír pero que imaginaba perfectamente. Llegaba siempre con su imagen en la cabeza, y tardaba un buen rato en dormirme después.
Su hija venía a verla los fines de semana. Una chica de unos veinticinco años, guapa, joven, con la energía inquieta de quien aún no sabe exactamente quién es. Me sonreía en el portal cuando nos cruzábamos. A mí no me interesaba lo más mínimo. Solo me interesaba la madre.
***
Una mañana de martes, a mediados de noviembre, sonó el timbre de mi puerta.
Era Elvira. Llevaba el mismo camisón de siempre, pero se había puesto una rebeca encima, sin abrochar. Me miró con una naturalidad que me descolocó, como si llamar a la puerta del vecino de arriba fuera la cosa más normal del mundo.
—Necesito que me ayudes a mover un armario de sitio —dijo—. Mi marido no puede hacer esfuerzos, y yo sola no llego.
Bajé al segundo sin pensar. Entré en su piso. El olor me golpeó nada más cruzar el umbral: crema hidratante y algo más suave, más íntimo, imposible de identificar pero que se quedó grabado en algún lugar del cerebro donde se almacenan las cosas que importan de verdad.
El armario no pesaba tanto. Lo movimos juntos en cinco minutos. Cuando terminamos, me dio las gracias y yo me quedé de pie en la cocina sin saber muy bien cómo marcharme. Ella se puso a limpiar el polvo que habíamos levantado, inclinada sobre el fregadero. El camisón se le tensó sobre la espalda.
No pude evitarlo. Me quedé mirando.
—Llevas un buen rato con los ojos en el mismo sitio —dijo sin girarse.
Me puse rojo hasta las orejas. Intenté decir algo. No salió nada coherente.
—No me hagas el inocente —continuó—. Te llevo meses viendo. En la escalera. En el patio. Desde tu terraza, cuando tiendo la ropa. Sé perfectamente lo que haces ahí arriba mientras yo cuelgo las sábanas.
Se giró y me miró. No era un reproche. Era algo completamente diferente.
—¿Qué es lo que tanto te gusta?
No sé cómo lo dije. Tal vez la vergüenza al límite produce el mismo efecto que el alcohol. Lo conté todo. Que las mujeres mayores me habían atraído siempre, desde los dieciocho años. Que ella, en concreto, me ponía en un estado que no sabía cómo gestionar. Que sus pechos me obsesionaban. Que me había masturbado pensando en ella más veces de las que podía contar. Que por las noches me costaba dormir.
Cuando terminé, añadí en voz baja:
—Por favor, no se lo digas a mi madre. Vive en el mismo rellano.
Elvira dejó el trapo sobre el fregadero. Se quedó callada un momento, mirándome con esa expresión serena de quien ha escuchado muchas confesiones y sabe el peso que tienen.
—Ven —dijo.
Se puso delante de mí, de espaldas, y cogió mis manos. Las guió lentamente hacia sus pechos. A través del camisón. La tela era casi nada. Mis palmas se llenaron de un peso que llevaba meses imaginando y que resultó ser exactamente como lo había soñado, pero más real. Más definitivo.
Me tomé el tiempo que me había prometido siempre que llegaría ese momento. Las acaricié despacio, aprendiendo su forma, su caída natural. Las levantaba y las dejaba caer. Mis dedos recorrían el borde, dibujando espirales que se iban cerrando hasta llegar al centro. Sus pezones empezaron a endurecerse bajo la tela. Los rodeé con los dedos sin tocarlos directamente, acercándome y alejándome, sintiéndolos responder. Ella empezó a respirar más hondo.
—Así que te gustan las mujeres de verdad —murmuró.
Entonces los pellizqué suavemente. Ella dejó escapar un sonido bajo, contenido. Los apreté un poco más y echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en mi hombro. Seguí masajeándola, apretando, sintiendo cómo sus pezones se ponían firmes entre mis dedos, cómo su respiración se aceleraba.
Empezó a restregar las caderas hacia atrás, contra mí. No podía ocultarlo. Ella lo notó y empujó más, con un movimiento lento y deliberado, como todo lo que hacía.
—Y yo aquí, perdiendo los mejores años —dijo—, con un marido que ya no puede darme esto.
Metió una mano detrás y empezó a palparme por encima del pantalón. Recorrió su longitud con los dedos, apretó. Me abrió la bragueta y sacó mi polla, la envolvió con su mano mientras yo seguía detrás, apretándole los pechos, pellizcándole los pezones.
Giró la cabeza y nuestras bocas se buscaron. El primer contacto fue cauteloso. Duró un segundo. Después se volvió urgente. Metí la lengua en su boca y ella la recibió, la chupó, la mordió suavemente. Su sabor era dulce y cálido. Nos besamos despacio, sin separarnos, mientras ella seguía acariciándome con una mano y yo seguía con las manos llenas de ella.
