La noche que Andrés le pidió lo imposible
La habitación olía a café frío y a derrota. Andrés llevaba cuarenta minutos sentado frente a Sebastián sin encontrar las palabras exactas, moviéndose apenas para tomar el vaso de agua que nadie había vuelto a rellenar. La cifra era la misma de siempre: imposible. Demasiado para pagarla de una sola vez, demasiado acumulada para negociar plazos. Sebastián lo escuchaba con esa calma de quien ya sabe cómo va a terminar todo.
—No tengo el dinero —dijo Andrés al fin, mirando la mesa—. Y no lo voy a tener en los próximos seis meses.
Sebastián cruzó los brazos y esperó. No era un hombre impaciente, y eso lo hacía más difícil.
—Algo habrás pensado —dijo.
Andrés tragó saliva. Sí había pensado algo. Lo había pensado durante días con una mezcla de asco hacia sí mismo y una atracción que no terminaba de entender. Había cruzado esa línea mentalmente cientos de veces en las últimas semanas, como quien asoma la cabeza por el borde de un precipicio sin llegar a saltar. Y ahora estaba saltando.
—Elena —dijo.
Sebastián no reaccionó de inmediato. Solo dejó pasar un segundo, dos, tres.
—¿Tu mujer?
—Sí.
Otro silencio. Sebastián conocía a Elena desde la boda, cuatro años atrás. La había visto en cenas, en cumpleaños, en esa fiesta de Año Nuevo donde ella se había puesto un vestido verde que él recordaba con una precisión incómoda. Siempre había mantenido distancia. Era la mujer de su amigo.
—¿Ella sabe que estás haciendo esta propuesta? —preguntó.
—Todavía no.
—¿Y si no acepta?
Andrés no respondió. Los dos sabían que esa pregunta no tenía respuesta buena.
—Lo que tú quieras —dijo Andrés finalmente—. Una vez. Lo que quieras. Y saldamos la deuda.
Sebastián tardó un momento más en responder. Cuando lo hizo, no sonrió. Solo asintió con la cabeza, despacio, como si estuviera firmando un documento.
—De acuerdo. Me la follo como a mí me dé la gana, en su casa, en su cama, y tú miras. Sin quejas, sin cortarme a mitad. Si ella dice que sí, la parto en dos. ¿Estamos?
—Estamos —dijo Andrés, con la voz seca.
—Y quiero que estés presente. Todo el tiempo. Mirando.
***
Despertar a Elena fue lo más difícil que Andrés había hecho en su vida. Ella dormía de costado, con el pelo suelto tapándole media cara, y cuando abrió los ojos y lo vio sentado al borde de la cama, supo de inmediato que algo estaba mal.
—¿Qué pasó? —preguntó, incorporándose.
Él lo explicó todo. Sin rodeos, sin suavizar nada. Le dijo la palabra follar, le dijo el nombre de Sebastián, le dijo que iba a tener que abrirle las piernas a otro hombre para que ellos no perdieran el piso. Mientras hablaba, veía cómo el rostro de Elena cambiaba: de la confusión inicial al horror, y del horror a algo que él no supo leer.
—No —dijo ella cuando terminó. Su voz era firme, pero le temblaban los labios—. No puedes pedirme eso.
—Lo sé.
—Andrés. Solo tú. Desde el principio, solo tú. Ninguna otra polla, nunca. Y ahora me estás diciendo que abra las piernas para tu amigo.
Él lo sabía. Cuatro años juntos, y antes de él nadie. Elena era de esas personas que llegan a la adultez con pocas experiencias y ningún arrepentimiento. Para ella, el cuerpo era una cosa íntima, no un asunto que se negocia. Y él le estaba pidiendo que lo negociara.
—Estaré ahí —dijo Andrés—. Todo el tiempo. Si en algún momento quieres parar, paramos. Pero si no lo hacemos, perdemos el piso. Perdemos todo.
