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Relatos Ardientes

El amante que nunca llegó nos encendió igual

Valeria y yo llevábamos siete años casados cuando la conversación que siempre postergábamos finalmente ocurrió. No fue planeada. Era un domingo de lluvia, los dos tirados en el sofá sin hacer nada en particular, y ella sacó el tema como quien saca un libro viejo de un cajón: con cuidado, pero con determinación.

—He estado pensando en algo —dijo.

—¿En qué?

—En traer a alguien más.

Lo dijo así, sin rodeos. Y lo extraño fue que yo no me sobresalté, no pregunté «¿a alguien más para qué?», porque lo sabía. Lo habíamos sabido durante meses sin decirlo en voz alta. Era una de esas cosas que se perciben en el aire de una pareja, como una canción que uno tararea sin conocer la letra.

***

Llevábamos tiempo en una etapa estable. No estable en el sentido de aburrida, sino en el sentido de que las cosas funcionaban: el trabajo de los dos iba bien, no teníamos deudas sin resolver ni resentimientos acumulados bajo la alfombra. Éramos, por decirlo de algún modo, una pareja en equilibrio real.

Y precisamente ese equilibrio era lo que nos permitía hablar de esto sin miedo a que el otro saliera corriendo.

—No es que me falte nada contigo —aclaró Valeria aquella tarde—. Es que hay una fantasía que tengo desde hace mucho y que nunca me animé a contarte.

—¿Cuál es?

—Estar con otro hombre mientras tú estás ahí. Verte mirar.

Lo dijo mirándome a los ojos. Sin bajarlos, sin sonrojarse. Y algo en esa calma me resultó más erótico que cualquier otra cosa que hubiera dicho en años.

—Yo quiero verte —respondí. Y con eso estuvo dicho todo.

***

Lo que siguió fue una semana de conversaciones tranquilas, sin apuro. Fuimos armando las reglas que harían que esto funcionara para los dos.

—Si vamos a hacerlo, tiene que ser con condiciones claras —dijo ella una noche mientras lavábamos los platos.

—De acuerdo. Las ponemos los dos, mitad y mitad.

Las mías:

Yo sería el único en contactar al candidato. Todo el intercambio pasaría por mí, para que Valeria no tuviera su nombre ni su número.

Siempre con protección. Sin excepciones, sin negociaciones en el momento.

Sin intercambio de datos reales entre él y ella.

Las suyas:

El hombre tenía que gustarle a ella. No yo elegía por los dos: ella daba el visto bueno final.

Yo tenía que estar presente en todo momento. No había versión de esto sin que yo estuviera ahí.

Si cualquiera de los dos pronunciaba «no», todo se terminaba sin discusión y sin preguntas.

Seis reglas. Las escribimos en un papel, las leímos en voz alta como si firmáramos algo oficial, y luego nos reímos de nosotros mismos porque la situación era simultáneamente seria y un poco absurda. Pero el papel quedó en la mesita de noche. Y eso era parte de la seriedad del asunto.

***

La búsqueda empezó al día siguiente. Abrí Instagram desde el teléfono y empecé a explorar perfiles. Valeria se sentó a mi lado al principio, curiosa, pero pronto se cansó del desfile interminable de imágenes sin contexto.

—Avísame cuando tengas algo concreto —dijo, y fue a preparar café.

Lo que encontré en la primera hora fue una mezcla desconcertante: hombres de cincuenta años con fotos de estadios de fútbol, chicos de veinte con torsos desnudos y frases que parecían copiadas de un manual de conquista barata, y una minoría que parecía tener vida más allá de la pantalla. Busqué en ese subgrupo.

Cinco candidatos pasaron el filtro inicial: foto con ropa puesta, algo escrito en el perfil que mostrara cierta inteligencia, sin mensajes agresivos desde el primer contacto. Los guardé y fui a buscar a Valeria.

Ella revisó las fotos con una concentración que me sorprendió. No hubo exclamaciones ni gestos exagerados. Solo fue pasando las imágenes con la calma de alguien que evalúa algo que le importa de verdad.

—Este —dijo finalmente, señalando el tercero de la lista.

