La primera vez que no salió como planeamos
Camila y yo llevábamos casi un mes viéndonos. No éramos novios, pero tampoco éramos solo amigos: éramos ese estadio intermedio e incómodo donde cada mensaje tiene doble lectura, donde cada roce accidental dura en la memoria más de lo que debería. Nos enviábamos audios a medianoche. Nos quedábamos hablando en el portal hasta que el frío obligaba a despedirse. Sabíamos exactamente hacia dónde iba todo. Solo faltaba el momento.
Yo tenía veintiún años. Ella, diecinueve. Los dos éramos vírgenes, aunque ninguno lo había dicho en voz alta todavía. Lo intuíamos. Cuando llegabas a esa edad sin haber follado con nadie, había algo en la forma de gestionar los límites, en la torpeza consciente de las caricias, que lo revelaba al otro sin necesidad de palabras.
Nos habíamos tocado, sí. En el asiento trasero de un coche, en el portal de su casa, una noche en el sofá de un amigo mientras los demás dormían. Manos que exploraban por encima de la ropa, respiraciones que se aceleraban, parones abruptos cuando alguien se acercaba. Yo había llegado a rozarle las tetas por debajo del sujetador una vez, y ella me había apretado la polla por encima del vaquero, sintiendo lo dura que estaba, y las dos veces nos habíamos separado con la boca seca y el pulso reventado. Sabíamos lo que queríamos. Solo nos faltaba el lugar.
La noche de carnaval pareció ser la respuesta a todo.
***
Quedamos a las diez en la plaza central. Yo me había disfrazado de gladiador romano: túnica corta de tela gruesa, un peto de plástico dorado que crujía al caminar, sandalias que me apretaban desde el primer paso. No era el disfraz más cómodo del mundo, pero Camila lo había elegido con criterio, y cuando la vi llegar entendí por qué le había parecido buena idea.
Ella iba vestida de ninfa griega: un vestido blanco muy ligero, ajustado desde los hombros hasta los muslos, con una cinta dorada en el pelo y unas sandalias de tiras que le subían por la pantorrilla. Se había pintado los ojos con algo oscuro que los hacía parecer más grandes. Cuando me miró desde la esquina, tuve que respirar despacio antes de ir hacia ella. Debajo de la tela clara se le marcaban los pezones, y me obligué a no bajar la vista más de la cuenta.
—Estás impresionante —le dije.
—Tú también. —Me recorrió de arriba abajo con una sonrisa que conocía bien, la que no era del todo inocente—. Aunque las sandalias son un poco de mercadillo.
Me reí. El nerviosismo bajó un poco.
Nos unimos a un grupo de amigos en un bar de la calle mayor. Había barra libre hasta la una, música demasiado alta para conversar, y esa luz rojiza que hace que todo el mundo parezca más guapo de lo que es. Bebimos. No en exceso, pero sí lo suficiente para que los bordes del mundo se suavizaran un poco y las dudas se volvieran menos ruidosas.
A medianoche, Camila se acercó por detrás y me rodeó la cintura con los brazos. Sentí su cuerpo pegado al mío, sus tetas apretadas contra mi espalda, el calor de ella a través de la tela delgada del disfraz, y noté que ya no quedaba mucho espacio entre el deseo y la decisión. Se me empezó a hinchar la polla debajo de la túnica y tuve que separar un poco las piernas.
—¿Nos quedamos aquí? —me preguntó al oído.
—¿Tú qué quieres? —respondí.
Se apretó más contra mí. Movió las caderas apenas, restregándose contra el bulto que se me marcaba por detrás. Eso fue respuesta suficiente.
***
El plan era ir a casa de Marcos. Él vivía solo a cuatro calles, siempre dejaba la puerta sin llave cuando había fiesta, y nadie hacía preguntas. Caminamos rápido, con las manos entrelazadas y sin hablar demasiado. La calle estaba llena de disfraces, música saliendo de cada bar, gente que gritaba desde balcones. Pero yo solo notaba el calor de la mano de Camila en la mía y el sonido de su respiración cuando nos rozábamos al caminar.
Cuando llegamos al portal de Marcos, la puerta estaba abierta de par en par. Adentro: doce personas en el salón, otras tantas en la cocina, alguien durmiendo en el sofá con una corona de cartón torcida sobre la cara. No había ni un rincón libre.
Salimos a la calle y nos miramos.
