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Relatos Ardientes

La tarde en que don Alberto me hizo sentir completa

Era Mateo cuando llegué a esa ciudad. Dieciséis años, cara estrecha, ojos grandes, el pelo lacio que me caía sobre los hombros porque mi madrina nunca insistía demasiado en cortármelo. Venía de un pueblo chico con las notas suficientes para haber reprobado dos materias seguidas, y por eso mi madrina habló con don Alberto, un profesor retirado de matemáticas que vivía solo en un departamento amplio del centro y que aceptó darme clases particulares a cambio de que le ayudara con las compras y algunos mandados. Era una solución práctica para todos. Para mí resultó ser algo completamente distinto.

La primera tarde lo vi en el umbral de su puerta y no supe qué decir. Era alto, de hombros anchos que el tiempo había vuelto ligeramente caídos, con manos grandes y una voz que parecía salir de un lugar más profundo que la garganta. Me estudió un momento sin hablar. Tenía esa manera de mirar que no juzgaba sino que simplemente registraba, como si tomara nota de lo que veía sin apresurarse a hacer nada con esa información. Después se hizo a un lado y me dejó pasar.

Algo caliente me subió por el pecho y no entendí de dónde venía.

Las primeras semanas fueron de clases y silencio. Álgebra, geometría, fracciones. Él explicaba despacio, sin perder la paciencia, y a veces se inclinaba sobre mi hombro para señalar un error en el cuaderno y yo podía oler su colonia, algo amaderado y seco que no olvidaba en el resto del día. Me sentaba en el escritorio frente a sus ejercicios resueltos y pensaba en la forma de sus manos. En cómo hacía una pausa antes de hablar, como si eligiera cada palabra. No hablaba de ello con nadie. No habría sabido cómo.

Por las noches, en el cuarto que me prestó, dejaba que la mente fuera a donde quisiera. Pensaba en sus gestos, en el peso de su voz cuando decía mi nombre para llamarme la atención sobre un error. Me daba vuelta en la cama, inquieto, con el cuerpo encendido de una forma que no reconocía como simple nerviosismo. Una noche, sin pensarlo demasiado, cerré los ojos y me perdí en esa imagen. Fue rápido, torpe, y me dejó con más preguntas que antes.

Después me quedé quieto mirando el techo. Lo que vino no fue vergüenza sino una curiosidad diferente, más íntima. Me di vuelta sobre el estómago y exploré algo que todavía no tenía nombre claro para mí. Primero con un dedo, con saliva y con cuidado, después con dos, mordiendo la almohada, imaginando que esas manos no eran las mías sino las de él. Al día siguiente desayunamos juntos como si nada. Él leía el diario. Yo miraba sus manos alrededor de la taza de café y pensaba en cosas que no le diría a nadie.

***

La dinámica cambió a las tres semanas, o quizás fui yo quien cambié.

Empecé a notar que don Alberto no era del todo indiferente. Que cuando yo cruzaba las piernas de cierta manera él tardaba un segundo de más en apartar la vista. Que sus correcciones se volvieron más lentas, con la mano posada en mi hombro más tiempo del necesario. Que a veces hacía una pausa en medio de una explicación y me miraba de un modo que no era exactamente el de un profesor estudiando a su alumno. Un martes a la tarde me preguntó si quería quedarme a cenar. Dije que sí antes de pensar.

Después de cenar nos sentamos en el sofá con la televisión encendida pero sin mirarla realmente. Hablamos de nada durante un rato: el pronóstico del tiempo, una noticia que había visto él esa mañana, un libro que tenía sobre la mesita. En algún momento su mano aterrizó sobre mi rodilla y ninguno de los dos la movió. Así estuvimos varios minutos. La presión de sus dedos era apenas perceptible, pero yo la sentía en todo el cuerpo, irradiando hacia arriba y hacia los costados como si fuera calor.

—¿Tienes miedo? —preguntó sin mirarme.

—No —mentí.

Él giró la cabeza y me estudió con esa calma suya que a veces resultaba insoportable.

—No tienes que mentirme, Mateo.

