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Relatos Ardientes

Los dos mecánicos del barrio me esperaban esa noche

Hacía semanas que pasaba por ese taller cada tarde, siempre con la falda más corta que tenía y los ojos puestos en cualquier otra cosa para fingir que no me daba cuenta de que ellos me miraban. Ricardo y Damián eran los dos mecánicos que arreglaban camiones en la esquina de mi unidad, dos hombres maduros con manos sucias de grasa y sonrisas que me dejaban claro lo que estaban pensando.

Yo tenía dieciocho años recién cumplidos y un hambre que no sabía explicar. Caminaba por las calles del barrio con la calentura subida hasta el cuello, deseando que alguno de esos hombres se animara por fin a hacer algo. Pero ellos siempre eran los mismos: silbidos, miradas, una palabra subida de tono cuando creían que no los oía. Nada más.

Esa tarde de mayo era distinta. Mi madre había empezado a trabajar con mi padre en el negocio nuevo, y la casa quedaba sola toda la jornada. Yo aprovechaba para salir a buscar lo que me faltaba, y un par de horas antes había estado en la cabina del camión de don Hernán, un transportista del barrio que me había dejado el cuerpo molido. Solo quería bañarme, vestirme para la fiesta de Iván y llegar puntual.

—¿Vas a ir? —me preguntó Camila por teléfono mientras me peinaba frente al espejo.

—Voy en una hora. ¿Tú a qué hora llegas?

—Iván dijo que sus papás se fueron al pueblo. Hay carpa, cervezas, todo. Y Tomás y yo nos vamos a escapar un rato.

Colgué riéndome. Me puse un short de mezclilla muy corto, una blusa de tirantes que dejaba el ombligo al aire, unas medias de red y guardé una chamarra fina por si refrescaba. Salí cerca de las seis. La calle estaba caliente, el asfalto despedía vapor todavía y el aire olía a verano.

Cuando pasé por el taller, lo hice con paso firme. Damián salió secándose las manos en un trapo y me llamó. Ricardo asomó la cabeza desde el motor de un autobús blanco que estaban arreglando. Los dos me mandaron un beso al aire al mismo tiempo. Esa vez no bajé la mirada. Les sonreí, les devolví el beso y seguí caminando sin apurarme, sintiendo cómo me seguían con los ojos hasta que doblé la esquina.

***

La fiesta de Iván empezó bien. Camila desapareció con Tomás a los veinte minutos, mis amigas se emparejaron rápido y yo terminé bailando con Sebastián, mi exnovio. Me apretaba la cintura más de la cuenta, intentaba rozar mi boca con cada giro. Le dejé hacer un poco. Cuando cambiaron a un reggaetón, me senté encima de él en una silla y le froté el culo contra la entrepierna con una calma que sorprendió hasta a Camila. Los chicos del salón aplaudían como si nunca hubieran visto bailar a una mujer.

Sebastián no aguantó la presión. Se levantó, se fue, me llamó al teléfono y salimos a hablar entre los coches estacionados. Me pidió perdón por todo lo del año pasado. Le dije que ya estaba olvidado. Nos besamos. Casi me convence de irme con él, pero algo me hizo soltarme. Volví a la fiesta justo cuando los chicos organizaban una expedición al Oxxo por más cervezas.

Los acompañé. Fue un error. En el Oxxo se pusieron a aventarse bolsas de frituras, se subieron al refrigerador, abrieron una cerveza dentro de la tienda. Las cajeras llamaron a dos guardias. Yo me di la vuelta y salí por la puerta sin avisar a nadie. Apenas eran las nueve, faltaban tres horas para que mi padre me dejara volver a casa, y prefería quemarlas caminando que aguantar un minuto más esa estupidez.

Caminé sin pensar. Doblé en una calle, después en otra, y cuando me quise dar cuenta, no reconocía la rotonda en la que estaba. Saqué el teléfono. El mapa cargó despacio. Estaba lejos del rumbo de la fiesta, pero curiosamente cerca de mi casa. Una de esas calles me dejaba en la avenida principal, a tres cuadras del taller.

Caminé por ahí.

***

El taller estaba a oscuras cuando pasé por enfrente. Pensé que se habían ido. El camión blanco seguía estacionado en la calle, pero las luces del local estaban apagadas. Apuré el paso. Justo cuando rebasé la trompa del autobús, una voz me llamó por mi nombre desde la ventana de atrás.

—¡Aitana, espérate!

