La pareja que conocimos en el club swinger
Era una noche de octubre. Yo tenía treinta y tres años y llevaba semanas con una energía acumulada que no sabía muy bien cómo gestionar. Marcos y yo habíamos abierto la relación cuatro meses antes, con un acuerdo claro y sin ambigüedades, pero aquella noche en el club swinger de las afueras de Valencia todo se sentía más real, más cercano a la piel.
Me arreglé con intención. Vestido ajustado de cuero negro que terminaba a mitad del muslo, escote redondo que dejaba ver el borde del sujetador de encaje rojo, medias con liguero y tacones de aguja que me ponían diez centímetros más cerca del techo. Maquillaje oscuro, labios granate, pelo recogido en un moño con mechones sueltos a los lados. Me miré al espejo antes de salir y no sentí inseguridad. Solo anticipación.
Llegamos al club cerca de medianoche. El ambiente era el que esperaba: iluminación ámbar, sofás de cuero oscuro, música de fondo que amortiguaba las conversaciones y los sonidos que venían de las salas del fondo. Marcos me besó despacio en el cuello, su mano apretando levemente mi cadera.
—Estás increíble —me dijo—. Esta noche haz lo que quieras. Yo voy a ver qué hay en la sala de parejas. Si me buscas, sabes dónde encontrarme.
Me dio un beso largo y se fue. Yo me quedé con un combinado en la mano, observando el espacio desde uno de los taburetes del bar. Esa mezcla de celos y calor que siempre me subía cuando lo veía alejarse hacia algo propio ya la conocía bien. Respiré despacio y decidí explorar el piso de arriba.
***
Lo que sigue es lo que Marcos me contó semanas más tarde, sentados en la cocina con café y sin prisa. Me lo contó con detalle, como siempre hace cuando algo lo ha afectado de verdad, eligiendo las palabras con cuidado. Se lo pido prestado aquí, tal como él me lo explicó.
Marcos se había instalado en un sofá amplio de la sala principal con un whisky en mano que apenas tocó. Le costaba arrancar. Observó el espacio: parejas en distintos estados de intimidad, algunas todavía vestidas y en conversación, otras ya en movimiento. Y frente a él, a unos metros, había una pareja joven que no podía dejar de mirar.
Ella se llamaba Lorena. Morena, unos veintiséis años, vestido negro corto que se le pegaba al cuerpo con precisión. Tenía una boca grande y labios oscuros pintados de rojo mate, y estaba sentada con las piernas cruzadas mirando la sala como si intentara entender el idioma de lo que veía. Él era Rodrigo, rubio, cuerpo atlético visible incluso bajo la camisa blanca ajustada que llevaba desabrochada hasta el tercer botón, ojos claros que se movían demasiado rápido. Era evidente que los dos eran nuevos en aquello. También era evidente que los dos estaban muy excitados.
No fue Marcos quien dio el paso. Fue Rodrigo quien se levantó, metió las manos en los bolsillos de los jeans —esa señal que traiciona a quien no sabe qué hacer con los nervios— y cruzó la sala hasta sentarse a su lado. Muy cerca. La rodilla rozando la de Marcos.
—Perdona si interrumpo —dijo en voz baja—. Te vi entrar antes, con esa mujer del vestido negro. Ahora estás solo y... Lorena y yo llevamos un rato mirándote. Dice que tienes cara de saber lo que haces. Somos nuevos en esto. ¿Te molestaría acompañarnos un momento?
Marcos tardó un segundo en responder. Sintió el pulso acelerarse un poco.
—Me llamo Marcos —dijo—. Y no, no me molesta en absoluto.
—Rodrigo —respondió él, dándole la mano. Palma cálida y algo tensa—. Ella es Lorena. Gracias. En serio, gracias por no mandarnos a paseo.
Se sentaron los tres en el sofá. Lorena lo miró directamente desde el primer momento, sin rodeos, el labio inferior apenas entre los dientes.
