Mi inquilina me enseñó que aún podía desear a una mujer
Rosario. Ése era mi nombre ahora que vivía sola. Antes era la mujer de Aurelio, la madre de Marcos, la vecina del tercero con el balcón lleno de macetas. Pero Aurelio murió hace diez años de un infarto que no avisó, y Marcos se fue a vivir a Berlín hace dos, y el piso quedó con sus habitaciones cerradas y ese silencio que se instala en los lugares donde hubo ruido y ya no lo hay.
A los sesenta y tres años aprendes que hay cosas que no se van aunque tú quieras. El deseo es una de ellas. No llega con la misma urgencia de los treinta, no te salta encima en cualquier momento sin avisar, pero está. Una mañana de martes, cuando menos lo esperas, se instala entre las piernas y no se va hasta que haces algo al respecto. Yo lo hacía sola. Con los dedos, con la paciencia que dan los años y con la imaginación que suplía todo lo demás. Después seguía con mi día. Era suficiente. O eso me decía.
Mi cuerpo ya no era el de los treinta: los pechos colgaban un poco más, la barriga era más suave, los muslos más pesados por el paso del tiempo. Pero mis pezones seguían respondiendo al roce, el calor se me seguía acumulando en el mismo sitio de siempre y me corría con la misma intensidad de siempre. Eso no cambia. O si cambia, tarda mucho más de lo que te dicen.
Daniela llegó en agosto a ocupar la habitación de Marcos.
Veintisiete años, estudiante de diseño de interiores, una maleta grande con ruedas y una caja de libros que no cabía en ninguna de las estanterías del cuarto. Tenía el pelo rizado y oscuro que recogía en moños que siempre parecían a punto de deshacerse. Llevaba camisetas largas, zapatillas de lona y una sonrisa torcida que aparecía y desaparecía como si no quisiera que la vieran demasiado. Cuando la vi en el portal con la maleta y la caja, pensé que se arrepentiría de haber elegido un piso con una señora mayor. Me equivoqué.
Los primeros días nos movimos por el piso con la cortesía cuidadosa de dos desconocidas que no saben todavía cómo ocupar el mismo espacio. Ella llegaba tarde y yo me levantaba temprano. El café lo dejaba hecho antes de que ella apareciera. Ella dejaba la cocina más limpia de lo que la había encontrado. Sin hablar de ello, fuimos encontrando un ritmo.
Las cenas juntas empezaron un martes sin que ninguna lo propusiera. Estaba yo calentando sopa cuando ella salió de su cuarto con cara de no haber comido en todo el día. Fue más natural decirle que pusiera otro plato que seguir cada una con lo suyo. Desde entonces, martes y jueves cenábamos juntas. Ella me hablaba de sus proyectos, de sus amigas, de una exnovia que seguía escribiéndole a las tres de la mañana. Yo escuchaba y a veces decía algo que la hacía reír de verdad, no de cortesía.
No me di cuenta de lo que estaba pasando hasta que ya estaba pasando del todo.
***
Era una tarde de finales de agosto. El calor se había metido dentro de las paredes del piso y no salía ni con el ventilador al máximo. Daniela había ido al gimnasio. Yo llevaba toda la mañana con ese peso familiar entre las piernas que sabía muy bien lo que significaba.
Me había pasado el día pensando en ella sin querer. En cómo se movía descalza por la cocina, en cómo se inclinaba sobre el fregadero, en cómo le caía un mechón rizado sobre la cara cuando se reía. Llevaba semanas acumulando esas imágenes sin saber qué hacer con ellas. Esa tarde decidí hacer algo, aunque fuera solo.
Me tumbé en la cama. Dejé caer la bata al suelo y me quedé desnuda sobre las sábanas, con el ventilador girando sobre mi cabeza. Me pasé la palma de la mano despacio por el vientre, bajando sin prisa. Estaba húmeda antes de empezar. Cerré los ojos e imaginé sus manos en lugar de las mías, sus dedos largos moviéndose donde estaban los míos. Empecé con calma, dejando que el placer se construyera desde el principio, dos dedos dentro y la palma presionando el clítoris con ritmo.
—Dios —susurré para nadie.
Aceleré. Levanté las caderas. El orgasmo llegó rápido y directo, una contracción fuerte que me sacudió de dentro hacia fuera. Me quedé quieta un buen rato, respirando, con los dedos todavía húmedos sobre el vientre.