Me detuve. Damián se asomaba entre las cortinitas raídas del camión. Bajó por la puerta trasera, corrió hacia mí y me miró de arriba abajo.

—¿Qué andas haciendo solita a estas horas, niña? —dijo, con esa sonrisa que conocía bien.

—Voy a mi casa. Me cansé de la fiesta.

—Te invitamos una cerveza. Una nada más, después te llevamos.

Ricardo apareció detrás. Era el más alto de los dos, con la barba canosa y unos ojos que ni siquiera intentaban disimular.

—Pero si es nuestra vecina —dijo, riendo—. La que se nos pasea todos los días moviendo la colita.

Me sonrojé. No por pena, por lo otro. Sentí que algo se encendía debajo del short y supe que ya no me iba a ir a casa todavía. Damián me tomó por la cintura, Ricardo me ofreció la mano y subimos al camión por la puerta de atrás.

Adentro habían improvisado una sala. Asientos forrados con sábanas, una hielera con cervezas frías, una caja de pizza a medio comer y una baraja desplegada sobre el asiento del fondo.

—Estábamos jugando póker —dijo Damián—. ¿Sabes jugar?

—Mi papá me enseñó.

—Entonces juegas con nosotros.

Me destapó una cerveza y me la puso en la mano. Le di un trago largo. Me senté en el asiento, las medias de red brillando bajo la luz amarilla del foco que colgaba del techo. Ricardo barajó. Repartió.

—¿Y qué se apuesta? —pregunté, fingiendo inocencia.

—Lo que tú quieras, niña.

—No traigo dinero.

—Algo se nos ocurrirá.

Perdí la primera mano a propósito. Ricardo me dijo que tenía que enseñar las tetas. Le obedecí sin pensarlo. Subí la blusa hasta el cuello y dejé los pechos al aire un par de segundos. Damián soltó una risa breve.

—Te dije que las tenía rositas —le dijo a Ricardo, dándole un manotazo en el muslo.

—Habíamos apostado —contestó Ricardo, sonriendo—. Yo creía que las tenía morenitas.

***

El juego se volvió otra cosa. Ahora la carta más alta se llevaba una prenda, y la más baja decidía a quién se la quitaba. Perdí la chamarra primero, después la blusa. Cuando me tocó quitarle el pantalón a Damián, su erección levantó la tela del bóxer como una carpa de circo. Ricardo me pidió perder a propósito para chuparme los dedos de los pies, y lo hice. Sentí su lengua áspera entre los dedos y se me escapó un suspiro que me delató por completo.

No hubo más cartas. Ricardo me empinó sobre el asiento, metió los dedos entre los cuadritos de las medias y las rasgó por el centro de un solo tirón. Me besó las nalgas. Damián me besó la boca y me pasó los dedos por el pelo.

—Estabas esperando esto —me dijo al oído.

—Llevo meses esperándolo.

Me arrodillé en el piso del camión, entre los dos. Damián se bajó el bóxer. Su verga rebotó contra mi mejilla, oscura y caliente, y la atrapé con la mano sin pensarlo. Ricardo se quedó de pie, mirándome.

—Le sabe —dijo—. Mira cómo le sabe.

Le metí la verga a Damián hasta la garganta, hasta donde aguanté, y después un poco más. Me empujaba el cráneo con las dos manos, no con violencia, con la calma de quien lleva mucho tiempo guardando esto. Ricardo se acomodó detrás. Sentí su lengua entre mis muslos, encima de las medias rotas, y empecé a temblar antes de que me tocara del todo.

***

Damián me tumbó en el asiento largo del fondo. Me levantó las piernas, me las separó como si me midiera, y me la metió despacio. Yo ya estaba mojada de antes. Me la dio con calma al principio, después con fuerza. Cada embestida me arrancaba un grito que rebotaba contra el techo del camión. Ricardo se sentó a mi lado, me pasó la verga por la cara, me hizo abrir la boca.

—Así, niña, así.

Me corrí en mitad del cambio. Damián salió, Ricardo entró, y cuando sentí la cabeza gruesa de la otra verga abriéndome, supe que no iba a aguantar mucho más. Era casi el doble de ancha. Me costó al principio. Ricardo esperó hasta que yo misma le pedí que se moviera, y entonces se movió como si llevara semanas planeándolo.

—Eres una putita, ¿lo sabías? —me dijo, lamiéndome el cuello—. Pasas por el taller y nos miras como si no supieras lo que provocas.

—Sí lo sé.

—Eres la mejor de todas.

