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Relatos Ardientes

Descubrimos quién era el chico que enloquecía a Carmen

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Llevo cuarenta y siete años viviendo con bastante sentido común. Un negocio propio, una casa ordenada, un hijo universitario y una mujer que, después de veinte años juntos, todavía me sorprende. No me habría imaginado, hace tres años, que parte de ese matrimonio implicaría gestionar una cuenta de Twitter, coordinar encuentros con desconocidos y desarrollar un vocabulario que no existe en los diccionarios de uso corriente.

Pero aquí estoy.

Carmen, mi mujer, tiene cuarenta y nueve años y una presencia que no necesita esfuerzo. Piel morena, cuerpo real, tetas grandes que todavía se sostienen solas, un culo redondo que llena los vaqueros sin disimulo, esa forma de moverse en la cocina un domingo que todavía me distrae si no tengo cuidado. Lo que empezó como fotos discretas —ella de espaldas, la silueta en la ventana— fue creciendo hasta algo que los dos decidimos explorar con los ojos abiertos. El mundo swinger no es lo que muestran las películas: es, en gran parte, conversación, negociación y reglas que se acuerdan antes de que a nadie se le baje el pantalón.

La regla más importante de Carmen siempre fue la misma: nada de singles.

—Los desconocidos solos son impredecibles, Marcos —me decía—. El juego funciona cuando hay pareja. Cuando hay contexto.

Hasta que apareció el perfil «joven_sin_cara_22».

Sin foto de rostro, como muchos. Pero con un torso que era difícil ignorar: hombros anchos, abdomen trabajado, y en el costado izquierdo, casi llegando a la cadera, un tatuaje de una brújula rodeada de ramas negras. Carmen lo guardó en favoritos. Luego empezaron a escribirse, al principio con la prudencia de quien tantea el terreno, luego con menos filtros. En una semana ella ya le mandaba fotos de sus tetas apretadas contra el espejo del baño, y él le devolvía la polla dura envuelta en su mano, gruesa, la punta brillante contra el vientre.

Yo leía los mensajes desde detrás de ella. Eso también forma parte del juego, la parte que más me gusta: el control, la distancia elegida, saber sin tener que preguntar.

Una noche, él le mandó una foto nueva. El mismo torso, la brújula bien iluminada, el boxer bajado hasta donde la imagen se cortaba, y la polla afuera, sostenida por el puño, larga, con las venas marcadas. Carmen la amplió con los dedos en la pantalla y se quedó así durante un buen rato, sin decir nada. Sentí su respiración cambiar, corta, apenas audible, y su mano libre bajó al elástico del pantalón del pijama.

—Marcos —dijo con la voz ronca—, quiero esa polla en la boca.

Se lo escribió tal cual, con las palabras que yo le dicté al oído. Él contestó en segundos: «cuando quieras, señora, te la meto entera hasta la garganta.»

Algo en mí reconoció ese techo del fondo. La textura del techo, el color de la pared detrás. Lo había visto antes, estaba seguro, pero no supe precisar dónde.

Me dije que era una impresión vaga y la dejé pasar.

***

Cuatro días después, un sábado al mediodía, Nicolás entró por la puerta con Diego detrás.

Los dos venían sudados del polideportivo, con las mochilas cruzadas y ese desorden de quien acaba de pasarlo bien. Diego llevaba ocho años yendo y viniendo por esta casa. Sabía dónde estaban los vasos sin preguntar, sabía que los domingos olía a estofado desde las once, sabía que Carmen le preguntaría si había comido y que él diría que sí aunque no fuera verdad.

—¡Qué calor, Carmen! —dijo Diego desde la entrada—. ¿Hay algo frío en la nevera?

—Como siempre —contestó ella sin volverse, con las manos en la pila.

Nicolás ya subía las escaleras. Diego abrió la nevera, sacó una botella de agua y, sin pensarlo, se quitó la camiseta de un tirón y la dejó caer sobre el respaldo de una silla.

Yo estaba en el taburete de la isla con el café.

Carmen cerró el grifo.

El tatuaje era idéntico. La brújula, las ramas oscuras, la posición exacta en el costado izquierdo. La luz de mediodía lo recortaba con una claridad que no dejaba ningún margen para la duda.