Fue entonces cuando oí que la puerta del piso se abría.
***
Daniela no debía haber vuelto tan pronto. Escuché sus pasos en el pasillo, el sonido de la puerta de su cuarto cerrándose despacio. Me puse la bata de prisa y fui al baño. Cuando salí, ella estaba en la cocina con un vaso de agua en la mano.
—Volviste pronto —dije.
—El aire acondicionado no funcionaba. Era irrespirable. —Me miró un momento y luego bajó los ojos hacia mi cuello—. ¿Estás bien? Tienes las mejillas coloradas.
—El calor —respondí.
Asintió. Pero su mirada tardó un segundo más de lo necesario en irse.
Esa noche no cenamos juntas. Yo me quedé con un libro que no leí. Ella estuvo con los auriculares puestos hasta tarde. Cuando apagué la luz, seguía escuchando el rumor suave de su habitación, ese sonido de alguien despierto que no quiere dormirse.
Pasaron tres días. Dos cenas juntas, una película en el sofá que ninguna terminó de ver. El calor seguía. Yo seguía pensando en ella más de lo que debería, y me masturbé otras dos veces esa semana, sola en mi cuarto, con los ojos cerrados y su imagen en la cabeza. La tercera noche me quedé tumbada después sin el sueño que debería haber llegado, mirando el techo, con el ventilador girando y el silencio del piso alrededor.
A las doce me levanté por agua.
La luz del pasillo estaba encendida. La puerta del cuarto de Daniela, entreabierta. Me detuve. A través de la rendija se veía la luz de su lámpara de escritorio. La escuché respirar.
No lo pensé. Llamé con los nudillos, suave.
—¿Daniela?
Un silencio. Luego:
—Pasa, Rosario.
***
Entré. Ella estaba sentada en el borde de la cama con una camiseta larga que le cubría los muslos y el pelo suelto alrededor de los hombros. Me miró sin sorpresa, como si llevara tiempo esperando que llamara a su puerta.
—No podía dormir —dije.
—Yo tampoco.
Nos miramos. Una de esas pausas que tienen su propio peso, su propia densidad.
—Llevo días queriendo decirte algo —dijo ella al final.
—Dímelo.
—El lunes por la tarde, cuando volví del gimnasio… —Hizo una pausa. Sonrió, pero esta vez sin intentar esconderlo—. Te escuché desde el pasillo. No era mi intención quedarme, pero me quedé.
Me ardieron las orejas. Abrí la boca y no salió nada.
—No tienes que avergonzarte —dijo. Se levantó y se acercó despacio. Era más alta de lo que yo recordaba, o quizás era la distancia que se había reducido—. Me pareció bonito. Y me hizo pensar en ti de una manera en la que no me había permitido pensar hasta ese momento.
Puso la mano en mi mejilla. Fresca, suave, sin prisa.
—¿Puedo? —preguntó.
Me incliné hacia su mano en lugar de responder.
***
El beso fue despacio. Sin urgencia, como si las dos supiéramos que no había ningún motivo para correr. Sus labios eran más suaves de lo que imaginé y besaba con una atención completa, como si quisiera conocer exactamente cómo era mi boca antes de seguir. Mis manos encontraron su cintura. Las de ella bajaron por mi espalda hasta apretarme contra ella.
—Hace muchos años que nadie me toca —dije contra su cuello.
—Ya no tienes que esperar más —respondió.
Me quitó la bata despacio y la dejó caer al suelo. Me miró con una calma que me descolocó, sin esa urgencia que a veces convierte el deseo en algo mecánico. Me pasó las manos por los hombros, por los brazos, por los pechos. Cuando rozó los pezones, los noté endurecerse de golpe.
—Eres preciosa —dijo.
No lo dijo como se dice algo para tranquilizar a alguien. Lo dijo como se dice algo que se piensa de verdad.
La tumbé hacia atrás y le levanté la camiseta. Su cuerpo era joven y cálido, firme de una manera que yo ya no era pero que podía tocar. La besé en el cuello, en la clavícula, en la curva de sus pechos pequeños y redondos. Ella enredó los dedos en mi pelo.
—Baja —susurró.
Bajé. Besé su vientre, su cadera, el hueso de la pelvis. Separé sus muslos despacio y me tomé un momento para mirarla. Ella tenía los ojos cerrados y la respiración cortada. Me tomé mi tiempo.
