Mi alumna embarazada y la aventura que no esperaba
Soy docente universitario desde hace varios años. Con el tiempo aprendí que el trato cercano con los estudiantes abre puertas que de otra forma permanecerían cerradas, siempre dentro de lo legal, siempre con personas adultas. Lo que cuento aquí es uno de esos casos que no busqué pero que tampoco rechacé cuando llegó.
Natalia y Rodrigo eran pareja desde el primer año de la carrera. Todo el departamento los conocía. Ella era morena clara, de poco más de un metro sesenta, con el cabello levemente rizado, labios carnosos y una sonrisa que se notaba aun cuando no sonreía. Rodrigo era su opuesto: callado, serio, el tipo de chico que levanta la mano solo cuando está seguro de la respuesta. Cuando ella quedó embarazada, él tomó la decisión que la mayoría en su situación toma: dejó la facultad para trabajar. Natalia se quedó. Sus padres tampoco le dieron otra opción.
El embarazo la cambió de formas que yo noté mejor que nadie. Su cuerpo se volvió más generoso, más presente. Llevaba blusas amplias porque cualquier otra cosa le resultaba incómoda, y cuando se sentaba en primera fila, como siempre hacía, me costaba más de lo que debería concentrarme en el tema de clase.
Empecé a prestarle atención de la misma manera en que se riega una planta: sin aspavientos, sin que resultara obvio. Le guardaba algo de comer si llegaba tarde, le preguntaba cómo se encontraba, le decía que si necesitaba algo estaba para ayudar. Ella lo recibía con gratitud y sin sospechas, que es la combinación perfecta.
Un martes a mediodía escuché que tenía revisión médica esa tarde pero no encontraba cómo llegar. Le di dinero para el taxi sin hacer un drama de ello y le dije que, si quería, cuando terminara podía avisarme y yo la recogía. Que no se lo comentara a nadie, solo para evitar malentendidos con la administración. Me lo agradeció con esa sonrisa suya y aceptó sin dudar.
La recogí dos horas después frente a la clínica. Le pregunté cómo había ido. Bien, dijo. Le pregunté si había comido. No todavía, dijo. Le propuse buscar algo lejos del campus y eligió pizza, así que conduje hasta el otro lado de la ciudad.
Comimos despacio. Ella hablaba y yo la escuchaba, que es una de las cosas que más se agradece cuando uno está pasando por algo difícil y nadie parece tener tiempo. En algún momento nuestras piernas se rozaron bajo la mesa. No la retiré. Ella tampoco. Unos minutos después, cruzó levemente la suya sobre la mía, un gesto tan pequeño que podría haber ignorado si hubiera querido. No quise.
La miré. No hizo ningún gesto especial. Pero cuando bajé la vista a su escote y volví a mirarla a los ojos, me guiñó un ojo y sonrió de costado. No hizo falta más.
—¿Tienes algo pendiente esta tarde? —pregunté.
—Nada —dijo, con un tono que significaba exactamente lo que yo quería que significara.
—¿Cuánto tiempo tienes antes de volver a casa?
—El que haga falta —respondió, y se mordió el labio.
Pagué y salimos. Compré algunas cosas en el supermercado del camino y conduje hasta mi departamento. Abrí el garaje y entramos.
***
Se paseó por el salón con esa calma que tienen algunas personas cuando entran a un lugar nuevo, mirando los libros, la planta en la ventana, la cafetera vieja en la encimera. Yo le serví agua y jugo sin preguntarle cuál quería, los puse en la mesa y me di la vuelta.
Estaba justo detrás de mí.
Me rodeó el cuello con los brazos y me besó antes de que pudiera decir nada. Besaba como si tuviera prisa y al mismo tiempo como si no hubiera ninguna. Su boca tenía un sabor limpio, levemente dulce, y olía a algo que no podría nombrar pero que me puso la cabeza en blanco.
