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Relatos Ardientes

Mi jefa madura me arrastró al baño esa noche

4.3 (6)

La cena de empresa era uno de esos eventos que apuntabas en el calendario con resignación. Yo llevaba solo cuatro meses en la empresa y había esquivado la primera, que cayó cuando apenas conocía los nombres de mis compañeros. Pero a esta, Bruno me había convencido con el argumento de siempre: comida gratis y la primera ronda la pagaba dirección.

Lo que no me dijo era que Lorena también vendría.

La vi llegar desde el otro extremo del restaurante. Bruno me dio un codazo y no hizo falta que señalara nada. Mi jefa avanzaba entre las mesas con una sonrisa que no le conocía en la oficina, saludando a los compañeros que encontraba a su paso. Llevaba unos vaqueros oscuros y un jersey negro de botones que no se parecía en nada a las blusas anchas con las que aparecía entre semanas. Tenía el pelo castaño a la altura de la mandíbula, siempre igual, y unas gafas de montura oscura que le daban un aire de persona que no acepta respuestas vagas.

—El ogro está en la fiesta —murmuró Bruno.

—Me dijiste que no vendría.

—Te dije que no fue a la última. No te prometí nada de esta.

Cerré los ojos un segundo y resigné la noche.

Lorena llegó a nuestra zona y puso las manos en las caderas con esa postura que usaba cuando se plantaba en nuestra mesa a revisar el trabajo.

—¡Pero mira quién está aquí! —exclamó al verme—. Mi empleado favorito.

Me levanté para saludarla. Con los botines puestos llegaba exactamente a mi altura. Le di dos besos y noté el perfume fuerte que siempre llevaba en la oficina. De cerca, tenía el maquillaje bien marcado y una sonrisa amplia que casi me desorientó, porque en cuatro meses no la había visto así.

—¿Está libre esa silla? —preguntó mirando la que quedaba a mi lado.

—Sí.

—Pues me la quedo.

Arrastró la silla por el suelo con un chirrido que llegó a todos los rincones del restaurante. Bruno me miró desde el otro lado de la mesa con una carcajada silenciosa en la cara.

La cena avanzó con ese ambiente de principio de noche donde todo el mundo todavía guarda las formas. Lorena habló con la contable, con el de recursos humanos y con un par de compañeros de otro departamento. A mí me preguntó por el análisis de costes que tenía que entregarle el miércoles, y me dijo que lo quería el lunes. No fue una sugerencia.

Lo que sí ocurrió fue algo más sutil. En un momento dado, Lorena se cruzó de brazos bajo el jersey y el tejido se tensó alrededor de su pecho. Recordé algo que Bruno me había dicho riéndose, semanas atrás: que nuestra jefa no estaba tan mal, que usaba ropa holgada para no llamar la atención, que si la vieras de otra forma...

La miré de reojo. Era una mujer grande, sí. Caderas anchas, pechos voluminosos, piernas fuertes. Cincuenta y un años, según ella misma me había dicho en la entrevista. Pero no estaba gorda. Era solo grande.

—¿Estás mirando algo? —me preguntó sin girarse del todo.

—No. Pensando.

—Pues piensa en el análisis del lunes.

Me reí a pesar de mí mismo. Ella tardó un segundo, pero también lo hizo.

***

Después del restaurante, el grupo se movió a los bares del centro. Éramos unos veinte y la noche era fría, con el cielo cerrado y sin una estrella. Para cuando llegamos al segundo local, ya faltaban varios compañeros. Bruno me consiguió sitio en la barra y nos pusimos a hacer lo que habíamos ido a hacer: olvidarnos del trabajo durante unas horas.

Funcionó bien hasta las dos de la madrugada.

Fui a pedir la tercera copa y Lorena apareció a mi lado como si la hubiera invocado. Iba borracha, no de forma escandalosa, sino de esa manera en que la gente pierde el filtro y empieza a decir lo que de verdad piensa.

—¿Pedirás algo? —me preguntó.

—Un cubata. ¿Quieres algo?

—Claro. Para qué iba a estar aquí si no.

Pedí para los dos. El bar estaba lleno y el espacio entre la barra y la gente era mínimo. Lorena se ladeó para hacerse hueco y alguien la empujó levemente desde atrás. Su costado topó con el mío. Sus curvas, que antes solo había imaginado bajo la ropa holgada de la oficina, estaban ahora contra mi brazo con una presencia muy concreta.