—Mi casa está a diez minutos —dijo Camila.
—Vamos.
Caminamos deprisa. El aire de febrero picaba en la cara, pero ninguno de los dos sentía el frío. Hablamos poco. Había entre nosotros una tensión que no necesitaba palabras, que era más honesta sin ellas: la tensión de saber exactamente lo que iba a pasar y no querer estropearlo.
Cuando llegamos al portal de su edificio, Camila se detuvo en seco.
—Mis padres están en casa —dijo.
Lo habíamos olvidado. O lo habíamos ignorado, que no es lo mismo.
—Ah —dije.
Nos quedamos en silencio un momento. Ella miró hacia arriba, hacia las escaleras que subían en espiral por el interior del portal.
—El último piso lleva meses vacío. La vecina del ático se fue a vivir con su hija.
La miré.
—¿Estás segura?
—No —respondió con honestidad. Y luego se rio, un poco nerviosa—. Pero da igual.
***
Subimos a pie para no hacer ruido con el ascensor. Las escaleras olían a humedad y a pintura vieja. En cada rellano, una bombilla titilante. Camila iba delante de mí, con el vestido blanco moviéndose ligeramente al ritmo de sus pasos, y desde donde yo la seguía se le adivinaba la forma del culo debajo de la tela cada vez que subía un escalón. La polla ya se me había endurecido del todo antes del segundo piso, y la sentía chocar contra el borde de la túnica a cada paso.
En el cuarto piso nos detuvimos. No había nadie. El edificio entero parecía dormido, y el único sonido era el eco lejano de la música de la calle y nuestra propia respiración.
Camila se giró hacia mí y me besó. No era como los besos de antes, cautelosos y medidos: este era un beso que no tenía marcha atrás. Me metió la lengua sin preguntar, con una decisión que no le conocía, y yo se la chupé despacio, atrapándosela entre los dientes. Sentí su mano abierta sobre mi pecho, buscando el borde de la túnica, y yo puse las mías en su cintura y la acerqué hasta que no hubo espacio entre los dos. Notó al instante la polla dura clavándosele en el vientre, y en vez de retirarse se apretó más, restregándose contra ella.
Nos apoyamos contra la pared del rellano. Arriba, la bombilla de ese piso estaba fundida, así que había solo la luz que subía desde abajo, tenue y anaranjada. No veíamos bien, pero era suficiente. Quizás era mejor así.
Le recorrí los hombros, la espalda, las caderas. Le bajé una mano hasta el culo y se lo apreté entero por encima del vestido, y ella soltó un gemido bajo dentro de mi boca. Subí después por delante, hasta las tetas, y le pellizqué el pezón por encima de la tela hasta notarlo endurecerse bajo mi dedo. No llevaba sujetador. Ella metió los dedos en mi pelo y me pegó más fuerte contra la pared. La urgencia de semanas de espera necesitaba salida, y por fin la tenía.
Me separé un poco para mirarla.
—¿Tienes condón? —pregunté.
Ella negó con la cabeza, sin apartar los ojos de mí.
—Tampoco yo.
Nos quedamos así, con la frente casi tocándonos, respirando entrecortado. Su mano bajó despacio hasta el borde de mi túnica, se metió por debajo, y me agarró la polla por primera vez, piel contra piel. Se me escapó un jadeo. Ella la sostuvo un momento, apretándola con curiosidad, midiéndola con los dedos, y sonrió al notar cómo saltaba entre su mano.
—Podemos hacer otras cosas —dijo ella en voz baja.
No sé por qué esa frase tan sencilla me puso más cachondo que todo lo anterior. Le acaricié la mejilla mientras ella seguía cerrándome el puño alrededor de la verga.
—¿Estás segura de que quieres esto?
—Llevo semanas queriendo esto —respondió, y me apretó más fuerte para dejarlo claro.
***
Le subí el vestido despacio, dándole tiempo a que me detuviera si quería. No lo hizo. Se lo levanté hasta la cintura y se lo mantuve ahí, con el bajo arrugado contra la piel del vientre. Llevaba unas bragas blancas de algodón, sencillas, y en el centro se le marcaba una mancha oscura de humedad. Le acaricié los muslos por dentro, arriba y abajo, sin llegar todavía a tocarle el coño, y ella empezó a mover las caderas buscándome los dedos.