—Estoy nervioso —corregí—. No es lo mismo que tener miedo.

Se levantó. Pensé que se alejaba, pero fue al aparador, apagó la lámpara principal y volvió. La única luz era la del televisor, azulada y tenue. Se sentó más cerca esta vez. Su muslo rozaba el mío y ninguno se movió para corregir eso.

—¿Cuánto tiempo llevas pensando en esto? —preguntó.

No supe qué responder de inmediato. ¿Cómo explicarle que no eran semanas sino algo más profundo, más viejo, que venía de antes y que yo había estado ignorando porque no sabía que había algo que ignorar?

—Desde que llegué —admití al fin.

Asintió despacio. Después me besó. Su boca era cálida y firme, sin apuro, y su lengua entró con una calma que me desarmó más que cualquier urgencia. Puse la mano sobre su pecho sin saber bien qué hacer con ella y él la cubrió con la suya y la dejó ahí, quieta.

Cuando se separó, tuvo los ojos cerrados un momento. Después los abrió.

—¿Seguimos? —preguntó.

Asentí.

***

Me llevó al dormitorio con una mano en mi espalda baja, sin apuro. Encendió la lámpara de noche, que daba una luz cálida y baja sobre las sábanas blancas. Se sentó en el borde de la cama y me miró desde ahí, con los brazos apoyados en las rodillas.

—Desvístete tú —dijo—. Sin prisa.

Me temblaban los dedos en los botones de la camisa. Él esperó. No ayudó ni aceleró nada. Cuando me quedé en ropa interior él siguió mirándome con esa misma calma y yo tuve que recordarme respirar. Había algo diferente en sentirme mirado de esa manera: no era el escrutinio que temía del mundo sino algo que reconocía como atención genuina. Como si lo que veía le importara.

—Ven aquí.

Me senté a su lado. Me besó otra vez, con más tiempo ahora, y sus manos empezaron a recorrerme: la nuca, los hombros, las costillas. Cuando llegó a mi cadera hizo una pausa y me preguntó al oído lo que quería que le hiciera. Tardé en responder. Las palabras eran difíciles. Pero las dije, en voz baja, directas, y él asintió sin hacer comentarios, como si fueran la respuesta más natural del mundo.

Me recostó boca abajo con una gentileza que no esperaba. Oí el cajón de la mesita abrirse. Después sus manos volvieron, frías de lubricante, y empezó.

Un dedo primero. Lento. Presionó hasta que el músculo cedió y lo dejó entrar, y el ardor inicial se convirtió en algo más complicado, más denso, que no era del todo incomodidad. Gemí contra la almohada cuando fue más profundo y encontró un punto que me hizo cerrar los ojos y apretar los puños sobre la sábana.

—Ahí —dijo en voz baja, como tomando nota.

—Sí —respondí, aunque él no había preguntado nada.

Segundo dedo. Los separó despacio y el ardor se intensificó mezclado con algo que empezaba a parecerse al placer. Presionó otra vez contra ese punto y las piernas me temblaron. Estaba sudando. La sábana debajo de mí ya estaba húmeda y no me importaba. Mi cuerpo hacía cosas sin que yo se lo ordenara y eso, en vez de asustarme, me parecía lo más honesto que había sentido en años.

Tercer dedo. Ya no pensaba en nada concreto. Solo en la presión, en la apertura, en ese calor que me subía por la columna cada vez que él rozaba el lugar exacto. El sonido que me salía de la garganta no lo reconocía como mío al principio. Después lo reconocí. Era mío. Era el único sonido completamente honesto que había hecho en mucho tiempo.

Don Alberto retiró los dedos. Hubo una pausa, el sonido del lubricante, después el peso de su cuerpo sobre el mío y su respiración en mi nuca.

—Si en algún momento quieres parar, me lo dices —dijo.

—No voy a querer parar.

Presionó. El músculo protestó, se tensó, cedió. El dolor fue agudo y real y me mordí el labio para contener el grito. Él se detuvo y esperó, sin moverse, hasta que mi respiración volvió a ser regular. Avanzó despacio, un centímetro a la vez, deteniéndose cada vez que sentía que me tensaba, esperando siempre. Era una sensación sin nombre, entre el límite del dolor y algo más profundo que empezaba a formarse debajo. Sus caderas llegaron a las mías y se detuvo ahí, completamente adentro, quieto.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—Llena —dije sin pensar.