Puse la mano en su cintura casi por instinto, para hacer sitio, para no aplastarla contra la madera de la barra.

Ella no se apartó.

Nos quedamos así mientras el camarero preparaba las copas. Lorena miraba al frente con los hombros relajados y un silencio que no era incómodo. Mi mano seguía en su cintura. La de ella buscó la mía, entrelazó los dedos un segundo y la soltó.

—¿Te gusta trabajar conmigo? —me dijo cerca del oído. Su voz era diferente. Más baja. Sin el filo de siempre.

—Sí.

—Ya me lo parecía.

Bebimos. Ella terminó su copa antes que yo, y cuando la dejó en la barra, me miró de frente por primera vez en toda la noche.

—Luego nos tomamos otra. Te buscaré.

No fue una pregunta. Era una orden, como siempre, pero el tono era completamente distinto.

Salí a buscar aire y encontré a Bruno en la puerta fumando con otro compañero.

—Creo que mi jefa está ligando conmigo —le dije.

Se quedó mirándome un segundo y después soltó una carcajada que le hizo toser.

—Claro que sí. Lleva media noche haciéndolo. —tiró el cigarro—. Suerte.

***

Volví al bar y Lorena me encontró antes de que yo la encontrara a ella. Me cogió del brazo sin decir nada y tiró hacia el fondo del local. Entre la música y la gente no tuve tiempo de preguntar adónde íbamos. Para cuando la puerta del baño de mujeres se abrió delante de mí, era demasiado tarde para razonar.

Puso el pestillo.

—He visto cómo me mirabas toda la noche —dijo apoyando las manos a cada lado de mí contra la pared.

—Lorena, yo no...

—Ese toque en la cintura. No fue un accidente.

Tenía razón y los dos lo sabíamos.

Empezó a desabrochar el jersey. Yo no la detuve. Para cuando el tercer botón cedió y después el cuarto, entendí que no iba a hacerlo. Sus pechos se adivinaban en el sujetador negro con una presencia que no tenía nada que ver con las blusas anchas de la oficina. Eran grandes y altos y el sujetador hacía lo que podía.

—Quiero que me folles —dijo con la misma claridad con la que me daba plazos de entrega—. Sé que tú también quieres.

No la contradije.

Subió una pierna al retrete y se puso de espaldas, con las manos apoyadas en la pared. Su culo era grande y compacto, muy distinto a lo que me había imaginado debajo del pantalón de oficina. Tardé menos de lo que me gustaría admitir en ponerme detrás de ella.

Lo que pasó en ese baño fue breve y bastante mejor de lo que esperaba. Lorena sabía lo que quería y lo buscaba sin rodeos, moviéndose contra mí con una determinación que, fuera de ese contexto, habría descrito como característica suya. Los sonidos que hacía quedaban amortiguados por la música del bar. Me quedé con las manos en sus caderas escuchándola, sin terminar de creer que estuviera pasando.

Se corrió en menos de cinco minutos. Después se dobló sobre la taza y vomitó toda la cena.

La esperé fuera sin decir nada.

***

Bruno ya se había marchado cuando volví al grupo. Lorena apareció diez minutos después con el rostro blanco y los pasos inciertos. Una compañera le puso la mano en el hombro y le dijo algo en voz baja. Lorena asintió con los ojos algo perdidos.

Fui yo quien la acompañó a casa.

Caminamos en silencio por calles vacías, con ella agarrada a mi brazo e indicándome los giros con un movimiento de cabeza. Yo no abría la boca. Había demasiadas cosas que procesar y el alcohol no ayudaba a ordenarlas.

El edificio era antiguo, en una calle del centro. Cuarto piso. Lorena metió la llave y el piso se abrió con olor a cerrado. Muebles de otra época, marcos de fotos en las paredes, una cocina pequeña con el azulejo de los años ochenta.

—Esto no es tu casa —dije.

—Era de mis padres. —fue a la cocina, bebió un vaso de agua y lo dejó en el fregadero—. Vengo cuando necesito estar sola.

Desapareció por el pasillo. Escuché sus pasos, el crujir de una puerta, y después nada.

Me quedé sentado en la cocina un minuto antes de levantarme.

La encontré en el dormitorio. Se había quitado el jersey y los vaqueros. Solo llevaba la braga negra y el sujetador, de pie junto a la cama, mirándome con una calma que no esperaba después de todo lo que había pasado.

—¿Qué? —preguntó antes de que yo dijera nada.

Me acerqué sin responder.