La guié hasta el sofá sin dejar de besarla. Se sentó sobre mis piernas, me tomó la cabeza entre las manos y profundizó el beso. Después se separó apenas lo suficiente para quitarse la blusa de un solo movimiento y lanzarla lejos. Sus pechos estaban ahí, más grandes de lo que parecían bajo la ropa, con los pezones oscuros y endurecidos, levemente enrojecidos.
—Ay, Natalia —fue lo único que se me ocurrió decir.
Me incliné y los tomé con la boca, uno y después el otro, despacio. Tenían un sabor salado que me gustó más de lo que esperaba. Ella respiraba por la nariz con fuerza, echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un sonido suave entre los dientes. Llegué al punto de juntar los dos pezones con los dedos y pasarles la lengua al mismo tiempo. Soltó una carcajada sorprendida.
—No se me había ocurrido que eso se pudiera hacer —dijo entre risas.
La puse de pie, me quité la camisa y la coloqué boca abajo sobre el sofá para bajarle el pants. Lo que apareció fue un par de nalgas grandes, bien formadas, con una ropa interior gris que ya mostraba una mancha húmeda en el centro. Se la bajé despacio.
—Te entiendo, Rodrigo —murmuré antes de acercar la cara.
Se rió. Pero la risa duró poco.
Empecé por los labios exteriores, con la lengua plana, sin apuro. Fui bajando hasta el clítoris y ahí me detuve más tiempo. Ella apoyó la frente en el cojín del sofá y agarró el borde con ambas manos. Sus gemidos eran cada vez más continuos, más urgentes, hasta que dijo que quería verme. Antes de incorporarme, pasé la lengua por el centro de sus nalgas y llegué hasta su ano. El sonido que soltó fue completamente auténtico, sin ningún cálculo.
Se dio la vuelta y se sentó en el borde del sofá. Me desabrochó el cinturón sin vacilar, me bajó el pantalón y el bóxer de un solo jalón. Me miró fijamente, se mordió el labio, y me tomó con la boca completamente. Sus ojos se llenaron de lágrimas por el esfuerzo pero no se detuvo. En algún punto, con la boca todavía llena, encontró la manera de guiñarme un ojo. Me costó no reírme.
Lo sacó, pasó la lengua por los lados, lo golpeó suavemente contra su mejilla, volvió a tomarlo entero. Escupió sobre él, me masturbó con fuerza, alternó con la boca. Su saliva tenía un olor que quería en todas partes.
***
Se recostó en el sofá y abrió las piernas.
—Hazlo ya —dijo. Y sonreía, y tenía los ojos brillantes de emoción.
Su barriga era todavía discreta, más una curva suave que un volumen, y le daba una ternura que no esperaba sentir en ese momento. La tomé de las piernas, acomodé la cadera y entré despacio, aunque estaba muy mojada. Quería que lo sintiera.
—Ya no te puedo embarazar más —le dije.
Sonrió y cerró los ojos.
Empecé suave. La besé en el cuello, en la clavícula, en los pechos. Fui subiendo el ritmo de manera gradual, la sacaba y volvía a entrar, jugaba con su clítoris con el pulgar mientras empujaba. Ella ponía una mano sobre mi espalda y apretaba los dedos cada vez que algo le gustaba especialmente. Fue subiendo la presión de esa mano poco a poco, y su respiración fue cambiando de ritmo, y sus piernas empezaron a temblar antes de que ella misma pareciera darse cuenta.
Entonces su cara cambió. No fue un gemido, fue algo más parecido al susto. Las piernas le temblaron sin control, tensó todo el cuerpo de golpe y soltó un grito que llenó la habitación. Cuando terminó, me apartó con la mano, se sentó y se quedó mirando el suelo, respirando con fuerza.
—¿Estás bien? —le pregunté, y lo pregunté en serio.
—Sí... perdón. Es que nunca me había pasado algo así —dijo, con la voz confundida.
—Tranquila. Solo fue un orgasmo.
Me miró fijamente. Un segundo. Dos.
—¿Eso fue un orgasmo?
—Sí. Eso fue.