Hubo una pausa breve. Creo que sonrió, aunque no pude verlo.

Empezó a moverse. Lento al principio, con mucho cuidado, dejando que mi cuerpo encontrara el ritmo. La fricción era intensa y a veces rozaba ese punto que ya conocía de antes y cuando lo hacía un ruido involuntario me salía de la garganta. El ritmo fue cambiando gradualmente. Las embestidas se volvieron más firmes, más directas, y yo dejé de pensar en contener nada. Dejé de pensar, directamente. Solo existía ese movimiento, ese calor, esa presión que construía algo en mi interior desde un lugar que no sabía que tenía.

Cuando llegué al límite fue desde adentro, desde una profundidad que no reconocía. Las piernas me convulsionaron, las manos se cerraron sobre la sábana y un sonido largo y roto me salió solo mientras todo mi cuerpo se sacudía sin control. Don Alberto siguió moviéndose, más lento ahora, sosteniendo ese momento hasta el final. Poco después gruñó y se detuvo con las caderas pegadas a las mías, quieto, respirando fuerte contra mi nuca.

Ninguno habló por un rato largo.

***

Cuando me levanté al baño me miré en el espejo del lavabo. La cara que me devolvió la mirada era la misma de siempre pero algo en ella había cambiado. No sabría explicarlo con palabras precisas. Era como si algo que había estado detrás de un vidrio empañado ahora estuviera del otro lado, mirándome de frente por primera vez. Como si por fin hubiera algo en ese reflejo que era real.

Me solté el pelo. Caía sobre mis hombros como siempre, pero en ese momento, en esa luz, me quedaba bien.

Don Alberto apareció en el marco de la puerta, con una bata oscura puesta.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí —dije. Y era completamente cierto—. ¿Cómo me queda el pelo así?

Él me miró un momento. Después respondió sin dramatismo:

—Bien. Te queda bien.

Eso fue todo lo que necesité escuchar esa noche.

***

Eso pasó hace muchos años. Don Alberto murió de un problema cardíaco cuando yo tenía veintitrés, y no pude ir al velatorio porque nadie en su familia sabía quién era yo para él. Me enteré por una nota breve en el diario local, en casa de una amiga, y me excusé un momento para ir al baño y llorar sin que nadie me preguntara nada. No era tristeza solamente. Era también gratitud, y las dos cosas juntas son difíciles de manejar en silencio.

Guardo de él muy poco: una foto en blanco y negro que nos sacamos con su cámara analógica una tarde de invierno, donde los dos miramos al frente con el mismo gesto serio de quien no sabe bien cómo posar. Y un recuerdo que no necesita foto porque está grabado en otro tipo de memoria, la que no se borra con el tiempo sino que se asienta, se vuelve parte de lo que eres.

No soy de las que creen que una persona te cambia. Lo que don Alberto hizo fue simplemente ser el espacio donde pude ver con claridad algo que ya existía desde antes. Valentina existía mucho antes de esa tarde. Solo necesitaba un lugar donde mirarla de frente sin tener que apartar los ojos.

Me llamo Valentina desde los diecinueve. Llevo el pelo como quiero desde los dieciséis.

Eso también empezó esa tarde.

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Comentarios (6)

Karen0910

que relato tan hermoso, me llego al alma

NoraLect

Por favor segui escribiendo, quede con ganas de mas. El final fue demasiado bueno!!

LuciaRosario

Me encanto como lo narraste, se siente tan real. Esas miradas que lo dicen todo sin palabras... precioso

tinta_y_morbo

Tremendo relato. No esperaba que me tocara tanto, pero aca estoy con los ojos aguados jaja

Valeria_86

Muy bueno!!! segui asi

SombraRoja22

Me recordo a algo que vivi yo tambien, esa sensacion de que alguien te ve de verdad por primera vez. Gracias por escribirlo

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