Lo que pasó esa noche en el piso de sus padres fue distinto al baño. Más largo. Más atento. Lorena sabía lo que quería y lo pedía sin rodeos, y eso, que en la oficina me sacaba de quicio, en la cama resultaba ser exactamente lo que hacía falta. La tumbé en la mesa de la cocina y después la llevé al dormitorio, y en algún punto entre los dos sitios se me olvidó por completo que debería odiarla.

Sus pechos eran los que más me habían llamado la atención desde que Bruno me los mencionó por primera vez, riéndose, y no se había equivocado. Grandes y duros, con los pezones muy oscuros. Me incliné para morderle uno con cuidado y ella soltó un sonido largo que no tenía nada que ver con ninguno de los que le había escuchado en la oficina.

Se corrió dos veces más antes de quedarse dormida encima del edredón, con los brazos abiertos y las gafas torcidas sobre la almohada.

Me puse los pantalones, la tapé bien y me fui sin hacer ruido.

***

El lunes fue raro desde el principio. Lorena llegó a las diez y cruzó la oficina con una energía diferente a la de siempre. Saludó a dos personas que habitualmente ignoraba y llegó hasta mi mesa. Se detuvo.

—Buenos días, Marcos.

—Buenos días.

Siguió caminando hacia su despacho. Una hora después me llamó.

Entré con la carpeta del análisis bajo el brazo.

—Cierra la puerta —dijo sin levantar la vista del ordenador.

Lo hice. Me giré. Lorena había dejado el teclado y me miraba desde el otro lado de la mesa con los brazos cruzados. Llevaba una blusa oscura que en cualquier otro día habría pasado desapercibida. Ese día no.

—Me encantó lo del sábado —dijo sin preámbulos.

—A mí también.

—Bien. Entonces repetimos. —se levantó y se acercó despacio. Puso una rodilla entre las mías, separándolas—. Sé que quieres.

No lo negué.

Se arrodilló con una calma que me descolocó más que cualquier otra cosa que hubiera hecho ese fin de semana. Buscó mi cinturón, me bajó el pantalón y la ropa interior con un solo movimiento y soltó lo que encontró.

—Amanecí con una marca de tus dientes en el pecho —dijo mirando hacia arriba, con la mano alrededor de mi polla—. Y llena de semen en la cara. No recuerdo haberte dado permiso para eso.

—Lo siento.

—No, no lo sientes. —sonrió de una forma que no le había visto nunca, sin ironía, sin autoridad—. La próxima vez me lo das en la boca. Ahí es donde debe estar.

Bajó la cabeza.

Me la chupó despacio al principio, con una concentración y una habilidad que ya no debería haberme sorprendido pero que lo hizo. Sus labios apretaban en el sitio exacto y su lengua no paraba. Cuando sentí que estaba cerca lo dije en voz baja.

Lorena no apartó la boca.

Se lo di todo y ella lo tragó sin apartar los ojos de mí. Se puso de pie, cogió la botella de agua de su mesa y bebió un trago largo. Después se alisó la ropa como si acabara de terminar una reunión de presupuestos.

—Vuelve al trabajo.

Cogí la carpeta del suelo. Fui hacia la puerta.

—Marcos.

Me giré.

—Antes de irte esta tarde, pásate y déjame tu número. Puede que necesite horas extras.

Así empezó todo. Y así, todos los lunes siguientes, también.

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4.3 (6)

Comentarios (11)

Balta63

Tremendo relato!!! me tuvo pegado hasta el final

DamianRio

Por favor que haya segunda parte, justo cuando se ponia bueno termino jaja

Marcos_B

Muy bien contado, se siente la tension desde el primer parrafo. Sigue subiendo mas!

SantiMH

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace años... esas cosas que pasan en las fiestas de empresa jajaja

NachoPzMar

El titulo ya me engancho y el relato no decepciona para nada. Excelente!

Lena_noche

jajaja lo del jersey me mato, que imagen tan precisa para arrancar una historia

Sevillana

Buenisimo, de lo mejor que lei en esta categoria en mucho tiempo. Gracias por compartirlo

CuriosaNet22

Tenes planeado continuar? quedé con muchas ganas de saber que paso despues

VicoRmz

Ay dios que calor hace aqui jajaja. Muy bueno, felicitaciones

LucasBsAs

Corto pero intenso, justo como me gustan. Espero la continuacion!

RositaFan

Me encanto como describiste ese momento de tension antes de que todo pasara. Se siente real

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