No me dejó terminar. Me tomó de la cara con las dos manos y volvió a besarme con más fuerza que al principio.
—¿Cómo quieres ponerme ahora? —preguntó contra mi boca.
—En cuatro. Arriba, en mi cama.
Abrió los ojos y asintió, mordiéndose el labio. Se levantó, me tomó de la mano y tiró hacia las escaleras. Tenía ese culote a treinta centímetros de mi cara y no pude aguantar: le di una palmada fuerte. Se detuvo en seco. Me miró por encima del hombro.
—Así quiero que me trates ahí arriba —dijo.
No llegamos arriba de inmediato. Me senté en el tercer escalón y le pedí que se colocara sobre mí de espaldas. Lo hizo sin preguntar, me tomó con la mano y se sentó encima despacio. Así estuvimos un rato, con ella marcando el ritmo y yo agarrándola de las caderas, hasta que decidí que era mejor la cama.
***
En el dormitorio se puso en cuatro sobre el colchón y empezó a mover las nalgas, ofreciéndose y riendo al mismo tiempo. Me subí a la cama, la tomé de las caderas y entré.
La agarré fuerte. Le di una palmada en cada nalga, alternando, y ella gemía más fuerte con cada una. Tomé su coleta con la mano izquierda y la sujeté sin tirar demasiado, solo lo suficiente para que notara que no iba a soltarla. Con la derecha seguí dándole palmadas hasta que su piel morena se oscureció donde las manos aterrizaban. Mis embestidas no se detenían. Sus gemidos tampoco.
—¡Nunca me habían hecho esto así! —decía entre jadeos—. ¡Nunca me habían tenido así!
La jalé hacia mí por la coleta, rodeé su cuello con el brazo y le hablé cerca del oído.
—Es la primera vez que estás con alguien que sabe lo que hace. Eso es todo.
La solté, me puse de pie junto a la cama y me coloqué delante de su cara. Abrió la boca sin que le dijera nada. Recibió todo lo que tenía, lo saboreó, se limpió los labios con los dedos y luego se limpió los dedos con la boca.
Me recosté a su lado. Ella se acomodó pegada a mí, con la cabeza en mi hombro, y los dos respiramos en silencio hasta que los latidos volvieron a la normalidad.
—Todavía no hemos terminado —dijo después de un rato.
—Dame cinco minutos.
Se rió. Yo también.
***
Le hice sexo oral largo, sin apuro, con los dedos dentro buscando el punto exacto que la hizo apretar las sábanas con los puños. El segundo orgasmo llegó como el primero, con ese temblor involuntario y ese grito que le salía desde el centro del cuerpo. Esta vez no se asustó. Esta vez cerró los ojos, apretó mi cabeza contra ella con las manos y dejó que pasara hasta el final.
Cuando terminó, me miró desde arriba con los ojos brillantes.
—Quiero más —dijo, simplemente.
Volví a subirme. Misionero esta vez, despacio, besándola mientras empujaba. Ella me abrazó por la espalda y me clavó las uñas cada vez que aumentaba el ritmo. Su cara, su cuello, su pecho, todo brillaba de sudor. Sentí que se acercaba una tercera vez y me dejé ir al mismo tiempo. Me vine dentro de ella, salí despacio y la habitación quedó en silencio, con ese olor denso que se instala cuando dos personas no dejan nada por hacer.
Natalia metió los dedos, los probó, y se recostó a mi lado sin decir nada durante un buen rato.
Después habló.
—El bebé es de Rodrigo —dijo, mirando el techo—. Pero yo soy tuya, si me quieres.
Le apreté el culo sin responder de inmediato.
—Falta poco para que me gradúe —continuó—. Después podría estar contigo sin complicaciones.
—Natalia —le dije—, mírate. Cualquier hombre estaría aquí. El que está es el que tiene suerte.
La besé en la sien. Ella se acurrucó más contra mí y cerró los ojos.
Fue el mejor encuentro que tuve ese año. Espontáneo, directo, sin pretensiones. Y el primero de muchos.