Mi primera vez con la madre de mi mejor amigo
Tenía diecisiete años en 1986 y vivía obsesionado con dos cosas: el fútbol y las chicas. En el colegio de varones donde estudiaba, los días se medían en partidos a la hora del recreo y en las miradas que cazábamos al salir, cuando bordeábamos el colegio de mujeres como si fuéramos turistas. Éramos un grupo de seis y nos conocíamos desde primero de media. Pasábamos las tardes contando hazañas que casi nunca habían ocurrido.
Cuando Esteban llegó a mitad de año, ninguno quiso acercarse. Venía del interior, de un pueblo chico de la provincia, y al hablar arrastraba las vocales de una manera que a mis amigos les daba risa. Yo lo veía caminar solo por el pasillo y reconocía algo en él: vivía en mi misma cuadra. Lo había cruzado varias veces sin saludarlo.
Un domingo por la mañana mi madre me mandó a comprar pan. Delante mío, en la cola del almacén, estaba Esteban con una chica. Tendría unos diecinueve años. Era una belleza incómoda, de esas que te obligan a fingir indiferencia: pelo largo y oscuro, una blusa blanca sin mangas, una falda de jean ajustada que le dibujaba unas caderas anchas y firmes. Levanté la mano para saludarlo.
—Hola, Esteban.
Tardó en responder, como si lo hubiera atrapado en falta. La chica le tocó el hombro.
—¿Quién es?
—Un compañero del colegio.
Ella me extendió la mano y sonrió con una calma que me desarmó.
—Soy Camila, la hermana. Qué bueno que mi hermano tenga amigos por fin.
Esa misma tarde decidí que iba a ser el mejor amigo de Esteban a cualquier precio.
***
A los dos meses ya iba a su casa después de clase casi todos los días. Mis amigos no entendían por qué de pronto me había juntado con el «raro», pero yo me cuidaba de no mencionar a Camila. La quería para mí solo. En el colegio fingía que Esteban era un compañero de estudio. En su casa fingía que iba por Esteban.
La madre, Eugenia, me recibió desde el primer día como si fuera un sobrino lejano. Era una mujer ancha, de hombros redondeados y una manera de moverse que parecía calculada para no hacer ruido. Tenía cuarenta y cuatro años y se vestía con esos vestidos sueltos que las señoras usan en el verano. Sabía sonreír con la mitad de la cara mientras la otra mitad te estudiaba.
—Vienes cuando quieras —me dijo la primera tarde, mientras me servía limonada—. A Esteban le hace bien tener un amigo. No le fue fácil acostumbrarse después de lo del padre.
Esa misma noche, Camila me contó la historia en el patio. El padre había muerto en un accidente de trabajo en una petrolera, un derrumbe en una plataforma. La empresa había pagado un seguro grande y una pensión mensual. Se habían mudado al sur del país para empezar de nuevo. Eugenia llevaba años aguantando sola.
Camila era la inspiración de mis masturbaciones de cada noche. La imaginaba sentada en mi cama, con esa falda de jean subida hasta la cintura. La imaginaba arrodillada. La imaginaba encima mío, moviéndose despacio. Cada vez que la veía en su casa, en pantalón corto y remera ajustada, salía del living rezando para que nadie me notara la erección dentro del jean.
Eugenia se dio cuenta antes que yo. Me empezó a mirar distinto. Me pasaba muy cerca al servirme la merienda. Apoyaba la mano en mi hombro un segundo más de la cuenta. Yo lo registraba todo y no lo registraba a la vez, demasiado ocupado en mirar a la hija.
Entonces apareció Tomás.
Era un muchacho de veinte años, alto, con el pelo planchado hacia atrás y un auto prestado. Aparecía los viernes a buscar a Camila y se la llevaba dos horas. Yo me quedaba en el living con Esteban, fingiendo escuchar lo que decía la radio, mientras por dentro me carcomía la rabia.
***
Una tarde de octubre llegué a buscar a Esteban un poco antes de lo habitual. Me abrió Eugenia.
—Tu amigo fue a comprar yerba al chino de la esquina. Pasa, que ya vuelve.
