La primera vez que me permití fantasear sin límites
Me llamo Sofía y tengo dieciocho años recién cumplidos. Esto es lo primero que escribo en un sitio así y no sé muy bien por qué lo hago, excepto que hay cosas que no puedo contarle a nadie que conozco. Cosas que llevo tiempo cargando sola, sin saber dónde ponerlas.
Vivo en un piso compartido con otras dos chicas, cerca de la universidad. Las dos tienen novio. Los fines de semana se van y yo me quedo. No es que no salga nunca, pero hay algo en mí que todavía no da ese paso. Nunca he besado a nadie. Nunca he sentido las manos de otra persona sobre mi piel con esa intención. Y a esta edad eso se siente raro de admitir, como si fuera un secreto que debería haberme quitado de encima hace tiempo.
Lo que sí tengo es curiosidad. Una curiosidad que lleva meses creciendo sin ningún lugar adonde ir. Leo mucho sobre el tema. Me pierdo en relatos, en foros, en conversaciones de internet donde la gente cuenta sus experiencias sin pudor. Y desde hace un tiempo también me exploro sola, con más confianza de la que tendría si hubiera alguien mirando. Sé lo que funciona en mi cuerpo, sé cómo llegar ahí. Sé cuántos dedos meterme y en qué ángulo, sé cuándo apretar el clítoris y cuándo dejarlo respirar, sé el ritmo exacto que me hace correrme mordiendo la almohada. Pero hay algo que los dedos propios no pueden replicar, por mucho que uno lo intente: el calor de otra persona. La imprevisibilidad de que alguien más esté tomando decisiones sobre tu piel. Una polla de verdad abriéndote por dentro, una lengua que no es la tuya en tu coño, un peso encima que te aplasta contra el colchón.
Esa noche era martes. Mis compañeras se habían ido el domingo y no volvían hasta el miércoles. El piso olía a silencio y a las velas que había encendido sin ningún motivo concreto, solo porque el cuarto se veía frío. Me metí en la cama antes de las once con un libro que no fui capaz de leer. Llevaba días con una especie de presión acumulada, esa tensión de querer algo sin saber exactamente cómo pedirlo ni a quién. Tenía las bragas mojadas desde por la tarde y no era ninguna novedad, últimamente estaban mojadas casi siempre.
Dejé el libro en la mesita. Apagué la lámpara.
Empecé sin pensarlo demasiado. La sábana era fresca bajo mis palmas y mis manos ya sabían el camino de sobra. Cerré los ojos y dejé que la mente construyera lo que el cuerpo todavía no había tenido.
***
Lo imaginé sin cara al principio. Solo manos. Unas manos que se acercaban sin urgencia, como si tuvieran todo el tiempo del mundo y supieran exactamente adónde iban. Me imaginé tumbada en una cama que no era la mía, en un cuarto con poca luz, con alguien sentado a mi lado mirándome como si yo fuera lo único que había en esa habitación.
Era mayor que yo, no mucho, pero lo suficiente para haber aprendido cosas que yo no sabía. No hablaba, solo miraba, con esa calma que en la fantasía me resultaba más desarmante que cualquier palabra.
Sus manos llegaron primero a mis hombros. No agarraron, no empujaron. Solo apoyaron, con el peso justo de quien no necesita demostrar nada.
—¿Puedo? —preguntó.
Era una sola palabra, pero sonó como si me diera tiempo de sobra para pensarlo.
—Sí —dije.
Y en ese instante la presión que llevaba días acumulada cedió un poco. Solo un centímetro, pero fue suficiente para respirar.
Sus dedos encontraron el borde de mi camiseta y la levantaron despacio. No hubo prisas ni torpeza. Cuando quedé con la parte de arriba descubierta, no traté de cubrirme. Lo miré. Me dejé ver. Los pezones se me pusieron duros de golpe con el aire del cuarto y con su mirada encima, y sentí cómo se me marcaban tirantes, casi doloridos.
—Estás bien —dijo, y no era una pregunta—. Tienes unas tetas preciosas, Sofía.
Oírle mi nombre así, mezclado con esa palabra, me apretó algo en el vientre.
Sus labios llegaron primero al cuello, a la curva entre el cuello y el hombro, con una presión que empezó siendo suave y fue haciéndose más firme. Me chupó la piel con lengua y dientes, marcándome, y sentí el calor repartirse desde ese punto hacia los brazos, hacia el pecho, hacia abajo, directo al coño. Me sorprendió lo simple que era esa sensación y lo mucho que la había necesitado sin saberlo.
