Lo que vi en el cuarto de mi padre aquella noche
Esto que voy a contar pasó hace ya casi veinte años, pero tengo cada imagen grabada con una nitidez que no debería ser posible. Mi padre cumplía 58. La reunión familiar oficial con mis hermanos y mi madrastra Marcela la teníamos programada para el sábado, pero él cumplía ese martes y yo salí temprano del trabajo. Se me ocurrió pasar a darle un abrazo antes de la fiesta grande, sin avisar, para sorprenderlo.
Según me había comentado días antes, iba a estar con unos amigos de toda la vida celebrando de manera tranquila. Dejé el coche a media cuadra para que no me escucharan llegar y caminé hasta la casa. Ya desde afuera algo me llamó la atención: todas las luces apagadas. Un silencio total que no cuadraba con la reunión de amigos que me había descrito. La puerta de entrada estaba sin seguro.
Entré despacio. En la cocina había varias botellas de cerveza vacías, dos copas con restos de vino tinto y una cajita pequeña sobre la encimera que en ese momento no identifiqué bien. Mi primer pensamiento fue que habían entrado a robar. La lógica del susto me borró cualquier otra posibilidad.
Empecé a avanzar por el pasillo. La casa era de una sola planta y el sonido viajaba sin obstáculos. A pocos metros del cuarto principal empecé a distinguirlos: risas femeninas, susurros, algo que se movía sobre el colchón. No eran las risas de un robo.
Me detuve junto a la puerta. Estaba entreabierta, con apenas unos centímetros de rendija. Me asomé.
Lo primero que vi fue a mi padre de pie sobre la cama, con una bata blanca abierta y los pulgares levantados, haciendo una pose ridícula que yo nunca le había visto. A sus pies, dos mujeres arrodilladas de espaldas a la puerta, con una lencería mínima que no dejaba mucho a la imaginación. Uno de ellos sostenía un teléfono y acababa de tomar una foto, porque escuché el clic y vi el destello.
Reconocí a Marcela de inmediato, aunque verla así me costó unos segundos de asimilación. Mi madrastra tenía entonces algo más de cincuenta años pero se conservaba muy bien, con ese cuerpo generoso y esas curvas que ahora, en aquella posición, resultaban evidentes de una forma que yo nunca me había permitido observar. La otra mujer tenía el cabello suelto cubriéndole la cara y no pude identificarla.
Entonces mi padre se quitó la bata.
Me quedé quieto. A sus 58 años, el hombre no tenía panza, estaba en buena forma, y cuando se sentó en el borde del colchón con las dos mujeres moviéndose hacia él, entendí que lo que estaba viendo no era algo casual ni improvisado. Esto lo habían planeado.
Las dos se le acercaron sin esperar. Las manos de Marcela le recorrían el pecho mientras la otra se ocupaba más abajo. Los gemidos de mi padre eran bajos, controlados, como si quisiera no hacer demasiado ruido aunque la casa estuviera sola. El contraste entre la oscuridad del pasillo donde yo estaba y la luz cálida de esa habitación hacía que todo se viera como una escena recortada, casi irreal.
Tenía las manos apoyadas en la pared para no perder el equilibrio. Las piernas me temblaban un poco y ya no era de miedo. La curiosidad, o lo que sea que era en realidad, me clavó en ese sitio sin que yo pudiera moverme.
En un momento la otra mujer levantó la cara para decirle algo a Marcela y ahí fue cuando el corazón me dio un salto: era Viviana, la prima de mi madrastra. La había visto en dos o tres reuniones familiares, siempre vestida con ropa discreta, hablando de sus hijos o comentando recetas de cocina. Era algo más llenita que Marcela, con unas caderas anchas y una presencia que en las reuniones yo había notado sin darle mayor importancia. Ahora, en esa lencería negra, era un asunto completamente distinto.
***
Lo que siguió fue una progresión que yo observé sin poder apartar los ojos ni un instante.
Marcela se subió sobre mi padre y se acomodó sobre su cara con una naturalidad que indicaba que no era la primera vez. No fue un gesto torpe ni dubitativo: fue el movimiento de alguien que sabe exactamente lo que quiere. Mientras ella tomaba el control arriba, Viviana se concentró abajo, con una dedicación que hizo que mi padre soltara un sonido sordo y profundo.
Verlas trabajar así, coordinadas, intercambiando miradas y pequeñas risas cómplices, me resultó más perturbador que cualquier otra cosa. Esas dos mujeres que yo asociaba a conversaciones de almuerzo dominical estaban ahí, en esa cama, como si llevaran años haciendo esto juntas.
La prima frenó un momento, jadeando, y le preguntó a Marcela casi sin voz:
—Oye... ¿siempre lo tiene así de duro cuando se lo comes?
Marcela se acomodó un poco para responder. Tenía la voz entrecortada pero el tono era el de alguien que presume con conocimiento de causa:
—Siempre. Pero hoy se tomó algo para aguantarnos las dos toda la noche.
Miré hacia la cocina mentalmente. La cajita sobre la encimera. Ahora tenía sentido.
Viviana soltó un gemido más fuerte, como si la respuesta le hubiera dado energía extra, y aceleró el ritmo. La cama empezó a chirriar. Mi padre tenía las manos aferradas a las caderas de Marcela con una fuerza que se veía incluso desde el pasillo.
En un movimiento rápido, Viviana dejó de usar la boca y se acomodó encima de mi padre, encajándose de una vez mientras él soltaba un gruñido que retumbó en las paredes. Verla moverse así sobre él, con esas curvas y ese ritmo que no bajaba la intensidad ni un segundo, me dejó con la boca completamente seca.
