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Relatos Ardientes

El masajista que cambió nuestro verano en la playa

Llevo treinta y un años casado con Mónica y puedo decir, sin exagerar, que soy un hombre afortunado. Tiene cincuenta y ocho años y los carga con una gracia que pocas mujeres conservan. Morena clara, caderas amplias, senos firmes y una mirada oscura que todavía me descompone cuando quiere. Lo que nunca tuvo fue inclinación por el exhibicionismo ni por ninguna fantasía que saliera de lo convencional. Yo, en cambio, llevaba años con una imagen recurrente: verla con otro hombre, con permiso, con disfrute mutuo. Nunca se lo propuse de frente porque sabía que la respuesta sería una ceja levantada y un silencio largo.

Hasta que planeé el viaje.

Le dije que la llevaría a una playa nudista del Pacífico, una cala pequeña donde el ambiente era relajado y la gente adulta. Esperaba rechazo. En cambio, después de un silencio de tres segundos, dijo que sí. No entendí por qué hasta semanas después.

Al bajar del avión le hice una sola petición: que fuera tan liberal o tan reservada como ella quisiera, pero que si algo le llamaba la atención me lo dijera. Lo único que pedí fue que no desapareciera de mi vista.

—¿Y si no me llama la atención nada? —preguntó con su media sonrisa.

—Entonces tomamos sol y comemos mariscos —dije.

Sonrió de verdad esa vez.

***

La primera tarde fue de reconocimiento. Mónica salió del hotel con un bra de encaje color coral, tanga a juego y una blusa de lino casi transparente sobre una falda corta. Se veía espléndida. En la tienda de artículos de playa se agachó a revisar unas sandalias y dejó ver la tanga. Un hombre de unos cuarenta y cinco años, sentado en un banco frente al mostrador, dejó de existir para el resto del mundo. Yo lo vi todo. Ella no se enteró.

Cuando se lo conté al salir, solo se rio.

Fuimos a comer a un restaurante sobre la arena. El mesero que nos atendió tendrá unos treinta y cinco años, espalda ancha, manos grandes. Se llamaba Marco. Desde el momento en que Mónica pidió el menú, Marco dejó de mirarla a los ojos para mirarle el escote. La blusa era fina y se marcaba perfectamente la forma del bra por debajo. Ella lo notó. Lo sé porque se acomodó levemente en la silla, un gesto pequeño que yo conozco bien: el de quien sabe que la están mirando y no le molesta del todo.

Para cuando llegaron los postres, Mónica llevaba tres tequilas encima y la conversación con Marco se había vuelto larga. Él nos explicó qué playas visitar, qué horas evitar, qué merecía la pena. Con mucha naturalidad mencionó que fuera del horario del restaurante daba masajes, que se había especializado en técnicas holísticas y que tenía clientela habitual entre los turistas del hotel.

Mónica me miró de reojo.

Aproveché el momento.

—¿Te animarías a un masaje? —le pregunté.

—Depende —dijo ella—. ¿Lo da una mujer?

Marco sonrió sin inmutarse y dijo que también trabajaba con una colega, pero que si preferían podían pasarse por el hotel esa tarde y ver qué les parecía. Antes de que yo abriera la boca le di el nombre del hotel. Mónica murmuró algo que sonó a «te pasas» pero no lo dijo con enojo.

***

Llegamos a la habitación, salimos a la terraza, seguimos con los tequilas mientras el sol bajaba. Cuando Marco apareció veinte minutos después, Mónica ya estaba más relajada que a la hora de comer. Se había cambiado: llevaba un coordinado de encaje verde transparente, tanga incluida. Cuando abrió la puerta del cuarto para recibirlo, dio media vuelta para buscar algo en la mesa y Marco se quedó con la vista clavada en ella sin disimular demasiado.

Los dejé hablar. Mónica preguntó por los distintos tipos de masaje: holístico, relajante, tántrico. Marco los explicó con calma, sin presionar. Al final ella eligió el holístico. Aceptó.

Antes de que Marco saliera a buscar su equipo me acerqué a él y le dije en voz baja que fuera despacio, que llegara hasta donde ella le permitiera sin incomodarla. Él asintió con la mirada de alguien que sabe exactamente de qué se está hablando.

***

Cuando Marco regresó con su bolso de trabajo, acomodó una esterilla sobre la cama y le pidió a Mónica que se acostara boca abajo. Ella obedeció con esa indiferencia estudiada que usan las mujeres cuando quieren parecer que no les importa nada.

Empezó por los pies. Lentos, firmes, siguiendo el músculo. Subió por las pantorrillas, por la parte posterior de los muslos, trabajando de afuera hacia adentro. Mónica tenía los brazos cruzados bajo la frente y no decía nada. Luego Marco pasó a la espalda y le preguntó si podía desabrocharle el bra para no interrumpir el trabajo. Ella asintió con un movimiento de cabeza apenas perceptible.

La espalda completa, los hombros, la nuca. Las manos de Marco bajaban desde los omoplatos hasta la cintura con una presión precisa. En un momento dado le preguntó si podía bajar un poco la tanga para no mancharla con el aceite. Mónica respondió que sí. Cuando escuché eso tuve que respirar despacio.

Hacía calor en la habitación. Marco se quitó la camisa y el pantalón corto. Quedó con un bóxer blanco ajustado que no dejaba mucho a la imaginación. Lo hizo con naturalidad, como si estuviera solo. Yo dije que en una playa nudista eso era lo normal y no hubo discusión.