Fue bajando. A los hombros, a la clavícula, a lo largo del esternón, despacio, sin saltarse ningún centímetro de piel. Cuando llegó a mis pechos yo ya tenía los dedos enredados en su pelo, sin saber muy bien cuándo había ocurrido eso. No decía nada porque no encontraba palabras. Solo un sonido suave que se me escapó sin querer y que no intenté contener.
Su boca se cerró sobre uno de mis pezones y lo chupó entero, tirando, mientras con la otra mano me pellizcaba el otro entre el pulgar y el índice. La lengua trazó círculos lentos alrededor de la aureola y sus dientes rozaron apenas, lo suficiente para que se me escapara un gemido y para que mis dedos se apretaran en su pelo. Cambió al otro pecho y repitió lo mismo, chupando con hambre, mordisqueando, tirando del pezón con los labios hasta que se estiraba y lo soltaba de golpe. El calor bajó hasta la parte baja del vientre y se volvió más denso, más específico, más difícil de ignorar. Sentí cómo me chorreaba entre las piernas, mojando la sábana de abajo.
Sus manos recorrían mis costados mientras su boca seguía trabajando mis tetas. No había prisa. Esa era la parte que más me desconcertaba: que en mi fantasía no hubiera urgencia, solo atención. Como si el único propósito fuera conocer cada parte de mí antes de continuar, memorizar cada palmo de piel antes de follarme.
Cuando sus labios empezaron a bajar por el abdomen, mis caderas se movieron solas, buscándole la boca. Él levantó la vista un segundo y sonrió al ver la mancha de humedad que ya se me había filtrado a través de las bragas.
—¿Estás bien?
—Sí —respondí—. No pares. Por favor no pares.
Una comisura de su boca se curvó ligeramente. Siguió bajando.
Terminó de quitarme lo que quedaba de ropa con la misma calma de antes. Cuando me arrancó las bragas mojadas se las llevó a la nariz un segundo, cerró los ojos y respiró hondo, como si le importara el olor de mi coño más que cualquier otra cosa en el mundo. Nunca había pensado que eso me pudiera excitar tanto. Luego separó mis rodillas con las manos, sin fuerza, solo como una sugerencia, y las abrió del todo, dejándome expuesta bajo la poca luz del cuarto. Me tomé un segundo para respirar hondo.
—Joder —murmuró, mirándome ahí abajo—. Estás empapada.
Pasó dos dedos por toda la raja, de abajo arriba, muy despacio, recogiendo el flujo. Los levantó a la luz para que yo los viera brillar, y luego se los metió en la boca y los chupó enteros, sin dejar de mirarme a los ojos.
—Sabes bien.
Lo que siguió fue algo para lo que ninguna lectura me había preparado del todo. Se hundió entre mis piernas y su boca encontró el clítoris sin buscar demasiado, como si lo conociera de antes. La lengua empezó plana, lamiéndome de arriba abajo, saboreándome entera, del culo al clítoris en pasadas largas y lentas que me hicieron gemir más fuerte de lo que había gemido nunca. Después la puso en punta y empezó a hacer círculos sobre el capullo, cambiando el ritmo cada pocos segundos: rápido, lento, presión, alivio. La combinación de su lengua moviéndose y la presión intermitente hizo que mi espalda se arqueara casi sola.
Me metió dos dedos a la vez, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto interno que yo solo había alcanzado a medias con los míos. Los encontró a la primera. Empezó a bombeármelos mientras la lengua seguía trabajándome el clítoris, y sentí que el coño se me apretaba solo alrededor de sus dedos, chupándolos. Mis manos buscaron algo donde aferrarse y encontraron la sábana, que retorcí entre los dedos mientras él seguía, constante y preciso, sin apresurarse aunque yo ya no podía pensar con claridad.
—Así, buena chica —dijo con la boca todavía pegada a mi coño, y la vibración de sus palabras me atravesó entera—. Móntame la cara. No te aguantes.
Mis caderas se levantaron solas contra su boca. Le agarré del pelo con las dos manos y le apreté la cara contra mí sin poder evitarlo, moliéndome contra su lengua, y él ni se apartó ni protestó. Al contrario, gimió contra mi carne y aceleró.
Los sonidos que salían de mí no los reconocí al principio como propios. Eran más crudos, más urgentes que cualquier cosa que hubiera emitido sola. Gritos ahogados, jadeos que sonaban a súplica.
