Lo que Laura descubrió en aquel bar de chicas
Laura terminó el primer año de carrera con todas las asignaturas aprobadas y la sensación de que el verano que empezaba iba a ser distinto a todos los anteriores. No sabía exactamente por qué. Solo sabía que desde hacía unas semanas algo en ella había cambiado.
Había empezado con un juego estúpido en el piso de Natalia. Una botella que gira, una prenda, y de repente la boca de Cristina contra la suya. Solo dos segundos. Un beso sin lengua que las dos fingieron encontrar ridículo. Laura sonrió, puso los ojos en blanco y pidió que siguiera el juego.
Pero esa noche, en su cuarto, con la ropa a medias quitada, se tocó pensando en eso. Y llegó más rápido que nunca.
Los días siguientes fueron raros. Evitaba que sus amigas la saludaran demasiado cerca. Cuando Cristina le daba dos besos al despedirse, ella ponía el cuerpo en diagonal, como si quisiera salir corriendo.
***
Terminados los exámenes tomó una decisión. El viernes iría sola a un bar de ambiente. No diría nada a nadie. Sin explicaciones, sin preguntas.
Se duchó con calma, se lavó el pelo hasta que quedó suave y brillante, y eligió la ropa con cuidado. Un body negro sin mangas y una falda de punto que se le ceñía a las caderas. Debajo, solo la tanga más pequeña que tenía. Era la primera vez que se vestía pensando en que alguien se lo quitara.
Llegó al bar pasadas las diez. Era un local pequeño, con luces cálidas y música a volumen medio. Pidió un agua con gas y se quedó cerca de la barra observando. Había chicas de su edad, también mujeres mayores. Nadie le prestó atención especial y eso la ayudó a respirar.
Estaba mirando el hielo de su vaso cuando sintió un toque en el hombro.
—Laura. Qué sorpresa. —La voz era familiar pero tardó un segundo en ubicarla.
Elena García. Su profesora de Literatura en segundo de bachillerato. Pelo negro cortísimo, aros grandes, una camisa de seda que le quedaba muy bien.
—Elena… —fue lo único que pudo decir.
—¿Estás sola? —preguntó la mujer, pidiendo una copa con gesto natural, como si verse en ese bar fuera lo más normal del mundo.
—Sí. No quería que mis amigas me hicieran preguntas —respondió Laura, y se dio cuenta de que era la verdad más desnuda que había dicho en mucho tiempo.
Elena sonrió. No con condescendencia, sino con algo parecido al reconocimiento.
—¿Y qué clase de preguntas querías evitar?
—Las obvias.
La profesora asintió, se acercó un poco más y rozó con los dedos el dorso de su mano sobre la barra.
—Ven conmigo al baño. Solo para que puedas resolver una duda.
Laura no respondió. Solo siguió.
***
El cubículo olía a perfume ajeno y a madera vieja. Elena cerró el pestillo con calma, la miró un momento como evaluando algo, y luego le levantó la falda sin pedir permiso.
—Quieta —dijo, con una voz que no admitía réplica.
Le bajó la tanga hasta los muslos y la dejó así, expuesta, mirando la puerta de metal. Se arrodilló detrás de ella y empezó a besar los muslos, primero despacio, luego con más presión. Subió hasta el hueco entre las piernas y pasó la lengua por la parte interna, sin llegar todavía a donde Laura necesitaba.
Cuando por fin lo hizo, Laura tuvo que morderse el puño.
No duró mucho. No podía durar mucho. Se corrió con la frente apoyada en la puerta fría del cubículo, intentando no hacer ruido, fracasando a medias.
Salieron del baño como si nada. Estuvieron en dos bares más esa noche, bebiendo despacio, hablando de cosas sin importancia. Antes de despedirse intercambiaron números. Elena le dijo que tenía mucho que enseñarle todavía. Lo dijo como si fuera una promesa y también como una advertencia.
Laura volvió a casa a las siete de la mañana con las bragas en el bolso.
***
A las once la llamaron sus amigas para ir a la playa. Fue. Se pasó la mitad del tiempo medio dormida sobre la toalla, con las gafas de sol puestas y una sonrisa que no supo de dónde le venía.
