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Relatos Ardientes

Su primera vez fue en los vestuarios del gimnasio

Rodrigo tenía el vuelo a Montevideo a las nueve. Eran las seis y cuarto cuando entró al gimnasio, como hacía siempre que viajaba por trabajo: una sesión de máquinas antes de la ducha, la valija ya preparada en el maletero del auto. El local estaba completamente vacío a esa hora. Eso era exactamente lo que necesitaba.

Encendió las luces de la zona de cardio, subió a la cinta y encontró el ritmo de inmediato. El sonido regular de sus pasos era lo único que rompía el silencio del lugar. Llevaba veinte minutos corriendo, con el cuerpo ya bien caliente, cuando escuchó abrirse la puerta principal.

El chico entró con una bolsa de deporte colgada al hombro y el pelo algo despeinado, como si hubiera salido de la cama con el tiempo justo. Desde afuera, a través del vidrio, una chica en el asiento del conductor le dijo algo con una sonrisa antes de arrancar. Él se despidió con la mano y desapareció hacia los casilleros.

Rodrigo lo conocía de vista. Venía dos o tres mañanas por semana, siempre a esa hora, siempre solo. Nunca habían intercambiado más que un saludo con la cabeza. El chico tendría unos veinticinco años, quizás alguno menos. Hombros anchos, brazos bien trabajados, la camiseta ajustada que empezó a oscurecerse con el sudor a los diez minutos de ponerse en la elíptica, de frente a Rodrigo aunque con la mirada fija en la pantalla de su teléfono.

Rodrigo lo fue mirando con discreción. Los bíceps tensándose con cada movimiento, el pecho marcado bajo la tela húmeda. Cuando el chico se levantó a buscar agua, Rodrigo vio sus glúteos apretados bajo el short de entrenamiento, los omóplatos moviéndose bajo la espalda empapada. Había algo en la forma en que se movía —sin saberlo, sin pretenderlo— que resultaba difícil ignorar.

No sería el primero con novia que termina en la ducha conmigo, pensó Rodrigo.

Sus miradas se cruzaron cuando el chico volvió a la máquina. Un segundo, no más. El chico bajó los ojos enseguida y se concentró de nuevo en el teléfono. Rodrigo terminó su serie, se limpió la frente con la muñequera y se quitó la camiseta sin apresurarse. La colgó de la barandilla. Notó que el chico miraba, aunque fingía no mirar.

—Voy a la ducha —dijo Rodrigo, sin dirigirse a nadie en particular.

El chico asintió con la cabeza sin responder.

***

El agua fría le ayudó a pensar, aunque tampoco necesitaba pensar demasiado. Había pasado otras veces. La tensión en los vestuarios de madrugada tenía su propia lógica, su propio ritmo. O el chico entraba a ducharse mientras él seguía ahí, o no. Así de sencillo.

Salió del cubículo sin envolverse en nada. La toalla la había dejado colgada afuera, en el gancho.

El chico estaba ahí.

De pie frente al espejo, con una toalla enrollada a la cintura, recién duchado. Se quedó completamente inmóvil cuando vio a Rodrigo. La toalla marcaba con bastante claridad lo que la tela no podía ocultar. Rodrigo no dijo nada durante un momento. Dejó que el silencio hiciera su trabajo.

—Perdona, yo... pensé que ya habías terminado —dijo el chico.

—No me voy todavía —respondió Rodrigo. Se acercó dos pasos, sin apresurarse.—. Seamos honestos. No tiene sentido seguir perdiendo el tiempo, ¿no crees?

El chico tragó saliva.

—Tengo novia. Y no soy gay, tío.

—Yo tampoco —dijo Rodrigo, con la misma calma—. Pero tu novia no está aquí. Y lo que lleva escondido esa toalla dice exactamente lo contrario de lo que estás diciendo tú ahora mismo. —Hizo una pausa breve.—. Dime, ¿lo quieres hacer, verdad? Pues entonces esa toalla ya te sobra.

El chico no respondió. Tampoco dijo que no.

La toalla cayó al suelo.