Elena se quedó mirando la pared durante un tiempo que a Andrés le pareció muy largo. Luego se levantó sin decir nada, fue al baño, estuvo allí cinco minutos y salió envuelta en una bata de algodón oscuro que le llegaba a los muslos. No llevaba nada debajo. Andrés lo notó: el bulto de las tetas contra la tela, la sombra del coño insinuada al caminar.
—Ni una palabra de más —le dijo a él antes de salir del dormitorio—. Ni una. Si me vas a poner a follar con tu amigo, cállate la boca y aguanta.
***
Sebastián estaba de pie junto a la ventana cuando Elena entró en el salón. La miró sin disimulo, con esa clase de atención que se concede solo cuando ya no hay obligación de fingir indiferencia. Le recorrió el cuerpo con los ojos como quien pesa mercancía: las tetas empujando la tela, las caderas, la mancha oscura del pubis marcándose contra la bata. Ella aguantó la mirada, con la espalda recta y las manos apretadas a los lados del cuerpo.
—Hola, Elena —dijo él.
Ella no respondió. Se quedó donde estaba, a tres metros de él, esperando. Andrés se sentó en el sillón del fondo, fuera de la línea directa de visión pero sin desaparecer del todo. Cumplía lo prometido: estaba ahí.
Sebastián se acercó despacio. No como alguien que cobra, sino como alguien que sabe que tiene tiempo. Le rozó el hombro con los dedos, un contacto casi neutro, y Elena no se apartó. Su respiración era controlada, deliberada, como quien practica antes de entrar al agua fría.
—Dime qué te da miedo —dijo Sebastián, con la voz baja.
—Todo —respondió ella.
—¿Quieres que pare?
Elena tardó dos segundos. Dos segundos que Andrés contó desde su sillón.
—No —dijo ella.
La bata cayó al suelo sin drama, simplemente soltada desde los hombros. Sebastián la miró entera, sin apresurarse. Era alta, con una curva de cadera que se marcaba incluso en reposo, y los pezones duros no tanto por deseo como por la temperatura del salón. O eso se dijo Andrés a sí mismo. El coño de Elena estaba depilado a los lados, con una franja corta de vello oscuro por encima, y los labios menores asomaban apenas. Sebastián se pasó la lengua por el labio inferior.
—Joder, qué buena estás —dijo, sin drama, como constatando un hecho.
Elena se puso colorada de golpe, desde el cuello hasta las orejas.
Sebastián la hizo sentarse en el sofá. Se arrodilló frente a ella y empezó por lo más básico: las manos. Le tomó las manos, las abrió, le rozó las palmas con los pulgares. Era una cosa extraña, inesperada, y por eso mismo funcionó. Elena aflojó los hombros. Después le subió las manos por los antebrazos, por los codos, por los brazos hasta los hombros, y de ahí bajó a las tetas. Se las agarró con las dos palmas, las pesó, se las apretó suave, y con los pulgares le pellizcó los pezones hasta que se pusieron duros de verdad, no ya por el frío. Elena soltó el aire de golpe.
—Así —dijo Sebastián, y bajó la boca a un pezón, se lo metió entero, lo chupó fuerte, lo mordió con los dientes de arriba y volvió a chuparlo.
Elena gimió por primera vez en la noche. Un sonido corto, sorprendido, que se le escapó sin permiso. Andrés, desde su sillón, se agarró el borde del cojín con los dedos.
Cuando Sebastián bajó la cabeza y le separó los muslos con suavidad, ella cerró los ojos. Su primer contacto con el coño fue tan lento que casi no parecía contacto: apenas el calor del aliento antes del tacto. Cuando llegó el tacto, Elena contuvo la respiración un momento y luego la soltó despacio, como quien suelta algo que llevaba tiempo cargando. Sebastián le pasó la lengua entera, desde abajo hasta arriba, plana y lenta, y se detuvo en el clítoris. Le dio dos vueltas alrededor, con la punta de la lengua, y después se lo chupó de plano, absorbiendo, haciendo un ruido húmedo que llenó el salón.