Cuando sentí que estaba cerca, cuando ya se me estaba empezando a tensar todo el vientre y las piernas me temblaban, él se detuvo.
No del todo. Solo lo suficiente para mirarme.
—Todavía no —dijo.
Maldito.
Me dejó ahí, al borde, con el cuerpo tenso y el coño palpitando de vacío. Sacó los dedos con un ruido húmedo y me los pasó por los labios, obligándome a abrir la boca y chuparlos, a probarme a mí misma. Luego volvió a empezar desde el principio, más despacio todavía, como si hubiera tomado nota de todo lo que me gustaba y decidido repetirlo por partes. Me llevó al borde tres veces más y en las tres me dejó ahí, temblando, hasta que yo ya estaba pidiéndoselo en voz alta, sin ninguna vergüenza:
—Por favor. Por favor déjame correrme. Por favor.
***
Me incorporé, algo temblorosa. Él se tumbó y yo entendí lo que tocaba sin necesidad de que nadie me lo explicara. Me coloqué entre sus rodillas, insegura de los detalles pero no del propósito. Su polla estaba dura contra el vientre, gruesa, con una gota brillante en la punta. Nunca había tenido una tan cerca. La agarré con la mano y la sentí caliente, latiendo contra mi palma.
Fui despacio. Pasé la lengua primero por la punta, recogiendo esa gota, y el sabor salado me sorprendió menos de lo que pensaba. Después me la metí en la boca, solo la cabeza al principio, chupando con los labios cerrados alrededor. Él soltó el aire de golpe. Me envalentoné y fui bajando, tratando de meterme más, notando cómo se me llenaba la boca entera.
Con más torpeza de la que me habría gustado, pero él no dijo nada, no hizo ningún gesto de impaciencia. Al contrario: su mano llegó a mi nuca con suavidad, sin empujar, sin guiar. Solo apoyada ahí, como diciéndome que no había prisa. Eso me tranquilizó más que cualquier palabra.
—Así, muy bien. Con la lengua también. Chúpamela como te salga.
Fui encontrando un ritmo. Subía y bajaba con la boca, ayudándome con la mano para lo que no me cabía, pasando la lengua por debajo, chupando la cabeza cada vez que salía. Sus pequeños sonidos me decían si iba bien, y cuando empecé a escucharlos con más frecuencia algo en mí se encendió de una manera diferente. Cuando me atreví a bajarle a los huevos y me metí uno en la boca, chupándolo despacio mientras le seguía masturbando la polla con la mano, se le escapó un gemido largo.
—Joder, Sofía. Aprendes rápido.
No era solo físico. Era la conciencia de que yo también podía dar algo, de que no era únicamente la receptora en esa situación. De que tenía a un hombre entero temblando por lo que yo le hacía con la boca. Se me caía la saliva por la barbilla y no me importaba. Empecé a tragarla más profundo, hasta que la punta me chocaba contra el fondo de la garganta y me daba una arcada, y aun así seguía.
Después de un tiempo que no pude calcular, me tomó de los hombros y me hizo subir.
—Ven aquí. Si sigues así me corro en tu boca y todavía no quiero.
***
Me tumbé de espaldas. Él se colocó sobre mí, apoyando su peso en los codos para no aplastarme. Durante un segundo ninguno de los dos se movió. Solo respirábamos, escuchando el silencio del cuarto. Sentí la polla, húmeda de mi saliva, apoyada entre mis muslos, resbalando contra la raja mojada sin llegar a entrar.
—¿Estás segura? —preguntó.
—Sí.
—Si en algún momento quieres parar, me lo dices.
Asentí. Lo decía en serio y los dos lo sabíamos.
Se la agarró con la mano y frotó la cabeza arriba y abajo contra mi coño, mojándose bien en mi flujo, pasándola por el clítoris hasta que gemí. Después la puso en la entrada.
Lo sentí presionar suavemente. Hubo un instante de resistencia, un dolor afilado y concreto que me hizo apretar los dientes cuando la cabeza me abrió por primera vez. Él se detuvo de inmediato, con solo la punta metida.
—Respira.
Respiré. Él me chupó un pezón para distraerme y empujó otro centímetro. Yo apretaba los dientes. Otro centímetro. Otro. El dolor bajó de intensidad. Se convirtió en algo soportable, luego en algo diferente, luego en algo que ya no quería que parara.
—Toda —le pedí—. Métemela toda.