Continuó el masaje. Volvió a las piernas, subiendo desde los tobillos por la cara interna del muslo hasta rozar el borde de las nalgas. En un momento colocó una de las piernas de Mónica sobre su hombro para trabajar mejor la tensión del tendón. Desde donde yo estaba se podía ver que la tanga estaba húmeda. Ella tenía los ojos cerrados y respiraba de forma distinta.

Marco fue subiendo poco a poco. Primero las nalgas con las palmas, con calma. Luego los dedos, adentrándose con cuidado en el surco. Mónica no protestó. Levantó un brazo, me señaló el vaso de tequila que tenía sobre la mesita y se lo tomó de un trago cuando se lo alcancé.

Aquí ya no hay vuelta atrás, pensé.

***

Le pidió que se volteara. Ella se tapó con la toalla que él le acercó y se acomodó boca arriba. Marco comenzó por el cuello, luego los hombros, los brazos. En un momento sus manos rozaron el costado de los senos y la toalla se desplazó levemente. Vi cómo la cara de Mónica se ponía roja.

Bajó al abdomen. Con un movimiento tranquilo metió la mano por debajo de la toalla y empezó a tocarle los senos. Mónica giró levemente la cabeza hacia mí. No dijo nada. No la detuve.

Poco después Marco retiró la toalla. Los pezones de Mónica estaban completamente erectos. Él se tomó un momento para trabajarlos con los pulgares antes de bajar de nuevo a las piernas. Levantó un pie a la altura de su hombro, abrió el ángulo, y desde ese punto la tanga no cubría del todo. Marco le acarició la cara interna del muslo con movimientos que ya no fingían ser solo masaje.

Le preguntó si quería continuar con el tántrico. Mónica me miró fijo.

—Yo estoy de acuerdo —dije.

Ella asintió. Luego señaló que había cierta desigualdad, porque ella ya estaba desnuda y él no.

Marco se acercó a la altura de su cara.

—Entonces ponme en igualdad —dijo.

Mónica se puso de lado y le bajó el bóxer con una mano. Con la otra lo sujetó. Llevaban treinta y un años juntos y yo nunca la había visto hacer eso con otro. La imagen era tan fuerte que tuve que apoyarme en la pared.

***

Marco era grande. Más de veinte centímetros, grueso, completamente erecto. Se colocó encima de Mónica con el peso distribuido en los antebrazos y empezó a acariciarle los senos, el vientre, las caderas. Ella tenía las manos en su espalda y lo miraba con una concentración que nunca le había visto.

Él bajó la cabeza y le acarició el clítoris con la punta. Lento, deliberado. Mónica cerró los ojos y abrió las piernas unos centímetros más. Marco le separó los labios con los dedos y siguió rozándola, sin penetrar, solo el borde. Ella levantó las caderas.

En un momento Marco se corrió hacia arriba y apoyó su erección cerca de su cara. Mónica no dudó. Lo tomó con ambas manos y lo metió en su boca con una lentitud que me dejó sin palabras. Lo chupó durante varios minutos, con calma, sin apresurar. Cuando notó que él estaba cerca, lo sacó y lo llevó hacia la ducha tomado de la mano.

Los seguí con la mirada hasta que desaparecieron detrás de la puerta.

***

Los escuché desde el cuarto. El agua corriendo, pasos sobre las baldosas, algún sonido que no dejaba lugar a dudas. Cuando salió Mónica con el pelo mojado y una toalla envuelta en el cuerpo, tenía esa expresión que yo asocio con el agotamiento satisfecho: los ojos un poco brillantes, los labios relajados.

Marco se vistió, recogió su equipo y se despidió con un beso breve en la sien de Mónica. Ella lo acompañó hasta la puerta sin decir nada.

Cuando la puerta se cerró me acerqué a ella. La abracé desde atrás.

—¿Cómo estás? —le pregunté.

—Bien —dijo. Una pausa—. Muy bien, la verdad.

Nos quedamos en silencio un momento, mirando el mar desde la terraza. La noche había bajado entera y las luces del pueblo parpadeaban a lo lejos.

—¿Sabías que esto iba a pasar cuando dijiste que sí al viaje? —pregunté.

Mónica tardó en contestar.

—No lo sabía. Pero lo imaginaba.

Me volteé a verla. Sonreía de esa manera que tiene, la que no necesita explicación.

—Gracias —dijo simplemente—. Por la tarde, por no interrumpir, por todo.

Me senté a su lado y le tomé la mano. Afuera el Pacífico hacía ese ruido continuo que tienen los mares cuando no les importa nada de lo que pasa en tierra.

Nos quedamos ahí hasta que el frío nos obligó a entrar.

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Comentarios (7)

RominaBA

Tremendo relato!!! me dejo sin palabras

PatricioL

Que valentia la de los dos, muy bien contado. Esperando mas historias asi

nocturna_88

Me encanto como lo narraste, se siente tan real. Segui escribiendo!

DiegoCba_91

Llevo anos leyendo relatos en esta pagina y este esta entre los mejores. Gracias

ValeBaires

Ay dios mio la parte final... no me lo esperaba para nada jajaja

LuisRem

Me recordo a una situacion que vivi en vacaciones hace unos años. Muy parecido aunque no llego tan lejos. Chapeau

SilviaMdp

Treinta años juntos y animarse a eso... hay que tener mucha confianza. Hermoso relato

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