Bajé la mano hasta el borde de las bragas, tiré de la tela hacia un lado, y la toqué directamente por primera vez. El coño lo tenía empapado, hinchado, con los labios abiertos ya solo por la ganas. Aspiró aire de golpe y me agarró del brazo, hundiéndome las uñas.
—Joder —susurró.
Estaba muy excitada. Eso me alivió de una tensión que no sabía que cargaba: había tenido miedo de que todo el deseo fuera una ilusión mía, que el tiempo de espera lo hubiera construido todo en mi cabeza. Pero no lo era. Estaba ahí, real y concreto bajo mis dedos, chorreando entre ellos.
Le pasé el dedo corazón entre los labios, arriba y abajo, empapándomelo entero antes de subir hasta el clítoris. Lo encontré duro, hinchado, y empecé a moverle el dedo en círculos pequeños, muy despacio, observándole la cara para ver qué le gustaba. Cuando cambié el ritmo y le hice círculos más rápidos, echó la cabeza hacia atrás contra la pared y se mordió el labio.
—Así —dijo—. Así, así.
Metí un dedo dentro. Estaba caliente, apretada, y en cuanto se lo hundí completo se contrajo alrededor. Empecé a moverlo, entrando y saliendo, mientras con el pulgar seguía trabajándole el clítoris. Ella me sujetaba del brazo con una mano y con la otra me buscaba por debajo de la túnica.
Cuando volvió a agarrarme la polla, esta vez ya no la soltó. Empezó a masturbarme al mismo ritmo al que yo la tocaba a ella, primero torpe, después encontrando el compás. Bajaba la piel hasta abajo, apretaba el glande con la palma, y volvía a subir. Yo tenía que morderme la lengua para no gemir demasiado alto.
—Espera —dijo de pronto.
Nos movimos torpemente, sin coreografía ni elegancia. En algún momento ella se quejó porque le estaba apretando contra el pasamanos y tuvimos que reajustar posiciones. Nos reímos los dos, con esa risa incómoda que sale cuando la realidad no se parece exactamente al fantaseo previo. Fue un momento extraño: a la vez ridículo y íntimo, y de alguna manera eso lo hizo más real.
—Así mejor —dijo ella, acomodándose contra el rincón, con una pierna un poco levantada apoyada en el escalón de arriba.
Yo asentí. Esa postura la dejaba abierta de par en par, y volví a hundirle los dedos con más ángulo, esta vez metiéndole dos a la vez. Se le escapó un gemido más grave que se apuró a tapar con la mano.
La besé más despacio esta vez. Sin tanta urgencia, con más atención. Ella respondió distinto también: con más confianza, con las manos más firmes, con la boca más decidida. Me guiaba la mano contra su coño, marcándome el ritmo que quería, y cuando le tocaba el punto justo dejaba de besarme y se quedaba con la boca abierta contra la mía, jadeando bajito.
Habíamos acordado sin palabras que no íbamos a intentar penetración sin condón. No fue una conversación larga; fue una mirada y un gesto y el entendimiento silencioso de que ya habría otras noches, mejor preparadas. Esta noche era esto: aprender a tocarnos, aprender a reconocernos, aprender qué le hacía cerrar los ojos y qué me hacía a mí apretar los dientes.
***
Le hice llegar al orgasmo con los dedos. Tardó más de lo que cualquiera de los dos había imaginado, quizás porque los dos estábamos nerviosos, quizás porque la posición era incómoda, quizás porque la adrenalina de estar en esa escalera con el riesgo constante de que alguien abriera una puerta nos mantenía a los dos en un estado de alerta que no ayudaba a relajarse del todo.
Pero llegó. Le mantuve dos dedos dentro, curvados hacia arriba, presionando ese sitio esponjoso que la hacía retorcerse cada vez que lo rozaba, y el pulgar apretado contra el clítoris haciendo círculos rápidos. La noté empezar a temblar. Se le contrajo el vientre, se puso de puntillas apoyada en mi hombro, y de pronto se le apretó todo el coño alrededor de mis dedos con una fuerza que no esperaba. La sentí correrse en oleadas, chorreando en mi mano, escuché un sonido ahogado que se tapó con la palma, y luego se relajó completamente contra mí, con todo el peso del cuerpo entregado.
Saqué los dedos despacio, brillantes de sus flujos, y sin pensarlo mucho me los llevé a la boca. Ella lo vio y se le escapó una risa nerviosa.
—Estás loco.
—Sabes bien.