Me dio la vuelta y me cogió de espaldas mientras yo me tragaba la verga de Damián hasta la base. Me corrí otra vez, esta vez con espasmos largos que me dejaron temblando. Damián terminó en mi boca primero. Ricardo me pidió permiso para acabar dentro y yo se lo di sin pensarlo, abrazada a su espalda ancha, sintiendo cómo me llenaba con un calor que no había sentido nunca.

***

Cuando salimos del camión, eran las diez y cuarto. Damián sacó su coche del taller. Quería ir por unos tacos antes de llevarme a casa, dijo. Le contesté que tenía hambre también. Ricardo, sentado atrás, me iba acariciando el muslo con una mano mientras hablábamos de tonterías como si no acabáramos de hacer lo que hicimos.

En la taquería pidieron suficiente para tres. Mientras esperábamos la comida, Damián me miró y supe que algo se le había ocurrido.

—Vivo a tres calles de aquí —dijo—. ¿Cuánto tiempo tienes?

Miré el teléfono. Faltaban casi dos horas para que pudiera volver a casa.

—Tengo tiempo.

Pasamos al Oxxo, compraron más cerveza y un par de cosas que no alcancé a ver. La casa de Damián era pequeña, ordenada de una manera sorprendente para un hombre que vivía solo. Puso música en el celular, un bolero viejo que no encajaba con nada de lo que estábamos haciendo. Ricardo se metió al baño. Yo abrí tres latas y empecé a bailarle a Damián encima del sillón.

Esta vez fue más calmado. Más largo. Bailé sobre los dos, los desnudé despacio, me arrodillé entre sus piernas y les chupé la verga por turnos, alternando, dejando caer cerveza fría en sus muslos para que sintieran el contraste con mi boca caliente. Ricardo me pidió que abriera la boca y dejó caer un chorro de cerveza dentro. Lo tragué sin tomar aire.

—Esta niña no es de este planeta —murmuró Damián.

Me cogieron de costado en el sillón. Después en la cama. Damián me tumbó boca abajo, me abrió las piernas hasta donde aguanté y me la metió hasta el fondo mientras Ricardo, cansado, se dejaba chupar la verga acostado a mi lado. Tardamos mucho. Me corrí dos veces más antes de que ellos terminaran. La última vez, Damián me hizo arrodillarme frente a él y me llenó la cara mirándome a los ojos durante todo su orgasmo.

***

Nos bañamos los tres en la regadera. Ricardo me besaba el cuello mientras Damián me enjabonaba las piernas. Sus manos eran grandes, ásperas, manchadas de algo que no se iba ni con jabón. Me prometieron que no era la última vez. Yo les conté la fantasía que llevaba semanas guardando: pasar por el taller, que me metieran al baño del local, que me cogieran rápido entre los dos antes de que tuviera tiempo de decir nada. Se rieron. Ricardo me dijo que ellos también tenían una. Querían encontrarme en una esquina vestida como una puta callejera, pagarme sin preguntar el precio y subirme al coche sin decirme a dónde íbamos.

—¿Cuándo? —pregunté.

—La semana que viene.

—Tienen mi número.

Me llevaron a la esquina de mi calle pasadas las doce. Bajé del coche, les mandé un beso, caminé hasta la puerta con esa lentitud que sabía me miraban. Adentro, mis padres veían una película en su cuarto. Pasé a saludarlos, les dije que la fiesta había estado bien, que estaba muy cansada. Me metí a la cama con el cuerpo todavía latiendo, oliendo a hombre y a jabón barato, y me dormí pensando que había encontrado por fin lo que llevaba meses buscando.

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Comentarios (8)

Terco88

tremendo!!! una de las mejores que lei en mucho tiempo. que noche se mando jaja

NachoRivero

Por favor que haya segunda parte, no puede quedar ahi!! me quede con demasiada intriga

Julia_BA

Me encanto como lo fuiste contando, esa tension del principio es genial. Seguí así!!

CarlosEnR

Increible, me quede pegado hasta el final. Se siente muy real, muy bien narrado

SabrinaZ_lec

jaja me recordo a una epoca... los mecanicos del barrio siempre tienen algo especial. Saludos desde Rosario!!

PatoLector

ese detalle de llamarla por el nombre desde la ventana del camion... demasiado bueno. logrado al 100

Cintia_RO

Como me gustan estos relatos de maduras que saben lo que quieren... mas por favor!!

PabloDelSur

Muy buena pluma, se nota que tenes experiencia escribiendo. Seguí así

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