Por la tarde subió andando a su apartamento para despejarse. En el segundo piso, la puerta estaba abierta y una mujer de unos cincuenta años metía cajas al interior. Llevaba el pelo rubio platino recogido con fuerza, y había algo en su forma de moverse —eficiente, sin dudar— que hizo que Laura se detuviera un segundo más de lo necesario.
—Buenas tardes —dijo Laura.
La mujer la miró. Ojos claros, casi grises. Una sonrisa mínima.
—Buenas.
Laura siguió subiendo.
En la ducha pensó en Elena, en Cristina, en el beso del juego. Y al final, sin saber exactamente cómo, pensó en la nueva vecina. Se corrió pensando en ella y eso la desconcertó.
***
Una semana después, aburriéndose en el sofá, descargó una aplicación para ligar con chicas. Solo por curiosidad, se dijo. Solo para ver.
Subió una foto sin mostrar la cara. Empezaron a llegar mensajes.
A los dos días, uno la atrapó. Una mujer sin foto de perfil. Escribía bien, con frases cortas y directas. Tenía sentido del humor. Y era, sin ninguna duda, dominante. No de manera agresiva, sino de esa forma que hace que una quiera obedecer sin saber exactamente por qué.
Hablaron durante horas. Laura le preguntó su edad. La mujer respondió sin rodeos: cincuenta y dos.
A Laura le sorprendió que eso no la frenara. Al contrario.
Al tercer día de conversación, la mujer le escribió que quería que la visitara. Con una condición.
Cuando llegues a mi puerta, te desnudas. Te arrodillas. Y cuando me acerque, besas mis pies.
Laura estuvo a punto de cerrar la app. Lo pensó durante diez minutos. Luego preguntó la dirección.
Y entonces lo entendió todo.
El segundo piso de su mismo edificio.
***
Sus padres no estaban. Los vecinos del rellano habían salido de verano. El edificio estaba en silencio.
Laura se desnudó en su cuarto y bajó las escaleras descalza. Llamó a la puerta. Esta se abrió.
Hizo lo que le habían pedido.
Helena —ese era su nombre, lo descubrió después— le puso un collar de cuero fino y enganchó una correa. Sin decir nada, la hizo caminar por toda la casa a cuatro patas. Laura no sabía si sentía más vergüenza o más excitación, y la mezcla de las dos cosas juntas era algo que nunca había experimentado.
Cuando Helena consideró que era suficiente, soltó la correa y le ordenó que se pusiera de rodillas sobre la cama, inclinada hacia delante.
—¿Has estado con una mujer antes de esta semana? —preguntó.
—Sí.
—¿Y así? —hizo un gesto que Laura entendió perfectamente.
—No —respondió.
Helena asintió. Cogió una fusta del cajón y la hizo sonar en el aire. Laura se tensó. La primera vez que sintió el golpe en la nalga derecha soltó un grito que intentó convertir en silencio. No lo logró del todo. Fueron veinte en total, repartidos con precisión.
Luego vino la vaselina, la preparación lenta, las manos firmes de Helena que sabían lo que hacían. Cuando la penetró con los dedos y luego con algo más, Laura enterró la cara en la almohada. El dolor duró poco. Lo que vino después duró mucho más.
Helena paró tres veces para masturbarla. La cuarta vez no fue necesario parar.
***
Se quedaron en la ducha después. El agua caliente, el jabón de lavanda, las manos de Helena recorriéndola con una suavidad que contrastaba con todo lo anterior. Fue ahí donde Laura tuvo el último orgasmo de esa noche, con la espalda contra los azulejos y los dedos de Helena moviéndose despacio.
Subió las escaleras desnuda. Nadie la vio.
Se quedó dormida antes de las cuatro y soñó con cosas que no recordó al despertar, pero que debieron ser buenas porque se levantó sonriendo.
***
Las semanas siguientes cayeron en un ritmo nuevo. Mensajes con Elena, que le enseñaba cosas con paciencia y con boca. Visitas al segundo piso, donde Helena le ponía el collar y luego la trataba como si fuera lo más valioso del edificio. La app seguía abierta, aunque ya no la miraba tanto.