Me senté en el sillón. A los pocos minutos sonó el timbre. Era Tomás, peinado, con olor a colonia barata.
—Buenas, vine a buscar a Camila.
Eugenia lo hizo pasar. Camila apareció recién bañada, con el pelo mojado pegado al cuello y un perfume dulce que se metía en cada rincón del living. Llevaba una falda corta que le marcaba esas piernas que yo conocía sólo de memoria. Apenas me saludó con un movimiento de cabeza, agarró su cartera y salió del brazo de Tomás. La puerta se cerró y me quedé sentado, masticando una furia que no podía mostrar.
—Voy al baño —le dije a Eugenia.
—Ve tranquilo. Esteban no debe tardar.
Cerré la puerta del baño y abrí la canilla para tapar cualquier ruido. Me senté en el inodoro respirando hondo, mirando las baldosas, intentando bajar la presión que se me había juntado en el pecho. Entonces lo vi. Sobre el canasto de ropa sucia, doblado al apuro, estaba un calzoncito blanco con encaje. Camila se había bañado y se había olvidado de bajarlo al lavadero.
Lo levanté como un ladrón. Era suave, todavía tibio en alguna parte. Lo acerqué a la cara y sentí su olor: algo limpio, algo íntimo, algo que era exclusivamente de ella. Me bajé el cierre del jean con una mano y me agarré con la otra todavía sosteniendo el calzón contra la nariz. Cerré los ojos. Estaba en el asiento trasero de un auto con ella, en su cama, en cualquier lugar menos en ese baño. Llevaba la imaginación tan lejos que no escuché los pasos en el pasillo.
La puerta se abrió de golpe.
Era Esteban, con una cara de no entender nada todavía. En un solo movimiento intenté guardar la verga en el pantalón, agarrar el cierre, soltar el calzón. El cierre subió mal y me agarró un pedazo de piel del prepucio.
—¡Aaay!
—¿Qué te pasa? —preguntó Esteban, y entonces me vio. Vio el calzón en el piso. Vio mi mano en la entrepierna. Vio mi cara—. Voy a buscar a mi mamá.
—¡No, Esteban, no le digas nada, por favor!
No me escuchó. Salió corriendo. Yo me quedé parado en medio del baño, con el jean abierto, la verga atrapada entre los dientes del cierre y un dolor caliente que me subía hasta el estómago. La piel se había enganchado de la peor manera. Cualquier movimiento me arrancaba una mueca.
***
A los dos minutos Eugenia entró sin golpear. Me cubrí con las dos manos. La cara me hervía de vergüenza.
—A ver, déjame ver. No tengas pudor, no es la primera vez que veo a un hombre. A Esteban le pasó lo mismo a los doce años y yo se lo solucioné. Baja las manos.
Bajé las manos. Tenía a la madre de mi mejor amigo arrodillada frente a mí, a treinta centímetros, examinándome la entrepierna con la concentración de una enfermera. Del dolor y los nervios había perdido toda la erección. Me sentía un niño de seis años atrapado en el cuerpo de un adolescente.
—Esto está feo. Esteban, ven.
Esteban se asomó desde el pasillo.
—Anda a la farmacia de la esquina y trae alcohol y algodón.
—Mamá, en el botiquín hay…
—Si te digo que vayas a la farmacia, vas a la farmacia. Toma plata de mi cartera y vuelve enseguida.
Esteban se fue. La farmacia estaba a cuatro cuadras. Lo escuchamos cerrar la puerta de calle.
Eugenia esperó cinco segundos. Después me miró de abajo hacia arriba.
—Vamos a ver qué hacemos contigo.
Empezó a trabajar el cierre con paciencia. Tiraba un milímetro, paraba, soltaba la piel, tiraba otro milímetro. Tenía las manos calientes y firmes. El olor a Camila todavía me daba vueltas en la cabeza, pero ahora se mezclaba con el perfume de Eugenia, algo más espeso, más maduro. Sentí un latido distinto en la entrepierna y me horroricé al darme cuenta de que estaba volviendo a endurecerme con ella ahí.
