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Relatos Ardientes

El día que decidimos compartirla por primera vez

Para empezar a contar esta historia tengo que situarlos. Somos amantes desde hace casi siete años, Laura y yo. Ella tiene treinta y cuatro. Yo, sesenta y cuatro. Soy casado. Ella, libre como le gusta ser.

Desde el principio lo supe: soy voyeur. No en el sentido de espiar a desconocidos desde una ventana, sino de algo más profundo. Me excita ver a Laura con otros hombres. Verla disfrutar, observar cómo la desean, cómo se le endurecen los pezones cuando alguien que no soy yo le pone las manos encima, cómo se le humedece el coño de solo saber que la miran. Es algo que llevo en el cuerpo como una segunda naturaleza, no sé explicarlo de otra manera.

Ella lo sabía también. Y una noche, después de que se la había cogido pensando en voz alta cómo sería verla siendo follada por dos tipos a la vez, fue ella quien lo dijo primero.

—¿Lo harías de verdad, o solo lo fantaseas? —me preguntó, mirándome a los ojos con la boca todavía brillante de mi corrida.

—Lo haría —respondí.

—¿Cuándo y con quién?

Hablar eso y ponernos a planificarlo fue todo uno.

***

Laura es así: no improvisa, organiza. Busqué un apartamento de alquiler turístico cerca del centro de la ciudad, de buen nivel, bien ubicado. La idea era tener el día libre, sin horarios, y ver qué pasaba. Sin presión, sin objetivos fijos. Si encontrábamos a alguien bien, y si no, también.

Ella llegó vestida exactamente como le pedí: camisa blanca de lino, jeans blancos ajustados y una chaqueta azul ligera. No hacía falta más. Laura mide un metro setenta y tres y tiene una figura que detiene el tráfico. La cola, en particular, es perfecta. No enorme, pero firme y redonda, y el jean blanco no le hacía ningún favor si el objetivo era pasar desapercibida.

Empezamos por el centro comercial. Una hora larga recorriendo tiendas, mirando caras, sin encontrar nada que nos convenciera. Después la costanera, paseando cerca del agua con el sol de febrero pegando fuerte sobre el asfalto. Tampoco. No importaba. Teníamos todo el día y ninguna prisa.

***

Al mediodía fuimos a comer a un restaurante conocido: buena cocina, ambiente tranquilo, dos plantas. Pedimos mesa en el piso de arriba, desde donde se veía todo el salón de abajo. Arriba había poca gente. Tres mesas ocupadas y la nuestra. Elegí una cercana a dos hombres que estaban revisando la carta. Treinta y tantos cada uno, bien vestidos, con esa actitud tranquila de quien tiene tiempo y no necesita demostrarlo.

Laura lo hizo antes de sentarse. Se quedó de pie un momento, les dio la espalda a la mesa de ellos, se quitó la chaqueta muy despacio y la colgó en la silla. Uno de los hombres dejó de mirar la carta.

—Qué calor —dijo ella en voz alta, sin dirigirse a nadie en particular.

Se sentó. Sonrió para mí.

A los diez minutos se excusó para ir al baño. La vi alejarse con esa cadencia suya, esa forma de mover las caderas que no es actuada, es simplemente como camina. Los dos hombres de la mesa de al lado la siguieron con la mirada hasta que dobló la esquina. Me incliné hacia ellos con naturalidad.

—Es como un temporal —dije—. Siempre así.

Se rieron. El de la izquierda asintió con un gesto discreto y algo que parecía admiración sincera.

Cuando volvió, Laura buscó algo en el bolso al llegar a la mesa y, casi sin que pareciera intencional, me pasó el corpiño por debajo de la mesa. Lo tomé, lo dejé caer en el bolsillo de la chaqueta con un bretel asomando hacia fuera, bien visible. Durante el resto de la comida, los hombres se miraban entre ellos y de vez en cuando nos miraban a nosotros. Las tetas de Laura empujaban la tela de la camisa de lino con dos puntas duras perfectamente marcadas, y ella lo sabía.