Hasta que un viernes por la noche, aburrida, revisó los mensajes nuevos y uno la llamó la atención. Una mujer atractiva, morena, con una foto en la que sonreía sin esforzarse en parecer otra cosa. Había algo en esa imagen que le resultaba conocido, pero no supo identificarlo hasta que intercambiaron fotos de cara.
Mónica. La madre de su amiga Rebeca.
***
Se vieron el sábado siguiente en una cafetería del centro. Las dos llegaron puntuales y las dos pidieron café con leche. Al principio había una incomodidad que ninguna sabía exactamente dónde colocar. Eran demasiado cercanas para ser desconocidas, y demasiado desconocidas para ser lo que querían ser.
Mónica fue la que lo rompió.
—Mira, esto es raro, lo sé. Pero también creo que las dos sabemos que estamos aquí porque queremos estarlo.
—Sí —dijo Laura.
—Hay algo más. Mi marido lo sabe. Y le gustaría estar presente, si a ti no te importa. Aunque primero seríamos nosotras dos.
Laura tomó un sorbo de café y pensó durante tres segundos.
—De acuerdo. Pero quiero que me cuiden.
—Eso está hecho —respondió Mónica.
***
Fueron al coche de Mónica, que estaba aparcado a dos calles. En el asiento del copiloto, mientras el motor calentaba, Mónica puso la mano en el muslo de Laura y la fue subiendo despacio. Laura no cerró las piernas.
Antes de arrancar, Mónica tenía la tanga de Laura en el bolsillo de la chaqueta.
El ascensor del edificio de Mónica era pequeño. Se besaron apoyadas contra la pared metálica. La boca de Mónica sabía a café y a algo más dulce. Laura notó que le temblaban las manos un poco y que eso no era miedo.
En el dormitorio se quitaron la ropa con prisa pero sin torpeza. Mónica tenía un cuerpo de mujer que había vivido: caderas anchas, pechos medianos, una marca en el vientre que no intentó esconder. Laura la encontró completamente hermosa.
Se tumbaron juntas en la cama. Se besaron despacio, luego con más urgencia. Se lamieron y se exploraron sin dejar nada sin tocar. Laura sintió que su cuerpo respondía de una manera distinta a como lo había hecho siempre —más abierta, más presente, más en ella misma.
Cuando Mónica estaba tumbada con las piernas abiertas y Laura inclinada entre ellas, notó unas manos en sus caderas desde atrás. Andrés. No lo había oído entrar.
La penetró de golpe.
Laura se giró un instante —no para protestar, sino por el impulso— y luego siguió. El placer se multiplicó de una forma que no supo cómo clasificar. Tenía la boca en el sexo de Mónica y a Andrés moviéndose dentro de ella, y en algún momento los tres encontraron el mismo ritmo.
Andrés sacó la mano para coger lubricante de la mesilla. Laura lo sintió moverse hacia otro lugar y se tensó.
—Despacio —dijo.
—Siempre —respondió él.
Y lo fue. Lento, profundo, sin prisa. Mónica se aferró al cabello de Laura mientras ella la llevaba al orgasmo, y los tres acabaron casi al mismo tiempo, en ese orden preciso que a veces ocurre cuando nadie lo ha planeado.
Después pasaron todos a la ducha. El agua tibia, las manos de Mónica en su pelo, la voz grave de Andrés contando algo sin importancia. Laura pensó que ese verano que había empezado con un beso de juego no se parecía en nada a ningún verano anterior.
***
A partir de ese día, Laura ordenó su vida de una manera que nadie hubiera imaginado meses antes. Elena, para los martes. Helena y el collar, para los viernes. Mónica y Andrés, para cuando los tres tenían ganas.
Sus amigas seguían sin saber nada. O quizás sí lo intuían. Pero nadie preguntó, y Laura tampoco explicó. Simplemente se había convertido en alguien que sabía lo que quería, y eso, descubrió, era suficiente para empezar.