Era un hombre de unos treinta y cinco años, pelo oscuro, sonrisa discreta en una de las fotos. Nada llamativo en exceso, nada que gritara. Exactamente el tipo de hombre que uno no esperaría encontrar en ese contexto.

—¿Segura?

—Segura.

***

Escribirle fue más complicado de lo que imaginé. No por el contenido del mensaje sino por encontrar el tono. Demasiado directo sonaba agresivo. Demasiado ambiguo dejaba todo en el aire. Después de tres versiones borradas escribí algo simple: que éramos una pareja buscando a alguien para un encuentro, que el primer paso sería conocernos en persona, que quien contactaba era el marido, y que la decisión final sería de mi esposa.

Tardó dos días en responder.

Aceptó.

Quedamos el miércoles, a las cinco de la tarde, en un café del barrio de Palermo que ninguno de los dos frecuentaba. El plan era sencillo: Valeria entraría primero y elegiría una mesa. Yo lo esperaría afuera, lo reconocería por las fotos y lo llevaría adentro a una mesa desde donde ella pudiera verlo sin que él supiera que lo estaba mirando. Ella decidiría entonces si quería seguir.

Era un buen plan. Limpio. Discreto.

***

El miércoles llegó con esa velocidad que tienen los días que uno espera demasiado. Por la mañana, Valeria estuvo más callada de lo habitual. No nerviosa exactamente, sino concentrada en sí misma, como cuando tiene una presentación importante y lleva el guion en la cabeza.

Antes de salir, pasó más tiempo frente al espejo del baño.

—¿Cómo estoy? —preguntó.

Llevaba una blusa de seda color ocre y el pelo recogido, dejando al descubierto la nuca. Había algo en ese detalle, en esa nuca, que me hizo querer cancelar todo el plan y quedarme en casa.

—Estás perfecta —dije. Era lo menos que podía decirse.

—¿Solo «perfecta»?

—Estás perfecta y lo sabes. Eso es distinto.

Salimos por separado. Ella tomó un taxi. Yo caminé hasta el café y me aposté en la esquina de enfrente, desde donde podía ver la entrada sin que me vieran.

Las cuatro y cincuenta. Las cuatro y cincuenta y cinco. Las cinco en punto.

Nadie.

Las cinco y diez. Las cinco y veinte. Un hombre con bolsas del supermercado. Una pareja de jubilados. Dos chicas con auriculares. Nadie que coincidiera con las fotos.

A las cinco y cuarenta y cinco acepté lo que ya sabía desde hacía rato: no iba a venir.

***

Entré al café y la vi enseguida. Estaba en una mesa al fondo, junto a la ventana, con una taza entre las manos. La luz de la tarde le caía de lado, iluminándole el contorno del rostro. Tenía los ojos fijos en algún punto afuera, en la calle, en nada en particular. Era la imagen de alguien que espera y que ya sabe que nadie va a llegar.

Me detuve un momento en la puerta.

Podía acercarme directamente y decirle que no había venido. Terminar la tarde con algo de comer y hablar de lo que haríamos diferente la próxima vez. Convertir esto en una anécdota simpática.

O podía hacer otra cosa.

Me acerqué al mesero antes de ir hacia ella.

—¿Ve a esa mujer de la mesa del fondo? —Le señalé con discreción.

—Sí, señor.

—¿Qué está tomando?

—Un té verde con jengibre.

—Tráigale otro de mi parte. Y pregúntele si acepta que me siente con ella.

El mesero me miró un segundo, calibrando si la situación era extraña o romántica. Optó por lo segundo y fue hacia la mesa de Valeria.

La vi leer el mensaje. Vi el instante exacto en que entendió lo que estaba pasando. Vi cómo apretó los labios para no sonreír de golpe, y cómo la sonrisa se le escapó igual, pequeña e involuntaria, antes de decirle algo al mesero con los ojos todavía bajos.

El mesero regresó.

—La señora acepta.

***

Me acerqué a su mesa con la tranquilidad de alguien que no la conoce de nada. Me senté despacio, como si pidiera permiso con cada movimiento.

—Gracias por dejarme acompañarla —dije.