—Rodrigo me ha dicho que has aceptado —dijo ella con voz tranquila que no concordaba del todo con cómo le temblaba la mano sobre la rodilla—. Me alegra. Llevas un rato aquí solo y eso me tenía nerviosa. En el buen sentido.
—¿Por qué nerviosa? —preguntó Marcos.
—Porque quería que te quedaras —dijo ella—. Y no sabía si ibas a marcharte antes de que nos decidiéramos a acercarnos.
Rodrigo carraspeó suavemente.
—Si quieres empezar con ella —dijo, directo pero incómodo, como alguien que ha ensayado la frase sin terminar de creerla del todo—. Yo observo al principio. O lo que surja. Aún no tenemos muy claro cómo funciona esto.
Lorena se inclinó levemente hacia Marcos. Su perfume era sutil, madera y algo cítrico que llegaba sin imponerse.
—Bésame —pidió, sencillo—. Solo eso, por ahora.
Marcos la besó despacio. Labios firmes y cálidos, un sabor a vermut y algo dulce. Ella abrió la boca un poco y profundizaron el beso sin prisa, las manos de Lorena subiéndole al cuello de Marcos. Era un beso que no tenía nada de torpe. Rodrigo observaba en silencio, las manos apoyadas en los muslos, la respiración ligeramente alterada.
—Tócame —murmuró Lorena cuando se separaron para respirar—. Aquí —dijo, guiando la mano de Marcos hacia su muslo y hacia arriba, hacia el encaje de la ropa interior.
Marcos obedeció. La tela estaba empapada. Lorena separó las piernas despacio y apoyó la cabeza en el respaldo del sofá, los ojos entrecerrados. Él la acarició por encima del encaje con el pulgar en círculos lentos y ella soltó un sonido bajo que no fue para nadie en particular.
—Mételos dentro —pidió—. Por favor.
Él corrió la tela a un lado y la acarició por dentro, despacio primero. Ella se tensó un momento y luego se abrió, dejándolo entrar con un gemido ahogado mientras Rodrigo observaba desde su lado del sofá con los puños apretados sobre las rodillas.
—Joder, Lorena —dijo Rodrigo en voz baja.
—Lo sé —dijo ella sin abrir los ojos.
Fue Lorena quien tomó la iniciativa siguiente. Le abrió la cremallera a Marcos con dedos decididos y lo sacó, ya completamente duro, y empezó a acariciarlo con ritmo constante mientras él continuaba con los dedos dentro de ella. El ritmo de los dos encontrándose fue natural, sin coordinación forzada.
—Quiero probarte —dijo Lorena, mirándolo.
Marcos asintió. Ella se inclinó y lo tomó en la boca con ritmo pausado y firme. Rodrigo, que hasta ese momento había permanecido quieto, se acercó más en el sofá. Su hombro tocaba ahora el de Marcos. Tenía los ojos fijos en la escena.
—¿Te importa si...? —empezó Rodrigo, pero no terminó la frase.
—¿Si qué? —preguntó Marcos, la voz algo ronca.
—Nunca lo he hecho —dijo Rodrigo—. Con un hombre, me refiero. Pero llevo mirándote desde que llegamos y no sé cómo explicarlo mejor que eso.
Marcos lo miró un momento. Tampoco él había estado con un hombre antes.
—Ve despacio —dijo.
Rodrigo extendió la mano y la apoyó en el muslo de Marcos, luego subió, rozando la base mientras Lorena seguía en la punta. Marcos cerró los ojos un segundo. La mano de Rodrigo era diferente: más firme, más áspera, pero el contacto era tan cargado como el de ella.
—¿Puedo? —preguntó Rodrigo, inclinándose.
—Sí —dijo Marcos.
Rodrigo lo tomó en la boca con torpeza inicial pero con ganas, aprendiendo el ritmo en tiempo real. Lorena se retiró para observar, las piernas aún entreabiertas, una mano apoyada en el interior del muslo.
—Más profundo —dijo ella, observando a Rodrigo—. Así es como me lo haces a mí cuando quieres que enloquezca.