Rodrigo lo miró de arriba abajo sin apresurarse. Era joven, muy joven. El pecho liso, los abdominales marcados, la ingle tensa. La erección completamente visible, completamente inequívoca.

—Vaya rabo —dijo Rodrigo en voz baja.

Le puso una mano en la nuca, despacio. Con la otra le apretó el glúteo con firmeza, jalando sus cuerpos hasta que quedaron en contacto. Sintió el pene erecto del chico contra su vientre, el calor de su piel mojada, los testículos rozando los suyos. El chico no se movió. Respiraba rápido, los ojos fijos en algún punto sobre el hombro de Rodrigo.

Lo besó.

Primero suave, casi exploratorio. Luego el chico abrió la boca y algo cambió: dejó de resistirse y empezó a responder, torpemente al principio, con más hambre después. Sus manos encontraron la espalda de Rodrigo sin que él las hubiera invitado.

—Estás muy tenso —murmuró Rodrigo contra su cuello—. Suéltate. Déjate hacer.

Fue bajando sin prisa. Mordisqueó el cuello, luego el hombro. Pasó la lengua por el pecho, se detuvo en cada pezón hasta escuchar el sonido que el chico no pudo suprimir. Siguió bajando por el abdomen, por la ingle, sintiendo la erección rozarle la mejilla mientras avanzaba. Le lamió los testículos con calma, arriba y abajo, mientras el chico apoyaba la cabeza contra los azulejos con los ojos fijos en el techo.

Rodrigo ascendió por el tronco, tomó el glande entre los labios y lo engulló entero. El chico contuvo el aliento. Era joven y llevaba rato excitado; el fluido claro que manaba era abundante. Rodrigo lo saboreó sin prisa, marcando un ritmo lento y deliberado que le arrancó al chico un gemido largo y entrecortado.

—Joder... —exhaló el chico, los abdominales tensos, las piernas separadas.

—Ahora tú —dijo Rodrigo, incorporándose—. De rodillas. Sin apuro. Así, cógeme bien el culo.

El chico vaciló apenas un segundo. Luego se arrodilló.

No tenía experiencia, eso era evidente. Pero tenía ganas, y eso compensaba. Rodrigo le puso una mano en la cabeza, no para forzarlo sino para guiarlo, y el chico fue aprendiendo el ritmo sobre la marcha. Rodrigo se balanceó levemente, gozando de la mamada, dejando que el tiempo se detuviera. El único sonido era el agua goteando en algún cubículo y la respiración del chico.

—Bien. Muy bien —dijo Rodrigo al fin—. Para.

El chico alzó la vista, los labios húmedos, una expresión que mezclaba concentración con algo parecido al desconcierto.

—Apóyate en la pared —le indicó Rodrigo—. Así. Inclínate un poco. Te voy a comer un poco el ojete, a ver cómo lo tienes.

El chico obedeció. Rodrigo se arrodilló detrás de él y le separó los glúteos con ambas manos. El chico se tensó de golpe. Rodrigo no se apresuró; le pasó la lengua despacio, una vez, dos veces, sin parar hasta que la tensión fue cediendo y el cuerpo del chico empezó a responder de una manera que él mismo parecía no esperar. Un sonido bajo y continuo escapó de su garganta, profundo, involuntario.

Rodrigo se incorporó. Le puso una mano entre los omóplatos y con la otra se ubicó. Introdujo el glande muy despacio, sin forzar, dejando que el cuerpo del chico se abriera a su ritmo.

—Si nos pillan aquí me echan del club —murmuró el chico, la voz tensa.

—No te preocupes. Soy el dueño.

Una pausa larga.

—¿En serio?

—En serio.

El chico dejó escapar una carcajada corta que quedó interrumpida cuando Rodrigo avanzó otro centímetro.

—Eres el puto amo —dijo el chico entre dientes—. Ahhh...

—Respira —le dijo Rodrigo—. Y no llevas protección... —agregó el chico.

—Soy un profesional. Me analizo periódicamente. ¿Y tú?

—Sin problema —respondió el chico con la voz quebrada—. Soy donante de sangre.

