Una mujer madura y la promesa que no supo olvidar
Me desperté a las diez y media. Rodrigo ya se había ido al trabajo cuando abrí los ojos, y su lado de la cama llevaba horas frío. Me incorporé despacio, dejando que el cuerpo protestara a su ritmo: los muslos agarrotados, un ardor sordo en los pechos que había intentado ignorar toda la noche, esa sensación difusa que no necesita que nadie la nombre para saber exactamente qué es.
Bajé a la cocina con el camisón puesto. Carmen, la chica que viene tres mañanas por semana, me sirvió el desayuno sin hacer preguntas. Comí más de lo habitual. Tenía hambre, cosa que no esperaba.
Después, antes de cambiarme, fui directamente al garaje. No quería que nadie abriera el cajón del baño de la planta baja donde había dejado la ropa la noche anterior. Lo metí todo en una bolsa: los restos de mi blusa, que tenía un roto que no tenía arreglo, y la camisa que Karim me había dejado para que pudiera volver a casa sin tener que dar explicaciones a nadie. Todo fue al maletero. La ropa rota la tiraría en un contenedor lejos de casa. La camisa la llevaría a la tintorería.
Subí al dormitorio, me desnudé y me quedé de pie frente al espejo grande. Los moratones estaban ahí. Dos en el costado derecho, uno en el pecho izquierdo, una mancha morada en la cadera. No eran graves, pero eran inconfundibles. Rodrigo los vería en cuanto me viera sin ropa.
Cogí el coche y fui a una farmacia de la ciudad de al lado, una donde no me conocían. Pedí una pomada para hematomas. Antes de pagar, añadí que necesitaba también la píldora del día después.
—Para mi hija —dije, lo cual era mentira, pero que salió sola antes de que pudiera pensarlo.
La farmacéutica me explicó con toda la paciencia del mundo que la eficacia cae pasadas las veinticuatro horas, que el margen máximo son setenta y dos, que el tiempo corre. Me lo repitió dos veces, con una sonrisa que no era del todo neutral. Le di las gracias y salí.
Pasé por la tintorería con la camisa de Karim. Me dijeron que podía recogerla al día siguiente. Volví a casa, me apliqué la pomada en los moratones y me pregunté en qué momento había dejado de ser la persona que creía que era.
***
Esa tarde, con la casa vacía, saqué la memoria USB que Karim me había dado al despedirnos. La conecté al ordenador, la combiné con los vídeos que yo había grabado con el teléfono, los ordené cronológicamente y los copié en dos memorias distintas con contraseña. Una fue al fondo del cajón de mi mesita de noche. La otra a un sitio que solo yo conozco.
Cuando terminé de copiarlos me quedé mirando el icono del archivo durante un minuto largo. Luego hice doble clic.
Vi veinte minutos. Los suficientes para notar cómo el calor iba subiendo por el cuerpo aunque estuviera sola en casa, sentada frente al escritorio en mi sillón de oficina. Me deslicé la mano entre las piernas casi sin darme cuenta. Cuando me di cuenta, no la retiré.
Me corrí pensando en Karim con los ojos cerrados y el vídeo todavía abierto en la pantalla.
Después lo cerré, borré cualquier rastro en el disco duro y me quedé sentada sin hacer nada durante un rato.
Cuando quise darme cuenta eran las once de la noche. Rodrigo no había llegado. Cogí el teléfono para llamarlo y él llamó justo en ese momento.
—Marta, esta noche no puedo volver. Ha surgido un problema en el trabajo, me quedo a dormir en Madrid. No quería que estuvieras preocupada.
Colgué. Sentí alivio y algo que se le parecía a la decepción, mezclados de una manera que no supe ordenar bien. Alivio porque los moratones necesitaban otro día para difuminarse. Decepción porque llevaba horas diciéndome que quería estar con Rodrigo, que quería que su cuerpo borrara algo, que quería volver a ser la mujer que era antes de todo esto.
¿Y quién era esa, exactamente?
Me fui a dormir sin tomarme la píldora. No me di cuenta hasta el día siguiente, cuando ya habían pasado más de treinta y seis horas.
***
Rodrigo llegó a casa a su hora habitual. Me preguntó cómo había pasado el día. Le dije que bien. Le dije que esa noche tenía una sorpresa para él.
Cenamos deprisa. Él estaba impaciente, lo cual me resultó tierno, porque yo llevaba toda la tarde construyendo aquella escena con una mezcla de culpa y determinación que no debería haber mezclado. Pero lo mezclé de todas formas.
Me encerré en el baño. Cogí la lencería que había elegido por la tarde: sujetador y braguitas negros con encaje rojo, casi transparentes, que llevaban meses en el cajón sin estrenar. Me los puse y me miré en el espejo. Los moratones habían bajado de tono. Con la luz del dormitorio no se notarían.
Me tumbé en el centro de la cama en la postura más insinuante que encontré y esperé.
Rodrigo tardó exactamente cinco minutos. Cuando abrió la puerta se quedó parado en el umbral. No dijo nada durante unos segundos.
—Dios mío —dijo al fin.
Lo llamé con un dedo. Él se subió a la cama de rodillas, me cogió la cara entre las manos y me besó. Sus manos bajaron hasta mis pechos, los palpó a través de la tela negra, apretó los pezones con suavidad y yo cerré los ojos. Le noté el pulso acelerado. Le noté el deseo, cosa que hacía tiempo que no le notaba con esa claridad.
Estuvo un rato entre mis pechos y mi boca hasta que me quitó el salto de cama y lo tiró al suelo. Se inclinó sobre mi pecho izquierdo y comenzó a besarlo por encima del sujetador, succionando el pezón a través de la tela. Luego el derecho. Con las manos libres me recorrió la cintura, los costados, la parte baja de la espalda.