Miré a Carmen. Ella tenía los ojos fijos en el costado de Diego con una expresión que no era de sorpresa, sino de reconocimiento. Como quien confirma algo que ya sabía pero no se había permitido pensar del todo. Le vi tragar saliva. Le vi los pezones marcarse contra la camiseta fina que llevaba puesta sin sujetador.

—Diego —dijo con una voz demasiado controlada—, ¿cuándo te hiciste ese tatuaje?

Él bajó la vista hacia su propio costado y luego la levantó con una sonrisa tranquila, sin sospechar nada.

—Hace dos años. ¿Le gusta, Carmen?

—Es bonito —respondió ella, y volvió a encender el grifo.

Yo terminé el café sin abrir la boca.

***

Esa tarde, Nicolás se quedó estudiando arriba y Diego se instaló en el sofá a ver el partido. Carmen estaba en la terraza con un libro que no estaba leyendo. Yo me senté en el sillón de enfrente con el teléfono en la mano.

Abrí el chat con «joven_sin_cara_22» y escribí:

—«Mi mujer no puede dejar de pensar en esa polla. Me lo confesó esta tarde. Dice que lleva semanas imaginándose tragándose tu corrida.»

Envié el mensaje.

Cuatro segundos después, el teléfono de Diego, apoyado en el reposabrazos del sofá, vibró.

Lo vi cogerlo. Lo vi leerlo. Vi cómo el partido dejaba de existir para él.

—¿Va bien el partido? —pregunté desde el sillón, con naturalidad.

—Sí, sí —respondió sin mirarme, con los dedos ya volando sobre la pantalla.

Mi teléfono vibró en el bolsillo:

—«Me pone loco lo que me estás contando. Llevo semanas pensando en su coño, en abrirle las piernas y follarla despacio. ¿Sabe ella que me escribes?»

Lo dejé sin respuesta. Apoyé el teléfono en la rodilla y volví la atención al partido.

Diego, al otro lado del sofá, estaba rígido. Bebía agua en sorbos cortos y miraba la pantalla del televisor sin verla. Se tapó la entrepierna con el cojín, sin poder disimular del todo el bulto que se le había levantado bajo el pantalón corto.

***

El lunes, con Nicolás en la facultad desde las ocho, llamé a Diego a las diez.

—Tengo que reorganizar el estudio y Carmen no puede ayudarme con los archivadores. ¿Tienes un rato libre?

—Claro, Marcos. En veinte minutos estoy.

Cuando llegó, lo llevé directamente al estudio. Carmen ya estaba dentro, sentada en el borde del escritorio con los brazos cruzados y esa manera suya de llenar el espacio sin moverse. No llevaba el delantal ni la expresión de señora de la casa. Llevaba una bata corta de seda negra, cruzada apenas, y las piernas al aire. Diego lo captó a los dos segundos.

Diego entró, la vio y se detuvo.

—No hay archivadores —dijo.

—No —confirmé—. Cierra la puerta.

Lo hizo despacio.

Puse mi teléfono sobre la mesa con la pantalla hacia arriba. En la pantalla estaba el chat. El último mensaje era suyo, enviado el jueves anterior: la foto del torso, la brújula, las ramas oscuras, la polla afuera.

Diego no habló durante varios segundos. Respiró despacio por la nariz, mirando la pantalla. Luego me miró a mí.

—Marcos, yo no tenía ni idea de quiénes eran. Lo juro.

—Lo sé. —Le puse una mano en el hombro—. Y eso no cambia nada. Carmen lleva meses pajeándose pensando en tu polla. Yo llevo semanas imaginando esta conversación.

Él miró a Carmen. Ella le sostuvo la mirada sin moverse del escritorio, y despacio, sin dejar de mirarlo, se desató el cinturón de la bata y la dejó abrirse. Debajo no llevaba nada. Las tetas morenas, pesadas, los pezones oscuros y ya duros. El pubis afeitado hasta un triángulo estrecho.

—¿Y Nicolás? —preguntó Diego, con la voz atragantada.

—Nicolás no existe en esta habitación. —Hice una pausa—. ¿Puedes aceptar eso?

Diego miró el suelo un momento. Luego levantó la vista y no la despegó del cuerpo de Carmen.

—Sí —dijo.

Carmen se bajó del escritorio y cruzó la habitación hasta quedar frente a él. Le puso una mano abierta en el pecho y se quedó así, sintiendo cómo él respiraba. La otra mano bajó directa al pantalón, sin rodeos, y le apretó la polla por encima de la tela. Diego dejó escapar un jadeo corto, casi de sorpresa.