Andrés se descubrió mirando. No podía dejar de mirar. La cara de su mujer con los ojos cerrados, los labios entreabiertos, la mano apretando el borde del cojín. Era una expresión que él conocía bien en otro contexto, pero con algo diferente ahora: algo más crudo, más sorprendido. Y entre las piernas abiertas de Elena, la cabeza de Sebastián moviéndose, la lengua entrando y saliendo del coño de su mujer, los dedos de Sebastián separándole los labios para lamerla mejor.
—Estás mojada, Elena —dijo Sebastián, levantando un segundo la cara. Tenía la boca brillante—. Estás empapada.
—Cállate —susurró ella, con los ojos todavía cerrados.
—Me la voy a comer entera —dijo él, y volvió a bajar.
Elena empezó a moverse sin darse cuenta. Las caderas buscaban el ritmo de la lengua de Sebastián como si el cuerpo tomara decisiones que la cabeza todavía no había aprobado. Un sonido salió de su garganta, pequeño y contenido, y luego otro más grande que ella no intentó suprimir. Sebastián le metió un dedo, después dos, curvándolos hacia arriba, buscándole el punto por dentro mientras seguía chupándole el clítoris.
—Espera —dijo, abriendo los ojos de golpe.
Sebastián se detuvo al instante, con los dedos todavía dentro.
Elena lo miró, luego miró a Andrés, luego volvió a Sebastián. Su cara era difícil de leer. No era miedo. Tampoco era lo que Andrés esperaba.
—Sigue —dijo ella—. No te pares. Sigue.
***
Lo que vino después fue gradual, como la mayoría de las cosas que cambian para siempre. Sebastián le comió el coño hasta que Elena se corrió por primera vez, con las piernas temblándole y las manos apretadas en el pelo de él, empujándole la cara contra el coño mientras se venía. Fue un orgasmo largo, ruidoso, sin decoración. Cuando terminó, ella se dejó caer contra el respaldo del sofá, respirando por la boca.
Sebastián se levantó del suelo, se quitó la camisa, se desabrochó el cinturón y los pantalones, y se los bajó junto con el bóxer de un solo tirón. La polla le saltó fuera, dura, gruesa, con la punta brillante. Elena la miró sin querer mirarla, y Andrés vio el momento exacto en que ella se relamió los labios sin darse cuenta.
—Ven aquí —dijo Sebastián.
Elena se deslizó por el sofá hasta arrodillarse en el suelo frente a él. No hubo instrucciones. Le agarró la polla con la mano, dudó un segundo, y se la metió en la boca. Al principio solo la punta, después media, después la agarró con más ganas y empezó a chuparla de verdad, con los ojos cerrados y una mano en la base. Sebastián le puso la mano en la nuca, sin empujar, solo guiándola.
—Así, así —dijo él—. Joder, qué bien la mamas.
Andrés no reconocía a su mujer. Elena, la de las pocas experiencias, la del solo tú, estaba de rodillas mamando la polla de otro con una ganas que él no le había visto nunca a esa hora. Y él, en lugar de detener aquello, tenía la polla dura como una piedra dentro del pantalón. Se la agarró por encima de la tela y apretó.
Sebastián la levantó del suelo agarrándola de los brazos. La empujó suave hacia el sofá, la puso de rodillas sobre el asiento con las manos en el respaldo, y se colocó detrás. Le pasó una mano por la espalda, le agarró un culo con la otra, y le dio una nalgada seca. Elena se estremeció.
—Otra —dijo ella, casi sin voz.
Sebastián le dio otra, más fuerte, y le dejó la marca roja en la piel blanca. Después se agarró la polla, se la pasó por la raja del coño de arriba a abajo un par de veces, empapándola, y se la metió de golpe hasta el fondo.
Elena hizo un ruido que Andrés no le había escuchado nunca. No era dolor. Era algo parecido a la sorpresa, como cuando uno mete la mano en agua más caliente de lo esperado y descubre que no quema, que solo calienta. Un gemido grave, largo, que le salió del pecho.