—Pues este es el premio por tu altruismo —le dijo Rodrigo. Y se la metió hasta el fondo.

El chico se aferró a la pared con los antebrazos. La cabeza baja, la respiración cada vez más irregular, los hombros sacudiéndose con cada embestida. Rodrigo empezó despacio, midiendo la respuesta del cuerpo del chico con cada movimiento. Luego aceleró, con más ritmo, con más decisión. Con una mano le rodeó la cadera; con la otra buscó la erección del chico y la tomó.

Dentro y fuera. La mano moviéndose al mismo compás que las caderas. El chico empezó a gemir sin poder controlarlo, el sonido rebotando contra los azulejos fríos del vestuario vacío. La vena del pene del chico estaba hinchada bajo los dedos de Rodrigo, el glande húmedo y oscuro rozando la palma con cada embestida.

—Más —pidió el chico—. Más fuerte, joder, más fuerte.

Rodrigo aceleró. El chico sintió el aliento caliente en su nuca, las caderas de Rodrigo golpeando rítmicamente contra él, la mano apretando y soltando. Los abdominales se contrajeron de golpe.

—Ah... me voy a correr —avisó el chico—. Me corro ya, joder.

Rodrigo no paró. El chico se vino con un gemido largo y profundo, eyaculando contra los azulejos con fuerza. El semen se deslizó por la pared en hilos espesos mientras las contracciones sacudían su cuerpo de arriba abajo.

Rodrigo salió de él.

—Gírate —le ordenó, la voz ronca—. La espalda contra la pared.

El chico se giró. Tenía los ojos entreabiertos, el pecho agitado, el cuerpo todavía temblando por el orgasmo. Rodrigo se masturbó mirándolo: los abdominales marcados, las ingles tensas, los muslos anchos y fuertes, el pene que seguía palpitando. El chico lo miraba ahora sin desviar los ojos, sin pretender mirar a otro lado.

Rodrigo llegó al límite. Se corrió sobre el pubis del chico y sobre su pene aún caliente, los dos cuerpos embadurnados y pegados, la respiración de ambos mezclándose en el vapor del vestuario.

El silencio que siguió era distinto al de antes. Más pesado. Más cargado de algo que ninguno de los dos habría sabido nombrar.

Rodrigo se echó hacia adelante y lo besó. El chico respondió con las manos torpemente levantadas hacia su espalda, cogiéndole la nuca con ambas manos como si hubiera hecho eso toda la vida.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Rodrigo cuando se separaron—. Por cierto.

El chico tardó un segundo.

—Rodri.

Rodrigo lo miró. Luego soltó una carcajada baja, genuina.

—¿Qué? —preguntó Rodri.

—Nada. —Sonrió.—. ¿Fue tu primera vez con un hombre?

—Sí.

—¿Y?

El chico pensó la respuesta durante un momento que duró más de lo necesario.

—Demasiado bueno —dijo al fin.

Rodrigo giró la cabeza hacia la puerta entreabierta de la sala de máquinas.

Y ahí estaba Vera.

La gerente del gimnasio llevaba el uniforme a medio abrochar, apoyada en el marco de la puerta. Tenía una mano sobre el pecho y la otra metida entre las piernas, los ojos todavía brillantes. Cuando sus miradas se encontraron con las de Rodrigo, no se movió. Solo sonrió, levemente colorada.

—Llegas tarde —le dijo Rodrigo.

—Lo sé —respondió ella—. Pero no me perdí nada importante. A mí me parece que tampoco a tu amigo Rodri.

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Comentarios (4)

Nachito_86

Que bueno este relato!!! me dejo queriedo mas, muy bien escrito

Bisex1982bi

La tension que describe se siente muy real. Eso de no saber si decir que si o que no... lo captura perfecto. Muy buen trabajo

LucianoC

jaja me recordo algo que me paso hace tiempo en el vestuario del trabajo, distinto pero esa tension de no animarse... gracias por compartirlo

GaboAres22

segunda parte por favorrr!!! no puede quedar ahi

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