Permanecimos quietos un momento. Ella con la cabeza apoyada en mi pecho, todavía respirando fuerte. Yo con la mano libre en su cadera y el corazón acelerado y la polla latiéndome bajo la túnica.
—Tu turno —dijo ella en voz baja.
Se arrodilló ante mí con una naturalidad que no esperaba de ninguno de los dos en ese primer encuentro. Me subió la túnica con las dos manos y me la sostuvo contra el vientre, dejándome la polla al aire, dura y tensa apuntándole a la cara. Se quedó un momento mirándomela desde abajo, como quien no sabe muy bien por dónde empezar, y después me rodeó la base con la mano y se acercó.
La primera lamida fue tímida, apenas un roce de la lengua bajo el glande. Se me escapó un gemido demasiado alto y ella se rio bajito, envalentonada. La segunda lamida fue larga, desde la base hasta la punta, y después se metió la cabeza entera en la boca. Yo apoyé la espalda contra la pared fría y cerré los ojos.
La sentí bajar despacio, tragando lo que podía, ahogándose un poco cuando intentó llegar hasta el fondo. Se retiró, tomó aire, y volvió a metérsela, esta vez marcándome un ritmo con la mano en la base y la boca cerrada sobre la mitad superior. Chupaba con toda la cara, con las mejillas hundidas, dejando la polla brillante de saliva cada vez que la sacaba entera para respirar.
No fue perfecto, en el sentido técnico. Le rozaba los dientes de vez en cuando y notaba cómo se corregía a sí misma, cómo aprendía sobre la marcha qué ángulo funcionaba mejor. Era la primera vez para los dos y se notaba. Pero la torpeza de esos primeros intentos tenía algo que ninguna experiencia posterior podría replicar exactamente: la emoción sin filtro de lo completamente desconocido, la sensación de que cada segundo era territorio nuevo que ninguno de los dos había pisado antes.
Le puse una mano en la nuca, sin empujar, solo acompañando. Ella entendió y aceleró un poco, mamándomela con más ganas, mirándome desde abajo con los ojos brillantes.
—Me voy a correr —le avisé entre dientes.
Ella no se apartó. Sacó la polla de la boca justo antes, la sostuvo apuntando hacia arriba, y empezó a masturbarme rápido con el puño cerrado, con la lengua asomada pegada al glande. Con dos o tres tirones más me solté. Me corrí en chorros gruesos, y ella recibió parte del semen en la lengua y parte en la mejilla y en el mentón, sin dejar de moverme la mano hasta la última sacudida.
Sentí que algo que había estado acumulando tensión durante semanas, durante años tal vez, se soltaba por fin.
Se quedó arrodillada un momento, con la cara manchada, y después se pasó el pulgar por la mejilla y se lo lamió. Casi me da otro tirón al verlo.
***
Nos arreglamos la ropa en silencio. Yo le acerqué el bajo del vestido y ella se limpió la cara con el interior de la tela. Abajo, a través de la puerta del portal, llegaba el ruido lejano de la fiesta en la calle. Alguien pasó por la acera cantando a gritos una canción que no reconocí. La ciudad seguía su noche sin saber nada de nosotros.
—¿Estás bien? —le pregunté.
Camila me miró y sonrió. Era una sonrisa diferente a todas las anteriores: más tranquila, más anclada en algo real.
—Sí —dijo—. ¿Y tú?
—Sí.
Bajamos las escaleras juntos, despacio, sin soltarnos la mano. En el portal nos volvimos a besar, esta vez sin urgencia, sin el peso de la expectativa. Solo por el placer de hacerlo. Todavía le sentía en la boca el sabor de mi corrida, y no me importó.
Esa noche no fue lo que ninguno de los dos había imaginado. No había cama, ni música suave, ni el romanticismo que las películas asocian a los primeros momentos. Había una escalera fría, una bombilla fundida, unos dedos empapados y una polla que se corrió en la boca de una chica que hasta esa noche no había chupado ninguna. Dos personas que no sabían muy bien lo que hacían pero que querían hacerlo juntas.
Meses después, ya con más experiencias detrás, ya follando en su cama y en la mía con condones a mano y sin prisas, seguimos hablando de esa noche. No con vergüenza ni con la sensación de que debería haber sido de otra manera. La recordamos como algo completamente nuestro: imperfecto, real, sin testigos, sin guion.
Eso, con el tiempo, resultó ser exactamente suficiente.