—Qué apretada —gruñó Sebastián detrás de ella, agarrándole las caderas con las dos manos—. Estás apretadísima.
Las embestidas comenzaron lentas y se fueron acomodando solas. Sebastián la agarró del pelo, se lo enrolló en el puño y tiró hacia atrás sin brusquedad pero con firmeza, haciéndole arquear la espalda. Elena agarró el respaldo del sofá con una mano y le clavó la otra en el muslo a Sebastián por detrás, marcándole con las uñas sin darse cuenta. Su cuerpo empezó a responder con una honestidad que no tenía filtro: el culo empujando hacia atrás para encontrarse con las embestidas, los gemidos saliendo cada vez más altos, el sudor brillándole en la espalda.
—Más fuerte —dijo Elena, sin abrir los ojos—. Fóllame más fuerte.
Sebastián le soltó el pelo, la agarró de las dos caderas y empezó a dar embestidas de verdad, chocándole el pubis contra el culo con un sonido húmedo y seco a la vez. Las tetas de Elena se balanceaban debajo de ella con cada golpe. El sofá crujía.
Andrés se había levantado del sillón sin decidirlo conscientemente. Estaba de pie junto al sofá, mirando el cuerpo de su mujer desde un ángulo que nunca había tenido: veía la polla de Sebastián entrar y salir del coño de Elena, brillante de flujo, veía el culo de ella marcado por la nalgada, veía la cara de ella girada de perfil con la boca abierta. Ella lo vio, y en lugar de cerrar los ojos le mantuvo la mirada durante varios segundos. Esa mirada lo deshizo por completo.
Se arrodilló cerca de ella. Le tomó la mano libre. Elena la apretó con fuerza, y esa presión fue la cosa más íntima de toda la noche.
—¿Estás bien? —le preguntó, en voz tan baja que casi no era pregunta.
—Sí —dijo ella, y lo dijo con una convicción que él no esperaba, mientras Sebastián seguía embistiéndola por detrás—. Sí, sí, sí.
—Sácatela —le dijo ella a Andrés—. Sácala. Quiero verte.
Andrés se bajó el pantalón. Elena se estiró y le agarró la polla con la mano que él le había tomado antes, y empezó a acariciársela al mismo ritmo que Sebastián la follaba a ella. Un segundo después giró la cabeza y se la metió en la boca a Andrés, ahí mismo, arrodillada en el sofá, mamando a su marido mientras su marido miraba cómo otro se la clavaba por detrás.
***
Hubo un momento en que Sebastián se retiró, jadeando, con la polla brillante hasta la base, y le dijo a Andrés que se cambiaran. Andrés se puso detrás. Elena arqueó la espalda para recibirlo con una urgencia que no le había dado en mucho tiempo. Cuando él se la metió, ella soltó un gemido que era casi de alivio, como si el coño la hubiera estado esperando.
—Joder, Andrés —dijo ella, apoyando la cara en el respaldo—. Joder, qué duro la tienes.
El cuerpo de ella estaba encendido de una manera diferente, como si la tensión acumulada de la noche se hubiera convertido en otra cosa. Cada embestida le sacaba un gemido nuevo. Y por delante, Sebastián se le había puesto arrodillado en el sofá también, con la polla justo enfrente de su cara. Elena la agarró sin dudar y se la volvió a meter en la boca, y así estuvo un rato: chupando a uno mientras el otro se la clavaba.
Los tres encontraron un ritmo que ninguno habría podido planear. Sebastián le sacó la polla de la boca, se movió a un lado, la besó en los labios manchados, le pasó las manos por la cintura, le mordió el cuello con cuidado, le agarró una teta y se la apretó mientras Andrés seguía dándole por atrás. Ella tenía los ojos abiertos ahora, y ya no miraba con miedo sino con una atención intensa, presente, como quien descubre que un lugar que le daba vértigo en realidad le da otra cosa.