—Llevas meses mandándome fotos de esta polla —dijo ella en voz baja—. Ahora la tienes aquí. ¿Qué haces?

Diego bajó la cabeza y la besó, con la boca abierta desde el primer segundo, la lengua metiéndose entera. Carmen le respondió chupándole el labio inferior mientras seguía apretándole la verga por encima del pantalón, midiéndola, reconociéndola. Le desabrochó el botón, le bajó la cremallera de un tirón y le metió la mano dentro del bóxer.

—Joder —susurró ella contra su boca—. Estás más dura de lo que parecía en las fotos.

—Todo por usted, Carmen —contestó él, la voz quebrada.

Ella se rió bajito y se arrodilló en la alfombra sin dejar de mirarlo. Le bajó el pantalón y el bóxer de un solo movimiento hasta las rodillas. La polla de Diego saltó afuera, dura, gruesa, apuntando hacia arriba, la punta ya mojada. Carmen se la agarró con las dos manos, sopesándola, y le pasó la lengua por toda la longitud, desde los huevos hasta el glande, lenta, deteniéndose en las venas.

—Mírala, Marcos —dijo sin levantar la vista—. Es exactamente como me la imaginaba.

Yo me apoyé en la pared, con las manos en los bolsillos, y miré cómo mi mujer se metía a mi mejor amigo del hijo entera en la boca. Se la tragó hasta la base, los ojos llorosos, y volvió a subir despacio, con la lengua trabajando la parte de abajo, la saliva chorreando por la comisura. Diego apoyó una mano en su nuca, sin forzar, solo acompañando.

—Carmen… —jadeó—. Así, joder, así…

Ella lo mamaba con esa concentración suya de cuando algo la obsesiona de verdad. Sacaba la polla, la escupía encima, la agarraba con el puño y se la deslizaba por la cara, por la mejilla, por los labios. Le chupaba los huevos uno a uno mientras le pajeaba con la otra mano, y volvía a tragársela hasta que la punta le tocaba la garganta y le arrancaba una arcada suave que la hacía sonreír con la polla adentro.

—¿Cuánto tiempo llevas queriendo hacer esto? —le preguntó, apartándose un segundo, con la barbilla brillante de saliva.

—Meses —contestó él—. Desde que me mandó la foto de las tetas.

—Pues chúpalas ahora.

Ella se puso de pie, lo empujó contra el escritorio y se llevó las manos a los pechos, ofreciéndoselos. Diego se agachó y se metió un pezón en la boca, chupando fuerte, mordiendo apenas, y Carmen echó la cabeza hacia atrás con un gemido largo que llenó la habitación. Le apretó la cabeza contra las tetas, cambiándolo de un pezón a otro, guiándolo.

—Muérdemelas —le pidió—. Un poco más fuerte. Así.

Diego obedeció. Le dejó los pezones enrojecidos, brillantes de saliva. Después bajó por el vientre, arrodillándose otra vez, y le abrió las piernas empujándolas con los hombros. Carmen se subió al borde del escritorio, se abrió con dos dedos y le enseñó el coño de cerca, brillante ya, mojado hasta la entrada.

—Cómemelo —dijo—. Y no pares hasta que yo te diga.

Él enterró la cara entre sus muslos. Le lamió el coño de abajo hacia arriba, con la lengua plana primero, después con la punta, buscando el clítoris. Carmen se agarró al borde del escritorio con las dos manos y empezó a jadear sin control, los muslos temblándole a los lados de la cara de Diego.

—Ahí, cabrón, ahí —le decía—. Chúpame el clítoris, mételo entre los labios, chúpalo. Sí. Así.

Diego le metió dos dedos mientras la lamía, curvándolos hacia arriba, moviéndolos despacio y luego más rápido. Carmen le agarró el pelo con una mano y le apretó la cara contra su coño, casi ahogándolo, moviendo las caderas contra su boca sin ningún pudor.

Yo me acerqué al escritorio y me senté en la silla, a un metro. Me abrí el pantalón y me saqué la polla. Ya la tenía dura desde hacía rato. Me puse a pajearme despacio, mirándolos.

Carmen giró la cabeza hacia mí, con los ojos brillantes y la boca abierta, y me sonrió.

—Mira cómo me la come, Marcos.

—Ya lo veo —dije.

—Me voy a correr en su boca. Dile que no pare.