Cuando le puse la lengua encima, soltó un sonido que llevaba tiempo guardado. Lo noté en cómo se arqueó, en cómo sus muslos buscaron mi cabeza sin llegar a apretar. Lamí despacio, construyendo el ritmo según lo que sus caderas me pedían. Introduje dos dedos y los curvé hacia arriba, buscando la pared delantera.
—Así —dijo—. No pares.
No paré. Sus muslos empezaron a temblar. La oí gemir con la voz cada vez más abierta, ya sin cuidarse de nada. Se corrió con una contracción larga y profunda que me empapó los dedos, y siguió temblando un rato después, con las manos aferradas a las sábanas.
Cuando levanté la cabeza, tenía los ojos brillantes y la sonrisa más franca que le había visto nunca.
—Ahora tú —dijo.
***
Saber lo que una mujer quiere es cuestión de atención o de experiencia. Daniela tenía atención de sobra. Empezó con la boca en mi cuello, bajó por mis pechos parándose en cada pezón, me besó el vientre sin saltarse nada. Cuando llegó entre mis piernas, se tomó su tiempo igual que yo me había tomado el mío.
Lo que siguió fue de esa clase de cosas que el cuerpo guarda mucho después de que la mente lo haya olvidado. Su lengua sabía dónde ir. Sus dedos se movían con una precisión que yo no esperaba. Me dejé llevar sin resistencia, sin hacer lo que hacemos a veces de supervisar el propio placer en lugar de sentirlo.
—No te contengas —me dijo en algún momento—. Quiero escucharte.
No me contuve. El orgasmo llegó desde dentro, largo y ondulante, y me quedé con las manos aferradas a sus hombros hasta que el último temblor pasó del todo.
Nos quedamos tumbadas una al lado de la otra con el ventilador girando y la lámpara encendida. El calor de agosto seguía ahí pero ya no molestaba.
—¿Habías estado con una mujer antes? —preguntó ella.
—Sí. Hace mucho. Antes de casarme. —Hice una pausa—. ¿Y tú?
—Solo con mujeres —respondió—. Nunca me interesó lo otro.
Me besó en la sien.
—¿Y qué hacemos ahora? —pregunté.
—Ahora mismo, dormir. —Se rio bajito—. Mañana ya veremos.
***
El mañana llegó y no fue incómodo. Desayunamos juntas con la misma naturalidad de siempre, pero con algo diferente en el espacio entre las dos. Una densidad nueva y cálida. Cuando se fue al trabajo, me besó en la boca en lugar de despedirse desde la puerta como siempre.
Desde entonces nos buscamos casi cada noche. A veces con urgencia, con las manos entrando por debajo de la ropa en la cocina antes de llegar siquiera a la cama. Otras veces despacio, con todo el tiempo del mundo, explorándonos sin prisa. Daniela me enseñó cosas que yo no sabía que mi cuerpo todavía podía hacer. Yo le enseñé cosas que solo se aprenden con los años: que la pausa tiene su propio placer, que el silencio justo antes de tocarse puede ser tan intenso como el tacto mismo.
Mi cuerpo de sesenta y tres años respondía sin pedir disculpas. Eso me sorprendía cada vez. La humedad, el calor acumulándose, las contracciones al llegar. Todo seguía ahí, esperando que alguien lo invitara a despertar.
Una noche, mientras le acariciaba el pelo en la oscuridad, ella dijo:
—Nunca pensé que estaría así con alguien como tú.
—¿Alguien como yo? —repetí.
—Alguien que sabe lo que quiere. —Hizo una pausa—. La mayoría de la gente de mi edad no lo sabe todavía.
No dije nada. La abracé un poco más fuerte.
El piso dejó de ser solo un piso con una habitación libre. La habitación de Marcos dejó de oler a ausencia. Los martes y jueves que antes cenábamos juntas pasaron a ser todos los días, y las noches dejaron de ser ese espacio largo y quieto que yo cruzaba sola.
No sé si lo nuestro tiene un nombre exacto. No me importa buscarlo. Solo sé que a los sesenta y tres años volví a despertarme con ganas de que llegara la noche, y eso, después de diez años, es más de lo que esperaba.
El deseo no caduca. A veces solo necesita que alguien llame a tu puerta.