Cuando llegó su segundo orgasmo, esta vez con Andrés dentro y con Sebastián besándole el cuello y pellizcándole los pezones, Elena lo anunció sin querer: un grito cortado que salió antes de que pudiera retenerlo, y luego una risa breve y desconcertada, casi avergonzada, que Andrés guardó en algún lugar de la memoria donde guarda las cosas importantes. El coño se le cerró alrededor de la polla de Andrés con espasmos, apretándolo, y él tuvo que agarrarla fuerte de las caderas para no correrse ahí mismo.
Cambiaron otra vez. Elena se tumbó boca arriba en el sofá, con las piernas abiertas y el pelo pegado a la frente por el sudor. Sebastián se le puso encima y se la volvió a meter, esta vez cara a cara, con los brazos apoyados a los lados de la cabeza de ella. Elena le pasó las piernas por la cintura, se abrió más, y Sebastián empezó a follársela con embestidas largas, hasta el fondo.
—Mírame —le dijo él—. Mírame mientras me la trago tu coño.
Elena lo miró. Andrés miró. Nadie se apartó.
Sebastián llegó al clímax poco después, con un sonido grave, y se retiró en el último momento. Se corrió sobre el vientre y las tetas de Elena, chorros gruesos y blancos que quedaron colgando de los pezones, resbalándole hacia los costados. Elena se pasó dos dedos por el semen del vientre y se los llevó a la boca sin dejar de mirar a Andrés.
Andrés no aguantó. Se le tiró encima antes de que ella terminara de tragar. Se la volvió a meter en el coño mojado por Sebastián y por ella misma, y le dio duro, corto, tres embestidas, cuatro, y se corrió dentro con un gemido de animal cansado. El cuerpo de Elena lo recibió con una familiaridad nueva: como alguien que ha salido de viaje por primera vez y regresa a casa con los ojos distintos.
***
Al final, cuando el salón volvió al silencio, Elena se quedó tumbada en el sofá con una almohada bajo la cabeza y la vista en el techo. Todavía tenía restos de semen secándose sobre la piel, y no hizo nada por limpiárselos. Sebastián se había vestido y estaba sentado en el sillón, el único que seguía siendo neutral en esa habitación. Andrés se había acomodado en el suelo, cerca de Elena pero sin tocarla, esperando.
—La deuda —dijo Sebastián al fin, rompiendo el silencio.
—La deuda —repitió Andrés.
Sebastián sacó su teléfono, escribió algo, y lo puso sobre la mesita con la pantalla hacia abajo.
—Saldada —dijo. Se levantó, recogió la chaqueta del respaldo y fue hacia la puerta. Antes de abrirla, se giró—. Cuídala bien.
Andrés no respondió. Ya se había girado hacia Elena, que seguía mirando el techo con esa expresión que él no sabía cómo nombrar.
—¿Qué estás pensando? —le preguntó.
Elena tardó en responder. Fuera, se escuchó el clic de la puerta al cerrarse.
—Que no sé si sentirme como pensaba que me sentiría —dijo ella.
—¿Cómo pensabas que te ibas a sentir?
Ella giró la cabeza para mirarlo. Su cara estaba tranquila, no rota.
—Peor —dijo.
Andrés se acercó al sofá y se tumbó a su lado, apretado contra el respaldo para caber. Elena se giró hacia él y le puso una mano en el pecho, sobre el corazón.
—¿Y tú? —preguntó ella.
—Yo tampoco sé —admitió él.
Estuvieron así un rato largo, sin hablar. La deuda estaba pagada. Lo que había cambiado entre ellos todavía no tenía nombre, pero tampoco parecía roto. Era otra cosa. Algo que ninguno de los dos habría elegido de otra manera y que, sin embargo, ahora existía y tenía que caber en algún lugar.
Elena le apretó la mano en el pecho una vez, y luego cerró los ojos.
Andrés la miró hasta que su respiración se hizo lenta y regular, y pensó que a veces las puertas más difíciles de abrir son las que, una vez abiertas, ya no se pueden volver a cerrar del todo. Y que eso no siempre es una tragedia.