Empujó despacio hasta el fondo. Sentí las caderas suyas contra las mías, los huevos apoyados en mi culo. Cuando estuvo completamente dentro, ninguno de los dos se movió por un momento. Yo intentaba asimilar la sensación: la presión, el calor, lo llena que me sentía, lo extraño y perfecto que era tener otra persona tan adentro. Él esperó, sin urgencia, hasta que mi cuerpo se acomodó a esa nueva realidad y el coño dejó de apretarle en espasmos.
Luego empezó a moverse, y todo lo demás se simplificó. No había pensamientos, no había dudas sobre qué hacer con las manos o cómo respirar. Solo el movimiento que aumentaba despacio, mi espalda contra la cama, mis manos en su espalda sin darme cuenta de cuándo habían llegado ahí. Salía casi entera y volvía a entrar hasta el fondo, y cada embestida me arrancaba un gemido que no me molestaba en tragar.
Le pedí más sin usar palabras. Un arqueo de caderas, una presión con los talones en su culo. Él entendió. El ritmo se hizo más amplio, más decidido. Me agarró un muslo y me lo abrió más, hasta casi pegarme la rodilla al hombro, y así entró todavía más profundo. Me follaba con embestidas largas y sonoras, y yo sentí cómo la tensión que llevaba días acumulada empezaba a concentrarse en un único punto.
—¿Te gusta? —jadeó contra mi oído—. ¿Te gusta que te la meta así?
—Sí —conseguí decir—. Sí, más, más fuerte.
Aceleró. La cabecera empezó a golpear la pared con cada embestida. Mis sonidos eran involuntarios y ya no me importaba. La cama sonaba. El choque de nuestros cuerpos era algo real y físico que podía sentir no solo en la piel sino en los huesos. Se oía el ruido líquido de mi coño chorreando alrededor de su polla, y ese ruido me daba tanta vergüenza como me excitaba. Él bajó la frente hasta mi hombro y yo escuché su respiración acelerarse junto a la mía.
Me metió una mano entre los dos y me buscó el clítoris con el pulgar, apretando círculos rápidos mientras seguía embistiéndome. Fue demasiado. Todo lo que me había estado guardando, todos los orgasmos que me había negado antes con la boca, se soltaron a la vez.
Llegué sin avisar. Un estallido desde dentro que subió por la espalda y me dejó sin aire por un segundo. Me aferré a él con los brazos y las piernas y me dejé llevar, sin intentar controlar nada ni contener ningún sonido. Grité contra su cuello. Sentí el coño apretándose en oleadas alrededor de la polla, contrayéndose sola, chupándolo.
—Joder, Sofía, te estás corriendo, no pares, aprieta así, aprieta.
Él siguió unos instantes más, embistiendo cada vez más rápido y más desordenado, y terminó con un sonido grave que yo sentí más que escuché. Lo noté palpitar dentro, descargándose en oleadas calientes que me llenaron entera. Se quedó quieto encima de mí, respirando en mi cuello, con la polla todavía dura enterrada hasta el fondo.
***
Abrí los ojos.
El techo de mi cuarto era el de siempre. La luz de la calle entraba por las ranuras de la persiana y dibujaba líneas tenues en la pared. Las velas se habían consumido solas mientras yo no las miraba. Mis dedos estaban completamente mojados, hundidos todavía entre las piernas, y mi corazón latía como si hubiera subido corriendo cuatro pisos.
Me quedé sin moverme un momento, todavía con la respiración entrecortada. La sábana estaba revuelta bajo mi cuerpo y con una mancha húmeda debajo de mi culo que había traspasado hasta el colchón. Tenía calor aunque el cuarto no lo estuviera. Los pezones seguían duros y el coño me seguía palpitando en pequeñas réplicas, apretándose sobre nada.
¿Realmente es así?
Me pregunté si la realidad podría parecerse aunque fuera un poco a lo que acababa de imaginar. Si otra persona podría leer mi cuerpo tan bien sin palabras, si habría tanta paciencia en alguien de carne y hueso. Si una polla de verdad se sentiría como la que me había inventado. Si el dolor sería como lo había imaginado. Si el placer también.
No lo sabía todavía. Pero lo que sí sabía era que el miedo era mucho más pequeño que el deseo, y eso era algo nuevo. Antes los dos pesaban igual. Ahora ya no.
Me limpié la mano en la sábana, me di la vuelta hacia la pared y cerré los ojos. Esta vez para dormir.