—Eugenia, perdón, yo…
—Shhh. No digas nada. Es lo más normal del mundo.
Liberó el cierre con un movimiento seco. La piel del prepucio quedó marcada pero entera. Le podía haber agradecido, le podía haber pedido que se fuera. No hice ni una cosa ni la otra. Ella no se levantó.
—Qué tamaño que tienes —murmuró—. No imaginaba esto cuando entré.
Me puso la mano abierta debajo, sopesando. Después la cerró despacio. Me empezó a masajear sin mirarme a los ojos.
—Eugenia, por favor…
—Lo que voy a hacer ahora tiene sus motivos. Pero tú no le cuentas a nadie. A nadie. ¿Me lo prometes?
Asentí. No podía hablar.
***
—Yo sé que vienes a esta casa por mi hija. Lo supe desde el primer día. Y sé que hoy te quedaste con la cara que te quedaste cuando Tomás se la llevó. No me gusta verte así.
Se inclinó hacia adelante y se la metió en la boca. Sentí por primera vez en mi vida la lengua de una mujer recorriéndome desde la base hasta el glande. Cerré los ojos. Apoyé la espalda contra el lavatorio. Las baldosas me devolvían el reflejo borroso de su pelo recogido moviéndose despacio entre mis piernas.
—Eugenia… Dios mío…
—Cállate. Y préstame atención.
Se abrió el primer botón del vestido. Después el segundo. Después el tercero. No usaba corpiño. Tenía los pechos grandes, blancos, con los pezones oscuros y firmes. Los acomodó alrededor de mí y empezó a moverlos arriba y abajo mientras seguía chupándome la cabeza. Lo había leído en alguna revista en casa de un primo, pero nunca lo había sentido. La sensación me cortó la respiración.
—Esto es lo que querías que te hiciera Camila, ¿no? —dijo entre lengüetazos—. Yo te lo voy a hacer mejor.
No tenía palabras. Le agarré la cabeza con las dos manos, con miedo de lastimarla, con miedo de que parara. Ella aceleró. La cocina, el living, el baño entero se borraron del mapa. Quedó sólo su boca, su garganta, los pechos apretándome.
Cuando sentí que se me venía intenté apartarme por reflejo. Ella me agarró las caderas y me empujó hacia adelante.
—Adentro. Todo adentro.
Me corrí en su boca con la cabeza apoyada en la pared, mordiéndome el labio para no hacer ruido. Ella se quedó quieta hasta el último espasmo. Después se enderezó, se acomodó el vestido sin apuro, se enjuagó la boca en el lavatorio. Me miró por el espejo mientras se pasaba un papel por los labios.
—Cierra el pantalón. Vamos al living.
***
Me lo cerré como pude, todavía temblando. Cuando Esteban volvió de la farmacia me encontró sentado en el sillón, repasando el diario sin entender una sola palabra. Eugenia me limpió la herida del prepucio con un algodón empapado en alcohol, la voz tranquila, el pulso firme.
—Listo. La próxima vez ten más cuidado al subir el cierre.
—Sí, señora.
Me despedí en la puerta. Esteban me palmeó la espalda como si nada hubiera pasado, todavía un poco avergonzado por haberme delatado. Camila no había vuelto. Eugenia me acompañó hasta el umbral y me agarró del brazo un instante antes de soltarme.
—Acuérdate de tu promesa. Y acuérdate que también me di cuenta del porqué te enganchaste el cierre. Yo te espero cuando vengas a buscar a mi hijo.
Cerró la puerta. Me quedé un minuto entero en la vereda, sin saber qué hacer con todo lo que me acababa de pasar. El sol caía detrás de los techos del barrio y la calle estaba llena de chicos volviendo del partido. Yo era otro. Había entrado a esa casa por la hija y había salido marcado por la madre.
Cuando empecé a caminar hacia mi casa, ya sabía que iba a volver al día siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente. Camila iba a seguir saliendo con Tomás y a mí ya no me iba a importar tanto. Tenía una promesa que cumplir con una mujer que sabía exactamente lo que hacía con sus manos, con su boca y con su silencio.