Mi madrastra seguía arriba, entregada a lo suyo, y las dos empezaron a gemir casi al mismo tiempo. El chirrido de los resortes y los golpes sordos del colchón llenaban toda la casa. Yo estaba pegado a esa rendija con el pulso martillando en los oídos, procesando que el «cumpleaños tranquilo» que me había descrito mi padre se había convertido en esto.
La escena cambió de golpe cuando mi padre, con una energía que no le conocía, agarró a Viviana de las caderas y la giró boca abajo sobre el colchón. La cama chilló con el movimiento. Marcela se acomodó entonces sobre la cara de su prima, devolviéndole el gesto, mientras mi padre se ponía de rodillas detrás de la invitada.
Vi cómo él, sin darle muchas vueltas, se la acomodó por atrás. Se escuchó un grito seco cuando la penetró así de golpe. La prima arqueó la espalda y clavó las uñas en las sábanas, pero mi padre no aflojó: la agarró del pelo y le hundió la cara directamente contra la entrepierna de Marcela, que seguía ahí arriba recibiendo todo el espectáculo de frente.
Era una imagen de locos: Marcela entregada, la prima gritando ahogada contra ella, y mi padre dándole con una furia que hacía que la cabecera golpeara contra la pared. Los tres coordinados en esa pose, con una sincronía que solo podía venir de la práctica o del deseo sin frenos, llenaban el cuarto de un ruido continuo y pesado.
Me quedé unos segundos más de los que debía. El morbo me estaba ganando por completo y ya no había manera de negarlo. Sentí que si no me movía en ese momento, el que iba a arruinar la noche era yo.
***
Salí del pasillo con el mismo cuidado con el que había entrado. Cada paso calculado, apoyando el pie poco a poco para no hacer crujir el suelo. El ruido de la habitación, los gemidos y el golpe rítmico de la cama, me cubrió el sonido de la retirada.
En la cocina volví a ver la cajita sobre la encimera. Era lo que pensaba. Pasé de largo sin tocarla y salí por la puerta principal.
El aire de la noche me golpeó en la cara. Caminé hasta el coche sin apresurarme demasiado, me metí adentro, arranqué y me alejé un par de manzanas antes de detenerme. Me quedé con las manos en el volante un rato largo, procesando lo que acababa de ver. Esa noche tardé mucho en dormirme.
***
El sábado llegué a la fiesta con una botella de vino y la cara lavada de cualquier expresión que pudiera delatarme. La casa estaba llena: mis hermanos, los hijos de mis hermanos, mi madrastra haciendo de anfitriona perfecta con su delantal y una sonrisa. Mi padre con su camisa impecable, dando palmadas en la espalda y aceptando abrazos como siempre.
Me costó mirarle a los ojos.
A mitad del almuerzo sonó el timbre. Marcela fue a abrir y volvió con la prima del brazo:
—¡Miren quién se apareció de sorpresa!
Viviana entró con unos vaqueros ajustados y una blusa sencilla, saludando a todo el mundo con besos en la mejilla como si nada. Cuando llegó a mi padre le dio un abrazo que a cualquier observador casual le hubiera parecido perfectamente normal. A mí me pareció que duraba un segundo de más. Marcela, desde la cocina, les dirigió una mirada con un brillo específico que solo yo entendí.
Me senté a comer con un nudo en el estómago.
Viviana quedó frente a mí en la mesa. Pedía que le pasaran la sal, preguntaba por los hijos de mi hermano mayor, comentaba algo sobre el calor de esa época del año. Con esa cara de señora de familia que no había pisado ningún cuarto ajeno en su vida. Yo sabía exactamente cómo sonaba esa mujer cuando mi padre la tenía doblada sobre el colchón, y verla ahí, tan tranquila, me producía una sensación que oscilaba entre el bochorno y algo que prefería no nombrar.
Cada carcajada de mi padre me traía una imagen. Cada vez que Marcela le tocaba el hombro, yo veía la escena del martes proyectada sobre la pared detrás de ellos.
Al final del almuerzo, mi padre levantó la copa.
—Gracias a todos por venir —dijo con esa voz grave de siempre—. De verdad, este ha sido un cumpleaños que no voy a olvidar en la vida.
Marcela y Viviana intercambiaron una mirada rapidísima. Un brillo. Una sonrisa contenida que se convirtió en un choque de copas con demasiado entusiasmo. Mis hermanos lo atribuyeron a la emoción del momento. Yo vacié mi copa de un trago.
Me levanté de la mesa y me acerqué a mi padre para darle el abrazo que supuestamente iba a darle el martes.
—Qué bien que pudiste venir hoy —me dijo, con una palmada en la espalda—. Te perdiste la reunión tranquila del martes, pero lo que importa es que estamos todos.
—Sí —respondí—. Mejor así.
***
Nunca supe si él llegó a sospechar algo. Nunca le dije nada, ni a él ni a nadie. El secreto se quedó donde tenía que quedarse.
Lo que sí cambió fue la manera en que yo miraba a Marcela y a Viviana en las reuniones siguientes. No de forma obvia, no de una manera que nadie pudiera notar. Pero estaba ahí. Esa imagen del martes volvía sola, sin que yo la invitara, en los momentos más inesperados.
Nunca hice nada al respecto. Ni lo insinué, ni ellas lo insinuaron. Pero hay cosas que, una vez vistas, no se pueden desvolver. Y ese cumpleaños de mi padre fue una de ellas.