En un momento en que el mozo atendía a su mesa, le pregunté a Laura en voz baja:

—¿Te van?

Respondió sin dudar:

—Sí. A los dos. Quiero probar cómo cogen.

***

Al terminar la comida, el mozo nos trajo una bandeja con champán y cuatro copas. Venía de parte de los vecinos de mesa.

Los miramos. El más conversador de los dos levantó la copa en dirección a nosotros con una sonrisa fácil.

—Para combatir el calor de la señora.

Laura lo miró directamente.

—Señorita. No estamos casados.

Risas. Nos levantamos a agradecerles. Presentaciones: Rodrigo y Esteban, consultores de empresas con una firma propia. Nos presentamos nosotros sin dar demasiados detalles. Conversamos durante diez minutos de pie, mezclados con el champán y con esa incomodidad agradable de no saber bien a dónde iba esto.

Rodrigo tenía esa energía de alguien acostumbrado a hablar primero, a abrir puertas. Esteban era más reservado, observaba.

Tiré el anzuelo como pude.

—Qué lástima que tengan que volver a trabajar. Tenemos un apartamento aquí cerca, habríamos tomado un café tranquilos.

Rodrigo miró a Esteban. Esteban miró a Rodrigo.

—En realidad podemos tomarnos un rato —dijo Rodrigo—. Si no molestamos.

—Para nada. El día es nuestro.

***

Caminamos los cuatro hacia el apartamento. Eran seis cuadras. Laura fue adelante con Rodrigo. Esteban vino conmigo.

Mientras le hablaba de la zona sin decir nada importante, él no podía dejar de mirarla. La veía caminar, veía sus caderas, veía cómo el jean blanco se tensaba con cada paso. A mitad de camino cambiamos de acompañantes con el pretexto de una pregunta. Ahora Rodrigo venía conmigo y yo podía ver, desde atrás, exactamente lo que él veía. Los ojos clavados en la cola de Laura, siguiendo el vaivén de un cachete al otro, imaginándose cómo se la abriría, cómo se la comería a mordiscos, cómo se hundiría en ella.

Llegamos. Los hice pasar al living: sillón grande para mí, dos individuales para ellos, una mesita de centro. Laura se fue a preparar café.

Los dos la seguían con la mirada.

Volvió con la bandeja, la dejó sobre la mesa inclinándose hacia adelante más de lo necesario. La camisa se le abrió y les mostró el nacimiento de las tetas sin corpiño, la sombra rosada de los pezones bajo el lino. El jean blanco parecía a punto de rendirse. Sirvió sin apuro, sin mirarlos, como si no supiera que la miraban.

—Les dejo más café. Me muero de calor, me voy a duchar y vuelvo.

***

Lo que pasó después fue idea suya. Me lo confesó más tarde, entre risas: «Se me ocurrió solita, ¿viste?»

Se duchó. Cuando estaba terminando de secarse, salió al pasillo cubierta de cuello a rodillas con una toalla grande que sujetaba con las dos manos. Habló hacia el living sin entrar:

—Marcos, saltó el limitador del agua caliente y no llego a subirlo. ¿Puedes venir?

Me disculpé, fui. Ella entró al baño, se dio vuelta para mostrarme algo en el grifo. Y en ese giro, por un segundo, soltó la toalla.

Lo vieron todo. Las tetas paradas, el coño depilado, el culo redondo abriéndose apenas cuando dobló la cintura.

Volví al living fingiendo que había resuelto algún problema técnico. Los dos trataban de no reírse. Rodrigo tenía un bulto marcado en el pantalón que ni intentaba disimular.

—¿Qué pasó? —pregunté.

—Nada, nada —dijo Rodrigo—. Un pequeño accidente. Al girar ella no tenía nada. Fue un segundo.

—Bueno, son mayores de edad. Y además la estuvieron mirando durante todo el camino aquí.

—Con todo respeto —dijo Esteban—. Vale la pena mirarla. Tiene un cuerpo de puta madre.

—Lo tiene —dije—. Y le encanta que se lo miren.

