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Relatos Ardientes

La primera cita que terminó en el motel

Llevábamos casi un mes intercambiando mensajes cuando por fin quedamos en vernos. Natalia me había dicho que era fácil reconocerla: siempre usaba blusas ajustadas y le encantaba que la miraran. No lo decía con coquetería calculada, lo decía como un hecho, como quien describe el color de su coche. Le gustaba su cuerpo y no veía por qué ocultarlo. Esa honestidad, más que cualquier foto, fue lo que me generó expectativa.

Acordamos vernos frente a una librería del centro, a las siete de la tarde. Llegué antes y me quedé mirando el escaparate sin ver nada. Tenía esos nervios inevitables de cuando llevas semanas construyendo una imagen de alguien en el chat y estás a punto de comprobar si coincide con la persona real.

No hubo problema. La vi doblar la esquina desde lejos y la reconocí de inmediato.

—¿Marcos? —preguntó al acercarse.

—El mismo —respondí.

Sonrió. Era exactamente como en las fotos, pero con una dimensión que las fotos no capturan: la manera en que se movía, la postura, cierta seguridad tranquila que era difícil de ignorar. Tenía los ojos oscuros y una forma de mirarte que hacía sentir que te evaluaba sin ninguna malicia, solo con curiosidad genuina.

Nos saludamos con un beso en la mejilla. Su perfume era cálido y discreto.

—Tenías razón —dije—. Te habría reconocido desde el otro lado de la calle.

Ella sonrió sin responder, y eso valió más que cualquier frase ingeniosa.

***

El restaurante era uno que ella conocía, a dos calles de ahí. Pedimos mesa sin reserva —había sitio a esa hora— y ordenamos sin detenernos mucho en la carta. Ninguno de los dos había venido principalmente a comer.

La conversación fluyó con la facilidad que ya teníamos del chat, pero con otra textura. Podía observar cómo gesticulaba al hablar, cómo apoyaba la barbilla en la mano mientras escuchaba, cómo se mordía ligeramente el labio inferior antes de decir algo que le parecía importante.

—¿Estás nervioso? —preguntó en algún momento.

—Un poco —admití—. Supongo que es normal.

—Es completamente normal —dijo, y alargó la mano hasta la mía, que descansaba sobre el mantel—. Relájate.

Lo dijo sin énfasis particular, de manera natural, y mientras lo decía no retiró la mano. A partir de ese momento la cena fue de otra manera. Las manos encima de la mesa, los dedos rozándose cuando alguno hablaba. Luego las manos debajo de la mesa, sobre las rodillas. Los muslos acercándose sin que nadie lo mencionara. En un momento sus dedos viajaron hasta el interior de mi muslo y se quedaron ahí, quietos pero presentes, mientras ella seguía hablando de algo completamente distinto.

Le pedí la cuenta al mesero antes de que llegara el postre.

***

En la calle le pregunté qué quería hacer.

—Llevas toda la cena mirándome el escote —dijo—. ¿Qué crees tú que quiero hacer?

No respondí. Paré un taxi.

El hotel era sencillo pero limpio, de precio fijo por horas. Natalia entró sin dudar, saludó brevemente al recepcionista y subimos en silencio. En el pasillo, mientras yo abría la puerta con la tarjeta, ella se pegó a mi espalda y me rodeó con los brazos desde atrás.

—Llevas un rato imaginando cómo sería esto —susurró.

—Toda la cena —admití.

—¿Y?

—Todavía no lo sé. Tengo que comprobarlo.

La puerta cedió. Entramos.

La dejé pasar primero. Cuando me di la vuelta estaba junto a la ventana, de espaldas, mirando la calle iluminada. Me acerqué, le puse las manos en los hombros y empecé a besarle el cuello despacio. Ella ladeó la cabeza para abrirme más espacio y soltó un suspiro contenido. Olía bien ahí también, en la curva del cuello, donde el perfume se mezclaba con su piel.

Cuando se dio la vuelta, me besó con una intensidad que no esperaba. No era el beso tentativo de quien tantea el terreno: era directa, con las dos manos en mi cara, tirando de mí hacia ella. Su lengua buscó la mía desde el primer segundo y yo simplemente seguí su ritmo.

Nos besamos de pie durante un buen rato, con las manos recorriendo la ropa del otro. Le toqué los pechos sobre la blusa y ella, en vez de apartarse, apretó mi mano contra su cuerpo.