Sin dejar de besarnos, empezó a caminar hacia atrás. Me llevó así, pegado a ella, paso a paso, hasta el dormitorio.
***
Allí nos desnudamos. Me empujó suavemente sobre el borde de la cama y se arrodilló frente a mí. Agarró mi polla con una mano, la miró un momento, y la metió en su boca.
Empezó despacio, saboreando la punta, recorriendo el tronco con la lengua. Después fue ganando ritmo. La metía entera, la sacaba, jugaba con el glande, bajaba hasta los testículos. Sus labios húmedos, su lengua caliente, la saliva resbalando mientras ella me miraba con los ojos entrecerrados.
—Qué bien sabes lo que haces —le dije con la voz rota.
Apretó la base con una mano y aceleró.
—Córrete —dijo—. Quiero verte.
Cuando ya no pude más, saqué la polla de su boca y me apreté con la mano. Me vine sobre sus pechos, chorro tras chorro cayendo sobre esa piel que había imaginado durante meses. Ella me miró con una sonrisa tranquila mientras la leche le resbalaba por los pezones. Después volvió a meterme en la boca, chupando despacio, extrayendo hasta la última gota, limpiándome con la lengua de una manera que me hizo gemir de nuevo.
Cuando terminó, se incorporó sin prisa.
—Ahora te toca a ti —dijo.
Me empujó hacia atrás sobre el colchón. Se tumbó, abrió las piernas y me señaló con un gesto claro.
—Hace mucho que no me lo hacen como se merece.
Me puse entre sus piernas. Su sexo ya estaba húmedo, los labios hinchados, ese olor a mujer que te llena la cabeza. Le abrí los labios con los dedos y empecé a lamer. Al primer contacto ella ya se tensó. Fui despacio al principio, explorando, saboreando cada pliegue. Después más profundo, metiendo la lengua dentro, subiéndola hasta el clítoris, bajando de nuevo. Mientras lamía, introduje dos dedos dentro de ella y los moví al mismo ritmo, sintiendo cómo se apretaba alrededor.
Metió las manos en mi pelo y tiró.
—Sí —jadeó—. Así. No pares.
No podía separarme aunque hubiera querido. Me tenía sujeto contra ella mientras yo seguía lamiendo, chupando, moviéndome al ritmo que ella marcaba con las caderas, que empujaban hacia mi cara con más fuerza a cada momento.
Cuando estaba al borde, me aparté.
—¿Qué haces? —dijo, con algo entre la sorpresa y la indignación.
—Quiero follarte —le dije.
Ya estaba duro otra vez. Ella me miró la polla, me miró a los ojos.
—Pues hazlo —dijo.
Pero no me dejó tomar la iniciativa. Me empujó contra el colchón, se montó encima, me agarró con una mano y se sentó de una sola vez. Los dos gemimos al mismo tiempo.
Empezó a moverse. Sus pechos rebotaban con cada embestida, esas tetas que había espiado durante meses, que había imaginado tantas noches, ahí delante de mí, reales, en movimiento. Las agarré con las dos manos, las apreté, pellizqué sus pezones mientras ella cabalgaba sin prisa pero sin pausa, marcando el ritmo con una seguridad que me dejó sin palabras.
Con una mano se tocó el clítoris. Con las mías seguí amasando sus pechos. El sonido húmedo de su cuerpo contra el mío llenaba la habitación. Sus ojos estaban entrecerrados, la boca abierta, las caderas moviéndose con esa parsimonia suya que era más erótica que cualquier urgencia.
—Me voy a correr —dijo.
Se apretó, se retorció, y entonces se rompió. Gimió con la cabeza echada hacia atrás, los pechos hacia arriba, apretándome dentro como si no quisiera soltarme. Sentí cada contracción.
Me vine detrás de ella. Le llené el interior con otra descarga caliente mientras ella seguía moviéndose despacio, saboreando cada espasmo hasta el último.
Se dejó caer sobre mí. Sudada, con ese olor mezclado de crema y de sexo que me resultó la cosa más hermosa que había olido en mi vida. Sus pechos aplastados contra mi pecho. Su respiración volviendo poco a poco a la normalidad.
—Cuánto tiempo perdido —susurró contra mi cuello—, con un chico como tú justo arriba.
***
Hoy tengo cincuenta años. Y cuando la casa se queda en silencio y busco un relato en la pantalla, vuelvo a esa mañana de noviembre. Al olor de su piso. Al peso de sus pechos entre mis manos. A su voz diciéndome «ven» con esa calma de quien sabe exactamente lo que quiere y no necesita pedirlo dos veces.
Me masturbo despacio, disfrutando cada imagen. Y cuando llego, es siempre ella quien me lleva hasta allí.
Como siempre ha sido.