***

Cuando Laura volvió al living, la temperatura del cuarto cambió.

Llevaba tacones de doce centímetros, un vestido tubo de tela elástica color gris plateado, sin breteles, que le llegaba a mitad del muslo. Nada debajo. Se había soltado el pelo.

—Ahora sí. Duchada y fresquita.

Recogió la bandeja del café, volvió a la cocina, volvió. Se sentó en mis rodillas, me besó despacio, con la lengua metida hasta el fondo de mi boca, y me tomó la mano para llevármela debajo del vestido. Le toqué el coño sin apuro. Ya estaba mojada, resbaladiza, con los labios hinchados. Deslicé un dedo dentro y ella soltó un gemido bajo, apenas audible, contra mi oreja.

—¿Ves cómo estoy? —me susurró—. Llevo así desde el restaurante.

Se levantó y miró a los dos hombres sin apuro.

—¿Te parece que les gusta mi cola? —me preguntó con cara de inocente.

—No tengo la menor duda.

—Entonces, amor, ¿me ayudas a mostrársela? A ver qué opinan de verdad.

Se bajó de mis rodillas. Se plantó de espaldas a ellos. Rodrigo y Esteban no sabían literalmente qué hacer con las manos.

Me levanté, me coloqué frente a ella y le puse las palmas en las caderas. Empecé a subirle el vestido muy despacio, centímetro a centímetro. Primero aparecieron los glúteos, firmes y redondos. Laura entreabrió las piernas un poco, se inclinó apenas hacia adelante y les mostró todo: el coño rosado abriéndose entre los muslos, brillante de lo mojada que estaba, y la línea del culo con el ojete oscuro apretado en el medio. Rodrigo se pasó la lengua por los labios sin darse cuenta.

—Miren bien —dijo Laura, y separó las piernas otro poco—. Miren cómo tengo el coño.

Metí dos dedos entre sus piernas, se los mostré llenos de flujo y se los llevé a la boca. Ella los chupó despacio, sin cortar el contacto visual con los dos hombres.

Después la hice girar y bajé la parte superior del vestido. Sus pechos son exactamente como los imaginas cuando la ves caminar: no grandes, perfectos, con los pezones ya endurecidos y rosados. El pubis perfectamente depilado, apenas una línea.

Silencio total en el cuarto.

—¿Les gusta? —pregunté.

—Nos encanta —dijo Rodrigo con la voz espesa—. Pero quizás deberíamos irnos, no queremos molestar…

—Quédense —dijo Laura—. Si les gusta, nos divertiremos. Es nuestra primera vez, ¿verdad, Marcos?

—Nuestra primera vez —repetí.

—Quiero cogerlos a los dos —dijo ella sin adornos—. Los quiero desnudos ya.

***

Para animarlos, empezamos a besarnos delante de ellos. Que nos vieran: las lenguas, las manos, la forma en que ella pegaba el cuerpo al mío. Yo le acariciaba los pechos y le pellizcaba los pezones con dos dedos, y ella me abría el pantalón y me sacaba la polla ahí mismo, delante de dos desconocidos, para agarrarla con la mano y masturbarme despacio.

—Miren cómo la tiene —les dijo—. Miren qué dura la pone que ustedes me estén viendo.

Se arrodilló entre mis piernas y se la metió entera en la boca. La chupó hasta el fondo, con las mejillas hundidas, sacando saliva por las comisuras. Yo la agarré del pelo y la marqué el ritmo. Cuando la sacó, tenía la barbilla brillante y una hebra colgando del labio a la punta de mi polla.

—Ahora ustedes —dijo, sin soltarme—. Sáquense la ropa.

Rodrigo y Esteban se desvistieron sin decir nada. Rodrigo la tenía gruesa, más corta que larga, con la piel tensa y las venas marcadas. La de Esteban era más flaca pero más larga, con el glande grande y ya babeando líquido. Laura los miró a los dos con hambre.