Me desabrochó el sujetador y lo dejó caer. Se quedó mirándome un momento antes de volver con la boca. Sus labios en mis pezones me provocaron un escalofrío que no esperaba.
Yo llevé una mano a su cinturón, lo desabroché y metí los dedos bajo la tela. Lo encontré completamente duro. Él soltó un sonido breve entre los dientes que me dio toda la información que necesitaba.
Aquí fue cuando hice lo que nunca antes había hecho.
Me incorporé, lo hice sentarse en el borde de la cama, le bajé el pantalón y el calzoncillo hasta los tobillos. Lo tuve delante de mí. Lo cogí con la mano, lo guié y me lo metí en la boca.
Las rodillas de Rodrigo se tensaron.
—Marta... —susurró.
No respondí. Seguí.
Sujeté la base con la mano derecha mientras la boca hacía el trabajo. Alternaba el ritmo, más lento cuando lo notaba al límite, más intenso cuando aflojaba. Con la mano libre le acaricié los testículos y él echó la cabeza hacia atrás. La saliva se me escurrió por la comisura de los labios. Él cogió aire entre los dientes y apretó la sábana con los puños.
—Para —dijo—. Si sigues así me voy a correr ahora mismo.
Paré.
Lo tumbé en el centro de la cama. Me bajé las braguitas, las tiré al suelo y me subí encima de él. Lo guié con la mano hasta mi entrada y me dejé caer despacio, cerrando los ojos cuando lo sentí dentro. Rodrigo cogió mis caderas con las dos manos.
Comencé a moverme. Él siguió mi ritmo al principio y luego empujó hacia arriba, cogiéndome con más fuerza, marcando el suyo. Cerré los ojos con más fuerza. Apreté los músculos internos y él jadeó.
—Joder, Marta —murmuró.
Se corrió dentro de mí dos minutos después, con el cuerpo entero en tensión y un gemido largo que yo no le había escuchado antes. Me quedé quieta encima de él hasta que los espasmos fueron apagándose. Luego me tumbé a su lado.
Era exactamente lo que necesitaba. Aunque no por las razones que él suponía.
***
Nos quedamos tumbados, sudados, con la respiración todavía alta, y él habló.
—Cuando me llamaste el otro día para decirme que llegabas tarde... me imaginé que no estabas con tu amiga.
Se detuvo un momento.
—Me imaginé que estabas con otro hombre. Y me masturbé pensando en eso. Me encerré en este cuarto, me desnudé y me masturbé imaginando que lo hacías aquí, en esta cama, y yo lo veía todo. No sé si debería habértelo dicho.
El silencio que siguió fue de los que pesan.
—No pasa nada —respondí.
Pero algo sí pasaba. Porque él había imaginado exactamente lo que había ocurrido, y yo estaba tumbada a su lado con los restos de esa noche todavía marcados en mi piel. Y el mundo seguía girando como si nada.
***
Los días siguientes tuvimos más sexo que en los últimos años juntos. Rodrigo se había soltado algo que llevaba mucho tiempo guardado. Yo se lo di todo. Él pedía y yo decía que sí, a todo.
Pero de noche, cuando él dormía, pensaba en Karim.
No solo en el sexo. Pensaba en su calma, en la forma en que conseguía que yo hiciera cosas que no había planeado hacer sin que nada pareciera forzado. Pensaba en su voz. En la sensación de estar completamente fuera de control y no querer que aquello terminara. Con Rodrigo disfrutaba. Con Karim me perdía. Eran cosas distintas, y esa diferencia era exactamente el problema.
La camisa llevaba días en el coche, limpia y planchada desde que la recogí de la tintorería. Cada vez que me subía al coche la veía en el asiento trasero, en su bolsa de papel, esperando.
***
Me dije que la mandaría por mensajería. Que la dejaría en algún sitio neutral. Que era de bajo coste y nadie iba a reclamarla.
Me dije muchas cosas.
Al décimo día me levanté antes que Rodrigo, me duché y me puse una ropa que no era la de estar en casa. Cogí la bolsa del asiento trasero, la sostuve un momento en las manos y marqué el número de Karim.
—Soy Marta —dije cuando descolgó—. ¿Recuerdas la camisa?
—Claro —respondió. Sin sorpresa, sin apresuramiento. Exactamente como lo recordaba—. ¿Qué quieres?
—Devolvértela. Y lo otro que te prometí, si todavía quieres.
Hubo una pausa. No muy larga.
—Ven —dijo—. Dame una hora.
Metí la dirección en el navegador. Mientras el coche avanzaba por la autovía con la bolsa en el asiento de al lado, intenté convencerme de que podía dar marcha atrás en cualquier momento. Que iba solo a devolver lo que me habían prestado. Que si en algún punto no quería seguir, no seguiría.
Solo a devolver una camisa.
Aparqué frente a su portal cincuenta y tres minutos después. Cogí la bolsa, salí del coche y llamé al interfono.
Karim abrió el portal. Estaba de pie en el pasillo con los brazos cruzados, más alto de lo que lo recordaba, mirándome con esa calma que me ponía los nervios de punta de una manera que no era exactamente desagradable. Me miró de arriba abajo sin que aquello pareciera una grosería.
—Pasa —dijo.
Entré. La puerta se cerró detrás de mí. Él cogió la bolsa con la camisa, la dejó sobre una silla sin mirarla, y se volvió hacia mí.
—¿Sigues queriendo? —preguntó.
Bajé la vista un momento. Solo un momento.
—Sigo —respondí.
Él asintió una sola vez. Como quien cierra un trato.
Y en cierta manera, lo cerraba.