—No pares —le dije a Diego.

No paró. Le siguió comiendo el coño con la lengua entera dando vueltas al clítoris y los dedos entrando y saliendo, hasta que Carmen se arqueó, cerró los muslos alrededor de su cabeza y se corrió con un gemido largo que le salió de la garganta sin filtro. Le tembló todo el cuerpo. Le empujó la cabeza más contra ella, prolongándolo, hasta que dejó caer las piernas a los lados, agotada, con el pecho subiendo y bajando.

Diego levantó la cara, con la barbilla y las mejillas empapadas, y se lamió los labios.

—Túmbate —le dijo Carmen, señalando la alfombra.

Él lo hizo. Se tumbó de espaldas con la polla apuntando al techo, dura hasta la exageración. Carmen se bajó del escritorio y se puso a horcajadas sobre él, sin dejar de mirarme a mí. Agarró la polla, se la puso en la entrada del coño y se la deslizó adentro despacio, centímetro a centímetro, hasta sentarse del todo. Los dos gimieron a la vez.

—Joder, Carmen —jadeó Diego—. Qué apretada está.

—Cállate y déjame follarte —contestó ella.

Empezó a moverse. Al principio despacio, subiendo y bajando con las manos apoyadas en el pecho de él, marcando el ritmo. Después más rápido, las tetas rebotando, el culo golpeando contra sus muslos con un sonido húmedo que llenaba la habitación. Diego le agarró las caderas y la ayudó, empujando hacia arriba cada vez que ella bajaba.

—Así, cabrón —le decía Carmen—. Fóllame así. Más fuerte.

Yo me pajeaba mirándolos, con la polla dura en el puño, sin acercarme todavía. Diego me buscó con la mirada, jadeando, como pidiendo permiso otra vez.

—Mírala a ella —le dije—. Ella es la que manda.

—Mírame —le ordenó Carmen, agarrándole la cara con una mano y girándosela hacia ella—. Y no te corras hasta que yo te lo diga.

—No sé si voy a poder —contestó él, con los dientes apretados.

—Vas a poder.

Carmen se levantó, se dio la vuelta y volvió a sentarse encima suyo, de espaldas a él, mirándome a mí. Se abrió el coño con dos dedos para que yo viera cómo la polla de Diego entraba y salía, brillante de sus jugos.

—Marcos, ven —me dijo.

Me levanté, me acerqué. Ella se inclinó hacia adelante, sin sacársela, y me chupó la polla mientras Diego seguía embistiendo desde abajo. Sentí la boca caliente de mi mujer, la lengua trabajándome el glande, mientras la veía moverse a horcajadas encima de otro. Le agarré el pelo y le empujé la cabeza despacio, entrando y saliendo de su boca al ritmo que él la follaba.

—Así —murmuré—. Los dos a la vez.

Diego jadeaba cada vez más fuerte, los dedos hundidos en el culo de Carmen.

—Carmen, me voy a correr —dijo—. Me voy a correr, en serio.

Ella me soltó la polla de la boca y se giró.

—Adentro no. Sácamela y córrete en mis tetas.

Se levantó, se arrodilló entre las piernas de él y se agarró la polla con las dos manos. Empezó a pajearlo rápido, apretando la punta, y Diego se corrió a los pocos segundos con un gemido ahogado. Los primeros chorros le cayeron a Carmen en la barbilla, después en las tetas, gruesos, blancos, resbalándole por los pezones y el vientre. Ella siguió pajeándolo hasta la última gota, sin apartar la vista de su cara.

Después me miró a mí, sonriendo, con la corrida todavía chorreándole por el pecho.

—Ahora tú.

Se puso de pie, se apoyó en el escritorio, se inclinó hacia adelante y me ofreció el culo. Le agarré las caderas y le metí la polla en el coño empapado, todavía caliente de él, y empecé a follarla con ganas. Después de todo lo que había visto, no necesité mucho. Ella empujaba hacia atrás, gimiendo, apretándome con las paredes internas, y en unos minutos me corrí adentro con un gruñido, aguantando las caderas contra las suyas hasta la última descarga.

Nos quedamos así unos segundos, respirando, antes de separarnos.

***

Cuando terminó, nadie habló durante un rato. Carmen se dejó caer en la alfombra, con el pelo pegado a la frente y las tetas todavía manchadas, apoyando la cabeza en el pecho de Diego. Yo estaba sentado con la espalda contra el escritorio, recuperando el aliento y mirando las persianas.