Se puso de rodillas entre ellos y les agarró una polla en cada mano. Empezó por Rodrigo, se la metió hasta la garganta, la chupó con ganas, con ruido, dejando la saliva chorrear por los huevos. Después soltó la de Rodrigo y se pasó a la de Esteban sin dejar de masturbar la otra. Alternaba con una destreza que hizo que me olvidara de respirar durante varios segundos. Rodrigo tenía los ojos entrecerrados y le empujaba la cabeza para hundírsela más. Esteban miraba hacia el techo con la boca abierta.

—Qué rica polla —dijo ella con la boca llena—. Las dos. Me las voy a coger a las dos.

Me alejé hacia el sillón. Solo para ver. Verla arrodillada entre dos hombres desconocidos, con una polla en la boca y otra en la mano, alternando, escupiendo, chupando, era exactamente lo que había fantaseado durante años.

Sugerí pasar al dormitorio. Había preparado todo antes: sábanas limpias, preservativos en las mesitas de noche, una lámpara encendida con luz cálida.

***

Laura se tumbó boca arriba en la cama, con las piernas abiertas y los brazos por encima de la cabeza. Se le veía todo: el coño abierto, brillante, palpitando.

Rodrigo fue a su boca. Esteban le separó las rodillas y empezó a besarle el interior de los muslos muy despacio, subiéndose por la piel hacia arriba hasta llegar. Cuando le clavó la lengua en el coño, Laura arqueó la espalda y soltó un gemido largo, agudo, con la boca ocupada por la polla de Rodrigo. Esteban le comió el coño con ganas, le chupó los labios, le mordió el clítoris con suavidad, le metió la lengua entera hasta hacerla gritar contra la polla que tenía en la boca.

Yo me senté en la silla del escritorio, a tres metros, y miré. Le veía la cara enrojecida, los ojos vidriosos, la garganta trabajando la polla de Rodrigo mientras Esteban le chupaba el coño como si no hubiera comido en días.

Esto es real, pensé. Está pasando de verdad.

Se acabó primero por la boca, ahogando el grito contra Rodrigo, sacudiéndose entera con Esteban aferrado a los muslos. Vi las piernas cerrarse sobre la cabeza de él, vi los dedos de los pies clavarse en el aire, vi cómo se le contraía el vientre con cada ola.

Cambiaron de posición. Rodrigo se puso un preservativo y la penetró en misionero, de una sola estocada, hundiéndose hasta el fondo con una urgencia que a ella pareció gustarle. Laura le puso la mano abierta en el pecho.

—Despacio. No te acabes todavía. Cógeme rico primero.

Él aguantó lo que pudo. Empujaba con fuerza, con el culo tenso, haciendo chocar los huevos contra el culo de ella con un sonido húmedo que llenaba el cuarto. Laura le enganchó las piernas alrededor de la cintura y lo apretó, le clavó las uñas en la espalda, le pidió más fuerte, más al fondo, con una voz que no le había escuchado nunca. Rodrigo aguantó dos minutos, quizás tres.

—Me acabo —jadeó.

—En el pecho —dijo ella a tiempo.

Se quitó el preservativo de un tirón, se agarró la polla y le lanzó la corrida encima. El semen le cayó sobre los pechos en dos pulsos largos y seguidos, blanco espeso resbalando entre las tetas, hasta el vientre. Laura se tocó, recogió el semen con dos dedos, se los chupó, tragó despacio sin apartar los ojos de él. Después estiró el brazo hacia Esteban.

—Tú. Boca arriba.

Le puso el preservativo ella misma, con la boca, deslizándolo con los labios sobre la polla larga de Esteban hasta la base. Lo montó con calma, se sentó encima de la polla haciéndola entrar poco a poco, con ese sube y baja que tiene, lento al principio y luego más rítmico, más intenso. Se agarraba las tetas, se tocaba los pezones con el semen de Rodrigo todavía brillando entre ellas. Esteban le agarraba la cintura y empujaba desde abajo, coordinado, hundiéndose en ella entera.