Rodrigo siguió sus indicaciones y Marcos le puso una mano en la nuca, no para forzar, solo para notar el movimiento. Lorena se acomodó en el sofá, se deshizo de la ropa interior y separó las piernas hacia Marcos, que la miró y sin decir nada bajó la cabeza entre ellas mientras Rodrigo continuaba.
La escena se sostuvo así varios minutos: Marcos con la boca entre las piernas de Lorena, Rodrigo con la boca en Marcos. Los tres en el mismo sofá, el mismo ritmo lento y oscuro, sin que ninguno dijera mucho más. Lorena fue la primera en correrse, tensa y callada, con las manos presionando la cabeza de Marcos contra ella y un sonido entrecortado que se perdió en la música del local.
***
Fue Rodrigo quien propuso la zona BDSM. Lo dijo después de recuperar el aliento, con una claridad nueva en los ojos de alguien que ha cruzado una línea y no tiene intención de volver.
—Quiero que nos vean —dijo—. Quiero atar a Lorena y que la gente mire. ¿Vais?
Lorena los miró a los dos, alternando.
—Sí —dijo simplemente.
Se trasladaron al fondo del local. La zona BDSM estaba más oscura, con luz roja que teñía todo de algo más denso. Cruces de madera pulida, potros acolchados con correas de cuero, látigos y floggers colgados en las paredes. El aire olía a cuero y a calor concentrado. Había cuatro o cinco personas observando escenas ajenas en silencio respetuoso.
Eligieron una cruz libre, alta y robusta. Entre Marcos y Rodrigo ataron a Lorena con cuidado pero con firmeza: brazos extendidos arriba, muñecas sujetas por esposas de cuero suave que cerraron con un clic metálico, piernas separadas y aseguradas a la madera, el vestido subido a la cintura. Ella temblaba ligeramente. La piel se le había erizado.
—¿Estás bien? —preguntó Rodrigo, mirándola a los ojos.
—Muy bien —dijo ella—. No paréis.
Rodrigo se arrodilló delante de ella y siguió con la boca donde lo había dejado antes. Marcos se colocó detrás de Rodrigo, le bajó los jeans de un tirón, y continuó lo que habían empezado en el sofá. Rodrigo gimió contra Lorena, las vibraciones llegándole a ella, que cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás contra la madera de la cruz.
Se habían acercado dos parejas más. Una mujer se tocaba en silencio, apoyada en la pared de enfrente, los ojos fijos en la escena. Un hombre observaba con las manos quietas a los lados. Nadie interrumpió. El protocolo del lugar era claro: mirar era participar de una forma propia.
Marcos se dejó llevar. Había algo extrañamente limpio en aquello: todos sabían dónde estaban y qué estaban haciendo. No había ambigüedad. No había fingimiento. Solo tres personas que habían llegado al mismo punto desde ángulos distintos y habían decidido, sin palabras, que valía la pena continuar juntas.
***
Fue en ese momento cuando aparecí yo en la puerta.
Había pasado casi dos horas arriba. No voy a contar los detalles de lo que hice en el piso de arriba; no es lo que importa ahora. Bajé con el maquillaje corrido y una calma extraña en el cuerpo, esa que viene después de haberse vaciado de tensión acumulada durante semanas.
Me asomé a la zona BDSM sin esperar nada en particular. Y lo vi.
Marcos, de pie, pantalones abiertos, con una mano en la cadera de alguien arrodillado frente a una mujer atada a una cruz de madera. La mujer gemía suave. El chico arrodillado también. Y mi marido tenía esa expresión que yo conozco de memoria: la de alguien que está exactamente donde quiere estar.
Levantó la vista un segundo. Me vio en el marco de la puerta, apoyada ahí, con el rímel corrido y los labios hinchados, oliendo a noche y a otras personas. Sonrió. Esa sonrisa suya, torcida y tranquila, sin parar nada de lo que estaba haciendo.
Yo también sonreí.
Ese era el acuerdo.