—Te gustan —dijo contra mi boca.

—Mucho.

—Esta noche son tuyos.

Le desabroché la blusa despacio, botón por botón. Ella me ayudó con los últimos sin apartar los ojos de mí. Debajo llevaba un sujetador de encaje negro que desapareció en cuestión de segundos.

Me quedé mirándola un momento. Tenía los pechos grandes y firmes, el pezón oscuro ya endurecido. Me incliné y empecé a besarlos, pasando la lengua alrededor de los pezones, succionando con cuidado. Natalia pasó los dedos por mi pelo y arqueó levemente la espalda, ofreciéndome más. Gemía en voz baja, con la boca casi cerrada, como si intentara controlarlo y no pudiera del todo.

Seguimos así un buen rato, de pie junto a la ventana, hasta que me pidió que fuéramos a la cama.

***

Se recostó boca arriba con las piernas colgando desde las rodillas, los pechos al descubierto, los ojos fijos en mí. Me puse sobre ella y seguí donde lo había dejado: cuello, pechos, costados, vientre. Fui bajando poco a poco, besando cada parte con calma, sin prisa, trazando el borde de sus pantalones con la lengua.

Le desabroché el botón, bajé la cremallera. Asomó una tanga de encaje oscuro, y entre la tela y la piel había calor y un olor que me puso al límite de golpe. Bajé el pantalón hasta la mitad de los muslos y hundí la boca ahí mismo, sobre la tanga, sintiendo la humedad antes de apartarla a un lado.

Pasé la lengua a lo largo de sus labios, despacio, de abajo arriba, hasta llegar al clítoris. Natalia soltó el aire de golpe y cerró los muslos alrededor de mi cabeza durante un segundo, luego los relajó.

—No te detengas —dijo.

Seguí. Variaba el ritmo, la presión, el punto exacto. Ella me guiaba con las manos en mi pelo, sin decir mucho, solo con la presión de los dedos y el movimiento de su cadera. A veces subía las rodillas y me daba más ángulo, a veces se quedaba quieta dejándose llevar. Cuando por fin dijo ya, sentí su cuerpo tensarse largo y luego ceder de golpe, como una ola que llega a la orilla y se deshace.

Me incorporé. Ella tenía los ojos cerrados y respiraba hondo.

—Ven —dijo sin abrirlos.

***

Busqué el preservativo, me lo puse y me coloqué entre sus piernas. Le aparté la tanga a un lado. Puse la punta en la entrada y la miré.

—Sí —dijo.

Entré despacio. Estaba tan húmeda que casi no hubo resistencia, pero me tomé el tiempo de sentirlo todo: el calor, la presión, el modo en que su cuerpo me recibía. Cuando estuve completamente dentro nos quedamos quietos un momento. Solo eso: quietos, sintiendo.

Empezamos a movernos juntos. Primero despacio, encontrando el ritmo, luego con más fuerza. Sus piernas se enredaron en las mías. Puse las manos a los lados de su cabeza y me hundí más con cada embestida. Ella cerraba los ojos y apretaba los labios, y eso me excitaba más que cualquier gemido.

—Así —decía de vez en cuando—. Así.

En algún momento me empujó suavemente y yo me recosté. Se montó encima y tomó el control sin decir nada. Se movía de una manera completamente distinta: rotando las caderas, bajando despacio hasta el fondo y subiendo casi del todo, con una concentración que parecía casi egoísta en el mejor sentido posible. Sabía exactamente lo que necesitaba y lo buscaba sin disculparse.

La observé desde abajo. Sus pechos se balanceaban con cada movimiento y yo los tomé con las dos manos, apretando mientras ella marcaba el tempo. Le pasé el pulgar por el clítoris sin dejar de mirarla a los ojos.

Llegó dos veces antes de que yo llegara una. Cuando por fin llegué, ella todavía seguía moviéndose.

***

Después de eso nos quedamos tumbados en silencio. Natalia tenía la pierna echada sobre las mías y me dibujaba círculos lentos en el pecho con un dedo. La calle seguía con su ruido suave ahí afuera.

—¿Tienes hambre? —preguntó.

—Todavía no.

Sonrió y no dijo nada más.

Al rato empezó a moverse. Su mano bajó por mi vientre y me tomó con suavidad, sin prisa, con una calma que contrastaba con la urgencia de antes. Me masajeó despacio, mirándome de reojo como si estuviera esperando algo.

—¿Tan pronto? —pregunté.