—Todavía no he dado ninguna compañía —respondió. Tenía los ojos brillantes. Estaba jugando al juego, y lo estaba jugando bien.

—Es verdad. Pero ya es una promesa.

Valeria sostuvo mi mirada un segundo más de lo necesario. Luego bajó los ojos a la taza.

—¿Viene mucho por aquí? —preguntó.

—Primera vez —dije. Y la frase cayó entre los dos con un doble peso que los dos sentimos.

—Yo también —dijo ella, y levantó la taza a modo de brindis.

Lo que siguió fueron dos horas que no parecieron dos horas. Hablamos como si no nos conociéramos, con la extraña libertad que eso da. Ella me contó cosas de su vida que yo ya sabía pero que escuché como si fueran nuevas. Yo le pregunté cosas como si no conociera las respuestas. Hubo un momento, hacia la segunda taza, en que su rodilla rozó la mía bajo la mesa y ninguno de los dos la retiró.

Ella miraba la mesa, yo miraba su cuello. Había algo en ese juego que tenía más tensión que muchas cosas que habíamos hecho en los últimos años.

Era un juego, claro. Pero los juegos que funcionan tienen algo de verdad adentro, y ese tenía bastante.

—¿Tienes que ir a algún lado? —pregunté cuando el café empezó a vaciarse.

—Depende.

—¿De qué?

—De si esto sigue en algún lugar o termina aquí.

La miré. Tenía algún mechón suelto del recogido, los labios apenas separados, esa expresión que yo conozco de memoria pero que esa tarde parecía completamente nueva. Como si la viera por primera vez en un sitio en el que nunca antes había estado.

—No termina aquí —dije.

***

Pedí la cuenta, dejé una propina generosa, y salimos juntos a la calle. El aire de la tarde tenía ese olor particular que tienen las ciudades cuando empieza a oscurecer: algo entre el asfalto tibio y el café que se filtra por las puertas abiertas de los locales.

Caminamos media cuadra antes de que yo le tomara la mano.

—¿Y el candidato? —preguntó en voz baja, sin dejar de caminar.

—No vino.

—Lo sé.

—¿Cuándo lo supiste?

—Cuando vi entrar a un hombre por la puerta que fue directo a hablar con el mesero en vez de buscar una mesa. —Apretó mi mano—. Pero el juego estuvo bien.

—¿Solo bien?

—Estuvo perfecto, Javi. —Y se detuvo en la acera para mirarme de frente—. Pero la próxima vez que hagamos algo así, quiero que el candidato sí aparezca.

Reímos los dos. Era la risa de la gente que tiene un plan que todavía no ha terminado.

***

Lo que pasó esa noche en casa fue diferente. No en el sentido de que hiciéramos cosas que no habíamos hecho, sino en el tono, en la velocidad, en cómo nos miramos mientras lo hacíamos. La tensión de todo el día, la espera en la esquina, el juego en el café, la rodilla de ella contra la mía bajo la mesa, todo eso había estado acumulándose durante horas y necesitaba algún lugar donde ir.

Encontró ese lugar.

Valeria se quitó la blusa de seda sin apuro, mirándome exactamente como me había mirado en el café cuando pregunté si esto seguía en otro sitio. Esa mirada me deshizo más que cualquier otra cosa que hubiera pasado en el día.

Después, en la oscuridad, ella habló primero.

—Seguimos buscando —dijo.

No era una pregunta.

—Seguimos buscando —confirmé.

El papel con las seis reglas seguía en la mesita de noche.

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Comentarios (6)

SantiMH

tremendo!! lo lei de corrido sin parar

Emi_Cordoba

Por favor una segunda parte! quede con ganas de saber mas, no puede quedarse ahi

Paula_reads

Me encanto la idea de hacerse el desconocido en el cafe, se nota que entienden bien las fantasias de pareja. Muy bien escrito

RobertoR

esto me recuerda algo que intentamos una vez con mi novia jaja no nos salio tan bien pero fue divertido igual

Carlitos_BA

el giro de que fuera el mismo quien tomara el lugar del otro... no me lo esperaba. Muy buena idea, se agradece la originalidad

LurkBA

corto pero intenso, justo como me gustan

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