Yo me levanté de la silla y me acerqué. Me puse a diez centímetros de donde se unían los dos cuerpos. Veía todo: la polla flaca y larga entrando y saliendo del coño de Laura, la piel del glande arrastrando los labios hacia adentro y hacia afuera, el flujo espeso brillando en la base cada vez que ella bajaba hasta el tope. Sentía el calor, el olor a sexo, el ruido húmedo que hacían al chocar.

—Mírala bien —me dijo Laura sin dejar de moverse—. Mírame cómo me la cojo.

Esteban la avisó con un gemido largo, los dedos clavándose en las caderas.

Laura lo desmontó de un salto, retiró el preservativo tirando de él con la mano, se puso en cuatro apoyando los codos en la cama, con el culo alzado hacia él.

—Dámela en la raya. Restrégala.

Él fue detrás. Le apoyó la polla entre los cachetes y la deslizó tres o cuatro veces por el surco, con Laura empujando el culo hacia atrás para ayudarlo, y se acabó. El semen le bajó despacio por la piel, chorreando por la raya del culo hasta juntarse con el flujo del coño.

No pude quedarme donde estaba. Me acerqué por detrás con la polla ya durísima y me la clavé así, en cuatro, sin preservativo, resbalando en el semen de Esteban, con los dos todavía en la habitación mirándome. La agarré de las caderas y la cogí con fuerza, empujándola contra mí, viendo cómo el culo se le sacudía con cada estocada. Laura enterró la cara en las sábanas y gritó mi nombre entre dientes, apretó el coño como sabe apretarlo, y en menos de dos minutos me fui dentro de ella descargando todo lo que había estado aguantando la última hora.

Cuando me retiré, el semen le chorreó por los muslos. Se dio vuelta, se sentó en el borde de la cama y nos llamó a los tres con un gesto. Nos limpió a los tres, uno por uno, con la boca, con esa lentitud deliberada suya que no es solo placer, es una declaración de intenciones. Chupó cada polla hasta dejarla brillante y limpia, mirándonos hacia arriba con los ojos.

***

—¿Les gustó? —preguntó después, tumbada boca arriba con las manos entrelazadas sobre el vientre.

—No podemos creerlo —dijo Rodrigo.

—¿Y todo lo que podríamos hacer? —dijo ella, mirando el techo con una sonrisa—. Todavía no probaron el culo.

—Todo —dije yo.

Hubo duchas de a dos, algún juego bajo el agua con las manos jabonadas colándose entre las piernas, risas, el champán que quedaba en la nevera. Al despedirse, Laura les puso una condición simple.

—Para la próxima quiero los análisis.

—¿Qué análisis? —preguntó Esteban.

—Piensen. La próxima me los cojo a pelo, y quiero la corrida adentro. No es tan difícil de adivinar.

Besos. Promesas de volver.

***

Eso fue hace cinco años.

Rodrigo y Esteban volvieron. Muchas veces, con confianza, con esa comodidad que solo da el tiempo. Un año después, la mujer de Rodrigo, Sandra, ya formaba parte del grupo de manera habitual. Seis meses más tarde, Verónica, la pareja de Esteban, llegó como «la nueva». Y hasta el día de hoy seguimos todos, encantados, sabiendo exactamente lo que somos y lo que hacemos juntos.

Ellos fueron los primeros. En los relatos que siguen irán conociendo a los demás.

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Comentarios(8)

Mati_88

buenisimo!!! me enganche desde el principio y no pude parar de leer

Fernanda_RT

Por favor que haya una segunda parte. Quede con ganas de mas

NocturnoMDQ

Tremendo relato, me dejo sin palabras.

ClaraCba21

Me hizo recordar algo parecido que vivimos con mi pareja hace un tiempo. Muy bien narrado, gracias por compartirlo.

CuriosaBA77

Y como termino todo despues del restaurante? jajaja la tension que se arma ahi es increible

Lauti_BA

el final no me lo esperaba para nada jaja

LecturaClandestina

Me costo mucho parar de leer. Hay algo en como esta contado que te mete dentro de la escena, se siente muy real. Espero el siguiente

Ariel_lector

Excelente!!! Sigan compartiendo historias asi

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