Diego fue el primero en hablar.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

—Ahora te duchas —dijo Carmen sin levantar la cabeza—. Y mañana desayunas con nosotros como siempre.

Él soltó una carcajada breve, casi involuntaria. Luego asintió.

—¿Y Nicolás...?

—Nicolás no sabe nada —dije—. Y así va a seguir. Eso no es negociable.

Diego asintió de nuevo, esta vez sin sonreír. Creo que fue en ese momento cuando entendió del todo en qué se estaba metiendo. No era solo una mañana de impulsividad. Era un acuerdo con reglas reales.

—¿De acuerdo? —pregunté.

—De acuerdo —dijo.

***

Han pasado casi diez meses. Diego viene cuando nosotros decidimos que viene, con reglas que los tres conocemos y que hasta ahora ninguno ha roto. Nicolás lo sigue viendo como a su mejor amigo; en eso nada ha cambiado. Diego ocupa el mismo sitio en la mesa, ríe con él en el sofá, se queda a dormir los fines de semana de partido.

Lo que hay por debajo de eso es nuestro. Un lenguaje de señales mínimas: un mensaje de pocas palabras a mediodía, una mirada que dura un segundo más de lo corriente, el pie de Diego rozando el mío por debajo del mantel mientras Nicolás habla de sus clases. Carmen levanta el vaso a los labios con esa pausa suya que a mí me vuelve loco desde hace veinte años.

Nicolás, sentado enfrente, no ve nada.

Carmen y yo hemos hablado de esto con más honestidad de la que teníamos antes. El juego con Diego nos ha obligado a tener conversaciones reales que no sabíamos que nos faltaban: sobre los límites, sobre qué queremos, sobre cuánto tiempo puede durar algo así sin que empiece a pesar.

—¿Tienes miedo de que se entere algún día? —me preguntó ella una noche, después de que Diego se fuera y la casa volviera a su ritmo habitual.

—Sí —dije.

—¿Y eso te detiene?

Lo pensé un momento.

—Por eso tenemos reglas —respondí.

Ella asintió y no dijo nada más. A veces esa es la mejor manera de cerrar una conversación.

Diego ha aprendido cuál es su lugar. No es solo una polla joven que nosotros usamos: es alguien que eligió estar aquí, que entiende los límites y los respeta con una madurez que no siempre tienen personas con más años. Hay tardes en que viene y simplemente está, tomando café en la cocina mientras Carmen cocina y yo leo, sin que pase nada. Esas tardes también forman parte del acuerdo.

Pero cuando la puerta del estudio se cierra y el teléfono de Nicolás no está en la red, el juego retoma su propio ritmo. Carmen guiando, yo mirando desde cerca, Diego follándola cada vez con más precisión, aprendiendo qué le gusta a ella y qué me gusta a mí.

A veces, cuando los veo a él y a Nicolás juntos en el sofá, riéndose de algo en el teléfono, Diego levanta la vista un segundo y me encuentra mirando. No hace nada. Solo sostiene la mirada un instante y luego vuelve a la pantalla.

Nicolás no ve nada.

Hay algo en este equilibrio que no sabría explicar desde afuera. Desde adentro funciona con una precisión que todavía me sorprende.

Las reglas se sostienen.

Por ahora, las reglas se sostienen.

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3.7(20)

Comentarios(9)

NandoPlaya

Tremendo relato, me enganche desde el principio. Quiero saber como termina todo!!

MarceloT

Muy bien escrito, la tension se va armando de a poco. Hay segunda parte?

CuriosaLectora

Me encanto como fuiste construyendo la historia, se nota que sabes escribir. Por favor seguí, quede con ganas de mas

Gastón_86

Buenisimo. Se siente real, no forzado. De lo mejor que lei en esta seccion ultimamente.

CarmenD

jajaja el nombre de la protagonista es el mismo que el mio, me senti identificada de mas 😂 muy buen relato!

lector001

excelente!!!

Sole22

Me recordo a una situacion parecida que viví... se siente real y eso es lo que mas me gusta de este tipo de relatos. Seguí escribiendo!

Nocturna44

Me encanta cuando los relatos tienen esa tension previa antes de que pase todo. Este lo tiene a la perfeccion. Muy buen trabajo.

Lucas_mza

se hizo corto, queremos mas :)

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