—Tenemos tiempo —respondió.

Cuando sintió que estaba listo, sacó otro preservativo del bolso que había dejado en la mesilla, lo abrió con los dientes y me lo puso ella misma. Esta vez se colocó encima pero diferente: las manos en mis hombros, el cuerpo inclinado ligeramente hacia adelante, el ángulo cambiado. La sensación también era distinta, más intensa en otro lugar.

Terminamos con las manos entrelazadas y su frente apoyada en la mía.

***

Más tarde se levantó y fue al baño. Escuché el agua de la ducha. A los pocos minutos asomó la cabeza por la puerta entreabierta.

—Ven.

El agua caliente nos cayó encima mientras nos enjabonábamos el uno al otro sin apuro. Esa confianza física que solo aparece después de haber estado muy cerca de alguien, de haberla visto y de que te haya visto. Ella apoyó la espalda en los azulejos y levantó la cara hacia el chorro.

Le pasé las manos por los pechos llenos de espuma, los apreté suavemente, y ella se dejó hacer con los ojos cerrados. Después abrió las piernas apenas, sin palabras, y yo metí los dedos con cuidado.

La tuve así un rato, de pie bajo el agua, hasta que ella buscó mi cuerpo con la mano y empezó a devolverme el gesto. Estuvimos así un tiempo, dándonos placer mutuamente mientras el agua nos resbalaba por la espalda y el vapor llenaba el pequeño baño.

Cuando me pidió que me pusiera detrás de ella, se apoyó con las palmas en los azulejos y arqueó la espalda hacia mí. Usamos el último preservativo que quedaba. La penetré de pie, desde atrás, con las manos firmes en sus caderas.

—Más fuerte —dijo.

Lo hice más fuerte.

Después de un rato me pidió que saliera un momento. Tomó mi mano, la llevó a su boca, la mojó con saliva, y luego la colocó sobre su nalga con una presión que era una instrucción.

—Ahí —dijo.

Lo hice muy despacio, leyendo su cuerpo en cada milímetro. Ella respiraba hondo y empujaba hacia atrás con movimientos pequeños y controlados para guiarme. Cuando estuve dentro nos quedamos quietos un momento, igual que antes, dejando que el cuerpo se acostumbrara.

—Muévete —dijo.

Empecé con movimientos cortos. Ella gemía de otra manera: más grave, más concentrada, viniendo de más adentro. Le puse la mano en el vientre y la presioné suavemente desde fuera.

—Así —decía—. Así, no pares.

Acabé con un gemido que no pude controlar, apretándola contra la pared del baño mientras el agua seguía cayendo tibia sobre los dos.

***

Salimos de la ducha y nos tiramos en la cama con las toallas todavía puestas. Dormimos un rato. No sé cuánto. Cuando abrí los ojos, Natalia miraba el techo con los brazos cruzados sobre el vientre y una expresión tranquila.

—¿Tienes hambre ahora? —preguntó sin mover la cabeza.

—Sí.

Nos vestimos sin prisa y salimos. Encontramos un sitio abierto a esa hora, una hamburguesería pequeña con cuatro mesas. Mientras comíamos, Natalia me contó que vivía en otra ciudad, a unas dos horas de distancia, y que volvía al centro cada pocas semanas a ver a su familia. Le había salido un buen trabajo allá hacía casi un año y había aprovechado la oportunidad. Por ahora tenía pocos conocidos en la ciudad nueva, así que la app de citas había sido una manera de salir un poco del trabajo y el departamento.

—¿Y funciona? —pregunté.

—A veces —dijo, y levantó el vaso a modo de brindis.

Choqué el mío contra el suyo.

—Esta vez parece que sí.

Ella sonrió de la misma manera en que había sonreído frente a la librería, cuando la primera pregunta estúpida que dije no tuvo respuesta y tampoco la necesitó. Sin más explicación. Como algo que simplemente era.

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Comentarios (5)

Vale_2024

excelente relato!!! me tenia pegada a la pantalla

jorgito88

espero que haya segunda parte porque esto no puede quedar asi jajaja. muy bueno!

PrimeraBes_77

Me recordo muchisimo a mi primera cita, esa tension previa es algo unico. Muy bien narrado!

DiegoCord

La anticipacion de semanas chateando y de repente bum... jajaja me mato. Saludos!

GloriaMar

Que lindo como lo contaste, se nota que fue algo especial. Mas relatos asi por favor

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